La poética del espacio, de Gaston Bachelard

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Ed. Fondo de Cultura Económica, año 1975. Tapa dura con sobrecubierta. Tamaño 17 x 11 cm. Traducción de Ernestina de Champourcin. Estado: Usado muy bueno. Cantidad de páginas: 280

La poética del espacio, Bachelard157En este libro nuestro campo de estudio ofrece la ventaja de estar bien señalado. En efecto, solo queremos examinar imágenes muy sencillas, las imágenes del espacio feliz. Nuestras encuestas merecerían, en esta orientación, el nombre de topofilia. Aspiran a determinar el valor humano de los espacios de posesión, de los espacios defendidos contra fuerzas adversas, de los espacios amados. Por razones frecuentemente muy diversas y con las diferencias que comprenden los matices poéticos, son espacios ensalzados. A su valor de protección que puede ser positivo, se adhieren también valores imaginados, y dichos valores son muy pronto valores dominantes.

El espacio captado por la imaginación no puede seguir siendo el espacio indiferente entregado a la medida y a la reflexión del geómetra. Es vivido. Y es vivido, no en su positividad, sino con todas las parcialidades de la imaginación. En particular, atrae casi siempre. Concentra ser en el interior de los límites que protegen. El juego del exterior y de la intimidad no es, en el reino de las imágenes, un juego equilibrado. Por otra parte, los espacios de hostilidad están apenas evocados en las páginas siguientes. Esos espacios del odio y del combate sólo pueden estudiarse refiriéndose a materias ardientes, a las imágenes de apocalipsis. Por el momento nos situamos ante imágenes que atraen. Y en lo que concierne a las imágenes, se observa bien pronto que atraer y rechazar no dan experiencias contrarias. Los términos son contrarios. Al estudiar la electricidad o el magnetismo se puede hablar sistemáticamente de repulsión y de atracción. Basta un cambio de signos algebraicos. Pero las imágenes no se acomodan a las ideas tranquilas, ni sobre todo a las ideas definitivas. La imaginación imagina sin cesar y se enriquece con nuevas imágenes. Nosotros quisiéramos explorar estas riquezas de ser imaginado.

He aquí entonces una rápida enumeración de los capítulos de esta obra.

Primero, como corresponde a una investigación sobre las imágenes de la intimidad, planteamos el problema de la poética de la casa. Y surgen abundantes preguntas: ¿Cómo unas cámaras secretas, cámaras desaparecidas, se constituyen en moradas para un pasado inolvidable? ¿Dónde y cómo encuentran el reposo situaciones privilegiadas? ¿De qué manera los refugios efímeros y los albergues ocasionales reciben a veces, en nuestros ensueños íntimos, valores que no tienen ninguna base objetiva? Con la imagen de la casa tenemos un verdadero principio de integración psicológica, Psicología descriptiva, psicología de las profundidades, psicoanálisis y fenomenología podrían constituir, con la casa, ese cuerpo de doctrinas que designamos bajo el nombre de topoanálisis. Para dar una idea de la complejidad de la tarea del psicólogo que estudia el alma humana en sus profundidades, C. G. Jung, en sus Ensayos de psicología analítica, pide a su lector que considere esta comparación; “Tenemos que descubrir un edificio y explicarlo: su piso superior ha sido construido en el siglo XIX, la planta baja data del XVI y un examen minucioso de la construcción demuestra que se erigió sobre una torre del siglo II. En los sótanos descubrimos cimientos romanos, y debajo de éstos se encuentra una gruta llena de escombros sobre el suelo de la cual se descubren en la capa superior herramientas de sílex, y en las capas más profundas restos de fauna glaciar. Ésta sería más o menos la estructura de nuestra alma”.

Naturalmente que Jung conoce el carácter insuficiente de esta comparación. Pero por el hecho mismo de desarrollarse tan fácilmente tiene sentido el tomar la casa como instrumento de análisis para el alma humana. Ayudados por este “instrumento”, ¿no encontraremos, en nosotros mismos, soñando en nuestra simple casa, consuelos de gruta? ¿Y la torre de nuestra alma estará arrasada para siempre? ¿Somos para siempre, siguiendo el hemistiquio famoso, seres “de la torre abolida”? No solamente nuestros recuerdos, sino también nuestros olvidos, están “alojados”. Nuestro inconsciente está “alojado”. Nuestra alma es una morada. Y al acordarnos de las “casas”, de los “cuartos”, aprendemos a “morar” en nosotros mismos.

Se ve desde ahora que las imágenes de la casa marchan en dos sentidos: están en nosotros tanto como nosotros estamos en ellas. Este juego es tan múltiple que hemos necesitado dos largos capítulos para trazar los valores de imágenes de la casa.

Después de estos dos capítulos sobre la casa de los hombres, hemos estudiado una serie de imágenes que podemos tomar como la casa de las cosas: los cajones, los cofres y los armarios. ¡Cuánta psicología bajo su cerradura! Hay en ellos una especie de estética de lo oculto. Para captar desde ahora la fenomenología de lo oculto, bastará una observación preliminar: un cajón vacío es inimaginable. Sólo puede ser pensado. Y para nosotros que tenemos que describir lo que se imagina antes de lo que se conoce, lo que se sueña antes de lo que se comprueba, todos los armarios están llenos.

Creyendo a veces estudiar cosas, nos abrimos solamente a un tipo de ensueños. Los dos capítulos que hemos consagrado a los Nidos y a las Conchas —esos dos refugios de lo vertebrado y de lo invertebrado— testimonian una actividad de imaginación apenas frenada por la realidad de los objetos. Nosotros que hemos meditado tan largamente sobre la imaginación de los elementos, hemos revivido mil ensueños aéreos o acuáticos, según seguíamos a los poetas en el nido de los árboles o en esa gruta del animal que es la concha. Por mucho que toque las cosas, sueño siempre el elemento.

Después de haber seguido los ensueños de habitar esos lugares inhabitables, hemos vuelto a imágenes que exigen —para que las vivamos— que, como en los nidos y en las conchas, nos hagamos muy pequeños. En efecto, ¿no encontramos en nuestras mismas casas reductos y rincones donde nos gusta agazaparnos? Agazapar pertenece a la fenomenología del verbo habitar. Sólo habita con intensidad quien ha sabido agazaparse. Llevamos en nosotros, a este respecto, toda una reserva de imágenes y imágenes del agazapamiento, podría suministrarnos duda el psicoanalista, si quisiera sistematizar estas recuerdos que no confiamos voluntariamente. Sin múltiples pruebas. Nosotros no disponíamos más que de documentos literarios. Hemos escrito, pues, un breve capítulo sobre los “rincones”, sorprendiéndonos cuando grandes escritores daban a estos documentos psicológicos una gran dignidad literaria.

Después de todos estos capítulos consagrados a los espacios de la intimidad, hemos querido ver cómo se presentaba, para una poética del espacio, la dialéctica de lo grande y de lo pequeño; cómo en el espacio exterior la imaginación gozaba, sin socorro de las ideas, casi naturalmente, del relativismo de lo grande. Hemos puesto la dialéctica de lo pequeño y de lo grande bajo los signos de la Miniatura y de la Inmensidad. Estos dos capítulos no son tan antitéticos como podría creerse. En ambos casos, lo pequeño y lo grande no deben ser captados en su objetividad. Sólo tratamos de ello en este libro como los dos polos de una proyección de imágenes. En otros libros, especialmente en lo que se refiere a la inmensidad, hemos tratado de caracterizar las meditaciones de los poetas ante los espectáculos grandiosos de la naturaleza. Aquí se trata de una participación más íntima en el movimiento de la imagen. Por ejemplo, tendremos que probar, siguiendo ciertos poemas, que la impresión de inmensidad está en nosotros, que no está ligada necesariamente a un objeto.

En ese punto de nuestro libro, habíamos reunido ya bastantes imágenes para plantear, a nuestro modo, dando a las imágenes su valor ontològico, la dialéctica de lo interno y de lo externo, dialéctica que repercute en una dialéctica de lo abierto y de lo cerrado.
Muy cerca de ese capítulo se encuentra el siguiente, titulado: “La fenomenología de lo redondo”. La dificultad que tuvimos que vencer al escribir este capítulo consistió en alejarnos de toda evidencia geométrica. Dicho de otro modo, tuvimos que partir de una especie de intimidad de la redondez. Hemos encontrado en los pensadores y en los poetas imágenes de esta redondez directa, imágenes —y esto es para nosotros esencial— que no son simples metáforas. Tendremos allí una nueva oportunidad para denunciar el intelectualismo de la metáfora y demostrar, por consiguiente, una vez más, la actividad propia de la imaginación pura.

En nuestro espíritu, estos dos últimos capítulos, grávidos de metafísica implícita, deberían enlazarse con otro libro que quisiéramos escribir aún. Este libro condensaría todos los cursos que hemos dado en la Sorbona durante los tres últimos años de nuestra actividad docente. ¿Tendremos fuerzas para escribir ese libro? Hay una gran distancia entre las palabras que se confían libremente a un auditorio simpatizante y la disciplina necesaria para escribir un libro. En la enseñanza oral, animados por la alegría de enseñar, a veces la palabra piensa. Al escribir un libro, de todas maneras es preciso reflexionar.

INDICE
Introducción
I- La casa. Del sótano a la guardilla. El sentido de la choza
II- Casa y universo
III- El cajón, los cofres y los armarios .
IV- El nido
V- La concha
VI- Los rincones
VII- La miniatura
VIII- La inmensidad íntima
IX- La dialéctica de lo de dentro y de lo de fuera
X- La fenomenología de lo redondo .