La identidad, de Milan Kundera

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Ed. Tusquets, año 1998. Tamaño 21 x 14,5 cm. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 184

La identidad, Kundera052Chantal y Jean-Marc viven juntos en París y se quieren, se quieren tanto que incluso parecen confundirse. Y es que, a veces, se dan situaciones en las que, por un instante, ninguno de los dos parece reconocerse, en el que la identidad del otro se disuelve y, de rechazo, duda de la suya propia. Todo el que ama, todo el que convive en pareja, lo ha vivido alguna vez, porque lo que más teme en el mundo quien ama es «perder de vista» al ser amado. Pues eso es lo que, poco a poco, va a empezar a ocurrirles a Chantal y a Jean-Marc. Pero ¿en qué instante, ante qué gesto y en qué circunstancia precisa comienza ese aterrador proceso?

Kundera atrapa al lector en el pánico que acompaña ese instante de extravío y éste ya no tendrá más remedio que adentrarse en el laberinto que recorren Chantal y Jean-Marc y en el que más de una vez deberá cruzar la frontera de lo real y lo irreal —o entre lo que ocurre en el mundo exterior y lo que elabora una mente en solitario.

“Los hombres ya no se vuelven para mirarme”, dice Chantal. Lo repito yo, cada vez con más frecuencia. Como si tuvieran que mirarme para ser testigos de mi femineidad, como si fuesen mi re-afirmación…para que no cese de existir. Chantal es una mujer que olisquea nostalgia en momentos de la celebración más intensa del amor, entre un gemido y otro. Es una mujer que teme, que en la oscuridad de un párpado perderá la única seguridad de su vida – su amante. Resuena aquí nuestra necesidad de estar atados al otro cuerpo, de acogernos a su fundamento, mantenernos en su pedestal a pesar de lo aburrido de las décadas convividas y la idiotez del paso de tiempo.

Kundera aplica un regocijo amoroso bien sádico con la pareja, la somete a una serie de chistes y engaños epistolares varios – notas de amantes postizos que se supone que han de reivindicar la existencia de ambos, quizás depurar su relación. No hacen más que peligrarla, casi la aniquilan. Los amantes de Kundera quieren proteger y sentirse protegidos. Quieren ser espejo uno para el otro, quieren ser su definición. Pero todo eso solo sirve para volver a subrayar la verdad de siempre: lo único seguro y verdadero en ese mundo es el amor. Solo el amor perdura para oponerse a la presión de mañana.