Ed. Fondo de Cultura Económica, año 2009. Traducción de Julieta Campos. Prólogo de Jean Paul Sartre. Nuevo, 319 págs. Precio y stock a confirmar.

Obra clásica de la descolonización, Los condenados de la tierra (1961) resiste la prueba del tiempo, asegura Gérard Chaliand, autor del epílogo que completa esta nueva edición, acompañada por el clásico prefacio de Jean-Paul Sartre. Con una perspectiva crítica contemporánea, Chaliand presenta el libro en el contexto de la guerra de Argelia y lo sitúa al lado de obras hermanas como las de Aimé Césaire y Albert Memmi.

Voz mesiánica llena de inquietudes y de pasión por cambiar el mundo, la de Fanon ha servido de guía y alimento espiritual en las luchas de la liberación de los pueblos herederos de la colonización europea, que hoy integran el conjunto de países subdesarrollados o del Tercer Mundo. Si la mística de la violencia resultó una tesis errónea y la guerra de liberación africana ha caído, particularmente en Argelia, en el círculo vicioso del terror selectivo y el orden de una minoría, la bandera del tercermundismo se transforma, en el compromiso optimista de Fanon, en el símbolo de la superación del dominio colonial europeo, en la retribución del orgullo de los oprimidos.

En las sociedades de tipo capitalista, la enseñanza, religiosa o laica, la formación de reflejos morales transmisibles de padres a hijos, la honestidad ejemplar de obreros condecorados después de cincuenta años de buenos y leales servicios, el amor alentado por la armonía y la prudencia, esas formas estéticas del respeto al orden establecido, crean en torno al explotado una atmósfera de sumisión y de inhibición que aligera considerablemente la tarea de las fuerzas del orden.

En los países capitalistas, entre el explotado y el poder se interponen una multitud de profesores de moral, de consejeros, de “desorientadores”. En las regiones coloniales, por el contrario, el gendarme y el soldado, por su presencia inmediata, sus intervenciones directas y frecuentes, mantienen el contacto con el colonizado y le aconsejan, a golpes de culata o incendiando sus poblados, que no se mueva.

El intermediario del poder utiliza un lenguaje de pura violencia. El intermediario no aligera la opresión, no hace más velado el dominio. Los expone, los manifiesta con la buena conciencia de las fuerzas del orden. El intermediario lleva la violencia a la casa y al cerebro del colonizado. El colono hace la historia y sabe que la hace. Y como se refiere constantemente a la historia de la metrópoli, indica claramente que está aquí como prolongación de esa metrópoli.

La historia que escribe no es, pues, la historia del país al que despoja, sino la historia de su nación en tanto que ésta piratea, viola y hambrea. La inmovilidad a que está condenado el colonizado no puede ser impugnada sino cuando el colonizado decide poner término a la historia de la colonización, a la historia del pillaje, para hacer existir la historia de la nación, la historia de la descolonización. Cuando los capitalistas saben, y son los primeros en saberlo, que su gobierno se dispone a descolonizar, se apresuran a retirar de la colonia la totalidad de sus capitales.

La evasión espectacular de capitales es uno de los fenómenos más constantes de la descolonización. Las compañías privadas, para invertir en los países independientes, exigen condiciones que la experiencia califica de inaceptables. Fieles al principio de rentabilidad inmediata, que sostienen cuando actúan en “ultramar”, los capitalistas se muestran reticentes acerca de cualquier inversión a largo plazo. Aceptan gustosamente prestar dinero a los jóvenes estados, pero a condición de que ese dinero sirva para comprar productos manufacturados, máquinas, es decir, a mantener activas las fábricas de la metrópoli.

Indice:
Prefacio, por Jean Paul Sastre.
I.- La violencia. La violencia en el contexto internacional.
II.- Grandeza y debilidades del espontaneísmo.
III.- Desventuras de la conciencia nacional.
IV.- Sobre la cultura nacional.
V.- Guerra colonial y trastornos mentales (Serie A. Serie B. Serie C. Serie D). La impulsividad criminal del norafricano en la guerra de Liberación Nacional.
Conclusión.