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Ed. Tusquets, año 1971. Tamaño 18,5 x 11 cm. Traducción de Rafael Cabrera. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 46

la-cruzada-de-los-ninos357Por Jorge Luis Borges
Buenos Aires, 1949

Si un viajero oriental —digamos, uno de los persas de Montesquieu— nos pidiera una prueba del genio literario de Francia, no sería inevitable recurrir a las obras de Montesquieu, o a los cien volúmenes de Voltaire. Nos bastaría repetir alguna palabra feliz (arc-en-ciel o el tremendo título de la historia de la primera cruzada: Gesta Dei per Francos, que significa Hazañas de Dios ejecutadas por medio de los franceses. Gesta Dei per Francos; no menos asombrosas que estas palabras fueron esas hazañas. En vano los perplejos historiadores han intentado explicaciones de tipo racional, de tipo social, de tipo económico, de tipo étnico; el hecho es que durante dos siglos la pasión de rescatar el santo sepulcro dominó a las naciones de Occidente, no sin maravilla, tal vez, de su propia razón.

A fines del siglo XI, la voz de un ermitaño de Amiens —hombre de mezquina estatura, de aire insignificante (persona contemptibilis) y de ojos singularmente vivos— impulsa la primera cruzada; las cimitarras y las máquinas de Jalil, a fines del XIII, sellan en San Juan de Acre la octava. Europa no emprende otra; la misteriosa y larga pasión ha tocado a su fin; Europa se distrae de recuperar el sepulcro de Cristo. Las cruzadas no fracasaron, dice Ernest Barker, simplemente cesaron. Del frenesí que congregó tan vastos ejércitos y planeó tan remotas operaciones, sólo quedaron unas pocas imágenes, que se reflejarían, siglos después, en los tristes y límpidos espejos de la Gerusalemme: altos jinetes revestidos de hierro, noches cargadas de leones, tierras de hechicería y de soledad. Más dolorosa es otra imagen de incontables niños perdidos.

A principios del siglo XIII, partieron de Alemania y de Francia dos expediciones de niños. Creían poder atravesar a pie enjuto los mares. ¿No los autorizaban y protegían las palabras del Evangelio Dejad que los niños vengan a mí, y no los impidáis (Lucas 18:16); no había declarado el Señor que basta la fe para mover una montaña (Mateo 17:20)? Esperanzados, ignorantes, felices, se encaminaron a los puertos del Sur. El previsto milagro no aconteció. Dios permitió que la columna francesa fuera secuestrada por traficantes de esclavos y vendida en Egipto; la alemana se perdió y desapareció, devorada por una bárbara geografía y (se conjetura) por pestilencias. Quo devenirent ignoratur. Dicen que un eco ha perdurado en la tradición del Gaitero de Hamelin.

En ciertos libros del Indostán se lee que el universo no es otra cosa que un sueño de la inmóvil divinidad que está indivisa en cada hombre; a fines del siglo XIX, Marcel Schwob —creador, actor y espectador de este sueño— trata de volver a soñar lo que había soñado hace muchos siglos, en soledades africanas y asiáticas: la historia de los niños que anhelaron rescatar el sepulcro. No ensayó, estoy seguro, la ansiosa arqueología de Flaubert; prefirió saturarse de viejas páginas de Jacques de Vitry o de Ernoul y entregarse después a los ejercicios de imaginar y de elegir. Soñó así ser el papa, ser el goliardo, ser los tres niños, ser el clérigo. Aplicó a la tarea el método analítico de Robert Browning, cuyo largo poema narrativo The Ring and the Book (1868) nos revela a través de doce monólogos la intrincada historia de un crimen, desde el punto de vista del asesino, de su víctima, de los trstigos, del abogado defensor, del fiscal, del juez, del mismo Robert Browning…Lalou (Littérature française contemporaine, 282)
ha ponderado la «sobria precisión» con que Schwob refirió la «ingenua leyenda»; yo agregaría que esa precisión no la hace menos legendaria y menos patética. ¿No observó acaso Gibbon que lo patético suele surgir de las circunstancias menudas?

INDICE
Prólogo
Epígrafe
Relato del goliardo
Relato del leproso
Relato del Papa Inicencio III
Relato de los tres pequeñuelos
Relato de Francisco Longuejoue, clérigo
Relatde de Kalandar
Relato de la pequeña Allys
Relato del Papa Gregorio IX