Pasen y vean. La vida de Leonardo Favio, de Adriana Schettini

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Ed. Sudamericana, año 1995. Tamaño 23 x 16 cm. Incluye 27 fotografías en blanco y negro sobre papel ilustración. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 254

Por Adriana Schettini
Febrero de 1995

Al poco tiempo supe que un día iba a ser desterrada del paraíso. Un súbito ataque de realismo me hizo comprender que en algún momento este libro tendría su punto final, y que en ese instante iba a caducar mi pase libre en la gran feria de la vida por la que Leonardo Favio me había dejado pasear sin brújula desde el 30 de noviembre de 1993. Aun hoy me resisto a desalojar el sillón de mimbre, en el que durante más de diez meses observé cómo Favio, el gran hacedor de imágenes, metía la mano en la galera de los recuerdos y decretaba el Big-Bang. En el principio fue el verbo. Magistral contador de cuentos, Leonardo Favio enhebraba palabras y su universo interior se hacia tangible. Mientras él desovillaba la madeja de sensaciones, colores, recuerdos, sueños y olores, yo asistía atónita al desfile de la desmesura, la genialidad, la picardía y el sentido del humor a granel.

Mis preguntas frotaban una invisible lámpara de Aladino, y allí aparecían, a mi antojo, las mil y una vidas de Leonardo Favio. De las profundidades de la memoria, salía a flote, indemne al paso del tiempo, el niño que fue: protegido por la tia Berta entre pétalos de rosa, rosarios, velas, estampitas y diminutos santos de yeso, en Luján de Cuyo; escapando sin aliento del Patronato de Menores hacia un destino de gloria; o internado en el Hogar El Alba, donde recogía, sin siquera suponerlo, la arcilla para Crónica de un niño solo. Tan pronto me mostraba al general Perón que conoció en Madrid en los años setenta, como al José María Gatica que filmó en los noventa: sudoroso, ensangrentado, vapuleado, pero de pie y acunado por un cielo de banderas argentinas, tirando besitos a la popular que solía rugir “El Mono y Perón, un solo corazón”. Ahí estaba el director de cine venerado por críticos y cinéfilos, y capaz de conseguir el récord histórico de taquilla en el cine argentino con los tres millones cuatrocientos mil espectadores que tuvo Nazareno Cruz y el lobo. Y ahí también, el cantante desconcertado en medio del torbellino de la multitud que coreaba “Fuiste mía un verano”, el aluvión de dinero, la avalancha de aplausos y el vértigo de los días y las noches en el rascacielos de la popularidad. Bastaba el abracadabra con signo de interrogación para que me invitara a recorrer el Parque Japonés, esa suerte de rueda mágica imparable sobre la que cabalgó su asombro de provinciano recién llegado a Buenos Aires.

Esa luminosa cacerola descomunal en la que su avidez de fantasía se mezcló con los sueños de payasos ignotos, enanos grandilocuentes, malabaristas alimentados a neón y café con leche, charlatanes de feria envueltos en purpurina, lanzallamas con vocación de Lucifer y trotamundos de diverso pelaje. El Leonardo Favio que recorrió toda América sembrando “O quizás simplemente le regale una rosa” y cosechando fama, no silenciaba al que en la juventud supo transitar la cárcel de Devoto. El muchachito que le consiguió clientes a la Boliviana, la venerada prostituta pueblerina, de pronto se hacía a un lado para mostrar al cantante popular y peronista que estuvo en el palco durante los trágicos episodios de Ezeiza en el regreso de Perón a la Argentina. De su monumental Juan Moreira, pura poesía y mito, la charla giraba hacia Carola, aquella adolescente que hace veintiséis años lo enamoró en un bar, y con la que no dudó en compartir la vida desde entonces y para siempre. De su hermano, el Negrito, del que alguna vez escribió “Zuhair es el alma del cine que concretaron mis ojos”, pasaba a Laura Favio, la madre que lo parió dos veces: una como Fuad Jorge Jury, para el mundo de los pies en la tierra, y otra, como Leonardo Favio, para la vida de fantasía, la del radioteatro, la de verdad. Una sola vuelta del caleidoscopio ponía en primer plano al Severino Di Giovanni que aguarda el turno para ser filmado, en la misma sala de espera en que hacen cola el Che Guevara, un general errante y el mismísimo Jesucristo. Los amigos de su adolescencia, allá en Luján de Cuyo -el Negrito Cacerola, Raúl Di Marco, Cacho Tamis-, convivían en su relato con López Rega, el Padre Mugica, Jorge Luis Borges, Pablo Escobar y Cacho Gallo, cuyo último d6micilio conocido es una cárcel de Francia y al que ninguna historia del cine argentino ha reconocido hasta ahora su condición de coproductor de Crónica de un niño solo. Todos iban encontrando su lugar y su tiempo en la trama de la historia.

Este libro no pretende ser una biografía, ni un ensayo crítico sobre la obra cinematográfica y musical de Leonardo Favio. No aparecen aquí más voces que la del propio Favio. No llegué a él dotada de la objetividad que requiere la exégesis de la obra ajena. Llegué arrebatada por la pasión que había provocado en mí su último film, Gatica, el Mono. Nunca fui peronista y siempre tuve un visceral rechazo por el boxeo, un deporte al que consideraba demasiado cruel para ser bello. Sin embargo, las imágenes de Leonardo Favio golpe a golpe habían derribado todos mis prejuicios, al punto que cuando se estrenó Gatica, el Mono escribí una columna de opinión en el diario Página/12 que empezaba diciendo: “Si Leonardo Favio no fuera peronista, Gatica, el Mono habría sido una muy buena película. Pero Favio es peronista hasta los huesos, popular como pocos, y aun lleva la marca de la pobreza pegada en el pellejo. Por eso, y solo por eso, Gatica el Mono es una obra maestra. Un torbellino de emoción y músculo que deja sin aliento a la platea. Un gancho bien puesto en el estómago que deja K.O. aun a los que no son pernistas…”

Detrás de las imágenes arrolladoras de Gatica, palpitaba la vida de un director que desde siempre había escapado a los cánones preestablecidos. Como espectador, descubrió el cine a través de los ojos de un ciego. Como realizador, aprendió la técnica del miope más talentoso que haya dado la industria cinematográfica argentina: Leopoldo Torre Nilsson, su entrañable amigo Babsy. Más de una vez le había escuchado decir que: “Empecé a hacer películas para levantarme mujeres de cine, las que en mi cerebro infantil eran las mejores”. Ni bien se puso detrás de la cámara, sus películas fueron las mejores, y el destino lo recompensó con una conquista a pedir de boca, María Vaner. Ella era una mujer de cine, a la que el azar la había rebautizado nada menos que Marilyn. No pude evitar el impulso de zambullirme de cabeza en ese mar de coincidencias, paradojas y albures del que emergió un realizador de la talla de Leonardo Favio. Un cineasta al que en Madrid, en oportunidad de otorgarle el premio Goya por Gatica, José Sacristán presentó diciendo simplemente: “Señores, este hombre que ustedes están viendo es un genio”.

Al irrefrenable deseo de conocer el imaginario de ese creador de alto vuelo, se sumó mi fascinación por la entrevista como género periodístico. Siempre sospeché que hay algo secretamente mágico en ese encuentro de dos personas y un grabador. La opción, entonces, fue darle la palabra a Leonardo Favio. Mi función sería la de detonar su narración, exhortarlo a analizar su propia filmografía, inducirlo a armar el rompecabezas de sus recuerdos. El método fue preguntar, escuchar, repreguntar y dejar que la corriente de la conversación nos arrastrara mansamente. Durante más de diez meses tuve el raro privilegio de ser la única espectadora del colosal narrador que es Leonardo Favio, capaz de seducir con su relato tanto como con sus imágenes. El resultado de esas entrevistas fue ordenado en los capítulos que siguen. A ellos se suma una segunda parte, “El mantel de hule”, en la que se compila una serie de cuentos y poemas que el propio Favio ha escrito en distintas etapas de su vida y que generosamente aceptó incluir en este libro.

INDICE
Prólogo
1- Infancia
2- Adolescencia
3- El parque Japonés
4- El actor, el mar y la langosta
5- Crónica de un niño solo
6- El Romance del Aniceto y la Francisca
7- El dependiente
8- Juan Moreria
9- Nazareno Cruz y el lobo
10- Soñar, soñar
11- La canción
12- La política
13- El exilio
14- Gatica, el Mono
15- Los proyectos
El mantel de hule
Filmografía de Leonardo Favio