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Ed. Booket, año 2011. Tamaño 19 x 13 cm. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 560

la-voluntad-iv239La Voluntad IV va desde la muerte de Juan D. Perón en julio de 1974 hasta el 23 de marzo de 1976, en las horas finales del gobierno de Isabel. Para entonces, las organizaciones armadas están en su apogeo y luego, mientras creen que se consolidaban sus posiciones, ingresan en un camino sin retorno que las lleva al ocaso; José López Rega pasa de las sombras al poder de fuego, funda las bases del terrorismo de Estado y termina acorralado huyendo antes del golpe; intelectuales, militantes y artistas marchan al exilio; las fuerzas armadas lentamente vuelven a ocupar el centro de la política; la violencia es una espiral incontrolable que se apresta a desembocar en una tragedia que modificará para siempre el curso de la Nación. La Voluntad saca a la luz la trama profunda y descarnada de un período que, por temor u omisión, todavía no ha sido pensado en toda su magnitud.

—Flaca, me acaban de decir que cayó el Negro Quieto
-¿Qué?
—Que cayó el Negro Quieto.
Sergio Berlín y Mercedes Depino se miraron como quien no puede creer lo que está pasando. Roberto Quieto había sido el líder histórico de las FAR y desde la fusión con los Montoneros solía aparecer como el segundo de Firmenich aunque, en realidad, había pasado a ser el número tres unos meses ante, el segundo era Roberto Perdía, y los otros miembros de la conducción nacional eran Carlos Hobert y Raúl Yager. En ese momento, Quieto era el responsable del aparato militar y era, sobre todo, uno de los jefes montoneros con más historia y popularidad: era el único que tenía más de treinta años y era muy querido y respetado por los militantes, que contaban historias casi míticas sobre su pericia militar. Su pistola ametralladora, se decía, era un regalo de Fidel Castro.
Era el mediodía del lunes 29 de diciembre: Sergio había salido un par de horas antes para llamar a su teléfono de control y le dieron una cita urgente. Ahí, Carlón le contó que al Negro lo habían detenido unos policías de civil, la tarde anterior, en una playa de Olivos. La organización se había puesto en emergencia: por un lado tenían que levantar una cantidad de lugares que Quieto conocía; por otro, dieron órdenes para empezar una campaña por su aparición.
—¿Cómo que el Negro Quieto?, ¡la reputa madre que lo parió! ¿Qué pasó, cómo fue?
Preguntó Mercedes, desconcertada, y Sergio le contó la historia de la playa de Olivos.
—¿Pero cómo en la playa? ¿No había instrucciones de no ir a ver a las familias en las fiestas, para no arriesgarse…?
—Sí, claro, había. Y encima están diciendo que no se resistió, que se entregó sin intentar nada.
—Bueno, si el Negro lo hizo por algo debe ser. En principio, seguramente no quiso arriesgar a la mujer y a las pibas. Y alguna otra razón debía tener…Es el Negro Quieto, no un perejil cualquiera.
Siguieron dándole vueltas al asunto un rato largo: no lo podían creer. Hacía un calor de perros y no tenían ganas de nada. Entre ellos, además, seguía supurando la herida abierta aquella noche de noviembre, cuando Mercedes no volvió a dormir.
Dos días después, el 31, fueron a un recreo sobre el río Luján con varios compañeros: lo habían decidido una semana antes, y pensaron que sería mejor mantener la cita, para no dejarse ganar por el desánimo. Pero estaban todos muy abatidos. La Gorda Amalia y Román habían venido desde La Plata; Carlos y Mini trajeron a Inesita, que tenía poco más de un mes, y Sergio Puiggrós estaba con su bebe de dos meses, Sebastián, y una gran depresión: su mujer, Violeta, la que había reemplazado a Mercedes como responsable de la UES de zona Norte, había caído presa unos días antes en su casa de Núñez. Todo se derrumbaba. Comieron un asado, trataron de alegrarse con unas botellas de sidra, pero no había caso: parecía, de verdad, el principio del fin.
—Victoria, estoy preocupada. Desde que Agustín se fue no supe más nada de él. Estoy muy preocupada, flaca, no sé qué le puede estar pasando.
Graciela Daleo trató de consolarla, pero no sabía cómo. Su comadre, Susana, tenía en la cara las marcas de mucho llanto y hablaba bajito, como si tuviera miedo de escuchar sus propias palabras. Ella no militaba, pero igual se había acomodado a esa vida, y la mayoría de sus amigos eran militantes. Ya era jueves 1º de enero de 1976: estaban en la casa de unos militantes comiendo un asado, pero el clima era denso, preocupado. El sábado, Graciela tuvo una cita en la confitería Ideal.
—El Negro está cantando.
Graciela nunca había pensado en esa posibilidad. Era un golpe demasiado duro: no pudo decir ni una palabra.
—No sabemos qué pasa, no se entiende, pero están cayendo muchos lugares importantes que él conocía, alguna gente…
Uno de ellos era Alberto, su compadre. Graciela se volvió a su casa como un zombi: estaba realmente shockeada. Se tiró en su cama panza arriba y se quedó sin hablar, casi sin pensar, durante horas. No podía entenderlo. Él no podía hacerles eso. Roberto Quieto era un jefe, uno de los referentes montoneros, y no podía hacer algo así. Por el momento, más que dolida o furiosa, Graciela estaba estupefacta.
La ciudad estaba llena de pintadas que pedían por Roberto Quieto: «Que aparezca Quieto, secuestrado por las fuerzas armadas gorilas» y «Quieto preso por el ejército gorila». El sábado 3 de enero de 1976 un centenar de milicianos montoneros quemaron coches, armaron barricadas, tiraron molotovs contra bancos y concesionarias y volantes exigiendo su liberación. Sus familiares y los abogados de la organización se encargaron de pedir apoyo internacional para el desaparecido, y hubo telegramas de Alain Touraine, el partido Socialista italiano, Paco Ibáñez, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y François Mitterrand. El gobierno seguía sin reconocer la detención de Quieto, y empezaron a llegar noticias inquietantes: ya el 30 de diciembre habían caído tres casas montoneras muy secretas, con gran cantidad de material e información y, en los días sucesivos, hubo docenas de secuestros de militantes y pérdidas de materiales en todo el país. Sólo en Córdoba cayeron, en las dos semanas siguientes, 25 personas. Muchos se preguntaban en voz baja si sería cierto lo que empezaba a parecer evidente: que Quieto había cantado.
—¿Y no puede ser que le hayan dado una droga para hablar, que haya hablado bajo el efecto de la droga y no haya podido controlarse? A mí me dijeron que eso con el LSD podría pasar…
—Mirá, no es imposible. Yo tengo entendido que se han hecho estudios, pruebas, sobre todo los yanquis, con LSD y también con pentotal. Pero da la impresión de que no llegaron a resultados del todo satisfactorios.
Graciela se había obsesionado con el tema de las drogas que los milicos podrían darles para hacerlos cantar. Le parecía la hipótesis más probable sobre lo que le había pasado a Quieto: la tranquilizaba pensar que el jefe hubiera cantado más allá de su propia voluntad, y la preocupaba la posibilidad de que a ella le pasara lo mismo. Por eso buscó a un compañero suyo psiquiatra que podría explicarle un poco mejor las cosas:
—Parece que te pueden hacer hablar un poco, pero con ciertos límites. Imagínate, si funcionara al cien por cien no tendrían necesidad de torturar, nada. Te darían una inyección y listo.
—¿Vos te crees que solamente torturan para conseguir la información? Esa es una de las razones, nada más. Pero sobre todo es para destruirte, para tratar de quebrarte.
—Sí, tenes razón. Pero igual también necesitan la información. Lo de las drogas funciona, unas veces mejor que otras, pero hay maneras de bloquearlo.
—¿Cómo?
—Bueno, una manera parece que es fijar tu pensamiento en algo muy repetitivo, una frase, una imagen, una canción. Parece que eso ayuda mucho a soportar la tortura…
La tortura, seguramente, debía ser algo que estaba mucho más allá de cualquier previsión, de cualquier imaginación.posible. Pero seguramente, pensaba Graciela, además de las convicciones, tenía que haber otras armas para soportarla: la repetición o lo que fuese…

SUMARIO
UNO
Julio/agosto de 1974. Casullo: amenazas de las Tres A. De Santis: dudas y tareas. Serrat acabado. Vitali: la política de las armas. Casullo: una carrera de periodismo. El Kadri: disolución de la FAP-17. El humor argentino. Sanz: acto con Arrostito. Muerte de Rodolfo Ortega Peña. Renuncia de Nixon. Nievas: algo grande. Gaggero: derrota del ERP. Casullo: renuncia el ministro Taiana. Boom del cine argentino. Nievas: la caída.
DOS
Agosto/septiembre de 1974. Depino: preparar una acción. Elizalde: plan de fuga en Resistencia. Ferreyra: traslado a Rawson. Los nombres de la cosa. Vitali: detenido. Urien: milicianada. Muerte de dos montoneros. Bonasso: cierre de Noticias. Daleo: alfabetizar. De Santis: una victoria ambigua. Cuba y el triángulo de las Bermudas. Pase a la clandestinidad de Montoneros.
TRES
Septiembre de 1974. Casullo: más dudas. Karakachoff: rup¬tura en las Juventudes Políticas. Joan Báez en Buenos Aires. Venencio: internas y operaciones. El Kadri: muerte de José Luis Nell. García Márquez critica por izquierda. Depino: el secuestro de los hermanos Born. Gaggero: fusilamientos en Catamarca. Muerte de Silvio Frondizi. Tosco: más enfrentamientos. El Kadri: muerte de Julio Troxler. La Pepski generation. Daleo: reunión con Firmenich. Vitali: allanado y detenido.
CUATRO
Octubre/noviembre de 1974. Depino: la UES. Centimil. Comité Central del PRT. Karakachoff: sale el diario La Calle. Vitali: a Italia. Inseguridad en el Gran Buenos Aires. Sigal: protegerse. Casullo: expulsado. Tosco: la policía ocupa Luz y Fuerza. Renuncia Gelbard. Depino: muerte del comisario Villar. El Kadri: la decisión de irse.
CINCO
Noviembre/diciembre de 1974. Costa: reconciliación y embarazo. Gaggero: un nombre falso. El Altar de la Patria. Casullo: la decisión de irse. Sigal: una gira latinoamericana. Victoria obrera en Villa Constitución. Venencio: tiros, muertes. Costa: el sindicalismo clandestino. Grondona y López Rega. Vitali: Recanatti. Karakachoff: cierre de La Calle. Depino: sin vuelo. La radio. El Kadri: la partida.
SEIS
Enero/marzo de 1975. Costa: la boda. Nievas: la cárcel. Los libros de 1974. Casullo: el exilio cubano. De Santis: responsable sindical, padre. Mujeres al ataque. González: entre dos aguas. Urien: carpintero. Costa: un presentimiento. Menem y las Fuerzas Armadas. Gaggero: la familia clandestina. Depino: rescate de los Born. Villa Constitución ocupada. Karakachoff: seminario y campaña. Sanz: partido Auténtico. Vitali: la vuelta.
SIETE
Abril/mayo 1975. Costa: la caída. Amenazas de la Triple A. Nievas: la boda. El Kadri: Beirut. Caída de Saigón. Tosco: una solicitada. Mundial y paros. Urien: el Manual y la caída. Muerte de Troilo. Gaggero: Nuevo Hombre. Casullo: el exilio venezolano. La censura.
OCHO
Junio/agosto de 1975. Sigal: muerte de un camarada. Economía; la crisis. De Santis: movilización contra Rodrigo. Liberación de Jorge Born. De Santis: marcha a La Plata. Daleo: la empresa. Depino: más marchas. El Rodrigazo. 
T. E. Martínez: la caída de López Rega. Vitali: juicio al porro. Costa: Sierra Chica. Gente: «Para ganar esta guerra». De Santis: Comité Central del PRT. El fin de Rodrigo.
NUEVE
Agosto/octubre de 1975. Tosco: con Gaggero. Venencio: partidas. Cifras de la violencia. Gaggero: con Tosco y Alende, con Alfonsín. Depino: ataque al cuartel de Formosa. Adiós Sui Generis. El Kadri: a Madrid. ERP: combates en Tucumán. Montoneros: juicio a un delator. De Santis: 17 de octubre. Daleo: el Reglamento.
DIEZ
Noviembre/diciembre de 1975. Tosco: su muerte. Sigal: prepararse. Muerte de Pasolini. Depino: el acoso. Sanz: el Auténtico en Córdoba. Muerte de Franco. Casullo: muerte de Rudni. Depino: una autocrítica. La economía. Venencio: despedido. Depino: despromovida. De Santis: militar. River campeón. El ERP ataca el Depósito de Arsenales de Monte Chingolo.
ONCE
Diciembre de 1975/febrero de 1976. De Santis: las bajas. Daleo, Depino: caída de Quieto. Tiburón. Gaggero: el rechazo. Sanz: a Buenos Aires. ERP: el traidor. Horangel pronostica. Sanz: en Buenos Aires. De Santis: muerte de Delaturi. Depino: juicio a Quieto, separación. No entregarse vivo. Karakachoff: viene el golpe.
DOCE
ERP: derrotas tucumanas. La desocupación. Gaggero: un huida. Depino: unas vacaciones. Jardines de infantes. Se viene el golpe.
Indice onomástico