Ed. Losada, año 2008. Tamaño 19 x 12 cm. Traducción de Miguel Sáenz. Nuevo, 206 págs. Precio y stock a confirmar.

Novelista, dramaturgo y filósofo austriaco, Broch nació en Viena el 1 de noviembre de 1886. Fue director de la empresa textil de su familia desde 1907 hasta 1928, año en el que abandonó la empresa para estudiar matemáticas y filosofía en la Universidad de Viena. La trilogía novelística de Broch, Los sonámbulos (1931-1932), presenta a las clases medias de Alemania entre 1888 y 1918 como una gente sin objetivos ni ideales, que se mueve sonámbula entre los cambios sociales.

Tras la ocupación nazi de Austria, en 1938, fue detenido como sospechoso de oposición. Huyó a Estados Unidos, donde enseñó en las universidades de Princeton y Yale y emprendió investigaciones sobre psicología de masas. Entre sus últimas novelas, La muerte de Virgilio (1945) utiliza las dudas del poeta clásico romano Virgilio acerca de si debe destruir su poema épico, la Eneida, para cuestionar el valor del arte. Los inocentes (1950) describe los años entre 1918 y 1933 y la pasividad que permitió el ascenso del nazismo; y su última e inconclusa novela, El tentador (1954), recrea la historia del nazismo representada por una crisis en un pueblo de montaña.

En 1942, durante el período más tranquilo de su exilio norteamericano, Hermann Broch escribió una confesión del conflicto que ha definido su vida y ha determinado su trabajo, y se la envió a dos mujeres con las que mantenía relaciones. El texto, conocido con el título de Autobiografía psíquica, constituye una confidencia por demás íntima –lo que uno suele llevarse consigo cuando muere-, dejando en la desnudez más cruda la estructura anímica de su autor.

“Es la imagen de un horrible sentimiento de inferioridad. El que surgiera de una derrota en mi primera infancia, concretamente tanto frente a mi padre como frente a mi hermano, en relación con el amor materno, deberá quedar inexplicado. Hasta donde puedo recordar, yo me consideraba frente a esos dos hombres como un no-hombre, como «impotente». El que en el fondo sea completamente impotente, también en sentido físico, es una idea imposible de erradicar que -a pesar de todas las pruebas en contrario- me ha acompañado durante toda la vida. Como todo complejo de inferioridad, también ése me ha llevado a compensarlo por exceso, concretamente, por decirlo así, tanto positiva como negativamente, a saber [me ha llevado a]: a) demostrar mi virilidad mediante relaciones amorosas siempre renovadas y pruebas de superpotencia; b) desdeñar esa clase de pruebas, que no prueban nada porque no se remedia la derrota original, y por ello un continuo regresar al ascetismo como forma de vida que me resulta agradable; c) en cambio, corregir la derrota original dentro de la familia mediante la asunción de la responsabilidad hacia toda ella, entre otras cosas, especialmente en el terreno comercial, tan importante para mi familia; d) una extensión de esa actitud de responsabilidad que no afectó sólo a mi familia sino a casi todas mis relaciones humanas, pero en definitiva se extendió a una responsabilidad general hacia la humanidad y la verdad es que, por ello -aunque a veces sea productiva- supera con mucho mis fuerzas.

El que en todos esos intereses, tanto positivos como negativos, no me hubiera mostrado «impotente» era para mí una sorpresa constante y renovada, pero sin embargo no hizo vacilar la idea de mi impotencia. No hace falta decir que ello se expresaba en forma especialmente extrema en mi trato con la gente. Mi comportamiento con mis semejantes [se caracterizaba por] mi timidez y reserva, que sólo con el mayor esfuerzo podía vencer. El hecho de que, sin embargo, tenga influencia en las personas, de que ellas -evidentemente porque se dan cuenta de mi disposición a la responsabilidad- quieran cada vez más que las guíe, y de que, con ello, tanto con ellas como conmigo mismo, haya tenido una y otra vez «éxito» en la vida, todo eso es para mí una y otra vez una sorpresa, y el tormento casi físico que padezco con mis semejantes no ha cambiado desde mi primera infancia.

Mi actitud hacia las mujeres está determinada por ello de una forma perfectamente clara: no elijo a mis compañeras sino que ellas me eligen a mí. Porque a) el impotente no puede cortejar a nadie, ya que no puede correr el riesgo de su posible impotencia; b) si, por el contrario, es elegido, el riesgo de la impotencia recae sobre la mujer, y por consiguiente resulta menos vergonzoso; c) si es elegido de esa forma por una mujer; se le concede a él, el no-hombre, el impotente, una gracia de la que no deja nunca de sorprenderse, aunque conozca bien, o incluso cínicamente, el automatismo de las relaciones sexuales; d ) de esa forma, aunque no haya elegido por sí mismo, llega desde el principio a una emotiva relación de agradecimiento y obligación, determinada por lazos mucho menos eróticos que morales, aunque éstos puedan tener rasgos erótico-masoquistas.

Realmente, ese agradecimiento emotivo y esa emoción agradecida se han convertido para mí en un factor dominante en mi relación con las mujeres que, con sorpresa por mi parte, me han elegido, y realmente ha surgido de ello algo así como un deber moral, a saber el grotesco deber de [estar] dispuesto no sólo -al menos teóricamente y por principio- a toda mujer dispuesta, sino también a dedicarle por decirlo así toda la vida”.

Indice:
Autobiografía psíquica. Apéndice a mi autobiografía psíquica (1943). Autobiografía como programa de trabajo (1941).
Epílogo. Donquijuanjote: Hermann Broch sobre sí mismo, por Michael Lützeler.
Nota editorial.
Indice de abreviaturas.
Notas.
Tabla cronológica.
Hermann Broch en español.
Indice onomástico.