Precio y stock a confirmar
Ed. Manuel Suárez, año 2002. Tamaño 20 x 14 cm. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 182

Los laberintos de la memoria387Por Rubén Naranjo

Vivencias de un militante responsablemente insertado en la problemática social y política de los últimos treinta años, son las que ofrece José Ernesto Schulman en este libro testimonial.

Los episodios que se suceden cuentan experiencias presentes en el espíritu del autor, hilvanadas con independencia de los ordenamientos cronológicos del tiempo.

El lector podrá modificar la secuencia de los textos, aún más, leerlos apelando al libro en cualquiera de sus páginas: cada relato es una historia en sí misma conectada por múltiples articulaciones con las restantes historias. Todas configuran un tiempo de dudas y de afirmaciones; de esperanzas y frustraciones, de claridad ideológica y de cegueras políticas irritantes y ofensivas, de convicciones muy profundas, de represiones inscriptas en la barbarie, de compromisos asumidos hasta la entrega total, de ausencias muy queridas.

La incorporación a la Federación Juvenil Comunista en la adolecencia y el compromiso total con el Partido Comunista cuando los años afirmaron la temprana militancia, las múltiples tareas realizadas en los distintos frentes hasta alcanzar altas responsabilidades partidarias, son descriptas objetivamente. Sin el afán de mostrar protagonismo, el autor describe la intrincada madeja de relaciones existentes en el campo popular y las distintas posibilidades de luchar contra las organizaciones y los hombres del sistema sabiendo que éstos no evitan ninguna acción para intentar imponerse, recurriendo, inclusive, a los más abyectos procedimientos.

Las posibilidades han sido siempre muy desiguales porque además de disponer de fuerzas represoras preparadas para abortar intentos de transformación social, la mayoría de las instituciones civiles democráticas responden a la ideología de dominación imperante en la sociedad.

Los militantes populares no solamente son descalificados por sus convicciones sino, también, perseguidos arteramente. Por ello, la adhesión a principios contestarios y a formulaciones contéstanos y a formulaciones solidarias, conllevaba -y conlleva- un alto riesgo.

José Ernesto Schulman lo supo siendo muy joven y optó por estar junto a la gente, meterse fraternalmente en las angustias de los hombres y mujeres explotados y marginados, condenados a! hambre y a la desesperación.

La elección tenía precio. Schulman supo de persecuciones, atentados, cárceles y torturas en distintas sedes policiales de la provincia de Santa Fe. Sufrió, junto a compañeros comunistas, peronistas, troskistas, los métodos que el proceso militar aplicó para silenciar a los activistas: el ocultamiento de las detenciones, los simulacros de fusilamientos, la imposición de castigos y tormentos casi imposibles de imaginar, la utilización de la picana eléctrica hasta la destrucción de los cuerpos.

Schulman sobrevivió el terror paralizante ante la presencia de la patota que no solamente instalaba pavor en los ocupantes de los pabellones, sino también a los propios guardiacárceles. Tal la bestialidad de sus actos. Cuando arrancaban a los detenidos de sus celdas se sabía que serían asesinados en los traslados. La dramática espera de los compañeros regresando de las salas de tortura producía un estremecedor abatimiento. Muchas veces la locura habitaba las celdas.

Dice el autor: «Creo que en aquellos días solo adentro del sistema represivo se podía tener una dimensión exacta del genocidio».

El régimen carcelario, vigente nentonces y aplicado a los presos políticos, perseguía el objetivo de destruirlos como personas. Las permanentes humillaciones a que fueron sometidos atestiguan la perversidad de que la policía muchas veces torturaba más allá de las confesiones que pretendían para aniquilar espiritualmente a las víctimas, asesinándolas en las mesas de tormento.

No obstante, en los mismos pabellones, controlados rigurosamente, se crearon células que mantenían circuitos de información activos en el interior de las cárceles y lograban comunicación con el mundo exterior.

Declara Schulman: «No éramos sólo un número. Seguíamos siendo militantes populares resistiendo en la trinchera que nos tocaba defender, la de nuestra propia identidad».

En todos los momentos del libro brillan nombres -generalmente los apodos- de hombres y mujeres de distintas extracciones políticas. Ellos compartieron tramos de vida en la lucha sostenida para lograr que la Justicia fuese un bien común y el respeto por las diferencias asegurase la convivencia humana.

Muchos son quienes nos reclaman: el Negro Oscar, López, el Hachero; el Viejo Berraz, el Rafaelino, el Bachi, el Chocho y su hijo, el Tito, el Alberto, el Mono, la Mechi y el Ciego, el Ñato, el Mormón, el Chino, y más y más.

Desde sus historias personales y desde la infinita humanidad que los definieron nos hablan de enfrentamientos, de anhelos, de esperanzas.

Con sus cuerpos perforados por las balas asesinas también nos dicen sus verdades queridos militantes: Alberto Cafaratti y Leonel Mac Donald. Cayeron en plena juventud. Posiblemente, el Pelado en su León Rouge, haya plantado rosales con sus nombres como hizo por tantos compañeros desaparecidos, allá, en su jardín de Tucumán.

Es muy probable también que haya florecido el rosal de Tito Messies quien, con su obstinado silencio, señala el profundo sentido del compromiso sin límite.

Muchas de las historias dan fe de pequeños actos heroicos vividos sin heroísmo. Simplemente ocurrieron. Ocurrieron en la sordidez de las celdas y no tuvieron más testigo que los compañeros castigados.

¡Cuidado con cantar en la celda! exigían los represores. Pero no pudieron evitar que las voces de los detenidos superasen las rejas, los cerrojos y las prohibiciones del ámbito carcelario. Hoy, el autor nos acerca a ellas trasuntando la emoción de revivir tiempos siniestros compartidos con hombres íntegros, nobles, fieles a sus principios éticos.

Porque la memoria venció a la traición aparece en el libro Víctor Brusa, el juez torturador protegido por el poder político de Santa Fe y de la Nación.

El laberinto judicial que lo amparó pudo ser obviado por la permanente denuncia de José Ernesto Schulman. Su acción fue tenaz contra las cerradas puertas de los espacios oficiales y también contra la indiferencia de su propio partido que no comprendió el alcance de la lucha emprendida y no brindó, inicialmente, el apoyo necesario que se requería para descalificar a Brusa por su participación en el criminal proceso militar.

El autor señala con absoluta claridad su disconformidad por la débil posición de su partido durante la última dictadura que se marginó de la lucha emprendida por sectores populares pero exalta el compromiso y la tarea de antiguos militantes como Fidel Tonioli y José Sorbellini, porque siempre estuvieron al lado de los luchadores. Nuevas voces -la contundente de Mónica Cabrera- le permite vislumbrar que en los tiempos difíciles de nuestras horas sabremos de hostilidades, de enfrentamientos, de vida y de muerte. También de la dignidad de quienes resisten y no callan; pelean y no aceptan imposiciones, pese a las rejas y a los cerrojos.

En todas las páginas del libro está presente Julius Fusik.

Fue secretario de Prensa del clandestino Partido Comunista de Checoeslovaquia cuando las tropas de Hitler invadieron su país, durante la Segunda Guerra Mundial.

Detenido y condenado a morir en la horca, legó a la Humanidad testimonio de sus actos, aún permaneciendo en la cárcel de la Gestapo. En reportajes a sus compañeros de cautiverio -la mayoría condenados como él-, sus referencias constantes a la derrota del nazismo y a la certeza de un mundo futuro libre de explotadores, definieron su ideario.

Al Tribunal Militar que lo condenó. Fusik dijo: «Ahora ustedes van a dictar sus sentencia. Conozco su contenido: la muerte a ese hombre. Mi veredicto acerca de ustedes lo he dictado hace ya mucho tiempo. Escrito con la sangre de toda la gente honrada del mundo, he aquí lo que contiene: ¡Muera el fascismo, muera la esclavitud capitalista! ¡La vida al hombre!

José Ernesto Schulman apeló a su pensamiento y se protegió con su ejemplo en muchos momentos de su vida. El libro lo atestigua.

Desde otras páginas nos convoca la Mechi y nos dice: De nuestras vidas no nos podemos ir.

En la obra de Schulman se abrazan fraternalmente los militantes que están aquí, a la vuelta de la esquina, y Julius Fusik.

El tiempo que los separa, y que los une, fue testigo de profundas transformaciones pero aun no se alcanzó el mundo Justo por el cual peleó y murió Fusik.

Muchos hombres y mujeres están luchando para alcanzarlo sabiendo que en la pelea se puede ir la vida. Sin embargo asumen el desafío porque de nuestra vida no nos podemos ir.

José Ernesto Schulman lo sabe.

Y está marchando el camino de la noble gente que se topa con la muerte. No marcha solo.

También lo sabe.

INDICE
Prólogo
1- Llegada a Coronela
2- De libros y recuerdos
3- El desfile
4- La bomba
5- El 24 de marzo
6- La Mechi
7- El Ciego
8- La captura
9- La Cuarta
10- La perversión
11- Milico de pueblo
12- El Alberto
13- La Fede
14- El Cordobazo
15- Debate político
16- El puerto
17- La Guardia de Infantería
18- La patota sindical
19- Vida cotidiana
20- La máquina nocturna
21- Juramento hipocrático
22- El Mormón
23- El Turco
24- Tito Messiez y la «conveniencia»
25- Libertad condicional
26- Discusión sobre héroes
27- La fuga
28- El secuestro
29- Actas judiciales
30- Banderas rojas sobre el Kremlin
31- La justicia
32- La responsabilidad de Brusa
33- El robo
34- El médico forense
35- La otra bomba
36- La mudanza a Rosario
37- La Fermina
38- El Obispo
39- Día de playa
40- El Ciego en Cuba
41- Peón cuatro rey
42- El elefante blanco
43- De regreso de Managua
44- El reencuentro
45- La maldita camioneta
46- El mundialito y la C.I.D.H
47- Genocidio y dominación
48- La victoria y la derrota
49- El chancho
50- La consumación de la traición
51- Ricardone
52- La identidad bifronte
53- Los cuidadores de la memoria
54- La memoria es más larga que la traición