Ed. Javier Vergara, año 1992. Tamaño 23 x 16 cm. Traducción de Aníbal Leal. Incluye 8 mapas y 16 fotografías en blanco y negro, a página completa. Usado excelente, 484 págs. Precio y stock a confirmar.

La Guerra de Malvinas en 1982 no representó únicamente una de las más extraordinarias confrontaciones militares internacionales de los últimos años sino también una trágica crisis política entre Argentina y Gran Bretaña. En este libro, dos expertos provenientes cada uno de los respectivos países beligerantes se han reunido para producir una revisión de los orígenes y el curso de la guerra.

Los autores relatan las complejas series de acontecimientos que condujeron a la ocupación de las Islas Malvinas el 2 de abril de 1982, por las fuerzas argentinas hasta la rendición frente a los ingleses el 14 de junio del mismo año. En la introducción del libro explican lo siguiente: La bandera argentina fue izada por primera vez en las Islas Malvinas el 6 de noviembre de 1820 por el nuevo gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, como parte del intento de afirmar su derecho a las anteriores posesiones españolas.

El 3 de enero de 1833 la bandera fue arriada por la tripulación de un buque de guerra británico y reemplazada por el pabellón británico. No se la izó nuevamente durante los siguientes 149 años, es decir, hasta el día en que las fuerzas argentinas ocuparon las islas, el 2 de abril de 1982. Las fuerzas británicas la arriaron de nuevo el 14 de junio de ese año. Cuando el general Mario Benjamín Menéndez llegó a Puerto Argentino el 7 de abril, pocos días después de la entrada de las fuerzas ocupantes, sería el tercer gobernador argentino en las Islas Malvinas. El primero de ellos necesitó apenas más tiempo para ser designado.

El francés Louis Vernet, que había representado un papel importante en el intento de fundar un asiento en las islas, ocupó su cargo en 1829. El período de su gestión fue casi tan accidentado como el de Menéndez, ya que también perdió su cargo en el curso de una grave crisis internacional. Esta vez el protagonista fue Estados Unidos. Vernet trató de imponer las normas argentinas con respecto a la pesca, apoderándose de tres barcos norteamericanos que, según el gobierno de Estados Unidos, se dedicaban a una actividad legal.

El cónsul norteamericano en Buenos Aires protestó y amenazó tomar represalias, apoyando su conducta con un navío de guerra, el USS Lexington, que en ese momento estaba en la zona del Río de la Plata. Por iniciativa de su capitán Silas Duncan, el USS Lexington navegó hacía las islas, desembarcó hombres, destruyó todas las instalaciones militares, arrasó los edificios, se apoderó de las pieles de foca, arrestó a la mayoría de los habitantes y por fin se retiró, declarando que las islas carecían absolutamente de gobierno. La consecuencia fue la ruptura de relaciones entre la Argentina y los Estados Unidos.

El 10 de setiembre de 1832 Buenos Aires designó un nuevo comandante militar y político interino en las Malvinas, y despachó una cañonera, la ARA Sarandí, para reparar los daños y restablecer la ley y el orden en la colonia. El segundo gobernador desembarcó, pero dos meses después, cuando la cañonera se alejaba de las islas, la guarnición se rebeló y lo mató. La Sarandí regresó y trató de reprimir a los amotinados. Entretanto, la corbeta británica HMS Clio apareció en Puerto Soledad. Gran Bretaña había instalado en el siglo anterior un fuerte en Puerto Eggmont, Isla Gran Malvina. Casi había entrado en guerra con España después que ésta en 1770 expulsó a los pobladores británicos. En 1771 cuando España se excusó, los británicos retornaron, aunque su presencia se prolongó sólo por dos años. Aún se resguardaba la soberanía y, por tanto, Gran Bretaña había presentado quejas no mucho después de habérsele otorgado jerarquía formal a Vernet.

Ahora, la Clio había sido enviada por el almirantazgo para consolidar la soberanía británica en las islas, aprovechando la desorganización provocada por el incidente de la Lexington. El capitán Onslow de la Clio informó al capitán Pinedo, de la Sarandí, que la bandera británica remplazaría a la argentina el día siguiente, el 3 de enero de 1833. Pinedo expresó su desacuerdo, pero no pudo resistir ante la fuerza superior. No hubo disparos, y dos días después la Sarandí abandonó las islas, llevándose a los soldados argentinos, los convictos de la colonia penal de San Carlos y algunos, pero no la totalidad, de los pobladores argentinos.

Las islas fueron declaradas formalmente colonia de la Corona en 1840, y el primer gobernador británico, el teniente Richard Moody, partió desde el Reino Unido en 1841. Después, se desarrolló una pequeña comunidad agrícola, y Gran Bretaña mantuvo la ocupación efectiva hasta el 2 de abril de 1982. Las propias islas, inclementes e inhóspitas, nunca llegaron a constituir una joya de la corona imperial británica. De acuerdo con el censo de 1980 la población reunía 1.849 personas, y disminuía lentamente.

La economía local también estaba decayendo. En 1982 dependía de la exportación de lana, y estaba dominada por la Falkland Islands Company (FIC). De ese modo se creó lo que llegaría a ser una presencia británica permanente en las islas, y la base de la afirmación de soberanía. En este proceso, comenzó a definirse un sentimiento de agravio en el Estado argentino, entonces en formación, y esa reacción más tarde se convirtió en parte de la conciencia nacional. En 1982 era parte de esa conciencia que ese apoderamiento de parte del territorio argentino había sobrevenido 149 años antes.

Cuando están en juego elementos relacionados con la condición de nación, los aniversarios notables pueden adquirir un significado simbólico que en otras condiciones quizá no lo tengan. A principios de 1982 el gobierno argentino había asignado elevada prioridad a la recuperación de las Malvinas para el mágico mes de enero de 1983. En Londres se tenía conciencia de este límite, pero sobre todo entre algunos especialistas académicos, unos pocos funcionarios que asumían la responsabilidad de las Falkland y las relaciones con la Argentina, y entre los miembros del grupo un poco más nutrido, alentado por el grupo de presión de las Falkland, que temía una transferencia de soberanía de las islas a favor de Argentina. Esta situación reflejaba la esencial asimetría del conflicto hasta abril de 1982.

Gran Bretaña se aferraba obstinadamente a la posesión de las islas, lo que interesaba a muy pocas personas, aunque la escasa gente a la que en realidad interesaba tenía sentimientos muy intensos. En la Argentina, en cambio, el tema interesaba a todos. En este libro, nuestro propósito es describir las consecuencias de esta asimetría a medida que se desarrollaron los acontecimientos durante la primera mitad de 1982. El marco temporal que utilizamos es intencionalmente limitado. En la historia de las Islas Malvinas hay muchos episodios complejos, que fueron objeto de la atención de los estudiosos de diferentes generaciones y nacionalidades, que trataron de determinar si el derecho internacional puede suministrar mejor guía que la fuerza armada para definir el verdadero derecho de soberanía de las islas.

Lord Shackleton dijo que las Malvinas son islas «rodeadas de consejos». Podemos agregar que también son islas pobladas por historia. Están disponibles una serie de estudios históricos acerca de la disputa de las Islas Malvinas, y no creemos que sea necesario aumentar su número. Por la misma razón, no intentamos formular una conclusión definitiva acerca del verdadero dueño de las islas: dudamos de que sea posible alcanzar esa conclusión, aunque muchos lo intentaron. Hemos abordado este tema en obras anteriores y existe una amplia literatura que analiza el asunto desde la perspectiva de ambos lados. Ninguna de las argumentaciones es irrefutable.

En la práctica, la propiedad de las islas desde el momento de su descubrimiento se ha resuelto mediante el uso de la fuerza. Por supuesto, existe una importante literatura acerca de los acontecimientos de 1982 y, por tanto, creemos necesario justificar nuestro aporte. Esta reseña se distingue de las demás en una serie de aspectos. En primer lugar, hemos podido aprovechar la literatura existente. Muchas razones abonan la idea de sintetizar la vasta recopilación de versiones de primera y segunda mano que se han acumulado en el curso de los últimos siete años. En segundo lugar, hemos trabajado con material original, incluso documentos argentinos que todavía no han llegado al dominio público, así como entrevistas con figuras políticas y militares claves tanto británicas cuanto argentinas.

En los dos países a los que pertenecemos hemos venido analizando los hechos de 1982 con muchos de los que estuvieron estrechamente vinculados con el tema desde el principio de la crisis. Celebramos una serie de entrevistas suplementarias especialmente en relación con esta obra. Sin embargo, esas entrevistas fueron sólo parte del proceso de verificación de una fuente con la ayuda de otra, la búsqueda de la confirmación de las interpretaciones, y el intento de resolver los conflictos generados por la propia evidencia. No hemos ignorado ninguna posible fuente en nuestro esfuerzo por organizar una reseña del conflicto.

Ciertamente, un rasgo original de este libro consiste en que ha sido escrito conjuntamente por dos personas, una por cada país beligerante. Este método nos ha permitido enlazar el material argentino con el británico en una medida que es difícilmente realizable cuando se aborda el material desde un punto de vista nacional específico. El resultado es una desusada oportunidad de percibir el desarrollo de un conflicto desde ambos lados, y también de examinar las formas en que los enunciados y las declaraciones de cada parte influyeron sobre la otra. Creemos que los argumentos en favor de nuestra cooperación dicen algo respecto de la relación natural entre Gran Bretaña y la Argentina; pero con este libro no intentamos defender una posición política.

Tampoco es éste de ningún modo un documento de compromiso: en realidad, nos sorprendió la facilidad con que llegábamos a coincidir en los lineamientos de nuestro análisis. Es posible que hayamos evitado las cuestiones políticas más polémicas mediante el recurso de apartarnos de un juicio respecto de los méritos de la disputa de soberanía, y del intento de resolver las diferencias que perduran entre nuestros dos países; pero hemos tratado de afrontar directamente los abundantes temas que alimentan la controversia de la interpretación histórica y que están incluidos en este estudio. Ello nos pareció importante, pues ambos tenemos conciencia de la rapidez con que puede crearse una mitología alrededor de las guerras, a medida que se exalta a los héroes y los mártires, se critican e incluso se castigan los fracasos, se repiten las anécdotas emocionantes y se olvidan los episodios embarazosos.

Cierto grado de elaboración mítica puede ser inevitable, un poco de todo eso incluso puede ser saludable; pero en exceso es peligroso. Si la verdad es la primera baja de la guerra, puede ser también su víctima más constante. El ritmo y la confusión de la crisis y el conflicto por sí mismos originan buena proporción de problemas: no se llevan debidamente los registros, e incluso las memorias más honestas son falibles. Lo que ahora nos parece decisivo, merecía entonces el calificativo de trivial; las inquietudes apremiantes del momento son ignoradas después. La percepción retrospectiva determina que las decisiones razonables parezcan absurdas y asigna la virtud de una gran visión a ciertas jugadas temerarias. Como si todo esto no fuese suficiente, cuando aparecen las consideraciones relacionadas con el orgullo nacional y la reputación política, la separación entre la historia y la mitología llega a ser incluso más difícil.

Abrigamos la esperanza de ayudar a proteger a la historia de los fabricantes de mitos mediante el recurso de mantenernos cerca de la evidencia. En un plano menos elevado, también confiamos en que los que continuaron sintiéndose intrigados por los episodios de 1982 hallen en estas páginas una versión de alcance integral y convincente en sus análisis sobre algunos de los aspectos más desconcertantes del conflicto. Las limitaciones impuestas por el espacio determinan que esta versión no logre ser una historia íntegra. La abordamos principalmente mirando desde lo alto hacia abajo, más que elevando la mirada desde abajo; es decir, este libro analiza las decisiones fundamentales y el modo en que se las adoptó.

Hay muchos argumentos favorables a la idea de explorar las experiencias de los que se encontraron atrapados en las consecuencias de tales decisiones. Ese enfoque amplía el panorama del drama humano y nos recuerda todas las consecuencias por las cuales es preferible evitar las guerras. Pero la explicación exige que examinemos el modo en que los jefes políticos y militares llegan a definir sus objetivos y eligen algunas de las opciones disponibles para alcanzarlos. A veces, también el panorama general puede ser comprendido sólo si se examina el detalle más menudo. De ahí que hayamos analizado algunos enfrentamientos importantes -por ejemplo, la ocupación argentina de las islas el 2 de abril, el hundimiento del Belgrano y la batalla de Pradera del Ganso- con mucha cautela, sencillamente por lo que revelan acerca de la interacción de la esfera política con la esfera militar.

El análisis exhaustivo de los intentos mediadores del secretario de estado norteamericano Alexander Haig, el presidente peruano Fernando Belaúnde Terry y el secretario general de las Naciones Unidas Pérez de Cuéllar, ilustran la relación entre diferentes estilos y tácticas de negociación y la sustancia de los temas que se estaban negociando. Un inconveniente de nuestro enfoque consiste en que nunca se puede hacer justicia a la intensidad de los sentimientos que se originaron en ambos bandos y a las pasiones generadas en el curso del conflicto. Exhortamos a nuestros lectores a recordar este trasfondo del proceso de decisión, ya que fue una influencia fundamental y constante. La Guerra de las Malvinas ofrece una oportunidad única para analizar un conflicto internacional importante desde diferentes ángulos. Propone las dificultades del manejo de la crisis y los de la mediación internacional, así como el tema de la conducción de las operaciones militares.

Un tema que se desprende de esta obra es el modo en que los planes más ambiciosos de quienes tratan la política general se ven frustrados regularmente por las más sencillas confusiones, las peculiaridades de la conducta diplomática y la imprevisibilidad lisa y llana de todas las operaciones militares. Otro problema, estrictamente relacionado con el anterior, consiste en que el político más racional y escrupuloso se siente atrapado no sólo por las pasiones generadas por el encuentro de los intereses nacionales, sino también por la necesidad de actuar sobre la base de información incompleta, contradictoria y a menudo irremediablemente confusa.

Indice:

Dramatis personae (listado de personajes participantes -argentinos, ingleses e internacionales- en el conflicto tanto en el terreno bélico como diplomático, ordenado por países, constando cargos correspondientes y fechas de gestión).

Introducción.

Primera Parte, El contexto:
1- La frustración argentina.
2- Aprensión británica.
3- De nuevo en punto muerto.

Segunda Parte, La crisis:
4- Las visitas de Davidoff.
5- La crisis de las Georgias del Sur.
6- La decisión de invadir.
7- Finalización del juego diplomático.

Tercera Parte, Enfrentamiento:
8- Operación Rosario.
9- La respuesta.
10- La resolución 502.
11- La ocupación.
12- Aliados, amigos y mediadores.

Cuarta Parte, Compromisos:
13- Los vaivenes de Haig: primera vuelta.
14- El vaivén de Haig: segunda vuelta.
15- Concluye el vaivén de Haig.
16- Colisión: El hundimiento del “Belgrano”.
17- La iniciativa peruana.
18- La mediación de las Naciones Unidas.

Sexta Parte, El combate:
19- Preparándose para San Carlos.
20- Las últimas maniobras diplomáticas.
21- La cabeza de puente y más allá.
22- La batalla de Puerto Argentino.
23- Rendición. Conclusión. Orden de batalla.
Notas. Bibliografía. Index.