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Ed. Tusquets, año 2008. Tamaño 22,5 x 15 cm. Estado: Nuevo. Cantidad de páginas: 400

El coleccionista de mundos, TrojanowAcostumbrado a viajar por el mundo –nació en Bulgaria, con su familia se exilió en Alemania, vivió en Kenia, Bombay, Ciudad del Cabo y París–, Ilija Trojanow (su nombre en búlgaro significa el profeta Elías) aterrizó en Buenos Aires literalmente con lo puesto. “Mi valija nunca llegó, estoy feo y sin afeitar”, bromea el autor de El coleccionista de mundos. A partir de la fascinación que le genera la figura de Richard Francis Burton (1821-1890), el escritor búlgaro recrea en la novela los viajes de ese excéntrico personaje, peculiar traductor de clásicos árabes, por la India, Arabia y Africa. “Yo soy un caso burtoniano; mi postura es que cuanto más extranjero mejor”, dice Trojanow. “Me mudé a Viena hace poco porque no conozco a nadie y no sé nada de esa ciudad. Es sumamente inspirador caminar por un lugar que no conocés. Por eso no entiendo cómo hay personas que leen guías turísticas, porque el sentido del viaje es que uno se sorprenda.”

Considerado uno de los más interesantes escritores de la generación intermedia en Alemania, Trojanow tardó siete años en escribir El coleccionista. “Estuve viviendo cinco años en la India y en ese período hice una serie de viajes importantes, como los tres meses que pasé a pie por Tanzania –cuenta el escritor–. Después de investigar tanto tuve la necesidad de olvidar todo para empezar a escribir; lo fundamental es ver qué se toma y qué se deja del material acumulado. Una casa no va a ser más linda porque se meta en ella todo lo que se tiene. En febrero estuve en la Antártida, y cuando veía la punta del iceberg pensaba que la literatura es la punta del iceberg, pero por debajo hay una estructura que la sostiene.” Este viaje reciente tuvo un propósito literario: la próxima novela del escritor termina con una cruzada en la Antártida. “Estoy tratando de ver cómo incluir la catástrofe climática en una novela que funcione. Hace como unos treinta años que hablamos del deterioro del clima, pero prácticamente no hay novelas sobre el tema.”

–En la novela, Burton contempla a los nativos y dice: ‘Mientras yo sea un extranjero jamás voy a enterarme de nada; seguiré siendo un extranjero en tanto ellos me vean como tal’. Cuando se habla en Europa de integración con el Islam, ¿para usted la solución pasaría por, como planteaba Burton, ponerse en lugar del otro en vez de integrar?

–Para empezar a buscar una solución al Islam habría que empezar por aceptar que este problema en Europa es ficticio, construido. No estoy hablando de problemas económicos, de la falta de justicia social respecto de los inmigrantes, me refiero a una cierta histerización del problema de la integración cultural. En realidad lo que es más interesante en materia de integración es que también existe el conflicto, el malentendido y todo esto hace a la evolución cultural. Existe un refrán en alemán que dice que la comida nunca está tan caliente cuando la comemos que como cuando la cocinamos. En la cotidianidad cultural las cosas están mucho más relajadas, se dan desde un lugar de mayor distensión.

–¿El Islam, entonces, no está tan caliente en Europa?

–En la opinión pública el discurso se calienta demasiado cuando se cocina. Burton hubiera tratado de ver qué hay detrás de ese símbolo. En el mundo occidental, uno podría pensar la relación que tenemos con el cuerpo de la mujer, con la explotación y la exhibición de la desnudez, cómo nos relacionamos con la intimidad y con la desnudez.

–¿Por qué decidió comenzar la novela con una escena real, la quema que hizo la mujer de Burton de los diarios en Trieste, en 1890?

–Me pareció que funcionaba porque la novela juega mucho con la relación entre lo escrito y la oralidad, por eso tiene esa estructura tripartita: el capítulo sobre Africa es oral, en el capítulo hindú hay una tensión entre lo oral y lo escrito, y en el capítulo de Arabia son testimonios de un interrogatorio, por lo cual prevalece la forma escrita. En la medida en que comienzo la novela con la quema de todos estos diarios se abre el espacio que va a permitir versiones escritas u orales alternativas.

–Una interpretación posible de esa quema inicial es que más allá de lo que se escribe las historias permanecerán. ¿Hay una recuperación de la importancia de la oralidad?

–Sí, creo que si hay algo que reconocerle a esta época posmoderna es que se están redescubriendo cuestiones que parecían abandonadas u olvidadas, y una de ellas es la oralidad. En el siglo XIX la oralidad había dejado de jugar un rol importante en la medida en que todo se basaba en lo escrito y se dejaba de lado lo oral. Vivimos en una época en que aparecen nuevos archivos de la memoria y también la oralidad como un archivo inconmensurable.

–¿Cómo hizo para evitar el cliché del exotismo en la novela?

–Todo el tiempo pensé en la poética de la novela mientras la escribía, y justamente lo que hice en todos los niveles, en la estructura, la perspectiva y el lenguaje, fue romper con la mirada unilateral. En el aire de la novela flota una cierta incerteza, esa apariencia de exotismo que siempre está relacionada con una mirada fija. Además, cada personaje es una especie de outsider de su propio mundo; Burton es un oficial británico, pero es un excéntrico o rebelde, el sirviente ha trabajado tanto para los ingleses que tampoco está en su propio mundo, el escribano parece extrañarse de su familia porque descubre la pasión por la literatura. Las figuras no son homogéneas, y esto remite directamente a una convicción propia de que no existen identidades culturales fijas.

–Después de El coleccionista publicó el ensayo El choque de civilizaciones, en donde refuta las tesis de Samuel Huntington. ¿Fue la figura de Burton como fusionador de culturas la que le permitió prolongar la novela a través del ensayo?

–Sí, la perspectiva del libro es que toda la matriz cultural está integrada por confluencias culturales. Si tomamos los primeros grandes narradores, Boccaccio o Dante, en materia de forma y contenido, tuvieron una importante influencia asiática. Lo curioso es que esta tesis de que Europa es rica porque ha estado abierta a múltiples confluencias generó reacciones negativas y agresivas, como si Europa hubiera salido puramente de sí misma.

–¿Por qué Europa, cuna del humanismo, se cerró tanto en este siglo?

–Todavía los europeos no terminan de desmentirse o de aceptar el error de que son el centro de la evolución de la civilización. Autores como yo lo que hacemos es enfrentar esto de una forma muy frontal, y a muchos no les gusta. Una crítica en Alemania sostuvo que era una barbaridad que yo planteara que el racionalismo europeo se había inspirado en la cultura árabe, pero nunca se argumentaba por qué era un disparate o si esa relación no existía. En realidad esa crítica estaba motivada por el deseo de un origen puro. Toda la discusión en la prensa y en la opinión pública europea está teniendo este tinte esencialista. Los alemanes tienen una tendencia particular a pensar en términos categóricos.

Silvina Friera