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Ed. Fundación Banco de Boston, año 1991. Tamaño 23,5 x 20,5 cm. Incluye 24 fotografías en blanco y negro sobre papel ilustración. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 96

El complejo mosaico de lugares porteños tiene bellas teselas, conocidas y apreciadas por quienes en tales barrios viven, y admiradas también por quienes recorren sus calles. Son los distintos lugares de esta polifacética ciudad de Buenos Aires, cantados por poetas y literatos, y evocados por los historiadores.

Por diversas circunstancias, cada barrio porteño tiene algunas características que lo distinguen, y es por eso capaz de formar una inequívoca imagen. Así sucede, por ejemplo, con San Telmo, la Boca, Recoleta, Flores, Belgrano… Pero esto no es general. Por curiosos procesos urbanos que vienen desde muy atrás en el tiempo, el barrio de Palermo es otra cosa. No sabemos si esto es mejor o peor, para su esencia como lugar urbano; pero no existe un Palermo, sino muchos.

Imagine el lector —palermitano o no—, y acaso, visitante que llega del interior del país o turista arribado desde el extranjero, que desea conocer tan característico lugar de la Ciudad. Para su sorpresa, deberá visitar y luego apreciar sitios que son totalmente disímiles.

Transitará, tal vez soportando los barquinazos de un romántico mateo —esos coches del final del pasado siglo—, por una especie de Bois de Boulogne argentino, mientras un cascabeleante caballito recorre avenidas arboladas, senderos florecidos, a la vera de lagos con agradables puentes o casi¬tas como de cuentos de hadas. Todo es posible allí: remeros entusiastas, niños jugando, vendedores ambulantes…

Si el viajero ha llegado por aire, su avión habrá descendido en el Aeroparque Jorge Newbery, y entonces lo rodearán imágenes distintas: un río insólito, sin la otra orilla, y al que la Ciudad va devorando de a poco con mordiscos que dejan huellas verdes.

Tal vez llegue luego a la Plaza Italia, rumorosa, con el bronce de José Garibaldi, como añorando el homenaje de los italianos setembrinos que allí se convocaban antaño; y ahí cerca, como conformando postales de color sepia, verá el arco romano de acceso al Jardín Zoológico, y al lado, la poesía teñida de verdes cambiantes del Jardín Botánico con el misterio sugerente de los senderos húmedos y umbríos, y las piezas de arte, como adormecidos entre flores, y un Castillo de Chocolate, que es una joya bordada con flores de santarrita.

Si el paseante cree que ya conoce lo más característico de este Barrio, cae en una errónea información. Sabrá entonces que en estos montecillos o bosques que bordeó, estuvo la mano severa de Juan Manuel de Rosas, dirigiendo a peones de su factoría ganadera, cuidando rosales o administrando el país federal; y más tarde, la visionerà postura de Domingo Faustino Sarmiento, adelantando tiempos. Y donde está la estatua del Maestro sanjuanino se halló la casona del Gobernante porteño; y ahí cerca verá la mole blanca del Monumento de los Españoles, que en 1934 fue cubierto por una gigantesca cruz, cargada de mensajes, y donde oraron los peregrinos del Congreso Eucarístico Internacional.

Sin alejarse mucho, tal vez se intrigue con la extraña silueta del Planetario, semejante a una nave de mundos lejanos, posada sobre el césped donde comenzó el deporte argentino, y esperando, de un momento a otro, elevarse hacia el infinito.

Por allí, cuando el siglo empezaba, podía oírse un tango inicial, y acaso dar unos pasos de ese baile eterno que tomó para sí los muchos caminos del mundo, mientras que en las avenidas se cumplían los ritos domingueros: paseos a caballo o en coches distintos, en bicicletas de museo, o en los
automóviles que asustaban a los troncos de briosos caballos.

Por allí hizo colocar exóticas palmas el prócer que fuera presidente, para luego soportar las burlas populares que a sus amadas palmeras llamaran las escobas de Sarmiento…

En un rincón del Jardín Botánico le dirán que vivió, dos siglos hace, la familia de los Cueli, fabricantes de pólvora para los ejércitos patrios; y no lejos, los Holmberg, cargados de avances civilizadores. Y podrá detenerse frente a los edificios de la Sociedad Rural Argentina, que cada año, cuando el invierno llega, ofrece imágenes del campo argentino.
Por el Camino de Santa Fe cruzará una avenida que es la tapa del mitológico arroyo Maldonado, una mezcla de historia y leyendas; y allí, si es de noche, parecerán escurrirse las siluetas borrosas de los soldados del Cuartel Maldonado, las chinas cuarteleras, las linternas rojas de las casas poco san¬tas, el paso de algún compadrito que se aleja del Café La Paloma, luego de escuchar a Juan Maglio (a) Pacho, o tomará el Camino de las Cañitas, en procura de las no lejanas Barrancas de Belgrano, mirando con recelo la otra orilla, con sus montecillos de cañas tacuaras.

Seguramente que el viajero piensa que ya conoce el barrio de Palermo, pero no es así… Faltará que se interne, por entre los huecos que deja la Quinta de Bollini, hacia el sur, para meterse en las tierras que caminara el pastor y maestro William Morris, en procura de muchos desvalidos, pobladores del Barrio Maldonado. Y no lejos verá la Casa-Museo de don Alfredo L. Palacios, el mosqueteril político socialista, acaso bregando «por las mujeres y los niños», o en procura de un ansiado descanso dominical, antes imposible. Y ahí, no más, estará «la manzana pareja que persiste en mi barrio», donde vive la mirada nebulosa y la mente preclara de Jorge Luis Borges. Sí: Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga… Y en el Palermo que ahora llaman Viejo, por lo antiguo, estará esperándolo la casita menuda y digna que habitara Evaristo Carriego, el poeta de los pobres, en esa umbrosa ca¬lle Honduras que conservara, para nuestra alegría, sus árboles y los adoquines que soportaron las cintas plateadas de los perdidos tranvías.

Aquí veremos, si sabemos mirar en torno, las casas de aquella Ciudad con amplios patios florecidos, cuartos grandes y altos —acaso, conventillos rumorosos—, donde un organito podría desgranar un tango, y donde crecen todavía glicinas, y se retuercen las parras nudosas, con sus ásperas uvas chinches…

Ya casi conoce a Palermo el viajero curioso; pero siempre quedará algo por mostrar, como quien observa un álbum con tarjetas postales de ayer y de hoy, coloridas con ingenuos matices.

A pesar de conocer lo dificultoso de nuestra labor, un hondo afecto nos obliga a intentar la obra. El lector juzgará los resultados; y cuando lo leído resulte escaso, siempre le quedará el recurso de ahondar con lecturas, o de escuchar los testimonios de los vecinos que vivieron los ayeres del barrio de Palermo.

INDICE
PRESENTACIÓN
PRÓLOGO
I- EL ESCENARIO GEOGRÁFICO
Geografía palermitana
El arroyo Maldonado
Algo de la historia del arroyo
II- LOS ANTIGUOS VECINOS
Los primeros pobladores del Palermo fundacional
Juan Domínguez Palermo
Los Cueli
Otras familias del pasado
III- AQUELLOS CAMINOS…
IV- TIEMPOS DE JUAN MANUEL DE ROSAS
V- LAS QUINTAS
Los Holmberg
La quinta de Bollini
VI- ALGUNOS COMPRARON TERRENOS…
Año 1900
Año 1905
Año 1907
Año 1910, el del Centenario
VII- EL PARQUE TRES DE FEBRERO
VIII- LOS PORTONES
IX- EL JARDÍN ZOOLÓGICO
Eduardo Ladislao Holmberg
X- CLEMENTE ONELLI
XI- LA SOCIEDAD RURAL ARGENTINA
XII- EL JARDÍN BOTÁNICO
XIII- LA PLAZA ITALIA
Los salones de baile
XIV- HACIA EL PACÍFICO
XV- LA TIERRA DEL FUEGO…
La Penitenciaría
El Parque
El Parque Romano
Antigua Cervecería
XVI- EL BARRIO MALDONADO
William C. Morris, maestro
Presencia de Alfredo L. Palacios
XVII- JORGE LUIS BORGES
XVIII- EL BARRIO GUADALUPE
El Colegio Guadalupe
Catedral Apostólica Católica Armenia
Colegio del Divino Corazón
La Plaza Campaña del Desierto
XIX- VILLA ALVEAR
El Gasómetro
XX- EVARISTO CARRIEGO, POETA
La casa de la calle Honduras
XXI- LOS BOSQUES
La costa
La Avenida Costanera
El Club de Pescadores
El Bosque Alegre
El Aeroparque Jorge Newbery
XXII- HACIA EL BARRIO DE BELGRANO
Las Obras Sanitarias de la Nación
Un campo de deportes
Club Gimnasia y Esgrima
El Gran Lago
Plazas que recuerdan a países
Campo Municipal de Golf
El Hipódromo Argentino
El Tiro Federal Argentino
El Campo Hípico
XXIII- CERCA DE LA RECOLETA
El Planetario Galileo Galilei
Monumento a Justo José de Urquiza
Nace el fútbol
Monumento de los Españoles
El Congreso Eucarístico Internacional
El Monumento a Sarmiento
El Café de Hansen
El Jardín Japonés
El Hostal del Ciervo
El Patio Andaluz
El Club Ríver Plate
El Tenis Club Argentino
El Hospital Juan A. Fernández
XXIV- DE CAFÉS Y CINEMATÓGRAFOS
Los cinematógrafos
XXV- EL BARRIO TOMA FORMA
Los ferrocarriles
Ferrocarril Nacional General José de San Martín
Ferrocarril Nacional General Manuel Belgrano
Ferrocarril Nacional General Bartolomé Mitre
Algo sobre tranvías
Líneas de ómnibus
Líneas actuales de colectivos
Trenes subterráneos: Línea «D»
Los museos
Las bibliotecas
Las comisarías
Iglesias católicas
Iglesias de otros cultos
Junta de Estudios Históricos de Palermo
Escuelas municipales primarias
Escuelas secundarias estatales
Otras escuelas
XXVI- ANTIGUOS NOMBRES DE LAS CALLES
XXVII- EL ARTE
XXVIII- AQUÍ VIVIERON…
Antiguos vecinos
Escritores, historiadores, poetas, profesores y políticos
Los políticos
Los científicos
Los artistas plásticos
Los Músicos
Otros personajes y familias notables
XXIX- DE TODO UN POCO
EPÍLOGO
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA