Adiós mariquita linda, de Pedro Lemebel

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Ed. Seix Barral, año 2017. Tamaño 23 x 13,5 cm. Incluye 15 fotografías a color y blanco y negro. Estado: Nuevo. Cantidad de páginas: 220

Por Juan Manuel Vial Sanfuentes

Demostrando que es el mejor cronista urbano de ese espacio incierto e inquietante que, por un mero asunto de convenciones, podríamos llamar Santiago puto, Pedro Lemebel ha tenido la buena idea de reunir en un solo volumen gran parte de sus peculiares y descarnadas crónicas, incluyendo, además, las aventuras en La Habana, una sinopsis de novela, parte de una correspondencia íntima, algunas fotografías y un lote de dibujos a mano alzada muy bien logrados, los cuales vienen a recordarnos que antes de ser una Yegua del Apocalipsis, antes de convertirse en escritor y antes de hacer sonar su voz afamada en el activismo de la izquierda dura, Pedro Lemebel era un profesor de artes plásticas muy bien dotado para ese oficio.

Adiós mariquita linda debe leerse como una suerte de autobiografía fragmentada del autor y, si nos ponemos más intimistas, este libro constituye un relato pormenorizado de la vida sexual de Lemebel, la cual, como se sabe, se desenvuelve mayoritariamente en los espacios arrabalescos en que el escritor prefiere contornearse. Sin embargo, sería mezquino catalogar al conjunto de esta obra como literatura gay, ya que al hacerlo estaríamos minimizando el contenido global del volumen, desvalorizando atributos innegables, como ciertamente lo son el tono humorístico, el afán de crítica social y el manejo del idioma. Respecto de éste último punto, bien vale extender el análisis: hoy en día, Pedro Lemebel debe ser el único escritor chileno que, por un lado, crea lenguaje y, por el otro, incorpora suculentos términos lumpenescos al ritmo de su prosa. Afortunadamente, para beneficio del lector poco acostumbrado a la jerga, Adiós mariquita linda incluye un glosario bastante completo, donde es posible encontrar el significado de palabras como “mamao”, “pingón” o “huasteco”.

Desde luego que Adiós mariquita linda no fue escrito para ser leído por ojos mojigatos o espantables, ya que hay escenas que cualquier lector prejuicioso podría catalogar de infames, inmorales o, derechamente, asquerosas: “De viaje en viaje y de vez en vez, alaraquea el teléfono justo cuando uno recién se ha sentado al trono fecal para ojear el periódico. Y con el mojón colgando y la noticia a falta de papel, atiendo con voz de institutriz diciendo: Mansión Lemebel a sus órdenes”. O esta otra: Y también esa noche supe que el Wilson era virgen, nunca había tenido mujer ni hombre que lamiera sus pétalos sexuales; me di cuenta porque no sabía ni cómo ni por dónde. Y sus ojillos chinocos reflejaban el paraíso con la mamada deliciosa que le regalé después de preguntarle: ¿querís ver a Dios, loco?”. Sin embargo, éstas y otras declaraciones del autor no están puestas para provocar gratuitamente a nadie, ni tampoco provienen de la inextinguible cropolalia que más de alguien le ha achacado a Lemebel. El asunto es mucho más simple: Lemebel es honesto como pocos y claro, nadie podría esperar que su voz proletaria fuese afirulada con terminología extraña a su entorno verdadero, como sería popó, pirulo o cacuca.

Como sea, en la visión del mundo de Lemebel siempre prima el humor -a veces el recurso proviene de situaciones realmente trágicas- y es allí, en esa absoluta falta de solemnidad, donde reside buena parte de la frescura de su prosa. Mientras otros escritores chilenos se especializan en alambicar hasta las náuseas el lenguaje que ofrecen a sus lectores, Lemebel, por el contrario, nos entrega una obra cuya fuerza reside, precisamente, en la oralidad descarnada y callejera de sus componentes.

Según nos dice el autor en los agradecimientos finales, “este libro viene de un recorrido periodístico divulgado en quioscos de diarios, cunetas y envolturas de pescado en la ferie barrial sonde todavía asquea el plástico”. Las palabras anteriores deberían denotar cierto desdén del autor a lo que él llama “recorrido periodístico”, pero debemos tener claro que, aunque fueron publicadas en un periódico, las crónicas aquí publicadas sobrepasan con creces el apelativo de “periodismo” y conforman, de hecho, una literatura de la mejor especie: provocativa, obsesa, creativa y, sobre todo, profundamente original.

INDICE
I- PAJAROS QUE BESAN
El Wilson
Se llamaba José
El Flaco Miguel
Ojos color amaranto
Eres mío, niña
II- MATANCERO ERRAR
Corazón vudú
Welcome, San Felipe
El valle de Cuz Cuz
Que no se cruce con el presidente
Volando en el ala derecha
Boquita de canela lunar
III- TODO AZUL TIENE UN COLOR
Cubana de Aviación
La Habana vieja
Llegando a La Habana
El fugado de La Habana
IV- A FLOR DE BOCA
El abismo iletrado de unos sonidos
La momia del cerro El Plomo
Canción para un niño boliviano que nunca vio la mar
V- CHALACO AMOR (sinopsis de novela)
VI- BESAME OTRA VEZ, FORASTERO
Carta I
Carta II
Carta III
Carta IV
VII- ADIOS MARIQUITA LINDA (resumidero)
Noche quiltra
Noche payasa
Noche coyote
El gay town de Santiago
Ojeras de trasnochado mirar
Un poquito de pintura para Bosé
El asalto a los chinos gay
Dónde vamos a encontrar otra Pavez
Hotel Boquitas Pintadas
El regreso de la finada
GLOSARIO DEL AUTOR
A MODO DE REPARTO