La Herencia Olvidada. Arte indígena de la Argentina, de Carlos Mordo

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Ed. Fondo Nacional de las Artes, año 2001. Tamaño 32,5 x 24 cm. Con más de 300 reproducciones a color sobre papel ilustración. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 238

Carlos Mordo
Octubre 2001

Las culturas originarias de Argentina trazaron, al igual que las del resto de América, una historia independiente de la epopeya de Occidente. Dicha historia, construida a partir de imaginarios diferentes, supo transcribir las mediaciones entabladas entre dioses y hombres proyectándose hacia un presente donde suele reaparecer para recuperar sus dimensiones perdidas. Al reproducirse en este mundo contemporáneo donde conviven tecnologías ajenas con una globalización aún más lejana, las memorias de tiempo cambiado nos llevan a confundir ficción con realidad, imagen con espejo, presente con pasado.

La Herencia Olvidada pretende reflejar las metáforas del pensamiento visual elaborado por aquellos pueblos que se sostienen, todavía, en su raíz profunda y en sus conocimientos ancestrales. Tales sociedades participan de una contemporaneidad donde dioses y hombres coexisten en un mismo tiempo, el del ritual, y en la cual los objetos y los cuerpos ilustrados subrayan el enigma de la doble identidad. Pero esta dualidad viste solamente la apariencia externa, confunde la mirada y oculta para el no indígena otros conflictos más profundos, escondidos bajo la cobertura de la piel o en el eterno disfraz de los grafismos. Como aventuraba el etnógrafo Alfred Metraux hace algunas décadas, podría decirse que la imagen convencional que una sociedad se hace de sus propios dioses se impone al subconsciente de los individuos, coloreando con una rígida tradición el universo de sus sueños y el espacio mágico de sus alucinaciones.

Entretanto, la estética-otra, alimentada por signos recientemente adquiridos y por una vigorosa herencia cultural, aporta una fuerza singular para el redescubrimiento de lo propio. Los mecanismos de colonización y aculturación con que se ha intentado someter a nuestras culturas aborígenes contemporáneas no supieron percibir un hecho innegable: que los pueblos renacen y se reconstruyen a partir de su propia memoria. Las identidades perdidas, atrapadas en medio de discursos que no les pertenecen, se afirman en símbolos que son a su vez reinterpretados y reelaborados, generando novedosos lenguajes donde se propone el renacimiento de la imagen y se estructura un nuevo campo de resistencia, el de la expresión visual.

¿De qué modo podemos comprender el sentido de estas nuevas estrategias visuales? Pasaron más de setenta años desde que Franz Boas construyera, en su obra El Arte Primitivo, una visión entonces novedosa para entender las circunstancias dinámicas en las que se desarrollan los estilos de arte de las culturas tradicionales, hasta entonces centradas en la disyuntiva primitivismo/civilización. A pesar del sesgo que permitían estas lecturas diferentes, la Teoría del Arte se perpetuó en la búsqueda de sutiles relaciones entre la forma, el desarrollo de la técnica y la ornamentación, vale decir la forma y su significado, para definir los estilos de los artefactos producidos por las diferentes culturas. El argumento del individuo como eje único de la creatividad artística también permitió demarcar las fronteras que separaban el arte culto del “primitivismo” estético. la discusión oponía el arte con el “no-arte”.

En los últimos años, la antropología contemporánea se concentró en la tarea de traducir la estética indígena partiendo de categorías que pudieran reflejar los contextos no occidentales habitualmente marginados de los análisis del “arte culto”. Estas búsquedas de significación permitieron profundizar, al mismo tiempo, en la historia social de los pueblos, en los mecanismos donde se construyen y se interpretan los sistemas simbólicos y, sobre todo, en la conexión fundamental que vincula el arte con la vida colectiva.

Ciertos autores consideran al arte indígena como un mecanismo que sirve únicamente para definir y reforzar las relaciones sociales. Esto puede ser cierto, pero sólo en parte. En las sociedades cuyas expresiones plásticas se encuentran tan intensamente vinculadas con la organización social y la cosmovisión que pueden mantenerse sin cambios notables por prolongados períodos, la cultura que las produce conserva vigente su trama de significados sociales y religiosos. Al mismo tiempo, puede expresar en su arte los conflictos, las dudas y los aueños que alimentan su existencia.

Los diferentes elementos que interactúan en el contexto de la producción estética presentarán variaciones, si duda, en el recorrido de la historia social de cada cultura. A medida que las sociedades tradicionales cambian, ya sea debido a procesos internos o por influencias exógenas, algunas manifestaciones perderán sentido en el interior de la organización social transformándose, en algunos casos, en símbolos de resistencia o de reafirmación de la identidad cultural. Pero los universos expresivos también circulan por otros rumbos, al operar como verdaderos lenguajes de comunicación social, convertidos en sistemas de significación agrupados en matrices simbólicas que se vuelcan en variedad de soportes. Los muros de piedra, la arcilla, las fibras vegetales, el tejido o la piel humana adquieren entonces nuevas dimensiones al constituirse en espacios significativos para la representación visual, permitiendo transmitir relatos sutiles de la contingencia humana y, particularmente, de la trayectoria y el pensamiento locales.

Apartadas del tiempo, inundadas de pensamiento, las artes visuales entretejieron intrincados sistemas de comunicación en el escenario de la economía, de la sociedad y, en especial, en el campo simbólico. La presencia de esta historia visual constituye el objeto principal de este libro, que puede recorrerse siguiendo un trazado regional y cultural que aflora en cada pequeño trazo de doce milenios de producción estética. Intentamos comprender la complejidad multicultural donde se gestó nuestra historia, estructurada sobre diferentes imaginarios y representaciones, en lugar de exhibir iconografías aisladas o sostener relaciones aventuradas.

Algunos de los conceptos expresados en este trabajo han sido vertidos en ensayos anteriores, seminarios y ponencias, e intentan ser un aporte a la búsqueda de un lenguaje que permita abordar los fenómenos significativos del arte indígena. Tanto las investigaciones desarrolladas por Alberto Rex González, desde su temprano y brillante análisis presentado en Arte, estructura y arqueología hasta las vertientes simbólicas del complejo Aguada, como las realizadas por Carlos J. Gradín y Juan Schobinger en el arte parietal, nos hicieron conocer la complejidad de la estética precolombina de la Argentina. Del mismo modo, los trabajos de Guillermo Magrassi, Rodolfo Casamiquela, Adolfo Colombres o Néstor García Canclini nos acercaron a la comprensión de las expresiones plásticas contemporáneas, al analizar sus vinculaciones con el arte popular.

La trama del imaginario representativo es extensa y compleja. Abarca a los primitivos habitantes del Noroeste y la Patagonia, cuyo pensamiento y vida cotidiana pueden reconstruirse a través de su arte rupestre y su ergología; a las elaboradas representaciones de los pueblos andinos, reflejadas en su arte cerámico, su textilería y su metalurgia, apoyados en estructurados sistemas de organización social y religiosa; a la interpretación de intrincados complejos simbólicos en las antiguas poblaciones de Tierra del Fuego y a la influencia de nuevos patrones visuales en aquellas culturas que entraron en conflicto con la conquista. En los últimos capítulos recorremos, en una rápida mirada, los mecanismos de representación de nuestros aborígenes contemporáneos, donde conviven las pervivencias y la resistencia al desmembramiento cultural y social en una mezcla fecunda. Entre todos estos relatos surge un panorama abrumador por su vitalidad y de singular riqueza, que nos despierta la conciencia sobre la inequívoca presencia de una tradición visual profunda y sabia, trazada a lo largo de milenios de conflictuada existencia.

Además de la gran diversidad de encuadres metodológicos y criterios analíticos, existe en nuestro país abundante material de referencia, parte del cual ha sido citado en la bibliografía, donde pueden ampliarse los conocimientos sobre diversos aspectos de las culturas originarias. También es posible acudir a un amplio espectro de marcos teóricos, de Boas a Baudrillard o de Lévi-Strauss a Geertz, para adscribir a una mirada particular o encontrar un sesgo determinado.

En el caso específico de nuestro trabajo han tenido especial importancia los conceptos sobre el sentido social de la actividad ritual y de la otredad propuestos por Marc Augé, el análisis de lo sagrado en Godelier y, sobre todo, la percepción del arte como sistema cultural de Clifford Geertz. Al mismo tiempo, nos hemos nutrido en aquellos investigadores que proponen una nueva mirada americana para desentrañar los significados del arte indígena, como Ticio Escobar, Berta Ribeiro o Lux Vidal, al introducirnos en el interior de los imaginarios colectivos y las representaciones, dos puntos de referencia inmersos en esa oposición permanente entre lo real y lo simbólico que enmarca la identidad de nuestras culturas originarias.

No ha sido nuestra intención convertir este libro en una etnografía del extremo sur, ni volcar en estas pocas páginas la totalidad del conocimiento que, sobre nuestros pueblos indígenas, pueden brindarnos la prehistoria, la historia o la arqueología. Hemos intentado, más bien, transitar un camino que permita al lector encarar su propia lectura sobre la expresividad estética de nuestros pueblos, no solamente desde una vertiente semántica o semiótica, sino a partir del concepto -aparentemente simple- que busca comprender las artes como exteriorización de la temporalidad humana (tiempo histórico, tiempo social, tiempo mítico), entendiendo que el devenir casi nunca se interrumpe. Como la cultura, está en permanente cambio y se alimenta de su propia historia, de sus propios hombres, de su propia memoria.

No olvidamos, compartiendo la lúcida mirada de los chilenos Quiroz y Olivares, que tanto los relatos de los cronistas como las reconstrucciones de los antropólogos enmascaran muchas veces lo ya enmascarado y contienen, al igual que nuestro relato, las preferencias, recortes, virtudes, defectos, percepciones y sentimientos de informantes e investigadores.

Esta visión fragmentada del pasado nos puede permitir, sin embargo, reconstruir a modo de un patchwork inconcluso parte de la historia visual en la que se nutren tanto nuestros pueblos indígenas -herederos ciertos- como nuestra cultura contemporánea, que forman parte de nuestra confusa identidad local.

SUMARIO
Un arte sin tiempo
PARTE I, LAS IMAGENES DE LA MEMORIA
PARTE II, UN PAIS DE 12000 AÑOS
1- Museos de piedra
2- El jaguar y la serpiente
3- Las tramas ocultas
PARTE III, EL IMAGINARIO DEL NUEVO MUNDO
1- Influencias de la Conquista en el Arte Indígena
2- La estética aborigen a partir del siglo XVI
a) Por punas y montañas
b) Culturas de Tierra del Fuego y la Patagonia
c) Caminantes de la llanura
d) Del chañar al algodón
e) De pescadores y monteses
f) Imaginarios cruzados
PARTE IV, LA HERENCIA OLVIDADA
1- La población indígena de la Argentina
2- Las artes de los pueblos originarios
a) Las comunidades de altura
b) Los pueblos del viento
c) Las culturas chaqueñas
d) La “civilización vegetal”
PARTE V, MEMORIAS DEL FUTURO
Bibliografía