Un psicólogo en el campo de concentración, de Viktor E. Frankl

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Ed. Plantin, año 1955. Tamaño 18,5 x 13,5 cm. Traducción directa del alemán de P. F. Valdés y A. von Ritter-Záhony. Estado: Usado muy bueno. Cantidad de páginas: 152

Viktor E. Frankl es el creador del método psicoterapéutico denominado Logoterapia y Análisis existencial. Es Prewsidente de la Sociedad Médica de Psicoterapia de Austria, Jefe de la Sección de Neurología y Psiquiatría en el Policlínico General de Viena y Profesor de Neurología y Psiquiatría en la Universidad de Viena.

Este libro es fruto de las experiencias del autor en los campos de concentración.

Por Viktor E. Frankl

Queremos anticipar que las vivencias a las que nos vamos a referir a continuación no se relacionan tanto con lo que acaecía en los famosos grandes campos como con lo ocurrido en las temidas sucursales de éstos, en las dependencias de los campos mayores. Es sabido que precisamente estos campos más pequeños eran manifiestos campos de exterminio.

No trataremos pues del sufrimiento y muerte de los grandes héroes y mártires, sino más bien de los “pequeños” sacrificios y de la “pequeña” muerte de la gran masa.

No nos ocuparemos de lo que aquel “capo” por espacio de años y años, o este otro preso “prominente” tuvieron que sufrir o tienen para contar, sino que nos dedicaremos a la pasión del ocupante “desconocido” del campo de concentración. El preso común, el que no llevaba brazalete, era alguien a quien los capos, por ejemplo, miraban desdeñosamente, y mientras él pasaba hambre y hasta se moría de hambre, a los capos no les fue mal, por lo menos en cuanto a la alimentación, y a muchos de ellos incluso les fue mejor que en toda su vida anterior. Psicológica, caracterológicamente deberá juzgarse a estos capos-tipo en la misma categoría que la SS, es decir, a los guardianes, ya que se habían asimilado psicológica y sociológicamente a estos tipos de hombres, y habían colaborado con ellos.

Con frecuencia los capos solían ser más duros que los propios guardias y con mayor crueldad atormentaban a los presos comunes, golpeándolos con mayor saña que incluso la SS. Por lo general, para el cargo de capo se elegía de antemano sólo a aquellos presos que servían para semejante oficio, y se los destituía inmediatamente si no “colaboraban”.

El de afuera, el que nunca estuvo en un campo de concentración, el no iniciado, suele formarse una idea equivocada de la situación que reina en un campo, tiñendo la vida aquella con un cierto sentimentalismo, e incluso, como si dijéramos, la amerenga, pues no tiene idea de la feroz lucha por la existencia que se desarrolla precisamente en los campos pequeños y entre los mismos presos. En esta lucha por el pan de cada día o para conservar y aveces salvar la vida, no suele andarse con melindres; se lucha sin compasión por los propios intereses, sean éstos los de uno mismo o los de un estrecho círculo de amigos.

Supongamos por ejemplo que está para salir un transporte que debe llevar un determinado número de presos -al parecer a otro campo-, pero se sospecha, y no sin fundamento, que a donde va es “al gas”, o sea que el respectivo transporte, digamos de gente enferma o débil, no es más que una de las llamadas selecciones, esto es, que se ha hecho una selección de presos inútiles para el trabajo, a los cuales se exterminará en uno de los grandes campos centrales provistos de cámaras de gas y crematorios. En ese mismo momento se desencadena una lucha de todos contra todos, o bien de ciertos grupos o camarillas entre sí. Cada uno trata de protegerse o de proteger a los que por algún motivo le tocan de cerca, de ponerlos a salvo del transporte, de “reclamarlos” en el último momento y lograr que los borren de la lista.

Nadie ignora que cada uno librado del exterminio deberá ser sustituido por otro, ya que por lo general la que debe quedar intacta es una cifra, la cifra de presos que deben formar el transporte. Cada uno, pues, no es literalmente más que un número; en la lista figuran tan sólo los números de los presos. Tengamos presente que por ejemplo en Auschwitz, donde se le priva al preso desde el momento de su ingreso de todo cuanto posee, no dejándole el menor documento, todos tienen la posibilidad de adoptar un nombre cualquiera, arrogarse la profesión que les plazca, y más, una posibilidad de la que, por los más variados motivos, se hace abundante uso. Lo que no se borra (en la mayoría de los casos en forma de tatuaje) y que por lo tanto es lo único que interesa a las autoridades del campo, es el número del preso.

A ningún guardián o capataz se le ocurriría pedir al preso su nombre cuando quiere dar parte de él (por “falta de diligencia” en el trabajo, la mayoría de los casos); mira solamente el número que todo preso debe llevar, según las ordenanzas, cosido en determinados lugares del pantalón, chaqueta y abrigo, y lo anota (cosa no poco temida debido a las consecuencias que acarrea).

Volvamos ahora al caso de un transporte inminente. El preso, en este momento, no tiene tiempo ni ganas para hacer consideraciones abstracto-morales. Cada uno sólo piensa en conservar su propia vida para los que en casa esperan su retorno, y en proteger a sus allegados en el campo. Por tanto, no vacilará en hacer que, en su reemplazo, se incluya a cualquier otro “número” en el transporte.

De lo antedicho se deduce ya que los capos representan una especie de “selección negativa”: para este cargo sólo sirven los individuos más brutales (y deliberadamente prescindimos de las excepciones que, afortunada y naturalmente, también hubo aquí). Pero aparte de esta selección, digamos activa, efectuada por la SS, había además otra pasiva.

De los presos encerrados por espacio de muchos años en campos de concentración, que habían sido trasladados de campo en campo hasta conocer más de una docena, sólo pudieron conservar su vida por lo general aquellos que no se dejaron trabar por sus escrúpulos en esta lucha por la existencia y que no retrocedían ante brutalidades, hurtos, ni siquiera cuando las víctimas eran sus propios compañeros, aquellos, en fin, que se servían de cualquier medio, por deshonesto que fuera, para lograr la superviviencia. Todos los que, gracias a miles y miles de felices casualidades o a milagros de Dios -como se quiera llamarlo-, salvamos nuestras vidas, lo sabemos bien y podemos decirlo tranquilamente: los mejores no volvieron.

INDICE
Introducción
1- El prisionero “desconocido”
2- Prisionero Nº 119.104
3- La Primera fase: Ingreso en el Campo
4- La Segunda fase
5- La huida hacia adentro
6- Planteamiento existencial del problema
7- La Tercera fase: Retorno a la libertad