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Ed. Anagrama, año 1997. Tamaño 22 x 14,5 cm. Traducción de Damián Alou. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 226

Presagios del milenio, Bloom207Por Harold Bloom

El elemento dominante de las tradiciones religiosas occidentales —en mayor medida en Europa y Oriente Medio que en los Estados Unidos- tiende a ser de orientación institucional, histórica y dogmática. Es algo que se puede afirmar del judaísmo ortodoxo, del islam, en sus ramas sunita y chiíta, y del cristianismo, ya sea católico, ortodoxo oriental o protestante de la línea tradicionalista. En todas estas religiones, Dios es considerado esencialmente algo externo al yo. Dentro de estas tradiciones ha habido visionarios místicos y espirituales que han sido capaces de conciliar sus puntos de vista con los de la autoridad institucional, pero siempre ha existido también una tendencia alternativa: el camino de la gnosis, una aceptación, o conocimiento, del Dios que hay en nuestro interior, algo que, sin excepción, las confesiones institucionales han condenado como herético. De una u otra forma, la gnosis ha perdurado durante al menos los dos milenios de lo que se denomina era común (e.c.), compartida primero por judíos y cristianos y posteriormente también por los musulmanes. Mi experiencia y mis convicciones religiosas constituyen una forma de gnosis, y, en cierto sentido, todo este libro, y no sólo su epílogo, es una especie de sermón gnóstico. Mis inquietudes espirituales, al tiempo que son personales, judías y estadounidenses, poseen un elemento universal que surge de toda una vida de estudio de la gnosis, tanto la antigua como la moderna.

Con todo, este libro, aunque inspirado por una beca y nacido, por tanto, en el ámbito universitario, pretende huir de la mera erudición y ser un testimonio religioso personal que incida en nuestras comunes preocupaciones ante la inminencia del milenio.
Pretendo demostrar hasta qué punto cuatro de esas crecientes preocupaciones nuestras se imbrican necesariamente: la angelología, un elemento casi premonitorio en los sueños, la «experiencia de una muerte casi cierta» y la inminencia de] milenio (situado en años tan distintos como el 2000, el 2001 o el 2033). La imbricación de estas cuestiones es muy anterior a nuestra época, y podemos remontarla a la Persia o la Palestina antiguas, y a la Arabia, la Provenza o la España medievales.

He tomado el gnosticismo cristiano, el sufismo musulmán chiíta y el cabalismo judío como fuentes explicativas, pues todas ellas ofrecen convincentes interpretaciones de los vínculos entre ángeles, sueños, viajes al más allá o manifestaciones de los cuerpos astrales y esperanzas mesiánicas. Otras tradiciones esotéricas también abarcan estas entidades, pero quizá no de una manera tan vívida ni tan relevante como las de los gnósticos, los sufíes y los cabalistas. Parece existir un hilo común, quizá hermético, entre la gnosis, la teosofía sufí y la cábala, que he intentado desarrollar aquí hasta formar un método que nos permita dilucidar aspectos de lo sobrenatural que ahora interesan a muchos de nosotros, tanto escépticos como creyentes, a medida que nos aproximamos al siglo XXI.

He seguido a unas pocas autoridades, pero de primer orden: Hans Jonas e Ioan Couliano para el gnosticismo cristiano, Henry Corbin para el sufismo persa, Gershom Scholem y Moshe Idel para la cábala; sin embargo, en la actualidad casi todas mis interpretaciones de estas tradiciones son esencialmente propias y están influidas de modo evidente por mi concepción de lo que denomino la religión estadounidense, una fe sincrética y ampliamente extendida que me parece muy distinta del cristianismo europeo. El interés por la angelología, los sueños proféticos y las manifestaciones de una «muerte casi cierta» en tanto que presagios milenaristas es un fenómeno mundial, pero adquiere una intensidad peculiar en los Estados Unidos, pues el Cristo estadounidense suele ser más el Jesús de la Resurrección que el de la Crucifixión o la Ascensión.

Sin embargo, este libro no pretende ser una continuación de The American Religion (1992), pues aquí me concentro exclusivamente en cómo se entrelazan los ángeles, los sueños, el trascender la muerte y la espera del fin de nuestra era. Es evidente que una nación cuyo sumo sacerdote casi oficial es el reverendo Billy Graham, autor de Approaching Hoojbeats: The Four Horsemen of the Apocaljpse (Repiqueteo de cascos que se acercan: los cuatro jinetes del Apocalipsis), ha de tener una sensación de inmediatez del milenio mucho más intensa que prácticamente cualquier otra. Nuestros baptistas del Sur y mormones, nuestros adventistas y pentecostales, así como otras confesiones nativas, tienen sus particulares concepciones de un inminente fin de los tiempos, concepciones que considero que forman parte del tema de este libro, aunque situadas en la periferia de su núcleo central, núcleo constituido por un complejo de ideas, imágenes y experiencias interiores que han asumido formas externas, visibles y palpables para muchos de nosotros. Sin duda, algunas de ellas son meras ilusiones; pero otras quizá no lo sean. Sin embargo, todas cuentan con distinguidos precursores pertenecientes a venerables tradiciones que poseen un justificado prestigio cultural y sólidos argumentos en los que basarse.

Desde un principio quiero dejar bien clara mi convicción de que tan estéril es tomar al pie de la letra la experiencia espiritual -ya sea antigua, medieval o contemporánea- como rechazarla. Se trata de una convicción práctica, y, siguiendo a William James, considero que las experiencias religiosas que se salen de lo común son radicalmente distintas entre sí y exclusivas de quienes las experimentan. Para muchos de los antiguos, fenómenos como los ángeles, los sueños, los viajes al más allá o las manifestaciones de los cuerpos astrales eran esencialmente una misma cosa, pues lo que ahora denominamos psicología y cosmología también eran una misma cosa. Gran parte de lo que ahora se denomina ciencia no es más que mero cientificismo, el mismo que, en su versión decimonónica, deformó diversos aspectos de las especulaciones de Freud, en particular los que se refieren a la naturale2a de los sueños.

En el límite más extremo de la física contemporánea, una frontera en constante evolución, abundan las especulaciones que el cientificismo decimonónico habría rechazado como místicas. Me fascina que buena parte de las preocupaciones por lo sobrenatural que se van apoderando de nosotros a medida que se acerca el milenio no hacen más que repetir, a nivel popular, las complejas y esotéricas convicciones e imágenes de los sabios, aunque sin alcanzar la esclarecedora profundidad de éstos. Henry Corbin, el gran estudioso del islam, en concreto del sufismo chiíta, deploraba el abismo que separa en Occidente la percepción sensorial, con sus datos empíricos, de las intuiciones o categorías del intelecto. La imaginación poética, en la tradición occidental posterior a la Ilustración, se esfuerza por colmar ese vacío, pero casi todos nosotros vemos sus obras puramente como ficciones o mitos.

En Spiritual Body and Celestial Earth (Cuerpo espiritual y tierra celestial), Corbin nos insta elocuentemente a pensar de otro modo:

«Por estos motivos, no existe ninguna esperanza de recuperar la realidad sui generis de un mundo suprasensible que no sea ni el mundo empírico de los sentidos ni el mundo abstracto del intelecto. Además, desde hace largo tiempo parece radicalmente imposible para nosotros redescubrir la verdadera realidad -la realidad operativa, podríamos decir- propia del «mundo angélico», una realidad prescrita en el Ser en sí mismo y que no es, ni mucho menos, un mito dependiente de las infraestructuras sociopolíticas o socioeconómicas. Es imposible penetrar, de la manera en que se penetra en un mundo real, en el universo de la angelología zoroástrica […] lo mismo podríamos decir de las angelofanías de la Biblia»

Desde el punto de vista de Corbin, siguiendo a los sabios, el sentido empírico o literal en sí es una metáfora de la falta de visión, lo cual me parece pragmáticamente cierto. Entre el mundo sensorial y el intelectual, los sabios siempre han sentido la existencia de una esfera intermedia, parecida a lo que denominamos imaginación poética. El creyente, ortodoxo o no, siente esta esfera intermedia como la presencia de lo divino en el mundo cotidiano. Para alguien más escéptico, dicha presencia es primordialmente estética, o quizá una especie de perspectivismo.

En este libro, la esfera situada entre las realidades literal e intelectual conserva su nombre tradicional de reino angélico, y se describe y analiza como tal. Los ángeles, en el sentido judaico, cristiano e islámico, rara vez aparecen en la Biblia hebrea, y apenas desempeñan un papel independiente hasta el muy tardío Libro de Daniel, escrito aproximadamente en el 165 a.e.c., la época de la insurrección macabea contra los seléucidas. En la narrativa bíblica más antigua, denominada tradición yahvista o J, que se remonta al siglo X a.e.c., casi todos los ángeles son meros sustitutos del propio Yahvé, aunque probablemente fueron añadidos al texto por su redactor en el momento del regreso de Babilonia o poco después (siglo VI a.e.c.). Hay un irónico adagio talmúdico que dice: «Los nombres de los ángeles proceden de Babilonia», y sospecho que algo más que sus nombres es originario del este del Jordán.

La angelología de Daniel, y de los posteriores libros de Enoc, es esencialmente más zoroástrica que israelita. Norman Cohn, una autoridad en el pensamiento milenarista, remonta su origen al profeta iranio Zoroastro, del que no se sabe exactamente cuándo vivió, aunque es posible que fuera hacia el año 1500 a.e.c.; de ser así, precedería en medio milenio a la tradición yahvista. Zoroastro comenzó siendo sacerdote de la antigua religión irania de los magos, pero la reformó, y el zoroastrismo se convirtió en la fe del imperio persa desde al menos el siglo VI a.e.c. hasta mediados del siglo VII e.c., cuando los musulmanes lo erradicaron. Hoy día sólo quedan unos cien mil zoroastras en la India, denominados parsis, y unos pocos miles (como mucho) en el Irán. Se trata, pues, de una religión otrora importantísima que prácticamente ha desaparecido, aunque el judaísmo, el cristianismo y el islamismo conservan la peculiar impronta mesiánica zoroástrica. El dios de Zoroastro, Ahura Mazda, Señor de la Luz y la Sabiduría, era benigno y poderoso, pero tenía un malvado hermano gemelo, Angra Mainyu, Señor del Mal y la Destruccion. La incesante guerra entre los gemelos acabaría, algún día, con el triunfo de Ahura Mazda y la instauración de un reino de paz y alegría eternas.

Como primer profeta milenarista, puede decirse que Zoroastro introdujo el concepto de la resurrección de los muertos. Antes de él se creía que todo el mundo descendía a un triste y temible inframundo, a excepción de unos pocos agraciados por los dioses. Según Zoroastro, quienes creyeran en él subirían a los cielos, y quienes se le opusieran descenderían a un inframundo de castigo. Además de la noción de infierno, parece que también introdujo la de la resurrección de la carne, cuando llegara el final de los tiempos. Transfigurada por un fuego divino, la naturaleza se convertiría en eternidad. Evidentemente, Zoroastro esperaba que este gran cambio ocurriera durante su propia vida. Puesto que no fue así, el profeta tuvo la previsión de concebir un futuro benefactor o figura mesiánica, el Saoshyant, que triunfaría sobre las fuerzas del mal y resucitaría a los muertos.

En la larga historia del zoroastrismo, las doctrinas originales del profeta acabaron siendo arrinconadas por las ideas reformadoras del zervanismo, que en sus inicios fue una herejía, pero terminó convirtiéndose en la religión oficial del imperio persa desde principios del siglo IV a.e.c. En lugar de un inminente apocalipsis, el zervanismo proponía un ciclo de eras mundiales. Tres milenios después de Zoroastro, Ormazd (el nuevo nombre de Ahura Mazda) triunfaría por fin sobre Ahrimán (nombre definitivo del malvado Angra Mainyu). Zervan, o el Tiempo, era considerado padre tanto de Ormazd como de Ahrimán, una identificación que facilitó que el judaísmo helenizado asimilara el zervanismo, pues Yahvé podía equipararse con Zervan. Norman Cohn ha rastreado la influencia del zervanismo desde los libros de Daniel y de Enoc, pasando por la comunidad de Qumrán (Mar Muerto), hasta llegar al Apocalipsis de San Juan. Henry Corbin encontró la misma continuidad entre el zervanismo y el islamismo persa, en particular los sufíes chiítas. La angelología fue el legado más importante que los zervanitas transmitieron a judíos, cristianos y musulmanes.

Más adelante estudiaré el desarrollo de la angelologia, pero ahora quisiera reflexionar precisamente acerca del modo en que su origen en la religión milenarista irania ha influido desde entonces en las características de los ángeles. La Biblia hebrea, incluyendo el Libro de Daniel, el escrito en último lugar de los veinte de que consta, no menciona ninguna fuerza maligna independiente de Dios. En el Libro de Job, Satán es un acusador autorizado, sancionado por Yahvé, y no un demonio ni un ser que pueda obrar según su propia voluntad o para sus propios fines. Hasta los apócrifos, de Enoc en adelante, no comienza Satán verdaderamente su desconcertante carrera de rebelde en contra de Dios. Sin embargo, ya en Daniel, dentro de los libros canónicos de la Biblia, empieza a mencionarse a los ángeles y, por primera vez, profetizan el futuro, aunque sólo sea interpretando los sueños de Daniel. Miguel y Gabriel, ángeles guardianes de Israel, son el preludio (como se verá) del alud angélico que se derramará sobre el pueblo de Dios en los libros de Enoc. La imagen central de la visión de Zoroastro es un fuego que purifica y cura, el cual transforma a Enoc en Metatrón, el más grande de los ángeles, a quien se dedicará buena parte de este libro.

Metatrón, que es crucial en la cábala, concretamente en su libro más importante, el Zohar de Moisés de León, es un ángel que no se parece a ningún otro anterior a él en la tradición judía. Ya no se le puede considerar un sirviente de Yahvé, y ni siquiera es su mensajero: es «el Yahvé menor», un segundo poder en el cielo. Su categoría ontológica, a la vez de ángel y de dios, recuerda a los Elohim, o seres divinos, de los cuales Yahvé formó parte al principio. El autor de Enoc probablemente partió de la cosmología zoroástrica, donde el Dios de la Luz y la Sabiduría está siempre rodeado de seis poderes emparentados, los arcángeles zoroástricos. Ormazd aparece con tres arcángeles masculinos a su derecha y tres femeninos a su izquierda, mientras que él es al mismo tiempo padre y madre de la Creación. De los seis arcángeles, el más importante para este libro es Spenta Armaita, el único ángel femenino de la tierra y madre de Daena, el cuerpo astral o de la resurrección de cada uno de nosotros, el cual se manifiesta al alma en el alba que sigue a la tercera noche posterior a nuestra muerte.

La imagen del cuerpo astral, o Atavío de Luz, es más antigua que el zoroastrismo: se remonta al menos a la India de los Vedas, y encontramos analogías aún más antiguas en Egipto y en el chamanismo inmemorial extendido por todo el mundo. Sin embargo, su versión zoroástrica parece decisiva para Occidente, pues se fundió con el hermetismo alejandrino y el neoplatonismo hasta que alcanzó su pleno desarrollo, primero en el sufismo persa y posteriormente en la cábala. Más adelante bosquejaré estas complejas doctrinas; de momento, simplemente, deseo subrayar que nuestra angelología y nuestras «experiencias de una muerte casi cierta» tienen sus auténticos orígenes en la imaginación persa, tanto mazdeísta como musulmana. Resulta irónico que el cristianismo siempre haya considerado al islam una herejía y al zoroastrismo un residuo exótico, pues su espiritualidad debe muchísimo a ambas tradiciones rivales.

¿Qué vincula con tanta fuerza a los ángeles, los sueños proféticos y la esperanza de trascender la muerte con los anhelos milenaristas, ya sean mesiánicos o medrosos? Mi respuesta sería una imagen, lo que de ningún modo implica que, por lo que contiene y lo que representa, esa imagen no pueda ser real, mucho más real que otras que aceptamos quizá con demasiada facilidad. Esta imagen es la de una persona primordial, al tiempo masculina y femenina, anterior a Adán y Eva, no caída y casi divina, angélica y, sin embargo, superior a los ángeles, un sueño nostálgico y también una profecía del esplendor mesiánico o milenarista, de la que emana una luz abrasadora y cegadora. Esta imagen tiene muchos nombres; el genérico más apropiado que conozco es Ánthropos, u Hombre (que abarca también a la mujer). Por heterodoxa que pueda parecerles esta imagen primordial del Hombre al judaísmo ortodoxo, al cristianismo y al islam, es posible que en el fondo sea el fundamento último de esas tres religiones.

Al aproximarnos al milenio, nos encontramos con numerosos presagios que son variaciones de la antigua imagen que, más que ninguna
otra, quiebra la antítesis ortodoxa entre Dios y hombre. Puesto que el sufismo persa y el cabalismo, sobre el que influyó, combinan elementos de platonismo hermético, gnosticismo cristiano y zervanismo, su imagen del Hombre de Luz es lo suficientemente ecléctica y fundamental para servir a los propósitos de este libro. El ángel guardián, o gemelo celestial; el sueño, que es tanto mensajero como intérprete de sí mismo; el cuerpo astral, propio del ascenso o la resurrección; el advenimiento del fin de los tiempos: estos cuatro presagios se funden en la imagen de un Hombre Primordial restaurado, una epifanía y un testimonio.

Todavía nos queda abordar un motivo de preocupación en esta introducción: la gnosis, o conocimiento directo de Dios dentro del yo, es algo esotérico, ya sea zoroástrica, hermética, gnóstica cristiana, sufí musulmana, cabalística judía o alguna versión mixta o sincrética de estas creencias. En el mundo contemporáneo, a medida que avanzamos hacia el milenio, nuestros omnipresentes presagios son más populares y laicos que judaicos, cristianos o musulmanes. Aquellos de nosotros que sienten la presencia de ángeles, que tienen sueños premonitorios, que pasan por la «experiencia de una muerte casi cierta», rara vez son eruditos en antiguos esoterismos o, como mucho, conocen las imágenes tradicionales en formas degradadas, adulteraciones consecuencia del movimiento de la Nueva Era.

¿Cómo podremos comprender las continuidades, a menudo aparentes y en ocasiones reales, entre la gnosis y lo cotidiano? ¿Es que la gente, a la sombra del milenio, se enfrenta a imágenes arquetípicas que de algún modo poseen una existencia independiente, o, simplemente, vuelve a dar vida (y de una manera literal) a formas sagradas ahora reducidas a modas? ¿Se copian unos a otros, o miran en el interior de sí mismos para copiar algo que ya está en ellos: los elementos mejores y más antiguos de sus yoes?

No soy jungiano, por lo que no doy crédito a los arquetipos del inconsciente colectivo. Pero soy un crítico literario y religioso, así como un entregado estudiante de la gnosis, tanto antigua como moderna, y siento un enorme respeto por las imágenes recurrentes de la espiritualidad humana, sin importarme cómo se transmitan. Las imágenes tienen su propia fuerza y su propia persistencia; dan fe de las necesidades y los deseos humanos, pero también de una frontera trascendente que marca o bien un límite a lo humano o bien que más allá de lo humano puede no haber límites. Vuelvo ahora a lo que cité anteriormente, al «mundo suprasensible que no sea ni el mundo empírico de los sentidos ni el mundo abstracto del intelecto» de Henry Corbin. En ese mundo intermedio reinan las imágenes, tanto si pertenecen a las obras de Shakespeare, a las escrituras de las diversas religiones o a nuestros sueños como si son manifestaciones de la presencia de ángeles o de los cuerpos astrales. Puede que el milenio sólo sea un suceso en ese mundo intermedio, pero ¿quién puede establecer o profetizar las relaciones últimas entre impresiones sensoriales, imágenes y conceptos?

El mundo angélico, ya sea una metáfora o una realidad, es una imagen gigante en la que podemos vernos y estudiarnos, incluso mientras avanzamos hacia el fin de nuestra era.

Si te buscas a ti mismo fuera de ti mismo, entonces sólo hallarás el desastre, ya sea erótico o ideológico.

INDICE
Introducción
Prólogo: Confianza en sí mismo o mero gnosticismo
1- LOS ANGELES
Visiones de ángeles
Su degradación actual
Metatrón, que era Enoc
La jerarquía angélica católica
Los ángeles caídos
Los ángeles, los milagros y los Estados Unidos
2- LOS SUEÑOS
El ángel respondiente
La naturaleza de los sueños
El libro de sueños de Sigmund Freud
Profecía y sueños
3- TRASCENDER LA MUERTE
La «experiencia de una muerte casi cierta»
Chamanismo: viajes al otro mundo
El cuerpo astral: el zelem
Inmortalidad y resurrección
El Cuerpo de la Resurrección
4- LA GNOSIS
El Corpus Hermético: el Hombre Divino
El gnosticismo cristiano: Valentín y la resurrección
El sufismo: el Ángel de la Tierra y el Atavío de Luz
La cábala: Metatrón, el Yahvé Menor
La cábala: la transmigración de las almas según Luria
5- EL MILENIO
Los siglos estadounidenses
La gnosis del mundo futuro
Epílogo: Ni por la fe ni por los ángeles: un sermón gnóstico