Sociología de una revolución, de Frantz Fanon

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Ediciones del ’70, año 1973. Tamaño 18 x 13,5 cm. Estado: Usado muy bueno. Cantidad de páginas: 152

Por Frantz Fanon
Julio de 1959

La guerra de Argelia iniciará pronto su sexto año. En noviembre de 1954, ni entre nosotros ni en el resto del mundo, se sospechaba que sería necesario luchar durante 60 meses antes de lograr que el colonialismo francés cediera en su opresión y permitiera que se escuchara la voz del pueblo argelino.

Ningún cambio político se ha presentado tras cinco años de lucha. Los responsables de la política de Francia siguen proclamando que Argelia es francesa.

Esta guerra ha movilizado a la totalidad del pueblo, y lo ha obligado a invertir masivamente sus reservas y recursos más ocultos. El pueblo argelino no se ha concedido ni un instante de respiro, entre otras razones, porque el colonialismo al que se enfrenta no se lo ha permitido.

Es preciso decir que la guerra de Argelia es la más alucinante que haya emprendido pueblo alguno para romper el dominio colonial. Sus adversarios afirman frecuentemente que la revolución argelina es llevada a cabo por personas sanguinarias. Por ot5ra parte, los demócratas que simpatizan con ella la acusan de haber cometido errores.

Es cierto que algunos ciudadanos argelinos no han seguido las directivas de los organismos dirigentes, que han surgido problemas que debieran haberse evitado en el suelo nacional; mas por otra parte, tales incidentes se han producido siempre en relación con otros ciudadanos argelinos.

Pero entonces ¿qué ha hecho la Revolución? ¿Ha eludido sus responsabilidades? ¿Acaso no ha sancionado estos actos que podían alterar el más auténtico significado de nuestro combate? ¿Es que no mencionó Ferhat Abbas, presidente del Consejo del GPRA, las medidas, a veces capitales, que tomó la dirección revolucionaria?

¿Quién no será capaz de comprender, desde el punto de vista psicológico, la razón de que surjan los violentos arrebatos contra los traidores o los criminales de guerra? Los hombres que lucharon en el primer Ejército francés recordaron con repugnancia durante mucho tiempo a los justicieros de última hora que descargaban sus armas contra los colaboradores. Quienes lucharon en la isla de Elba, aquellos que participaron en la campaña de Italia y en el desembarco efectuado en Tolón, se rebelaron contra estos “ajustes de cuentas” fratricidas, ilegales y, a veces, aplicados en forma vergonzosa. Sin embargo, no recordamos que haya habido sentencia contra guerrilleros por ejecuciones sumarias, precedidas de torturas, de civiles inermes.

En los momentos en que el pueblo sufría el asalto masivo del colonialismo, el Frente de Liberación Nacional no vacilo en prohibir algunas formas de acción, y recordó constantemente a las unidades las leyes internacionales de la guerra, porque en una guerra de liberación, el pueblo colonizado debe triunfar, pero la victoria debe obtenerse sin “barbarie”. El pueblo europeo que tortura es un pueblo degradado, traidor a su historia. El pueblo subdesarrollado que tortura afirma su propia naturaleza, se comporta como pueblo subdesarrollado. El pueblo subdesarrollado tiene la obligación, si no quiere verse condenado moralmente por las “naciones occidentales”, a practicar el fair play, mientras que su adversario puede dedicarse, con la conciencia absolutamente tranquila, al descubrimiento ilimitado de nuevos métodos de terror.

El pueblo subdesarrollado debe mostrar, al mismo tiempo, por su capacidad combativa, las posibilidades que tiene para convertirse en nación; y la por la pureza de cada una de sus actitudes debe hacer ver a todos que es, hasta en sus menores detalles, el pueblo más transparente y dueño de sí que pueda existir. Pero todo esto no es cosa fácil.

Mientras que en la región de Mascara, hace exactamente seis meses, más de 30 combatientes sitiados y sin municiones, después de haber luchado con piedras, fueron hechos prisioneros y ejecutados, en otro sector un médico argelino envió un grupo a la rontera para conseguir urgentemente los únicos medicamentos que podían salvar la vida a un prisionero francés. En el trayecto, dos combatientes argelinos fueron muertos. Otras veces se enviaron soldados para efectuar acciones de diversión que permitieran que un grupo de prisioneros llegara sano y salvo a la comandancia de la región.

Por lo que se refiere al pueblo argelino, diremos que existe en Argelia una situación irrversible. El propio colonialismo francés ha comprendido lo anterior e intenta seguir anárquicamente el movimiento histórico. En la Asamblea Nacional Francesa hacen acto de presencia 80 diputados argelinos. Pero hoy tal cosa no sirve para nada.

La Asamblea única ha sido aceptada por los ultras, aunque en 1959 esta decisión resulta irrisoria ante las dimensiones extraordinarias que alcanzó la conciencia nacional argelina. Interroguen a cualquier hombre o mujer del mundo y pregúntenle si el pueblo argelino no ha conquistado veinte veces el derecho a ser independiente. En 1959, nadie excepto los franceses que han arrastrado a su país a esta horrible aventura, deja de aspirar al fin de la matanza y al nacimiento de la nación argelina.

En tanto que en muchos países coloniales la independencia de un partido nutre progresivamente la conciencia nacional difusa del pueblo, en Argelia es la conciencia nacional, la miseria y el terror colectivos quienes impulsan ineludiblemente al pueblo a tomar en sus manos las riendas de su propio destino.

Deseamos mostrar en estas páginas que el colonialismo ha perdido definitivamente la partida en Argelia, mientras que los argelinos la han ganado de manera absoluta. Este pueblo analfabeto que escribe las páginas más bellas y más emotivas de la lucha por la libertad no puede retroceder ni callar.

En estas páginas veremos los cambios ocurridos en la conciencia del argelino. Y veremos las fisuras a partir de las cuales se ha remodelado la sociedad europea de Argelia. En realidad, asistimos a la agonía lenta, pero segura, de la mentalidad colonialista.

De ahí la tesis que repetiremos con frecuencia: la muerte del colonialismo es, a la vez, la muerte del colonizado y la muerte del colonizador.

Las nuevas relaciones no consisten en la sustitución de una barbarie por otra barbarie, de una destrucción del hombre por otra destrucción del hombre. Lo que deseamos los argelinos es descubrir al hombre detrás del colonizador; ese hombre, a la vez organizador y víctima de un sistema que lo había ahogado y reducido al silencio. En cuanto a nosotros, desde hace largos meses hemos rehabilitado al hombre colonizado de Argelia. Hemos arrancado al argelino de la opresión secular e implacable. Nos hemos puesto de pie y avanzamos. ¿Quién puede reinstalarnos en la servidumbre?

Deseamos una Argelia abierta a todos, propicia a todos los talentos.

Lo deseamos y lo haremos. No creemos que exista fuerza capaz de impedirlo.

INDICE
Introducción
I- Argelia se quita el velo
Anexo
II- “Aquí la voz de Argelia…”
III- La familia argelina
IV- Medicina y colonialismo
V- La minoría europea de Argelia
Anexo I- Testimonio de Charles Geromini
Anexo II- Testimonio de Yvon Bresson
Conclusión