Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y 1930, de Beatriz Sarlo

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Ed. Nueva Visión, año 1988. Tamaño 23 x 16 cm. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 246

Una modernidad periférica Buenos Aires 1920 y 1930350Por Beatriz Sarlo

Todo libro comienza como deseo de otro libro, como impulso de copia, de robo, de contradicción, como envidia y desmesurada confianza. En mi caso, hubo dos: Fin-de-siécle Vienna, de Carl Schorske y All that is solid melts into air, de Marshall Berman. Se mezclaban, sin duda, con mis obsesiones anteriores más persistentes: Barthes, Williams o Benjamín, cuyos textos recorro al azar, en esos momentos en que un material se resiste a organizarse, las notas del día anterior parecen un conjunto de trivialidades, y todas las ideas exhiben la rancia obviedad de una librería de viejo. A ellos vuelvo precisamente cuando no sé adónde ir, cuando para decirlo con las palabras con que lo pienso, no se me ocurre nada.

Schorske y Berman fueron, primero, libros que leí casi fascinada y sin hacer esfuerzos para romper una relación lisa y homogénea, identificatoria y admirativa. Después, me di cuenta de que me impresionaron precisamente por aquello que los ubicaba fuera de las modas intelectuales (es posible que hoy ya sean, o hayan sido y estén dejando de ser, libros de moda). Ambos postulaban un cierto sentido de unidad, de relación, incluso de causalidad: frente a la crisis de las perspectivas globales, y sin ninguna inocencia, los dos se proponían la reconstrucción de un mundo de experiencias a través de los textos de la cultura.

En este sentido, tanto Schorske como Berman me indicaban una salida en un momento en que yo, literalmente, no sabía para dónde tomar. La insatisfacción frente a mi actividad como crítica, de la que a veces hago responsable a la crítica y a veces a mí misma, había alcanzado un punto que me imponía alguna decisión. Drásticamente, pensaba: dejo la crítica literaria para salvar mi relación con la literatura. Pero, después de esta resolución, ¿qué? Renunciaba a lo que creía saber, porque ese saber no me interesaba; me veía en la situación de no ser ya una crítica literaria, en sentido estricto, pero entonces, ¿qué era?

Volví a los libros que mencioné antes. Tanto Schorske como Berman me impresionaban por la forma desprejuiciada con la que entraban y salían de la literatura, interrogándola con perspicacia pero sin demasiada cortesía. Lectores ejemplares, sabían que en la literatura, como en el arte o en el diseño urbano, podían descubrirse las huellas, y también los pronósticos de las transformaciones sociales. Sabían también que así como la literatura habla de todo, textos no propiamente literarios recurren a los procedimientos artísticos para dar una forma a sus figuraciones, a sus historias, a sus juicios sobre el presente o sus proyectos de futuro.

Desde esta perspectiva lee Berman el Manifiesto comunista, como proclama de la modernidad literaria y filosófica. También Schorske somete a una lectura crítica, en todos los sentidos, la Interpretación de los sueños de Freud: psicoanálisis en clave sociohistórica. Ambas lecturas pueden ser objeto de debate y, sin embargo, tan diferentes, las dos tienen en común el hecho de que asaltan sus textos por donde menos se piensa, buscando la estética en Marx, la política en Freud. Son lecturas irrespetuosas, que no se ajustan a un repertorio de preguntas ni responden al paradigma de lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer con los textos: los amasan, los desordenan, como decía Barthes: les cortan la palabra. Practican una especie de libre juego rabelaisiano, distinto de un disciplinado amor crítico.

El subtítulo del libro de Berman es “La experiencia de la modernidad”. Schorske también se propone el registro práctico y simbólico de las transformaciones en los hombres y mujeres que las provocan o las padecen. De algún modo, se produce una restitución del sujeto y también del autor (historiador-ensayista) que incluso, como Berman, utiliza una exasperada primera persona: cuenta la historia de su barrio, el Bronx, tal como la recuerda cuando sus casas comienzan a caer bajo la piqueta modernizadora y las autopistas dejan a su paso desiertos de escombros. Para Berman, ser moderno es ante todo una experiencia, la de la “la vida como un torbellino, la de descubrir que el mundo y uno mismo están en un proceso de desintegración perpetua, desorden y angustia, ambigüedad y contradicción”.

La reconstrucción de una experiencia ordena (o desordena) su lectura del arte. En realidad, podría decirse que el presupuesto de Schorske y Berman es que una historia se cuenta con tramas compuestas de escenarios, sujetos, discursos y prácticas. Pero, además y fundamentalmente, que hay una historia para ser contada. De allí la heterogeneidad de enfoques que caracteriza a ambos libros, esos saltos que describen elipsis rápidas para detener¬se enseguida en un detalle que adivinan significativo. Cambian, desprejuiciadamente, de perspectiva y de foco.

Me preguntaba, para volver a esa perplejidad disciplinaria de la que salió este libro, cuáles habían sido las líneas con que había venido trabajando en los últimos años. El conjunto es difícil de justificar punto por punto y, sin embargo, estoy convencida de que tiene una coherencia subterránea que, por cierto, yo no produje. Los nombres que anoté al principio y otros: Barthes, Sartre en muchos de los ensayos de Situaciones y en El idiota de la familia, Benjamin, algunas páginas de Lévi-Strauss junto a otras de Halperín Donghi, Antonio Cándido, Hoggart, Williams, Thompson, Ginzburg, Hayden White. Una mezcla, sin duda, tan compuesta como la que, en mi hipótesis de este libro, caracteriza a la cultura argentina. Allí está el campo del saqueo o, como se decía antes, de las “deudas intelectuales”.

Como sea, se tienen estos u otros libros en la cabeza cuando se empieza a trabajar y, sobre todo, cuando llega el período feliz e infeliz de la escritura. Creo que, fundamentalmente, instigaron la libertad de interrogación frente a discursos diferentes; sobre la cultura, la literatura y el arte se puede hablar de muchos modos, en contra de las disposiciones de una policía epistemológica que opere en nombre de la estética, el erotismo, el poder del lenguaje y cualquier otra aura moderna o postmoderna.

Deliberadamente, entonces, escribí un libro de mezcla sobre una cultura (la urbana de Buenos Aires) también de mezcla. No sé a qué género del discurso pertenece este libro: si responde al régimen de la historia cultural, de la intellectual history, de la historia de los intelectuales o de las ideas. Esto me preocupó poco mientras estaba trabajando; pero, al mismo tiempo, tenía una certeza: usaba algunas de las estrategias de la crítica literaria, desentendiéndome de sus regulaciones más estrictas: había aprendido a leer de cierto modo y no podía, ni quería olvidarlo. Eso era todo.

Quisiera que el libro resultara un conjunto tan poco ortodoxo como mi actitud durante su escritura. Me había propuesto entender de qué modo los intelectuales argentinos, en los años veinte y treinta de este siglo, vivieron los procesos de transformaciones urbanas y, en medio de un espacio moderno como el que ya era Buenos Aires, experimentaron un elenco de sentimientos, ideas, deseos muchas veces contradictorios.

Me importaba responder las preguntas que, en este sentido, le hacía a los textos y prácticas culturales; me importaba tanto como comprobar y demostrar, imaginar razones, reconstruir aquellas dimensiones de la experiencia frente al cambio cuyas huellas, muchas veces cifradas, enigmáticas o contradictorias aparecen como trazos y recuerdos en los textos de una cultura.

INDICE
Introducción
I- Buenos Aires, ciudad moderna
II- Respuestas, invenciones y desplazamientos
III- Decir y no decir: erotismo y represión
IV- Vanguardia y utopía
V- La revolución como fundamento
VI- Raúl González Tuñón: el margen y la política
VII- Marginales: la construcción de un escenario
VIII- La imaginación histórica