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Ed. LOM, año 1998. Tamaño 21 x 16 cm. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 218

Por María Moreno
Diciembre 2002

De perlas y cicatrices se organiza en una suerte de ramos florales cuyas fronteras temáticas y estilísticas son difusas puesto que Lemebel (¡qué risa dan en su caso las resonancias de este adjetivo!) es un “cronista orgánico”: “Sombrío fosforecer”, “Dulce veleidad”, “De misses, reinas, lagartijas y otras acuarelas”, “Sufro al pensar”, “Relicario”, “Quiltra lunera”, “Flores plebeyas”, “Relamido frenesí” y “Soberbia calamidad, verde perejil” son los nombres de las secciones de Perlas y cicatrices. Parecen puro goce de bautizo, como el que el autor desplegó al elegir el apellido materno para firmar sus obras, o tal vez picaresca artesanal para dar consistencia a lo que nació como fragmentario, cotidiano y oral: las crónicas de Perlas y cicatrices son crónicas dichas por Lemebel a lo largo de dos años en el espacio “Cancionero” de Radio Tierra de Santiago. Escraches de lamé, invectivas plebeyas, retratos y tributos al santoral laico popular y miniaturas geográficas conviven en una prosa que ha canibalizado todos los géneros hispanoamericanos para retrazar el mapa de Santiago, convirtiendo la crónica en justicia poética.

No hay en esta selección disociaciones entre la denuncia social, el epitafio colectivo y la voluntad estética, como no la hay entre perlas y cicatrices. Ya que la perla misma es una cicatriz de la ostra, ponzoña de nácar que petrifica lo que no puede borrar.

Después de Roland Barthes, nadie como Lemebel para extraer la sustancia mayor de lo nimio, su soporte económico político; nadie tan capaz como él para descubrirlo hasta en los distintos modos de la nieve en los picos de los Andes: “Lo que en una parte de la ciudad es un maná estético y gratuidad deportiva, en otra se transforma en drama y destrucción. El mismo aletazo que arranca de cuajo el techo de algunos, para otros es un cubo de hielo que cruje en whisky entibiado por la chimenea. El mismo sobresalto de las goteras, en la Parva es un bostezo felino que mira con cristales ahumados caer copos tras las ventanas”. O en la enumeración caótica de los cultivos balconeros de los humildes: “Tarros, bacinicas y teteras donde las viejas cultivan plantas pobres, esos cardenales y suspiros, esos mantos de Eva, esas plantas espinudas que sobreviven pese al meado de los volados, las chinitas y las matas de ruda y toda esa ordinariez de jardín rasca”.

En un artículo titulado “Testimonios de los sobrevivientes”, Héctor Schmucler planteaba cómo en el interior de los grupos revolucionarios de la década del setenta en la Argentina persistía la escisión capitalista que separaba a los ideólogos de los hombres de acción, a los que desean y a los que luchan, a los que desean transformar la subjetividad y a los que intentan tramar colectivos.

Ese modelo fragmentador se inscribió en los géneros del periodismo del período democrático a través del trabajo de algunas figuras ligadas a la militancia, con la evidente hegemonía de la investigación y, dentro de ésta, la de las violaciones a los derechos humanos. La prosa de prensa separa –en crónicas de color, columnas especializadas, análisis político, zonas de entretenimiento– a los que piensan de los que narran, a los que interpretan de los que levantan testimonio. La estrella pasó a ser el cronista en peligro, como garante del cumplimiento de la ley jurídica, donde el periodismo se homologa a periodismo político, la verdad coincide con la sentencia y el estilo y, aunque no renuncie al rasero literario marcado por Rodolfo Walsh, instala un ademán ascético y apolíneo como si adoptar una lírica modernista para los derechos humanos fuera una violación de los mismos en el corazón de una lengua herida a través de las nuevas acepciones de la palabra “desaparecido”.

Como si para contar ciertas cosas hubiera que renunciar a los goces de la retórica y el uso del español debiera limitarse, en una suerte de voto de abstinencia, a su función instrumental a la manera de un ritual de duelo que no cesa. Entonces uno se pregunta qué humus de izquierda produjo una figura como la de Pedro Lemebel, capaz de describir a Claudia Victoria Poblete Hlaczik en los siguientes términos: “Al mirar su foto y leer su edad de ocho meses al momento de la detención, pienso que es tan pequeña para llamarla Detenida Desaparecida. Creo que a esa edad nadie tiene un rostro fijo, nadie posee un rostro recordable, porque en esos primeros meses, la vida no ha cicatrizado los rasgos personales que definen la máscara civil. (…) Desde qué sueño infantil recuperarla sobresaltada, bruscamente despierta por los bototos pateando la puerta. Los enormes zapatos que entraron en su mundo pitufo, pisando los juguetes que le tenían sus papis en aquella pascua”.

Es cierto que tenemos un Martín Caparrós como el más visible resistente a que la crónica quede sumergida en las secciones Sociedad o Información General, pero su mirada no deja de ser la de un escritor que también hace crónica, y su construcción como cronista es más la de un cronista viajero a lo Gómez Carrillo, inscripto en la tradición de la crónica como ademán cosmopolita, que la de un cronista popular.

Además, los cronistas porteños aún no han dibujado en su mapa los nuevos sujetos de la ciudad neoliberal: si la crónica fue en principio conquista y luego reconquista, a la Argentina le falta ese nuevo catálogo de retratos populares que no caben en la tasa de la clase o de la denuncia social.

La conexión modernista que preserva Pedro Lemebel, los porteños la perdimos de cuajo en dos momentos. El primero fue cuando la consolidación del Estado a manos de la generación del ochenta y las que vinieron exigió una ficción de ser nacional que patologizó la lírica modernista con la etiqueta de “neurastenia”.

Sylvia Molloy conoce muy bien los versos perfectos del poeta anónimo, autor del “Poema de la pantera” y “La Venus Felatriz” publicados en los Cuadernos de Psiquiatría de José Ingenieros, donde la nota al pie asociaba el despilfarro de tropos a una fiebre antisocial no rentable para el Estado. La pluma del cisne de Rubén desapareció con los textos de Juan José de Soiza Reilly, Enrique González Tuñón o Charles de Soussens, chupados por la luz de Roberto Arlt y recluidos en la categoría bohemia que sepulta la obra debajo del personaje.

En segundo término, la nueva ascética instalada por Borges y el grupo Sur, que marcó aun a sus adversarios ideológicos y que asociaba los fastos del español a la guarangada consumista de nuevos ricos, sirvió para consolidar ideales de economía.

En los orígenes de la prensa porteña del siglo XX, el cocoliche se instauraba como figura pedagógica para poner en su sitio al segregado personaje de la inmigración mediante la carcajada a la que se invitaba al lector a través del uso de un lenguaje inverosímil. Entonces, cronistas como Fray Mocho o Félix Lima opusieron al cocoliche la fonética que trataba de registrar con precisión los modos lingüísticos de los subordinados, mientras les permitía el pasaje a la lengua escrita.

Pedro Lemebel utiliza ese recurso que Carlos Monsiváis organiza como uso impreso del habla cotidiana. Por ejemplo, en el bello “Solos a la madrugada”, que relata el encuentro del cronista con un joven chorro que resulta ser un oyente de Radio Tierra venido de la cárcel: “Me acuerdo de que a las ocho, cuando dan tu programa, adentro jugábamos a las cartas, porque no hay na’ que hacer. ¿Cachai? La única entretención a esa hora era quedarnos callados pa’ escuchar tus historias”. La violencia agazapada de la que da cuenta el texto parece encontrar una conciliación con la entrada del habla forajida del personaje mientras que el cronista evoca a Sherezade: salva la vida porque el sultán malandra lo reconoce por su voz en la radio cuando él leía lo que escribía. Lemebel dictamina como cursi al consumismo de los high life del pinochetismo, mientras que su propia aparente cursilería cambia de signo al convertirse en cita de géneros como el bolero, el dicho popular, el melodrama; o en el uso del cristalizado fraseo popular, donde la lengua no es estilo de un “único único” sino archivo común abierto al público.

Durante una entrevista que le hizo en la radio, Fernando Peña usó su terrorismo burocrático para insultar a Lemebel con el mote de “resentido”, confundiendo una estrategia política de cronista popular con la expresión de un sentimiento.

El resentimiento es, en Lemebel, odio renovado a toda forma de establishment, enrostramiento a los poderosos por sus usufructos sátrapas, perpetrados en nombre de faltos y despojados, exageración metafórica (el quilombo, el escándalo, el llanto y la extorsión como performance de la resistencia).

En los textos de Pedro Lemebel, el resentimiento no habla en nombre del pobre sino que se sitúa al lado, comparte su posición. Que las crónicas de Perlas y cicatrices sean en verdad aguafuertes (instalan un “suele pasar” en lugar de un “pasó”), las despega del imperativo de la noticia y del referente propios del periodismo, aun del llamado “nuevo”, que languideció a partir de 1970.

Si la crítica trazó estratégicamente un Puente de Plata para el neobarroco, ahora se necesita un nuevo Paso de Los Patos para que, por donde pasó el Padre de la Patria de los libros escolares, vuelva la artillería del Pedro Lemebel cronista y nos libere de la parquedad borgeana con capitales metafóricos de la Selva Lacandona enviados por Helena Poniatowska y Carlos Monsiváis.

INDICE
A modo de Presentación
I- Sombrío fosforecer
Las joyas del golpe
Las orquídeas negras de Mariana Callejas (o «el centro cultural de la Dina»)
El cura de la tele (u «olor a azufre en la sacristía»)
La visita de la Thatcher (o «el vahído de la vieja dama»)
Gloria Benavides (o «era una gotita en la C.N.I»)
El encuentro con Lucía Sombra (o «nunca creí que fueran de carne y hueso»)
Los sombreros de la Piñeiro
Las campanadas del once (o «¿te imaginas Pichy qué hubiera sido de nosotros?»)
II- Dulce veleidad
Palmenia Pizarro (o «el regreso del ‘cariño malo»)
La Leva (o «la noche fatal para una chica de la moda»)
Camilo Escalona (o «sólo sé que al final olvidaste el percal»)
El exilio Fru-frú (o «había una fonda en Montparnasse»)
El Gorrión de Conchalí (o «las amargas cebollas de Zalo Reyes en la TV»)
La Quintrala de Cumpeo (o «Raquel, la soberbia hecha mujer»)
Don Francisco (o «la virgen obesa de la TV»)
El romance musical de los sesenta (o «los dientes postizos de la Nueva Ola»)
III- De misses top, reinas lagartijas y otras acuarelas
Rosa María Mac Pato del Arpa (o «las encías doradas del arte»)
Cecilia Bolocco (o «besos mezquinos para no estropear el maquillaje»)
La tristeza de Bambi (o «una estrella sudaca en el cielo europeo»)
Miriam Hernández (o «una canción de amor en la ventana del bloque»)
Martita Primera (o «esos grandes botones de la moda presidencial»)
Las sirenas del café (o «el sueño top model de la Jacqueline»)
El Bim Bam Bum (o «cascadas de marabú en la calle Huérfanos»)
Geraldine Chaplin (o «¿sabes linda si Zhivago atiende sida?»)
Del Carmen Bella Flor (o «el radiante fulgor de la santidad»)
IV- «Sufro al pensar»
Claudia Victoria Poblete Hlaczik (o «un pequeño botín de guerra»)
«Los cinco minutos te hacen florecer»
Carmen Gloria Quintana (o «una página quemada en la feria del libro»)
Karin Eitel (o «la cosmética de la tortura, por Canal 7 y para todo espectador»)
Corpus Christi (o «la noche de los alacranes»)
Ronald Wood (A ese bello lirio despeinado)
La Payita (o «la puerta se cerró detrás de ti»)
El informe Rettig (o «recado de amor al oído insobornable de la memoria»)
V- Relicario
VI- «Río Rebelde»
El río Mapocho (o «el Sena de Santiago, pero con sauces»)
Dean Reed (o «del rock a la odisea marxista»)
La República libre de Nuñoa (o «parece que nos dejó el taxi, Lennon»)
Los Prisioneros (o «el grito apagado de los ochenta»)
El garage Matucana Nueve (o «la felpa humana de un hangar»)
Flores de sangre para mamá (o «la rebeldía llagada de un tatuaje»)
Noche de toma en la Universidad de Chile (o «me gustan los estudiantes»)
Un letrero Soviet en el techo del bloque
El paseo Ahumada (o «la marea humana de un caudaloso vitrinear»)
La inundación
Relicario
«Río Rebelde»
El río Mapocho
(o «el Sena de Santiago, pero con sauces»)
Dean Reed
(o «del rock a la odisea marxista»)
La República libre de Nuñoa
(o «parece que nos dejó el taxi, Lennon»)
Los Prisioneros
(o «el grito apagado de los ochenta»)
El garage Matucana Nueve
(o «la felpa humana de un hangar»)
Flores de sangre para mamá
(o «la rebeldía llagada de un tatuaje»)
Noche de toma en la Universidad de Chile
(o «me gustan los estudiantes»)
Un letrero Soviet en el techo del bloque
El paseo Ahumada
(o «la marea humana de un caudaloso vitrinear»)
La inundación
Qtiiltra lunera
La loca del carrito
(o «el trazo casual de un peregrino frenesí»)
Solos en la madrugada
(o «el pequeño delincuente que soñaba ser feliz»)
La historia de Margarito
La muerte de Condorito
(o «recuerdos de Pelotillehue»)
Las Amazonas de la Colectiva
Lésbica Feminista Ayuquelén
Bárbara Délano
(o «una perla de luna que naufragó con el sol»)
El cumpleaños del Ricacho Polvorín
Memorias del quiltraje urbano
(o «el corre que te pillo del tierral»)
VII- Quiltra lunera
La loca del carrito (o «el trazo casual de un peregrino frenesí»)
Solos en la madrugada (o «el pequeño delincuente que soñaba ser feliz»)
La historia de Margarito
La muerte de Condorito (o «recuerdos de Pelotillehue»)
Las Amazonas de la Colectiva
Lésbica Feminista Ayuquelén
Bárbara Délano (o «una perla de luna que naufragó con el sol»)
El cumpleaños del Ricacho Polvorín
Memorias del quiltraje urbano (o «el corre que te pillo del tierral»)
Flores plebeyas (o «el entierrado verdor del jardín proleta»)
VIII- Relamido frenesí
La comuna de Lavín (o «el pueblito se llamaba Las Condes»)
Un país de récords (o «el mojón más largo del mundo»)
I love you Mac Donald (o «el encanto de la comida chatarra»)
El barrio Bellavista
Viña del Mar (o «un jardín en huelga de aburrimiento»)
El test antidoping (o «vivir con un submarino policial en la sangre»)
La ciudad con terno nuevo (o «un extraño en el Paraíso»)
El Festival de Viña
El Metro de Santiago (o «esa azul radiante rapidez»)
Los albores de La Florida (o «sentirse rico, aunque sea en miniatura»)
IX- Soberbia calamidad, verde perejil
Nevada de plumas sobre un tigre en invierno
La bruma del verano leopardo
Presagio dorado para un Santiago otoñal
Los tiritones del temblor (o «afirma la tele niña»)
Tu voz existe (o «el débil quejido de la radio A.M.»)
Un domingo de Feria Libre (o «la excusa regatera del dime que te diré»)
La sinfonía chillona de las candidaturas (o «todos alguna vez fuimos jóvenes idealistas»)
El hospital del trabajador (o «el sueño quebrado del doctor Allende»)
Las floristas de La Pérgola