Horas en una biblioteca, de Virginia Woolf

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El Aleph Editores, año 2005. Tamaño 21,5 14,5 cm. Edición y traducción de Miguel Martínez Lage. Estado: Usado ecelente. Cantidad de páginas: 288

Por Germán Gullón
El Cultural, 15 de julio de 2016

Virginia Woolf (nacida Adeline Virginia Stephen, 1882-1941), educada por sí misma y asistida por los sabios consejos de su padre, el intelectual Leslie Stephen, no pudo ir a la universidad de Oxford por estar cerrada, aun entonces (las dos primeras décadas del siglo veinte), a las mujeres.

Se vivían momentos extraordinarios: la Primera Guerra Mundial, la cruenta batalla del Somme (1916), donde hubo un millón de víctimas. Woolf redacta, por esas fechas, el texto crítico que da título a esta colección de ensayos, «Horas en una biblioteca», publicado inicialmente en el «Times Literary Supplement» (30-11-1916), donde pide carta franca para “El lector común”.

Frente al delirio de la masacre bélica, la sociedad inglesa se trasformaba a gran velocidad. Los hombres sin propiedades, que habían sido enviados a morir en los campos de batalla franceses por los propietarios, y las mujeres obtendrían el derecho al voto. El hombre común podría votar y elegir a sus representantes. Se rompían las amarras del antiguo orden. Y Woolf entendió que era la hora del lector corriente. Estableció en «Horas en una biblioteca» la diferencia entre quienes leen para aprender y los que lo hacen porque aman la lectura. Es a éste último “al que preferiríamos dirigir nuestra atención. Y es que el lector verdadero es esencialmente joven. Es un hombre de intensa curiosidad, de ideas, abierto de miras, comunicativo, para el cual la lectura tiene más las propiedades de un ejercicio brioso al aire libre que las del estudio en un lugar resguardado. Camina por las calzadas reales, asciende más alto, cada vez más alto, por los montes, hasta que el aire es tan exiguo que se hace difícil respirar. Para él, la lectura no es una dedicación sedentaria” (pág. 12).

Virginia Woolf defendía un modo de leer que permite dejarse llevar por el goce producido por el texto, el derecho a sentir el latido de la conciencia de su época, fuera de los condicionamientos y saberes enseñados por la tradición en escuelas y universidades, convertidos en los valores rutinarios defendidos por el crítico profesional. Esta postura respecto a la lectura se produjo en consonancia con el cambio en la narrativa europea, del que ella (con su «La señora Dalloway», de 1925) y James Joyce («Ulises», «Finnegans Wake») fueron protagonistas.

Las novelas se contaban a través de la conciencia del narrador y de los personajes, una forma de ficción que relegaría a la novela realista al armario de la historia. La voz llena de autoridad que presentaba el mundo de acuerdo con los valores de la sociedad burguesa, como los mencionados propietarios, cedía su lugar a la conciencia de una persona, del ciudadano, del personaje.

Los cientos de ensayos conservados de Virginia Woolf son, en principio, el fruto de las reuniones semanales mantenidas en su casa de Bloomsbury con intelectuales londinenses, como Lytton Strachey, E. M Forster, y otros. Las conversaciones versaban sobre libros, textos clásicos o actuales, dirigidas a comentar la lectura de los mismos y la relación que las novelas o volúmenes de cuentos tratados, que luego reseñaba, mantenían con lo que era nuevo en la forma de narrar, de organizar el argumento.

Sus ensayos sobre autores que admiraba van siempre dirigidos a calibrar ese aspecto, lo que ofrecían de distinto, de corte innovador de la realidad, que permitiera apreciarlos desde un ángulo diferente. Y era así porque, como dice su biógrafa Hermione Lee, Woolf intelectualmente era una mezcla de victoriana -la base de la educación familiar- y de modernista. Los ensayos aquí recogidos resultan todos de primer orden. Tocan temas que Woolf abordó reiteradamente, como puede ser el estatus de la ficción o la obra de sus autores favoritos, como Jane Austen, Joseph Conrad o Dostoievski, entre otros.

Se cierra esta colección con el ensayo-relato “La muerte de la polilla”, donde se narran de manera simbólica los esfuerzos de una polilla por sobrevivir. Quizás debamos leerlo a contraluz de la vida de Virginia Woolf, que sufrió de inestabilidad mental, contrariedades, pero supo luchar, defendiendo el feminismo, la capacidad de sentir grandes amores, por su marido, Leonard, por su amante Vita Sackville-West, pero cayendo al fin víctima de su enfermedad.

Por Miguel Martínez-Lage
Alloz, septiembre de 2005

Virginia Woolf solo publicó en vida dos recopilaciones de ensayos, ambos titulados The Common Reader («El lector corriente», aunque también significaría «Antología corriente»). La primera serie es de 1925 y la segunda de 1932. Pero lo cierto es que fue una muy prolífica ensayista. Después de su muerte, su marido y editor, Leonard Woolf, compiló poco a poco una serie de volúmenes sucesivos, más o menos aleatorios, que solo en 1966-1967 adquirieron la solidez debida y dieron pie a los «Collected Essays», cuatro tomos editados también por Leonard Woolf. En ese millar de páginas aparecía recogida toda su muy variada obra ensayística, textos en su mayor parte procedentes del «Times Literary Supplement» y de otras revistas literarias al uso.

Pero no eran todos: aún hubo otra recopilación: «Contemporary Writers» (obra de Jean Guiguet, que publicó Leonard Woolf en 1965). Todos ellos provienen del TLS (salvo uno, de «The Nation & Athenaeum»), y responden fielmente al descriptivo título que se le puso. Tal vez así empecemos a entender por qué van apareciendo todavía ensayos de Virginia Woolf: en el venerado TLS era prescriptivo que las críticas de cualquier extensión fueran anónimas, y esta costumbre algo vetusta y discutible aún se mantuvo en vigor hasta la década de los sesenta. Ello aclara también el uso casi formulario de la primera persona de plural en muchos de estos textos.

Sin embargo, quedaba todavía una recopilación más, titulada «Books and Portraits», editada por Mary Lyons y publicada —cómo no— en la Hogarth Press durante 1977 (no termina ahí la cosa. En el curso de preparación de este volumen aún hemos localizado al menos un ensayo más de Virginia Woolf, firmado con su nombre y aparecido en Vogue, en julio de 1925, sobre la gran novela de una dama japonesa del siglo XI, Murasaki. Es de colegir que aún quede al menos otra media docena larga de textos ensayísticos de Woolf esparcidos por toda clase de publicaciones de la época).

En esa última recopilación, «Books and Portraits», se basa nuestra selección. Hemos suprimido una docena de textos por considerarlos no solo de escaso valor para los’lectores en lengua española, sino también de exigua vigencia a día de hoy, en algunos casos noventa y hasta cien años después de haberse escrito y publicado. Con el afán de que sea la propia ensayista quien mediante la selección de sus textos redondee un mejor autorretrato de su labor —este es uno de los aspectos más asombrosos de Virginia Woolf: escribiendo por ejemplo sobre Thoreau, pinta en realidad un autorretrato sesgado, de una perspicacia y una finura poco corrientes—, hemos añadido otros ensayos tomados de los «Collected Essays».

La intención ha sido la de completar la selección de Mary Lyons, que tiene la virtud de abarcar la extensa trayectoria de la autora, desde su juventud hasta su madurez, y que venía dividida en dos partes: la primera y más copiosa, sobre escritores y libros; la segunda, más exigua, retratos diversos. Esta recopilación abarca también todas las modalidades del ensayo y una amplísima gama temática: los hay de crítica literaria, claro, y los hay sobre música, pintura y cine; los hay de corte lírico, otros muy narrativos, históricos, sobre el oficio de la novela (y sobre el arte de la biografía, que siempre le interesó de manera muy especial, así fuera porque su padre, Sir Leslie Stephen, dirigió el Diccionario Nacional de Biografía, y uno de sus mejores amigos fue Lytton Strachey, quien revoluciona el género)…

En una época como esta, en que la prosa de no ficción empieza a gozar del favor del público, seguramente por agotamiento de la novelística digamos tradicional, parecía oportuno proceder al rescate de una faceta de Virginia Woolf escasamente conocida. Como dijera su marido, «leyéndola, se percibe el funcionamiento de una gran integridad crítica». Y como escribió T. S. Eliot (otro gran ensayista a la sombra de su obra poética) cuando tuvo conocimiento de su trágica muerte, en la obra de Virginia Woolf «se dieron unas cualidades heredadas y una voluntad inéditas e irrepetibles en la historia de la cultura inglesa».

INDICE
Nota del editor
1- Horas en una biblioteca
2- Bajo el manzano
3- Un colegio de señoritas visto desde fuera
4- Sobre un amigo fiel
5- La prosa en lengua inglesa
6- Impresiones de Bayreuth
7- Modas y modales en el siglo XIX
8- Hombres y mujeres
9- Coleridge, el crítico
10- Papeles sobre Pepys
11- Praeterita
12- El cuaderno de Mr. Kipling
13- Joseph Conrad
14- Conrad, una conversación
15- Los Diarios de Emerson
16- Thoreau
17- Herman Melville
18- Un colegial ruso
19- Una mirada a Turgéniev
20- Un gigante con los pulgares muy pequeños
21- Dostoievski, el padre
22- Más Dostoievski
23- Dostoievski en Cranford
24- El trasfondo ruso
25- Maria Edgeworth y su círculo
26- Jane Austen y los cisnes
27- Un espíritu de terrible sensibilidad
28- Mrs. Gaskell
29- «Yo soy Christina Rossetti»
30- Wilcoxiana
31- El genio de Boswell
32- Shelley y Elizabeth Hitchener
33- Geografía literaria
34- Flumina Amem Silvasque
35- Haworth, noviembre de 1904
36- La infancia de la reina Isabel
37- Elizabeth Lady Holland
38- Lady Hester Stanhope
39- Las memorias de Sarah Bernhardt
40- Lady Strachey
41- Cuerpo y mente
42- El arte de la ficción
43- Anatomía de la ficción
44- Walter Sickert
45- El cine
46- El arte de la biografía
47- La nueva biografía
48- La muerte de la polilla
Procedencia de los textos