Rosas el pequeño, de Rodolfo Puiggrós

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Ed. Perennis, año 1953. Tamaño 20 x 15 cm. Estado: Usado muy bueno (con faltante en el extremo superior izquierdo de la tapa). Cantidad de páginas: 392

Por Rodolfo Puiggrós
Buenos Aires, septiembre de 1943

Este libro estaba destinado inicialmente a publicarse en la Argentina, con pie de imprenta de una editorial de Buenos Airesy para ser vendido al público sin restricción alguna. Pero después de haber sido puesto el nombre del autor en el index policial, y de haber juzgado los doctos empleados de la Sección Especial (censores literarios y consejeros culturales del actual gobierno), peligrosos otros libros del mismo autor, en los que se exaltan las luchas patrióticas de las masas argentinas, era de todo punto de vista inconveniente imprimirlo y tratar de difundirlo abiertamente en la tierra donde vieron la luz y actuaron Mariano Moreno y José de San Martín. Finalmente, una ley de imprenta que toma por modelo las concepciones del doctor José Goebbels -inspirador de tiranuelos y aspirantes a tiranuelos que llegan al festín cuando se han levantado los manteles y empieza a doler la cabeza- no deja otra vía, para la impresión y difusión de un libro de esta naturaleza, que la que le ofrece un país libre, como la patria de Artigas, cuna del federalismo rioplatense, hogar de los luchadores contra la tiranía rosista, tierra de los valientes de diversas nacionalidades que en la Nueva Troya resistieron un asedio de nueve años, hasta hacer madurar las condiciones que abrieron el camino de Caseros.

Este libro, sin embargo, va dirigido al pueblo argentino, que nunca ha sido tan consciente, esclarecido, bien orientado y decidido como lo es hoy, a pesar del desenfreno del gobierno despótico que pretende en vano en vano paralizar sus luchas y canalizar sus indomables energías hacia el odio a los pueblos hermanos de América. Han sido destruidos los órganos legales de nuestra democracia, pero la democracia se amplía, se profundiza y se hace invisible en el corazón de las masas, a medida que avanzan las horas. ¡Tiemblan los déspotas, aunque están armados hasta los dientes! Ponen mordaza a la prensa, y cien periódicos clandestinos difunden por centenas de millares lo que piensa el pueblo. Llenan las cárceles de patriotas, y cada uno de los confinados tiene mayor autoridad en el pueblo que una reunión de gabinete. Declaran la guerra a los políticos, y hombres y mujeres de todas las clases y credos los desafían pensando políticamente. Desatan una ola de falsas promesas demagógicas, y los obreros la reciben con carcajadas. Quieren dividir a las fuerzas opositoras, y se organiza un vasto, firme e inquebrantable movimiento de unidad nacional para voltearlos. Pretenden crear un estatismo paralizante del desarrollo económico, y la pujanza de las fuerzas productivas en constante crecimiento va generando una situación revolucionaria. Gobiernan, como Rosas, nutriendo con su despotismo los elementos materiales que han de derrocarlos e iniciar una era de democracia y progreso sin precedentes.

El paralelo histórico no es, en este caso, artificioso. El autor no se propuso hacerlo, al escribir este libro. Pero la historia es la maestra de los pueblos y la época de Rosas resulta, para nosotros, aleccionadora en grado sumo.

La desunión de los argentinos engendró la figura pequeña y siniestra del tirano.

Unidos rechazamos agresiones extranjeras, rompimos las cadenas de la esclavitud colonial y cruzamos los Andes para mezclar nuestra sangre con la sangre hermana de chilenos y peruanos en la gesta emancipadora. Desunidos provocamos el aborto de ese producto de la reacción y la barbarie que polarizó durante un cuarto de siglo la resistencia terrorista al avance de la nación. ¡Desconfiemos de los que arrastran por el lodo la palabra PATRIA para dividir y anarquizar a la sociedad, descomponer a la familia y sumirnos en el caos de la guerra civil! Ellos quieren, siguiendo a Rosas, impedir la unión de los argentinos, desatar odios, colocar al padre frente al hijo y al hermano frente al hermano, para medrar en ese clima de intranquilidad y rencores por ellos mismos creado.

Recordemos que Rosas contempló con hostilidad los dos acontecimientos capitales de la historia patria: la Revolución de Mayo y la guerra de la independencia. Mientras los primeros patriotas proclamaban el gobierno del pueblo, don Juan Manuel empleaba su juventud en hacerse rico y poderoso, mediante el acaparamiento de tierras y ganados; y cuando San Martín llevaba la libertad a pueblos hermanos, el futuro tirano organizaba con las peonadas de estancias y saladeros la fuerza de policía que habría de sofocar las libertades argentinas y retrasar muchos años el cumplimiento de las aspiraciones democráticas y progresistas de los hombres de Mayo.

Rosas representa la antidemocracia, es decir la represión violenta de la voluntad popular. Jamás tuvo la adhesión espontánea y consciente de las masas. Se apoyaba en el dominio que ejercía como señor feudal de la campaña para organizar los cuerpos de asesinos que mantenían aterrorizada a la población. No se registra -ni antes, ni durante, ni después de la tiranía- un solo movimiento popular en favor suyo. Los famosos plebiscitos que mentan sus secuaces eran una burla sangrienta. Votar en contra equivalía al suicidio. ¡Cuán poco le costaba movilizar a los criminales del arrabal -tanto más adictos cuanto mayor era el número de delitos perdonados- para que condujesen al centro de la ciudad muchedumbres amedrentadas! De ese connubio de la delincuencia y la política nació la Mazorca.

No podía tolerar ninguna voz libre y ninguna conciencia honesta. Destituyó a ilustres profesores universitarios y a militares patriotas. Persiguió a los estudiantes e hizo de la enseñanza un problema policial. Redujo el presupuesto de instrucción pública para aumentar los gastos de policía. Deportó, apresó y asesinó a centenares de argentinos. Creó un “campo de concentración”. Organizó un fichero con los nombres de sus enemigos políticos. Disolvió el Banco Nacional porque allí se había “atrincherado la oposición”, pero se quedó con la máquina de imprimir billetes para preparar una colosal estafa de los dineros públicos. Desató una ola de persecuciones contra los extranjeros, y ofreció, al mismo tiempo, las islas Malvinas a Gran Bretaña. Cubrió de insultos a grandes figuras intelectuales y se rodeó de bufones y escribas miserables. Provocó la intervención anglo-francesa en el Río de la Plata y se hizo llamar defensor de la independencia nacional. Se opuso tercamente a la reunión de un Congreso Constituyente y a la organización federativa de la República, y llenó el país de vivas a la Santa Federación. Aisló las provincias del mundo exterior e hizo de la Aduana de Buenos Aires una fuente de recursos para apuntalar su tiranía.

Pudo tiranizar a un pueblo libre porque ese pueblo estaba dividido, y un pueblo sólo se une para proclamar, imponer y ejercer la democracia. Cuando los argentinos se unieron, en la doctrina de Mayo restaurada por los echeverrianos, el tirano cayó vergonzosamente y huyó al extranjero sin intentar siquiera la resistencia. Al día siguiente de Caseros pudo medirse el alcance de esa adhesión arrancada por el terror de la Mazorca.

Para hacer retrogradar a la Argentina al sistema rosista sería necesario reconstruir las cadenas de servidumbre, miedo, descomposición y anarquía que paralizaron las energías del heroico pueblo de Mayo. Habría que destruir la autonomía de las provincias, levantando en Buenos Aires un poder único que absorbiera todas las facultades. Tendría que darse rienda suelta a la delincuencia política -disfrazada de ultranacionalismo- y asociarla al poder policial. Sería urgente encarcelar, deportar y procesar a la oposición y llevar el terror al aula universitaria, al sindicato obrero y al centro intelectual. Debería perderse todo respeto a la inteligencia, a la honestidad y al patriotismo, y no tolerar más periodismo que el oficial. Aislada la Argentina del resto del mundo, se sumiría en un estado de postración y estancamiento. Tal es la meta a la que parecen dispuestos a llegar los hombres del 4 de junio.

Pero mientras arriba reconstruyen las cadenas de la tiranía, el pueblo reconstruye abajo los vínculos de su unidad. Si la tiranía recoge la hoy marchita experiencia de las fuerzas del retroceso, el pueblo recoge la experiencia triunfal de la marcha de la humanidad hacia la libertad. Y la tiranía será efímera, mientras el renacer del pueblo será definitivo.

Este libro aspira a ser una contribución al estudio de la desunión del pueblo argentino que dio origen al despotismo del pequeño Rosas y también un replanteo de la laboriosa reconstrucción de la unidad del pueblo argentino que terminó con una era de ignominia.

INDICE
Prólogo a la segunda edición
Prólogo a la primera edición
I- EL CAMINO DEL PODER
Los altibajos de un nuevo orden social
Las ilusiones del señor Rivadavia y los negocios de Don Juan Manuel
La conquista del poder por el estanciero Rosas
II- ROSAS EN EL GOBIERNO
El primer Gobierno de Rosas, según dos rosistas de nuestros días
La suma del poder público
Rosas y la unidad nacional
III- ROSAS Y EL COMERCIO EXTRANJERO
El conflicto con Francia y el papel de los unitarios
La intervención anglofrancesa y la libre navegación de los ríos
IV- CASEROS
Balance del Gobierno del “ilustre genio americano”
La doctrina democrática de Echeverría y la sublevación de los caudillos contra Rosas