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Ed. Planeta, año 2000. Tamaño 23 x 15,5 cm. Traducción de Manuel Serrat. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 316

moises-gerald-messadie295El primer volumen de la reconstrucción novelesca de la vida de Moisés, Moisés. Un príncipe sin corona, presentaba el molde histórico en el que se fundió el personaje: la corte y el Egipto de Ramsés II. Monarquía muy centralizada, de una formidable expansión conquistadora y corrupción endémica eran los rasgos dominantes de ese famoso período del Antiguo Egipto. Creo que no es posible hacer historia sin presentar, a la vez, el molde y el personaje que de él salió. El molde forma, el personaje se reforma.
Educado en palacio, entre la arrogante frivolidad de la corte, el joven Moisés, de sangre real por su madre, se separa de ella en lo físico y en lo moral. En lo físico, Moisés es enviado como intendente de los edificios reales al Bajo Egipto, región olvidada hasta entonces por la capital y en la que Seti I y luego Ramsés II, su megalómano hijo, construyen encarnizadamente nuevas ciudades a la medida de su orgullo. Allí descubre a los hebreos o apiru, inmigrados cuatro siglos antes siguiendo la estela de Jacob, los obreros que construyen con sus manos esas ciudades.

Pero los hebreos ya no son inmigrantes bienvenidos, protegidos como antaño por el poder real; han sido degradados al rango de, casi esclavos, explotables a voluntad. El Pentateuco, es decir, los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, hace de Moisés «un gran personaje del reino de Egipto». La fórmula está sin duda calcada del modelo de José, consejero de un faraón de los hicsos, invasores que habían sometido al país y con quienes los hebreos mantenían hereditariamente relaciones de entendimiento. Pero la definición no es falsa por completo. No dice que en el Egipto de Ramsés sólo era posible tener poder en la Administración. Moisés fue pues un gran intendente.

En el Bajo Egipto, Moisés aprende, dos virtudes que no se practicaban, ciertamente, en el Egipto de Ramsés, el verdadero, el histórico: la rebeldía y la espiritualidad. La rebeldía, sin duda, se la inspiran los hebreos, con el rechazo que les producen los manejos de la corte y de los administradores de provincia. Por su parte, la espiritualidad le llega inspirada por uno de los sacerdotes supervivientes de la religión, ya maldita, del «rey loco», Akenatón, que fundó una especie de monoteísmo, siguiendo tal vez, por otra parte, el ejemplo de los hebreos. La rebeldía hace que Moisés cometa un asesinato, el de un capataz bestial, y este hecho le obliga a huir al desierto del Sinaí. Oye allí la voz de Yahvé, que le ordena liberar a su pueblo del yugo del faraón. Y organiza, a distancia, el éxodo.

Termina aquí la primera parte de la historia.

La segunda parte es más delicada de reconstruir. El Pentateuco ofrece, en efecto, versiones contradictorias, como mínimo, de la gigantesca epopeya del éxodo. Escritos varios siglos después de los acontecimientos, los cinco libros extraen, cada cual, una interpretación de la historia de acuerdo con las cuatro grandes escuelas de los redactores que construyeron o, mejor, reconstruyeron el relato. Los episodios más célebres son objeto de versiones diametralmente opuestas. Para unos, por ejemplo, el golpe en la roca, por medio del cual Moisés hace brotar un manantial para saciar la sed de los hebreos, es una prueba de la misión divina que le ha sido impuesta; para los otros, en cambio, es el error fatal que le valdrá el castigo supremo: por no haber golpeado la roca en nombre de Yahvé, nunca verá la Tierra Prometida.

Me ha sido pues necesario trazar una línea entre estas contradicciones, recurriendo al análisis histórico, psicológico, textual y, más aún, a las lagunas. Vemos así que, cuando huyó a Arabia, actualmente Arabia Saudita, Moisés fue recibido por un sacerdote-hechicero madianita, Jethro, y que éste le dio en matrimonio a su hija Sephira. La mujer de Moisés hubiera merecido, sin duda, una mención algo afectuosa en el Pentateuco, puesto que se afirma que fue escrito por la propia mano del profeta. Pues bien, sólo se la menciona dos veces y, además, de modo expeditivo. Concibió de él dos varones, cuyos descendientes fueron los respetados levitas. ¿Le siguió en el éxodo? Sin duda alguna. ¿Por qué pues ese silencio? Porque era extranjera.

Éste es sólo un ejemplo; hay muchos más. ¿Para qué escribir, por otra parte, si no para hacer compartir al lector análisis, descubrimientos, hipótesis? Para intentar presentarle ese carácter, fuera de toda norma, que fue Moisés, poseído por la misión divina pero, sin embargo, profundamente humano, colérico, angustiado, de una generosidad de la que el Pentateuco, lamentablemente, sólo ofrece un débil reflejo, pues era necesario ser generoso para proclamar la benevolencia con el extranjero: «No olvidéis que fuisteis extranjeros en Egipto».

Las posteriores generaciones de escribas le colocaron una máscara de tirano, pero yo le creo profundamente bueno. Sacó a los hebreos de Egipto para entregarles Canaán. La tarea era dura, pues no habían tenido jefe desde hacía muchas generaciones. Llevaban
en su vientre la nostalgia de las ocas y los melones de Egipto, le dieron guerra hasta el final, asaeteándole con sus recriminaciones sobre el agua y la carne, y con sus disensiones, reprochándole haberse casado con una madianita, llegando hasta discutirle la autoridad divina. Pero el carácter del jefe estaba bien templado: era del mismo metal que Jacob, el tercer patriarca, que vio una noche al propio Yahvé y se batió contra aquel poder terrorífico e informe, lo que le valió cambiar su nombre por el de Israel: Ezra-El, «el que lucha contra Dios». Moisés, que se encontró con Dios y habló con él, no se dejará vencer por los descendientes de Israel.

Debilitado por el esfuerzo, la contrariedad, la frustración, murió antes de llegar a la Tierra Prometida, sin duda hacia los cincuenta años. No creo que eso fuera una venganza de Yahvé. Dios no se venga. La venganza es un sentimiento humano. Incluso el celoso Dios del Antiguo Testamento no pudo evitar la ternura para con ese gigante tras cuyos pasos siguen caminando aún, tres mil trescientos años después, judíos, cristianos y musulmanes.

Como puede verse, admiro a Moisés más allá de los textos reducidos, arcaicos y, me atrevo a decirlo, de una desconcertante pobreza afectiva para con ese jefe espiritual y político de primera magnitud. Incomparablemente mayor que el antepasado Abraham, merecía mucho más, por ejemplo, que una anónima tumba en las llanuras de Moab. Pues, sin él, ¿qué seríamos hoy? ¿Qué sería el mundo moderno sin los tres monoteísmos? ¿Habríamos tenido sin él a Jesús?

INDICE
Prefacio. El hombre que hizo el mundo moderno
I- EL ÉXODO
1- La urgencia
2- «No tienen dios del mar»
3- Primeras pesadumbres
4- El oro de los príncipes, la sangre de la libertad . .
5- La levadura
6- «¡Beber! ¡Comer!»
7- La jornada de los cálculos
8- Primera oposición
9- «¡Sin Él, eres sólo una lechuza!»
10- Lo que dijo Alí, el caravanero
11- La acción de gracias olvidada
12- La carne caía del cielo
13- La pelea por las codornices
14- Los blasfemos
15- Primeras armas, primer triunfo
16- Soledad .*
17- Regreso a Ecyon-Geber
II- LA MONTAÑA DEL SEÑOR
1- El perfil de las espadas
2- Los corderos de la discordia
3- Primera instalación
4- Los intrusos
5- El hilo y la aguja
6- En el Monte de la Preparación
7- La melena de fuego
8- El sueño del Arca
9- Apis
10- Los objetos de la Presencia
11- La conversación con Miriam
12- Rebeliones
13- Las leyes
14- La cólera y la conspiración
15- La enfermedad y las serpientes
16- Lo que vieron los exploradores
17- La sombra de los egipcios
III- EL LEJANO AMANECER
1- Lutos y desaires
2- Tres sones de trompa
3- Primera conquista
4- El asno de Balaam
5- Los hermanos perdidos
6- «¿Qué seríamos sin él?»
Prefacio a la bibliografía y a las notas críticas
Bibliografía y notas críticas