Los pareceres de Don Juan de Padilla y Diego de León Pinelo acerca de la enseñanza y buen tratamiento de los indios, de Ernesto de la Torre Villar

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Ed. Universidad Nacional Autónoma de México, año 1979. Tamaño 22,5 x 17,5 cm. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 265

Indice:
I- Introducción
II- Apéndice
1- Bibliografía del Dr. Diego de León Pinelo
2- Documentos referentes a Diego de León Pinelo y su familia
3- “Parecer” del Licenciado Juan de Padilla
4- Reproducción facsimilar de la respuesta del Dr. Diego de León Pinelo al “Parecer” del Licenciado Juan de Padilla

Los pareceres de Don Juan de Padilla y Diego de León PineloEl virreinato del Perú, el más importante desde el punto de vista político y económico de los que España estableció en el Nuevo Mundo, inició una época brillante, de progreso social y económico, de estabilidad administrativa y de maduración cultural a partir del gobierno de don Francisco de Toledo. “Su gobierno en el Perú -escribe un contemporáneo suyo- fue tan bueno y de tanta prudencia y justicia que obliga a ser celebrado y estimado en mucho”.

De la recta administración de Toledo “hacedor del Perú” arranca un desarrollo amplio que se consolida y madura en el siglo XVII. Si bien esta centuria no llega a alcanzar el climax económico del XVI apoyado en la explotación del Potosí, sí se hacen algunos progresos económicos en varias regiones vecinas a nuevos minerales como los de San Felipe de Austria, Otoca, Cailloma y el Nuevo Potosí, lo que permite el crecimiento de varias ciudades. El comercio se desenvuelve y surgen diversas, aun cuando pequeñas, industrias que animan la vida económica del país. La agricultura a su vez se acrecienta. La propiedad territorial se concentra en pocas manos y es explotada no muy racionalmente, y una clase social nueva encuentra su apoyo económico y prestigio social en el cultivo del campo. En la concentración de la tierra actúa el despojo de tierras y aguas a los indígenas, a semejanza de lo ocurrido en Nueva España.

La población europea crece una vez estabilizado el país al que circundaba fabulosa leyenda en torno de su riqueza. Los criollos a su vez aumentan en número y disputan a los peninsulares el derecho a los puestos principales en la administración pública civil y eclesiástica. En la base inferior los indígenas llevan todo el peso del desarrollo de las clases superiores. Ellos constituyen la fuerza de trabajo que impulsa las minas, obrajes, haciendas de la Iglesia y de los particulares. Numerosas muestras de su descontento son aplacadas con rigor y su frustración y resentimiento anida como rescoldo en amplios grupos. La situación de los indios, sus quejas y protestas alcanzan eco en algunas autoridades que se aprestan a defenderlos, a hacerles justicia, a aplicar en su favor benéficas y humanitarias disposiciones legales y amplia y sólida doctrina, con lo cual algunas veces logran remediar sus males, paliar temporalmente sus desgracias, contener excesos y desmanes que con ellos se cometen. La administración española proveyó funcionarios para ello como coadjutores de virreyes y audiencias.

La fama de las riquezas del Perú atrajo a su territorio una vez calmadas las revueltas, y desde antes, a una población deseosa de labrarse rápidamente sólida fortuna. El paso a Indias estuvo legalmente limitado a los españoles y prohibido a moriscos, judíos y a otros grupos que podrían poner en peligro la unidad religiosa y por ende la política. Las tendencias antisemíticas que en ocasiones mostró el Estado español, alejaron de España una población organizada, activa, laboriosa, fuertemente tramada en lo religioso y en lo económico. A Portugal y a los Países Bajos partieron numerosos judíos expulsos, los cuales al ser incorporadas esas provincias al imperio adquirieron los mismos derechos que los españoles. Ocultos bajo sus nombres portugueses se esparcieron por todo el continente americano, bien para establecerse por su cuenta, bien como comisionistas o relacionados con organizaciones económico-mercantiles que tenían su sede en los Países Bajos, en Portugal o en Francia.

Las colonias portuguesas y holandesas en el Brasil y las Antillas sirvieron a los judíos portugueses de paso, de trampolín para ingresar a los territorios del imperio español. La Nueva Granada por un lado, vecina a Curaçao y a otras islas, así como las capitanías portuguesas en el Brasil, les acercaban al Virreinato del Perú, cuyo territorio comprendía casi toda la América del Sur. El ingreso a través de Panamá o del Magdalena podía ofrecer algunas dificultades por la existencia de autoridades establecidas en Cartagena o en Santa Fe. El estuario del Río de la Plata y las poblaciones ahí creadas, Buenos Aires, Córdoba y Tucumán posibilitaban un más fácil ingreso. El territorio era dilatado, la población escasa y las autoridades marginales descuidadas y poco celosas. La más temida autoridad, la de la Inquisición, no se establece en Tucumán sino después de 1626. Fue por esta zona que penetraron de continuo portugueses que poco a poco trataron de encontrar acomodo y establecimiento en alguna ciudad de importancia, en donde con el transcurso del tiempo, su perseverancia, habilidad mercantil y contactos comerciales florecían y dominaban por completo el comercio local, lo cual producía, en los criollos y españoles dedicados al mismo giro, grave disgusto y recelos.

La presencia de extranjeros holandeses y portugueses en el virreinato peruano, pronto se hizo notar. El Consejo de Indias, informado de ello y tomando en cuenta el peligro que para el imperio y la fe significaba la proximidad do las colonias holandesas y portuguesas, advirtió a las autoridades virreinales ese hecho y les recomendó procurasen averiguar cuántos había, dónde moraban y a qué se dedicaban, y en conociendo se trataba de herejes los llamasen a reconciliación y les instruyesen en la fe y de no aceptar les castigasen. Efectivamente, los holandeses, a través de sus posesiones, realizaban un fructífero comercio la mayor parte de las veces clandestino con las colonias españolas desprovistas de toda clase de satisfactores, y a través del comercio introducían libros prohibidos o artículos destinados a los practicantes ocultos de otras religiones. Esto lo sabían las autoridades españolas y por ello escribían a sus representantes en Indias: “Aquí se ha entendido que a esos reynos y provincias pasan algunos herejes de diferentes naciones y en ocasión de las entradas que a ellas hacen los holandeses y que andan libremente tratando y comunicando con todos y tal vez disputando de la religión, con escándalo de los que bien sienten y con manifiesto peligro de introducir sus sectas y falsa doctrina entre la gente novelera, envuelta en infinidad de supersticiones, cosa que debe dar cuidado y que pide pronto y eficaz remedio”.

Y ante el hecho de que por la parte más meridional del continente ingresaran a los dominios del católico rey los herejes que eran vistos como avanzadas de las potencias rivales y por tanto favorecedores de una escisión política, las autoridades erigieron en el antedicho año de 1626 el Tribunal de Tucumán con el fin de que se ocupase de todos aquellos casos que por su lejanía escapaban al Tribunal establecido en Lima.

Descendiente de una familia de emigrados judío-portugueses es el jurista Diego de León Pinelo.


La familia León Pinelo

La familia de los León Pinelo no podía blasonar de limpia sangre, pues por ambas líneas, paterna y materna descendía de judíos portugueses, alguno de ellos procesados por el Tribunal de la Inquisición en momentos de ciega radicalización. Sus abuelos paternos Diego López de León y Clara Lovo, avecindados en Lisboa, habían sido ejecutados al igual que otro familiar. Por parte de la madre los abuelos Juan López de Moreyra y Blanca Díaz Botello, aquél quemado en el campo del Rocío, frontero al Hospital del del rey en la capital portuguesa. El hijo de Diego López de León fue Diego López de Lisboa, quien casó en 1587 con Catalina Esperanza o Esperasa. Sabemos que López de Lisboa mantenía un gran afecto a su suegro Juan López de Moreyra, a quien daba el tratamiento de padre.

Antes de ocurrir los autos de fe en que perecieron sus padres y suegro, Diego López de Lisboa engendró con Catalina Esperanza o Esperasa un hijo, Juan Rodríguez de León, en Lisboa, durante 1590. Al agudizarse la persecución en contra de los judíos, Diego López de Lisboa, valido de algunos familiares, entre otros varios religiosos como fray Antonio López y fray Ángel, carmelitas y el ermitaño Bernardo Sánchez, quienes gozaban de influencia en la Corte, trasladó su familia a Valladolid, en donde la puso a salvo y en donde nació su hijo Antonio de León Pinelo entre 1592 y 1593.

Para entonces, amplios grupos de judíos, marranos como les llamaban, habían logrado salir de Portugal y España, huyendo de las persecuciones y establecíendose en los Países Bajos, en Holanda principalmente. Amsterdam y Rotterdam eran emporios comerciales y amplia red de mercaderes, entre los cuales muchos judíos, manejaban el comercio que se realizaba con las Indias Orientales y Occidentales. Brasil, al igual que varias islas como Curaçao, en cuyo territorio los holandeses tuvieron gran predominio, se habían convertido en tierra de refugio y de promisión para los perseguidos por el fanatismo inquisitorial. Por otra parte la unión de las coronas había favorecido el paso a América de judíos portugueses que pronto se establecieron como comisionistas de los grandes mercaderes en torno del Caribe y también en zonas marginales, el norte de Nueva España y el Río de la Plata, en donde creyeron no llegaría la acción de la Inquisición. Poco a poco, al fortalecer su poder económico y desentendiéndose del celo inquisitorial se establecieron en los grandes centros comerciales, Potosí, Lima, México, Cartagena en donde fueron, en varias ocasiones, víctimas del Tribunal de la Fe.

Si bien la amenaza inquisitorial era latente, los emigrados arriesgaban de continuo vida y hacienda con tal de encontrar un sitio donde vivir en paz y prósperamente ellos y sus descendientes. Hábiles en las transacciones comerciales, bien relacionados con las empresas mercantiles que desde Europa manejaban el comercio americano ante la ineficiencia del Estado español que cada día acrecentaba su decadencia, los flamencos, como llamaban a estos comerciantes, controlaron bien pronto el comercio de contrabando y también el lícito con las colonias españolas, principalmente las del continente austral por su vecindad al Brasil. Fue este control y el manejo de los principales negocios, sobre todo en Perú, el que disgustó a los comerciantes españoles que no poseían ni la habilidad en el tráfico mercantil ni las relaciones internacionales y el apoyo de núcleos poderosos. El disgusto y el celo engendró las acusaciones, persecución y enjuiciamiento de aquéllos, radicados en varias ciudades. Algunas de las acusaciones salieron de los comerciantes quienes les achacaban estar en relación con los flamencos, introducir mercancías sin autorización y beneficiarse de los mercados americanos a más de poner en peligro la ortodoxia. La Inquisición obraba así al impulso de una rivalidad económica y justificaba sus funciones al impedir se fortaleciera en América la influencia de una potencia rival, que podría poner en peligro la unidad política del imperio.

Brasil, como dijimos, era la base o el trampolín por el que podían penetrar en el vasto imperio español los perseguidos portugueses. De ahí era fácil llegar a.Buenos Aires, por entonces muy desguarnecido de vigilancia, incluso la inquisitorial. El Río de la Plata resultaba el camino más fácil de penetración al Alto Perú y aun a las poblaciones que veían al Mar del Sur como El Callao y Lima. Por el Río de la Plata también se hacía el tráfico comercial con Potosí, el mayor centro productor de metales preciosos del Nuevo Mundo.

Ante estas ventajas, Diego López de Lisboa, joven, emprendedor y relacionado con varios mercaderes, una vez que deja en Valladolid a su familia protegida por sus familiares religiosos, decide marchar al Nuevo Mundo. Por el camino de Brasil llega y de ahí parte a Buenos Aires, en donde lo encontramos radicado ya en 1594 dedicado al comercio. Impulsado por el éxito y por el deseo de penetrar en mejores campos, Diego López de Lisboa pasa en 1595 a Córdoba en la Gobernación de Tucumán, en donde decide fundar su hogar. Activo, entusiasta y laborioso forma un pequeño capital que acrecienta al adquirir un navio, el San Benito, con el que recorre tanto los puertos fluviales del Río de la Plata y el Paraná, y hace el comercio de cabotaje con puertos brasileños. Los registros aduanales revelan que en 1600 salió con un cargamento de harina y que al año siguiente volvió de la Bahía del Salvador, en Brasil, con un equipaje suyo y de varios amigos compuesto de “aceite, aceitunas, azúcar, vino, papel y mercaderías varias”.

El manejar sus propios navios y guiar los de sus amigos, a más de dar a López de Lisboa el título de capitán, que ostentó después, le proporcionó un mediano caudal que le permitió asegurar su posición y pensar en traer a su familia de España. Valiéndose de su amigo Bernardo Sánchez, a quien entusiasmó a pasar a América, y habiendo obtenido la licencia que la familia de López de Lisboa requería para lo cual presentó información falsa de que eran cristianos viejos, pudo traer a su esposa y sus dos hijos, a su suegra, a una hermana, a un cuñado y al propio ermitaño. Llegados a principio de 1605, permanecen corto tiempo en Buenos Aires y pronto pasan a Córdoba en donde él había logrado adquirir una buena posición, ser considerado como vecino y encomendero y tener acceso a los empleos municipales en los cuales se distinguió, pues en 1608 fue elegido como regidor del Cabildo. Su actividad en esos puestos relevantes fue intensa y positiva. Inteligente, con buena preparación y dinámico, a más de fungir como secretario del Cabildo por ser experto calígrafo, promovió la realización de importantes y necesarias obras públicas: construcción de puentes, trazado de calles y otras más, que si le valieron honores, también provocaron envidias.

Tal vez la necesidad de atender sus asuntos en Buenos Aires o el temor de estar cerca del tribunal inquisitorial establecido en Tucumán le hizo pasar a vivir a Buenos Aires de 1610 hasta 1615 o 1618, en que volvió a Córdoba en donde estaba de nuevo en 1622.

Para entonces, durante 1608 en Córdoba nació el último hijo de Diego López de Lisboa, Diego de León Pinelo, de quien nos ocuparemos más adelante, una vez que quede perfilada la figura del padre y la circunstancia en que crecieron él y sus hermanos. También nació en Córdoba la hija menor, Catalina de León.

El 31 de agosto de 1622 en Córdoba falleció Catalina Esperanza o Esperasa, esposa del capitán. A la muerte de su compañera, Diego López de Lisboa sufre un cambio profundo en su existencia. Ve que sus esfuerzos por tener una vida familiar cómoda y tranquila se frustran, que debe pensar en adelante tan sólo en asegurar educación y porvenir a sus hijos y encontrar él la paz espiritual que ansía. Por ello abandona el Tucumán y marcha al Alto Perú. En Potosí se establece, mas el clima gélido y el ambiente poco propicio para sus hijos le hace trasladarse a Chuquisaca Charcas, de clima sano, ambiente recoleto y culto, y al tiempo que proporciona a sus hijos posibilidad de educarse enviándolos a los colegios de San Martín y Santo Toribio en Lima, él se inscribe en la Universidad de Chuquisaca, notable
por los estudios jurídicos y humanísticos que en ella se realizaban y en donde cursa teología habiéndose no sólo graduado, sino ordenado in sacris.

De su conversión sólo conjeturas pueden hacerse. ¿Tal vez se trató de un cambio esencial en su pensamiento y de una auténtica actitud ante la vida que le había cambiado, o fue una solución fría, razonada que le permitía asegurar su tranquilidad y la de sus hijos? No podemos penetrar en la intimidad de la conciencia de López de Lisboa; el hecho fue que a partir de su ordenamiento, mantuvo limpia conducta y vida entregada por completo a velar por sus hijos y a cumplir con las obligaciones que su estado le imponía.

Que su proceder fue ejemplar y que su capacidad y preparación fueron superiores, da fe el nombramiento que en 1628 don Fernando Arias de Ugarte, arzobispo de La Plata o Charcas le hizo como su confesor, privado y mayordomo, esto es “administrador de su conciencia, de sus favores y de su caudal”. Al ser preconizado Arias de Ugarte arzobispo de Lima en 1629, lleva consigo a su capellán, quien le sirve con gran lealtad y al cual protege y defiende pese a las acusaciones que se le hacen relacionadas con su origen portugués-judío.

Al fallecer en 1638 el prelado Arias de Ugarte, su capellán, quien le sirvió con verdadera lealtad redactó ”por un amor que me mueve y una obligación que me fuerza”, la biografía de su protector en la que alude a las virtudes y actividad del obispo. Esta biografía, la mejor, más sentida y sincera estuvo precedida de un soneto de Diego de León Pinelo que ya destacaba, como sus hermanos, en el campo de las letras. Seis años más tarde, en abril de 1644, Diego López de Lisboa fallece tranquilamente en Lima.

Si tal fue el destino del padre, mencionemos cuál fue el paradero de los hijos. Juan Rodríguez de León, el mayor, que había iniciado en Córdoba sus estudios pasó hacia 1612 a Lima en donde se reunió con Antonio de León Pinelo y más tarde con Diego y prosiguieron en los colegios limeños y en la Universidad de San Marcos su formación. Juan para entonces había recibido las órdenes menores en Santiago del Estero y en Lima prosiguió su carrera eclesiástica. Antonio dedicóse al cultivo del derecho y habiéndose graduado hacia 1621 partió a España en busca de mejores horizontes, los cuales encontró en parte, pues llegó a ocupar honrosos cargos, ostentar nombramientos distinguidos y figurar como uno de los consultores legales del monarca.

En 1627, Juan y Diego salen de Lima rumbo a España para proseguir sus estudios en la Universidad de Salamanca. Diego va como “ordenante”, pues se inclinó de pronto al servicio del altar. En abril de 1632 obtuvo el título de bachiller en Salamanca después de brillante examen, uno de los primeros presentado por estudiantes indianos. Ese mismo año Diego volvió a América por no contar con suficientes recursos. En Lima prosiguió sus estudios, graduóse de abogado y el 19 y 28 de julio de 1636 obtuvo la licenciatura y el doctorado en cánones, “adelantando el crédito así en la abogacía como en lo escolástico”. Ya en 1633 había obtenido, a través de severa oposición, la cátedra de Código como sustituto. Algunos testimonios autorizados le revelan poseedor de hondos conocimientos que profesaba con “singular ostentación y magisterio” y que sus intervenciones en los concursos, como opinaba el virrey marqués de Mancera, eran “con mucho exceso de notas y grande aplauso”. Catedrático notable, se distinguió también como abogado postulante al grado de que las religiosas de San Agustín y de la Compañía de Jesús lo designaron como su abogado y la Curia de Lima lo nombró en 1636 su asesor letrado. El virrey marqués de Mancera, quien le tuvo gran estimación, lo recomendó insistentemente al monarca para que se le diese una plaza de fiscal en las audiencias de Lima o Charcas, pues en todo el virreinato “no conocía mayor sujeto que él”. El conde de Salvatierra a su vez lo presentaba como “abogado de los de mayor opinión desta Audiencia, catedrático de prima de leyes, cuyas letras, ajustado y limpio proceder es notorio, y como tal, merecedor de que V. M. le haga merced en las vacantes de las audiencias deste reino, en donde lucirán con mucho aprovechamiento del servicio de V. M. y de la causa pública”.

El conde de Alba de Liste, de quien también gozó favor, le propuso y designó en 1656 como Protector General de los Indios, convencido como estaba de su recto proceder y merecimientos. Por contra, los inquisidores que encontraban maldad y vigilaban cautelosamente a todo el mundo, no estuvieron conformes con su ascensión en 1647 al obtener la cátedra de cánones, revivieron la acusación que contra su padre y familia pesaba y afirmaron que “parecía cosa muy peligrosa fiar la interpretación de sagrados cánones y materias eclesiásticas y de sacramentos a persona de raíz tan infecta y sospechosa por sí”. Estas acusaciones no encontraron eco, debido a los propios méritos del mismo Diego y a sus protectores que siempre tuvieron muy buena opinión de su persona, asi como a la influencia que sus hermanos Antonio y Juan ejercían en España. De toda suerte, si la maledicencia no prosperó, sí obstaculizó ascensos más sorprendentes de él y sus hermanos, pues él se quejaría en varias ocasiones de no recibir el tratamiento económico que merecía y de pasar estrecheces. Dados sus merecimientos, se le hicieron algunas designaciones. En 1664, de Protector General de los Indios del Perú y la de asesor del virrey, pero tal vez él ansiaba un puesto dentro de las audiencias, sitio que para él solicitaron varias veces sus amigos los virreyes. El conde de Lemos, en amplia comunicación a la Corona, le pide “honrase a León Pinelo con una plaza de oidor, que ninguno, concluía, más dignamente la ocuparía en las Indias, y en verdad, …que pocos en España, porque es docto, virtuoso, trabajador, limpio y cuantas buenas prendas constituyen un buen ministro, las tiene, en verdad, don Diego”. El mismo gobernante, al referirse a la actitud de León Pinelo en los célebres alborotos de Puno que pusieron en peligro al reino, recordaba los atinados consejos que había emitido, surgidos de su prudencia, del conocimiento de la realidad y de su saber, y reiteraba a la reina: “se sirva de honrar a este ministro, removiéndole a plaza de oidor de esta Real Audiencia, y cuando le veo tan digno de ella y en el último lugar y trabajando con tan corto salario. Y estoy informado de la puntualidad y aprovechamiento con que sirvió a V. M. en veinte años de catedrático de Vísperas y Prima de Cánones de la Real Universidad, y en quince años ha que es Protector, tengo por muy justificada esta súplica, y por no correspondiente la corta renta de que goza, situada en diferentes partes, al sumo trabajo de la protecturía, que administra con mucha limpieza. Confío que mi propuesta obrará de suerte en la consideración de V. M. que este ministro consiga el ascenso que merece”.

Si en la vía de la judicatura Diego de León no llegó a obtener mayores beneficios, sí los obtuvo en la vida académica, pues fue nominado Rector de la Universidad Mayor de San Marcos en 1656, habiendo ocupado ese puesto el bienio 1656-1657. Para entonces estaba casado, con mujer noble, establecido en Lima con decoro y tenía varios hijos. Uno de ellos Diego de León Pinelo Gutiérrez, nacido en 1636, optó por la carrera eclesiástica y se ordenó en 1660. Se graduó de licenciado y doctor en cánones en la Universidad de San Marcos, fue en ella catedrático y su Rector en 1687. La hermana de Diego de León había casado y enviudado. Diego de León Pinelo falleció a principio del año de 1671 en Lima.

Su dominio del derecho y el haberse cerrado para él la magistratura indiana, le convirtió en notable postulante muy acreditado entre los particulares y las instituciones. Fray Antonio de la Calancha, por parte de los agustinos dirá de él que emplearon sus servicios, “hallándonos con mucha noticia y experiencia de sus letras, así por algunas causas graves que le encargamos, como por la buena opinión y nombre que tiene en esta corte como uno de los primeros abogados de ella, muchos negocios, prudencia y talento para su dirección”.

El haberse ocupado tanto de asuntos del Estado como particulares, llevó a Diego de León a escribir numerosos pareceres, informes, discursos, reveladores de su recia formación jurídica, de su habilidad como litigante y del conocimiento que tenía del derecho público y privado así como del canónico. Los diversos temas que toca en sus trabajos, parte de los cuales presentamos en el apéndice bibliográfico, revelan al jurista consumado, al hombre que maneja con el mismo dominio la doctrina, la legislación y la jurisprudencia. La cita de muy diversas fuentes, textos y comentarios indican pertenece a la categoría de los buenos juristas indianos, y que si determinados imponderables le privaron ser honrado con la toga de oidor y ennoblecer la magistratura de las Indias, debe de ser considerado entre los jurisperitos más distinguidos de estas tierras. Si no fue un gran publicista como su hermano Antonio, que analizó la Recopilación de Leyes de las Indias con gran penetración, sí hay que admitir que su producción es de primera clase y que su obra obliga a ser estudiada con detenimiento.

Sus tareas literarias

Aun cuando el ejercicio de la abogacía le permitió vivir y a él estuvo consagrado largos años, no se encerró en ese noble campo, sino que incursionó con éxito en otras lides humanísticas, en las que mostró talento y dedicación. Al igual que sus hermanos Antonio y Juan, engalanó las letras hispanoamericanas y su producción debe contar entre aquélla que constituye el patrimonio literario hispanoamericano.

Algunas de las obras de Diego de León, son las que siguen:

1- Hypomnema apologéticum pro regali Academia Limensi in Lipsiananm periodmn, de 1647
2- Solemnidad fúnebre y exequias a la muerte del Católico Augustissimo Rey D. Felipe Quarto (1666)
3- Celebridad y fiesta con que la insigne y nobilísima ciudad de los Reyes solemnizó la beatificación de la Bienaventurada Rosa de S. María, su Patrono y de todos los Reynos y Provincias del Perú (1670)

La primera de esas obras, reveladora de recia erudición, de un conocimiento amplio de la cultura occidental y principalmente del desarrollo intelectual del Perú al que analiza, valora y sitúa dentro de la vasta trayectoria cultural hispánica, obliga a colocarlo dentro del campo de la erudición europea, como a su hermano Antonio, y a advertir cómo la racionalización cartesiana y el rigor en el trabajo humanístico que privaba en Europa, fue asimilado y aprovechado por los sabios americanos.

Por otra parte, el elogio que hace de la producción intelectual peruana, de las figuras más relevantes surgidas muchas de ellas de la Academia Limense, esto es de las aulas de la Universidad de San Marcos, lo emparienta con aquellos otros seres como Sigüenza y Góngora en México que valoraron con justicia la cultura nacional, los frutos que América producía abundantes y maduros, logrados si bien con la simiente europea, cristalizados gracias al esfuerzo personal de los ingenios americanos. En este momento, a más de evaluar positivamente la capacidad mental de mestizos, criollos e indígenas, se revela la posibilidad, la mayor dentro de la escala de valores de la época, de alcanzar la perfección espiritual, obtener a través del cultivo de las virtudes cristianas la santidad, el más apetecible y singular mérito a que un humano puede aspirar. La beatificación de Santa Rosa de Lima en Perú, como aquí la de San Felipe de Jesús y su veneración en los altares, significó a los ojos de los criollos, que todas las posibilidades les estaban abiertas, que el cielo no estaba cerrado para ellos y que si la Providencia y la Iglesia les colocaban en esa posición, no tenían porque sentirse inferiores a los europeos. En esto adviértese un sentimiento nacionalista que irá poco a poco perfeccionándose y fortificándose.

En el aspecto humanístico hay que mencionar una obra de Diego de León Pinelo que tiene gran trascendencia. Se trata de la Hypomnema apologétícum pro Regali Academia Limensi in Lipsianam periodum. Ad Limensis regium Senatum: Regios Iudices: conscriptos Senatores. Accedunt dissertationunculae. Gymnasticae Palestricae, Canonico-legales, aut promiscuac: partim extemporaeae, expolitae et utiles; seures ipsa ostendet. . . Limae, Ex Officina Iulani de los Santos et Saldaña. Anno Domini MDCXLIII [sic| Por error tipográfico dice 43 debiendo ser 47.

Esta obra, cuyo espíritu y valor ha sido puesto de relieve en precioso estudio de Antonello Gerbi titulado “Justus Lipsius versus Diego de León Pinelo”, aparecido en la revista Fénix, no sólo revela la portentosa erudición de este ilustre miembro de la familia León Pinelo, sino que importa más, por cuanto es uno de los primeros trabajos en torno de la historia de las ideas aparecido en Hispano-América. En efecto, Diego de León, quien seguía muy de cerca la producción intelectual europea, al conocer una de las obras del renombrado publicista Justo Lipsio en la cual diseñaba un panorama de los centros culturales de donde irradió en cualquier momento luz a la humanidad, se percató que Lipsius mencionaba todos los existentes en el Viejo Mundo, pero ninguno del nuevo continente, hecho muy revelador de la conceptuación intelectual en que se tenia a América.

La ausencia de toda mención a los centros culturales americanos, el esfuerzo y producción intelectual de los nacidos en el Nuevo Mundo, disgustó a León Pinelo, quien como réplica al trabajo del erudito holandés, redactó su Hipomnema, en el que hace un balance nutrido y vigoroso del desarrollo cultural hispanoamericano, principalmente del de Perú, y lo muestra con orgulloso entusiasmo y como ejemplo de lo que la actividad espiritual e intelectual de los nacidos o criados en tierras americanas eran capaces de alcanzar. En sus páginas podemos encontrar un inicial sentimiento nacionalista que madurará en los espíritus selectos de nuestro continente. Con esta obra. Diego de León se adelanta en un siglo al mexicano Juan José de Eguiara y Eguren, quien a través de su Bibliotheca Mexicana trató de desmentir la calumnia europea de que nuestro continente era inmaduro y sus hombres incapaces de cualquier producción intelectual. Éste es el valor que encierra esta obra del doctor Diego de León.


El Parecer de Juan de Padilla acerca del buen tratamiento de los indios

Ocupémonos ahora del escrito que nos interesa, revelador de sus ideas en torno del indio y sus problemas.

El Perú, como otras provincias del imperio español, tuvo en su desarrollo tanto problemas originados por su propia circunstancia como otros que eran reflejos de los que atravesaba España y el mundo europeo. Los tres siglos de dominación presentan una variedad de conflictos en diversas partes del imperio reveladores de un difícil proceso de acomodación, de choque entre una actitud constructiva, creadora, forjadora de nuevas naciones con una conciencia clara de su destino, un criterio recto y justo en torno de la sociedad, y otra tendencia que veía en las Indias sólo un campo de explotación de sus recursos naturales y humanos, y a la que no impulsaba sino la codicia y ansia de poder.

A mediados del siglo XVII el virreinato peruano presenta un panorama que fue el resultante de una larga política y del choque de las tendencias que señalamos.

Al arribar al Perú en febrero de 1655, don Luis Enríquez de Guzmán, Conde de Alba de Liste, quien había gobernado México de 1650 a 1653, encontró el virreinato con serios problemas, algunos de los cuales prosiguieron después que entregó el mando a don Diego de Benavides y de la Cueva, Conde de Santiesteban y Marqués de Solera (1661-1666).

Algunos de ellos eran la guerra contra los indios de Chile, los cuales sublevados habían destruido cerca de 400 estancias, dado muerte a sus pobladores y ocasionado pérdidas por más de ocho millones de pesos. A esto se añade que de las cajas del Perú habían salido más de dieciséis millones para sostener los nueve mil soldados que ahí luchaban y costear los gastos que esa empresa requirió. Ni siquiera la acción de Diego Porter Casanate, llegado de México con el virrey y nombrado gobernador de Chile, pudo contener el avance de los insurrectos, los cuales fundaban su rebelión en el cruel trato de autoridades y particulares que esclavizaban a los indios y traficaban con ellos.

Otro de los males lo causaba el repartimiento de indios para la mita del Potosí y el mantenimiento abusivo de los indios de faltriquera que llegaban a producir más de 600.000 pesos a los mineros. La exacción que con ellos se cometía obligaba al visitador Alvaro de Ibarra a recordar al monarca que debía ratificar la cédula de 1628 en la que sus antecesores indicaban a los gobernantes peruanos: “Quiero me deis satisfacción a mí y al mundo del modo de tratar a esos mis vasallos y de no hacerlo, con que en respuesta de esta carta vea yo ejecutados exemplares castigos en los que hubieren excedido en esta parte, me daré por deservido. Y aseguraos que aunque no lo remediéis lo tengo de remediar y mandaos hacer gran cargo de las más leves omisiones en esto, por ser contra Dios y contra mí y en total destrucción de esos Reynos, cuyos naturales estimo y quiero sean tratados como lo merecen vasallos que tanto sirven a la Monarquía y tanto la han engrandecido e ilustrado”.

El levantamiento de los indios calchaquies soliviantados por el picaro andaluz Francisco o Pedro Bohórquez, fue otro factor de inquietud, así como las repetidas quejas que se tuvieron de que los indios estaban privados de todo auxilio espiritual y enseñanza de la religión, provocado esto tanto por la falta de visitas pastorales que los ancianos prelados no podían realizar, como por la carencia de religiosos que “prefieren vivir en los conventos de las principales poblaciones y no trabajar en las doctrinas”, y también por excederse los particulares y funcionarios en utilizar a los indios de la sierra, de los valles y de Quito en el penoso trabajo de los obrajes.

A más de estos problemas, producto de la mala administración civil y eclesiástica y de los abusos de los particulares, que originaron profundo malestar que desembocó en varios casos de rebeliones como la de Puno y La Paz, también surgieron otros ocasionados unos por la incapacidad militar de España de defender sus posiciones que cayeran en manos inglesas como Jamaica, y otros de franceses y holandeses que amenazaron desde varias islas del Caribe las flotas, obstaculizando el comercio y poniendo en graves apuros a mercaderes y al aprovisionamiento general del reino.

También hay que señalar la torpe política económica que a más de gravar de continuo con donativos e impuestos a sus subditos, no permitió se abriese el Puerto de Buenos Aires para realizar de ahí un sano comercio, por lo cual acrecentóse el contrabando, la carestía, la salida fraudulenta de los metales preciosos y la escasez de moneda.

Dentro de esta circunstancia que agravó una serie de desastres naturales como el temblor de Lima de noviembre de 1655, la erupción del Pichincha en 1660 y los terremotos de Ica y Pisco en 1664, va a darse una toma de conciencia de muchas personas. Una de ellas fue el propio virrey Alba de Liste, quien en marzo de 1660, en carta dirigida al monarca, sintetiza ese estado de cosas al decirle:

“Aunque en todas las materias que han sido de mi obligación he procurado proceder con la limpieza, celo, entereza y desvelo que conviene, en las tocantes a los indios, puedo asegurar a V. Mg. que he excedido a todos mis antecesores, no sólo por ser esta gente desvalida y miserable, sino porque se carga la conciencia de V. Mg. y la mía si no se hace por ellos aún más de lo que se contiene en las ordenanzas y cédulas que en su favor se han despachado, pero sin embargo de esto, he dado todos los medios posibles para reforzar aquella mita, y estoy con muy cierta confianza de que remediándose el abuso que ha habido en la mita de aquel cerro y librando a los indios de las vejaciones que hasta aquí han padecido, se ha de fructificar mucho en servicio de V. Mg., y conveniencia de los interesados, porque he mandado empadronar y reducir los indios de las provincias que mitán a aquella villa y los que están en la comarca de Potosí y desta diligencia y de las demás órdenes que se irán dando se ha de conseguir lo que tanto deseo”.

Mas si el virrey que atendía tanto las quejas de los indios y sus protectores como los fuertes intereses económicos de estancieros, mineros y encomenderos, trataba de equilibrar su posición, algunas otras personas afligidas por la situación de los indios, señalaban los males que padecían y pedían rápido y seguro remedio a ellos.

Uno de esos seres rectos y ejemplares que la administración española tuvo fue el licenciado Juan de Padilla y Pastrana, que ostentaba en esos años el puesto de Alcalde del Crimen. Don Juan, nacido en La Nasca y descendiente del capitán Pedro Gutiérrez de Contreras, compañero de Pizarro, había realizado sus estudios en Perú y llegado a base de constancia, dedicación y honesto y fiel desempeño de sus funciones al puesto que ostentaba. Criollo, de familia bien hincada en Perú, conocía a fondo la situación de los naturales. Afligido por ella y en cumplimiento de su deber hacia la sociedad y el estado, el 15 de octubre de 1654 escribió al rey una carta en la que le indicaba la ignorancia de los indios en materia de religión y el grado de postración moral, espiritual y religiosa en que vivían, y afirmaba que esa ignorancia era debida a que los eclesiásticos no cumplían la misión de auxiliarles a que estaban obligados. Señalaba Padilla que ese descuido dañaba profundamente a la sociedad, gravaba la conciencia real y la de lus funcionarios y que era menester evitarla excitando a las autoridades correspondientes a desempeñar sus funciones apostólicas continua y eficazmente.

La carta de Padilla encontró eco y respuesta en el rey y el consejo, pues en 20 de mayo de 1656 escribieron al virrey y al arzobispo de Lima indicándoles extrañaban no cumpliesen los prelados la obligación de visitar su distrito e informarse de la situación que en materia religiosa tenían los naturales. Aun cuando la avanzada edad del arzobispo le exoneraba de la visita, el Virrey, como también su sucesor, comprendió que era menester atender con mayor cuidado la condición espiritual de los indios.

Padilla, que como inteligente funcionario conocía los procedimientos lentos que se utilizaban, insistió en sus peticiones al monarca y el 20 de julio de 1657 con nueva misiva remitió al rey amplio “Memorial acerca de los trabajos, agravios e injusticias que padecen los indios del Perú en lo temporal y espiritual”. En la carta menciona “que los daños señalados no eran privativos del Arzobispado de Lima sino que de igual achaque padecían todos los Obispados del Reino; que en la jurisdicción de la Audiencia de los Reyes ninguno de los Prelados visita su diócesis; que el remedio le parece podría contenerse, disponiendo, primero, que el Arzobispo u obispo que no pueda visitar se le dé coadjutor, a quien sustente de sus rentas y, segundo, que en cada provincia tome la Compañía una doctrina. Éste cree, sería el remedio más eficaz en el común sentir y apoya su dicho con varias razanes”.

El Memorial con mayor detalle exponía los males que sufrían los aborígenes tanto en lo espiritual como en lo temporal; señalaba de dónde procedían y mencionaba concretamente a las autoridades que a más de no cumplir con su deber, abusaban de su posición para vejar y sumir en mayor y más grave postración a los indios. Síntesis del mismo es la siguiente.

Los males los divide en dos clases: en lo espiritual y en lo temporal. Del orden espiritual son los siguientes:

1- No saben la doctrina cristiana aun en lo que es necesario para salvarse
2- No está desarraigada de ellos la idolatría;
3- Mueren innumerables sin el sacramento de la confirmación;
4- Obligan muchos doctrineros a los indios a ofrendar y si no lo hacen, con apremio les quitan las prendas de ropa que traen;
5- Les obligan a ofrendar a los difuntos en los días de muertos, quedándose los doctrineros con todo;
6- En los entierros les quitan las pocas alhajas que les quedan;
7- En donde hay obrajes, llevan a los niños de seis años en adelante a trabajar excesivamente, impidiéndoles aprender la doctrina;
8- Los doctrineros abusan en esto. Algunas doctrinas se alquilan a eclesiásticos que obtienen crecidos beneficios para su familia. En las visitas entregan al prelado o vicarios generales gruesos caudales.

Las causas de esos males se encuentran en que los prelados no realizan las visitas; que los visitadores no van tanto a remediar las culpas y excesos de los doctrineros cuanto a sus conveniencias e intereses; que las pocas causas que se levantan contra algunos no se ventilan con rapidez y justicia.

Y ante esos males proponía:

1- Se ordene a los prelados visiten sus obispados personalmente y quien no pueda hacerlo por razones de edad o salud, se le nombre coadjutor de buena edad pagado con las rentas arzobispales que son cuantiosas;
2- Quien no sepa la lengua de los indios no pueda ser visitador de doctri¬neros y para serlo tenga que ser eclesiástico de más de cuarenta años, de virtud y letras;
3- Al doctrinero que no proporcione la enseñanza de la fe, se le quite la doctrina y que ellos debían tener más de cuarenta años;
4- A los religiosos, que no pueden ser curas puesto que son de clausura, no se les den doctrinas;
5- Se prohiba a doctrineros, clérigos y religiosos tener haciendas propias o de sus religiones en sus doctrinas, y principalmente a aquéllos que han introducido obrajes, telares y chorrillos;
6- En cada provincia debe darse una doctrina a la Compañía de Jesús, puesto que su fin esencial a más de doctrinar y educar a la juventud, es enseñarles cosas útiles. También los jesuítas saben la lengua, ellos mismos sostienen a las misiones, y atienden en los hospitales el bienestar de los enfermos.

Los males en el orden temporal los señala como sigue:

1- El primero es el trabajo en las minas. Como no se puede evitar, si es necesario no se cometan con él agravios e injusticias. Respecto a este mal, Padilla escribe renglones patéticos: “Pende este trabajo sólo del sudor, sangre y vida destos desdichados y con daño mayor el de la mina de azogue de Guancavélica que tiene asoladas nueve provincias, las más opulentas y pobladas deste reyno …” “Este trabajo en cualquiera género de minas es de calidad que le reputan los derechos por pena tan grave que sólo la capital de muerte tienen por mayor” y agrega dolorosámente: “Sienten los indios tanto el de la mina de Guancavélica que es constante que muchas madres lisian a sus hijos quando niños de los brazos e piernas, para escusarlos del cuando grandes”. Unido a este trabajo en las minas hay que mencionar los abusos cometidos con los llamados indios de faltriquera; con la saca por medio de la mita, que disminuye la población; que grava penosamente a los caciques y a sus comunidades; por el reclutamiento forzoso de indios que hacen los mineros, etcétera.
2- El segundo perjuicio es el de haber despojado a los indios de sus tierras;
3- El tercero es el de los obrajes en los cuales se engrilla y aprisiona a los naturales, se les maltrata, no se les paga, se les impide aprendan la doctrina y muchos otros males. Padilla sugiere que en este capítulo se haga lo hecho en México, en donde se prohibió que los indios se ocupasen en obrajes y telares;
4- El cuarto radica en las mitas para la labor de las sementeras con una amplia secuela de males;
5- El quinto es el penoso y duro trabajo que realizan en zonas írigidísimas los pastores;
6- El sexto surge de que los virreyes otorgan los oficios de corregidores a sus criados y allegados y no a personas que cuiden en verdad de los indios;
7- El séptimo es dar las encomiendas a personas ausentes del reino;
8- El octavo consiste en el trabajo que se obliga a los indios a realizar en las plantaciones de coca;
9- El noveno es el de no moderar los tributos que pagan;
10- El décimo reside en pagarles salarios reducidísimos o no pagarles.

Ante el Parecer del licenciado Juan de Padilla, el Consejo dispuso en Madrid el 3 de septiembre de 1660, se ordenase por Real Cédula al virrey de Lima reuniese una junta presidida por él, la Real Audiencia, el Arzobispo y el licenciado Padilla y “allí se confieran las materias y puntos espirituales tocantes a doctrina, enseñanza y buen tratamiento de los indios, dando execución a las cédulas de su Majestad que previenen el remedio a tantos daños”. El 20 de mayo de 1661 se efectuó en Lima la primera reunión. ~:> Al piolet ¡oí de los indios que era el doctor Diego de León Pinelo a quien se le pasó el Parecer de Padilla y quien seguramente lo conocía ya por algún traslado, correspondió responder uno por uno a los agravios mencionados por el Alcalde del Crimen de la Real Audiencia.

Diego de León Pinelo, quien sucedió en el cargo de Protector de los Indios al doctor don Alvaro de Ibarra, quien ocupó posteriormente el puesto de Inquisidor Apostólico, ostentaba ya esa delicada función antes de 1658, según propia confesión contenida en su respuesta. Poco tiempo tenía desempeñando la Protecturía de los indios y por tanto no era el responsable inmediato de los males que agravaban a aquéllos, pero sí el representante de la monarquía en esa función, la persona a quien competía atender todos los problemas suscitados en torno a los naturales, quien debía cuidar con celo que nunca sería excesivo, que ellos que formaban parte del imperio, que lo integraban al igual que españoles y criollos, no fueran vejados ni perturbados en el goce de los privilegios y derechos que tenían.

El Parecer de don Juan de Padilla se refería a la situación general de los indios y aun cuando presentaba casos concretos de abusos, el mal que señalaba afectaba a todos los naturales que aparecían desprotegidos, sin defensa, pese a todas las disposiciones dadas por los reyes españoles en favor de ellos. Si era un llamado a la atención del virrey y autoridades eclesiásticas, más lo era hacia el funcionario que tenía a su cargo la protección de la sociedad indiana. Por ello es que el doctor Diego de León Pinelo procedió a emitir un parecer que a más de defender a las autoridades metropolitanas y peruanas, defendía su conducta, defendía su función de Protector.

Docto y ducho en la litis y experto en el manejo de los negocios del Estado, Diego de León no contraataca al Alcalde del Crimen ni niega las justas, ciertas y contundentes afirmaciones de Padilla, sino que en su mayor parte, ante la realidad que muy bien conocía, las acepta, explica y aun amplía. Llama a la Carta y Parecer de Padilla, “afectuosa y bien intencionada súplica” y no rebate sus acusaciones concretas y plenamente demostradas.