El Extranjero, de Albert Camus. Adaptación de Juan Carlos Kreimer e ilustraciones de Julián Aron

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Ed. De la Flor, año 2011. Tamaño 28 x 20 cm. Adaptación de Juan Carlos Kreimer e ilustraciones de Julián Aron. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 96

Albert Camus (Argelia, 1913-Francia, 1960) nace en una familia de colonos franceses (pieds-noirs), estudia filosofía en la Universidad de Argel; no llega a licenciarse porque contrae una fuerte tuberculosis. Crea una compañía de teatro y escribe en el diario del Frente Popular hasta 1940: cuando el gobierno prohíbe ese periódico y le dificulta encontrar trabajo, emigra a Francia e ingresa en Paris-Soir; también lee originales para la editorial Gallimard. Antes de publicar en 1942 El Extranjero novela que lo consagra internacionalmente, ya ha publicado El revés y el derecho y Bodas. En adelante alterna la narrativa (La peste, La caída, El exilio y el reino…) y la dramaturgia (Calígula, El malentendido, Los justos, Los posesos…) con libros de ensayo (El mito de Sísifo, El hombre rebelde, Reflexiones sobre la guillotina…).

El absurdo de la condición humana impregna toda su obra. No el absurdo como desatino: su absurdo habla del sentimiento de lo irracional y del anhelo de claridad que resuenan en las profundidades del hombre. Habla del desasosiego y las contradicciones de quienes vivimos en sociedades carentes de lógica o dirección humanista. Y de la búsqueda de un sentido que vuelva a reunirnos con la vida y nos haga sentir menos ajenos a este mundo.

Sus convicciones y discrepancias en relación con el Partido Comunista no le impiden asumir la dirección del periódico Combat durante la Resistencia francesa; terminada la guerra, colabora principalmente con publicaciones anarquistas. Para él, todas las ideologías que proponen una finalidad en la historia, a la larga, resultan destructivas: alejan al hombre de lo humano. En 1952, Jean Paul Sartre califica su rebeldía como “deliberadamente estética” y da pie a una polémica que trasciende el existencialismo de ambos. Poco después, durante la despiadada guerra franco-argelina, Camus denuncia la injusticia que vive su pueblo, empobrecido y humillado, y al mismo tiempo pide a los combatientes independentistas que se reconozcan deudores de una lengua, una cultura y una sensibilidad política y social indisolublemente unidas a Francia.

En 1957 le otorgan el Premio Nobel de Literatura. Tiene 44 años; tres años después, rumbo a una casa que ha comprado en Petit-Villeblevin, al sur de París, su automóvil muerde la banquina y se estrella contra un árbol. Camus deja un manuscrito inconcluso, El primer hombre.

Por Albert Camus
Año 1955

Tiempo atrás resumí El extranjero con una frase que ahora reconozco muy paradojal: En nuestra sociedad, todo hombre que no llora en el entierro de su madre se arriesga a ser condenado a muerte. Yo sólo quería decir que el héroe del libro es condenado porque no juega el juego. En tal sentido es un extranjero en la sociedad donde vive>; Mersault erra, marginal, en los suburbios de la vida privada, solitario y sensual. Por este motivo algunos lectores se tentaron a considerarlo un náufrago.

No obstante, se tendrá una idea más exacta del personaje y, en todo caso, más acorde a las intenciones de su autor, si uno se pregunta en qué Mersault no juega el juego. La respuesta es simple: se niega a mentir. Mentir no es solo decir lo que no es. Es también, y sobre todo, decir más de lo que es y, en lo que concierne al corazón humano, decir más de lo que no se siente. Es lo que todos hacemos a diario para simplificar la vida.

Al contrario de lo que parece, Mersault no quiere simplificar la vida. El dice lo que es, se niega a enmascarar sus sentimientos e inmediatamente la sociedad se siente amenazada. Se le pide, por ejemplo, que diga, según la fórmula de rigor, que se arrepiente de su crimen. El responde que al respecto soporta más fastidio que pesar verdadero. Y este matiz lo condena.

Para mí, por lo tanto, Mersault no es un náufrago sino un hombre pobre y desnudo, enamorado del sol que no deja sombras. Lejos de estar privado de toda sensibilidad, lo anima una pasión profunda, tenaz…la pasión por el absoluto y la verdad. Se trata de una verdad aun más negativa, la verdad de ser y de sentir, pero sin la cual ninguna conquista sobre uno mismo será jamás posible.

Nadie se equivocará mucho leyendo en El extranjero la historia de un hombre que, sin ninguna actitud heroica, acepta morir por la verdad.

También me dan ganas de decir, y siempre paradojalmente, que intenté presentar en mi personaje al único cristo que merecemos. A partir de mis explicaciones, se comprenderá que lo haya dicho sin ninguna intención de blasfemia y sólo con la intención algo irónica de que un artista tiene derecho a experimentar con los personajes de su creación