Autoconciencia por el movimiento. Ejercicios para el desarrollo personal, de Moshe Feldenkrais

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Ed. Paidós, año 1972. Tamaño 19,5 x 13,5 cm. Traducción de Luis Justo. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 206

Por Moshe Feldenkrais

Actuamos de acuerdo con nuestra autoimagen. Ésta -que a su vez gobierna dada uno de nuestros actos- es condicionada en grado
variable por tres factores: herencia, educación y autoeducación.

La parte hereditaria es la más inmutable. El patrimonio biológico del individuo -forma y capacidad de su sistema nervioso, estructura ósea, músculos, tejidos, glándulas, piel, sentidos- es determinada por su herencia física mucho antes de que él posea identidad establecida alguna. Su autoimagen se desarrolla a partir de sus acciones y reacciones en el curso normal de la experiencia.

La educación determina el propio lenguaje y crea un patrón de conceptos y reacciones común a una sociedad dada. Tales conceptos y reacciones varían según el ambiente en que nace la persona; no son característicos de la humanidad como especie, sino sólo de
ciertos grupos de individuos.

De la educación resulta en gran medida la dirección que seguirá la autoeducación, que constituye el elemento más activo de nuestro
desarrollo y que, en el plano de lo social, empleamos con frecuencia mayor que los elementos de origen biológico. La autoeducación influye sobre la manera en que adquirimos la educación exterior, así como sobre la selección del material que se aprende y el rechazo de lo que no podemos asimilar. Educación y autoeducación son procesos intermitentes. En las primeras semanas de la vida infantil, la educación radica sobre todo en absorber el ambiente, y la autoeducación casi no existe: sólo consiste en rechazar todo aquello que, desde el punto de vista orgánico, resulta extraño e inaceptable para las características hereditarias del infante, o en resistirse a ello.

La autoeducación progresa a medida que el organismo infantil crece y se estabiliza. El niño desarrolla poco a poco características individuales; empieza a elegir, de acuerdo con su propia naturaleza, unos u otros objetos y acciones. Ya no acepta todo cuanto la
educación trata de imponerle. Ésta y las propensiones individuales se asocian para establecer la tendencia que gobernara toda nuestra conducta y nuestras acciones habituales.

De los tres factores activos que intervienen en la formación de la autoimagen, sólo la autoeducación está, en cierta medida, en nuestras manos. Recibimos la herencia física sin haberla pedido, la educación nos es impuesta, y ni siquiera la autoeducación es por entero voluntaria en los primeros años, sino que es decidida por la relación de las fuerzas de la personalidad heredada, las características individuales, el funcionamiento eficiente del sistema nervioso y la intensidad y persistencia de las influencias educacionales. La herencia hace de cada uno de nosotros un individuo único por su estructura física, su aspecto y sus acciones. La educación hace de cada uno de nosotros un miembro de alguna sociedad humana particular, y procura hacernos tan parecidos coma sea posible a todo otro miembro de esa sociedad. Ésta dicta nuestra manera de vestirnos, por lo que nuestra apariencia es similar a la de otros. Al darnos un lenguaje, la sociedad nos hace expresar en la misma forma que otros. Instila en nosotros una pauta de conducta y valores, y trata de que también nuestra autoeducación influya de manera tal que deseemos parecernos a todos los demás.

Como consecuencia, incluso la autoeducación, es decir, la fuerza activa que pugna por abrir paso a lo individual y llevar al campo de la acción la diferencia hereditaria, tiende en gran medida a poner nuestra conducta en concordancia con la de los otros. El defecto esencial de la educación, tal como la conocemos hoy, reside en que se basa sobre prácticas antiguas y a menudo primitivas que no perseguían en forma consciente ni clara su propósito igualitario. Ese defecto tiene su ventaja, puesto que al carecer la educación de todo propósito definido, salvo el de moldear individuos de modo que no sean inadaptados sociales, no siempre logra anular por completo a la autoeducación. Sin embargo, incluso en los países avanzados, donde los métodos educacionales se perfeccionan constantemente, hay similitud cada vez mayor de opiniones, apariencia y ambiciones. El desarrollo de los medios masivos de comunicación y las aspiraciones a la igualdad política también contribuyen en forma sustancial a la actual confusión de identidades.

Los conocimientos y técnicas modernos en los campos de la educación y la psicología ya han permitido al profesor B. F. Skinner, psicólogo de Harvard, presentar métodos para producir individuos “satisfechos. capaces, educados, felices y creativos”. Ese es también, en efecto, el objetivo de la educación aunque no se lo enuncie en forma tan explícita. Por cierto, Skinner no se equivoca acerca de la eficacia de esos métodos, y existen pocas dudas de que en su momento seremos capaces de crear unidades de forma humana, educadas, organizadas, satisfechas y felices: y si aplicáramos todos los conocimientos que poseemos en el campo de la herencia biológica, incluso lograríamos producir varios tipos distintos de dichas unidades, con el fin de satisfacer ladas las necesidades de la sociedad.

Esta utopía, que tiene posibilidades de realizarse en nuestro tiempo, es el resultado lógico de la situación actual. Para materializarla sólo necesitamos provocar uniformidad biológica y emplear medidas educacionales apropiadas para impedir la autoeducación.

Muchas personas consideran que la comunidad importa más que los individuos de que se compone. En todos los países avanzados se
advierte una tendencia hacia el mejoramiento de la comunidad; las diferencias residen sólo en los métodos que se eligen para alcanzar esa meta. Parece haber acuerdo general en que lo más importante es mejorar los procesos sociales de empleo, producción y provisión de iguales oportunidades para todos. Toda sociedad procura inculcar en los más jóvenes, mediante la educación, aquellas cualidades que les permitirán formar una comunidad tan uniforme como les resulte posible, capaz de funcionar sin mayores tropiezos.

Puede que tales tendencias sociales concuerden con la tendencia evolutiva de la especie humana; de ser así, todos deberíamos por cierto dirigir nuestros esfuerzos hacia el cumplimiento de ese fin.

Empero, si por un momento hacemos a un lado el concepto de sociedad y nos volvemos al hombre mismo, comprobamos que aquélla no es la mera suma total de las personas que la constituyen y que, desde el punto de vista del individuo, tiene un significado distinto.
Para éste, la sociedad importa, ante todo, como campo en el que debe avanzar para ser aceptado como miembro valioso; valor que, a
sus propios ojos, es influido por su posición en la sociedad. Pero ésta también le importa en cuanto campo donde ejercitar sus cualidades individuales, desarrollar y expresar aquellas particulares inclinaciones propias que forman parte orgánica de su personalidad. Las características orgánicas provienen de la herencia biológica y es esencial manifestarlas para que el organismo funcione en toda su plenitud. A medida que la tendencia a la uniformidad, dentro de nuestra sociedad, crea innumerables conflictos con los rasgos individuales, la adaptación a la sociedad puede resolverse por supresión de las necesidades orgánicas individuales, o bien por identificación del individuo con las necesidades de la sociedad (en forma tal que a él no le parezca impuesta), lo que puede llegar hasta el punto de que el individuo se sienta rebajado cuando no acierte a comportarse con arreglo a los valores sociales.

La educación provista por la sociedad obra en dos direcciones a la vez. Elimina toda tendencia disidente mediante penas consistentes en el retiro de su apoyo y, al mismo tiempo, inculca al individuo valores que lo obligan a superar y desechar los deseos espontáneos. Por efecto de tales condiciones, la mayoría de los adultos viven hoy tras una máscara, la máscara de la personalidad que el individuo procura presentar a otros y a sí mismo. Toda aspiración o deseo espontáneo es objeto de una rigurosa crítica interna, no sea que revele la índole orgánica del individuo. Esas aspiraciones y deseos despiertan inquietud y remordimiento, y el individuo procura combatir el impulso de realizarlos. El único premio que torna soportable la vida a pesar de tales sacrificios es la satisfacción derivada del reconocimiento, por la sociedad, del individuo que alcanza el éxito tal como lo entiende ella. Tan intensa es la necesidad de recibir apoyo constante de los propios congéneres, que la mayor parte de las personas parecen consagrar la principal parte de sus vidas a consolidar sus máscaras. Sólo la repetición del éxito puede estimular al individuo a persistir en la mascarada.

El éxito tiene que ser visible y supone un ascenso constante por la escala socioeconómica. Si el individuo no logra ascender, no sólo se tornarán difíciles sus condiciones de vida; además, él disminuirá de valor ante sus propios ojos hasta el punto de poner en peligro su salud mental y física. Apenas si se permitirá tomarse unas vacaciones, aunque disponga de los medios materiales para ello. Las acciones y el impulso que las origina -necesarios para mantener una máscara exenta de fallas y grietas, so pena de revelarse tal como él es- no se derivan de necesidad orgánica alguna. Como consecuencia, la satisfacción que obtiene de esas acciones, por más éxito que tengan, no es orgánica, no lo revitaliza; es una mera gratificación superficial, externa.

Muy lentamente, con los años, ese hombre llega a convencerse de que el reconocimiento de su éxito por la sociedad tiene que darle
contentamiento orgánico; más aún, se convence de que se lo da. Con no poca frecuencia, tanto se ajusta el individuo a su máscara, tan completa es su identificación con ella, que ya no siente impulso orgánico alguno, ni satisfacciones de esa especie. Tal vez a raíz de ello descubra que en sus relaciones familiares y sexuales hay fallas y trastornos, y que quizá siempre los hubo, pero siempre se los pasa por alto en atención al éxito del individuo en la sociedad. Pues la verdad es que, en comparación con la brillante existencia de la máscara y con su valor social, la vida orgánica privada y la atención de necesidades urgentes de poderosos impulsos orgánicos no tienen casi importancia. La gran mayoría de las personas viven, detrás de sus máscaras, vidas lo bastante activas y satisfactorias como para que puedan sofocar, sin gran dolor, cualquier vacío que sientan al detenerse y
escuchar qué les dice el corazón.

En las ocupaciones que la sociedad considera importantes, nadie triunfa hasta tal punto que le permita vivir una vida de máscara satisfecha. Muchos de aquellos que, en su juventud, no acertaron a labrarse una profesión u oficio que les brindara prestigio suficiente para mantener sus máscaras en vida, afirman que son perezosos y no tienen el carácter ni la perseverancia necesarios para aprender algo. Intentan una cosa tras otra, van de empleo en empleo, y sin embargo se consideran, invariablemente, aptos para cualquier cosa que se les presente. Tal confianza en sus propias aptitudes les infunde satisfacción orgánica suficiente para justificar cada tentativa nueva. Pueden no tener menos dotes naturales que otros -tal vez tengan más-, pero han adquirido hasta tal punto el hábito de descuidar sus necesidades orgánicas, que ya no logran sentir interés genuino por actividad alguna. Acaso tropiecen con algo en lo que se asienten más que de costumbre e incluso alcancen cierta eficiencia. Pero, aún en ese caso, será la suerte de haber encontrado ese empleo y, gracias a él, una posición social, lo que les permitirá fundar un juicio sobre su propio valor. Al mismo tiempo, el débil respeto que sienten por sí mismos los lleva a buscar éxito en otras esferas, una de las cuales bien puede ser la promiscuidad sexual. Esta, paralela al constante cambio de empleo, es activada por el mismo mecanismo, es
decir, la creencia en alguna dote propia y especial. Eleva su valor ante sus propios ojos, y también proporciona por lo menos una satisfacción orgánica parcial; bastante, en todo caso, para que valga la pena intentarlo de nuevo.

La autoeducación -que, según vemos, no es del todo autónoma- provoca aún otros conflictos estructurales y funcionales. Muchas personas padecen de algún trastorno en la digestión, la eliminación, la respiración o la estructura ósea. El alivio periódico de una de esas disfunciones trae consigo otros mejoramientos y, por un tiempo, un aumento de la vitalidad general. Este período será seguido, poco menos que en cada caso, por un período de salud y ánimo empobrecidos.

Resulta obvio que de los tres factores que determinan en general la conducta del hombre, tan sólo la autoeducación está sujeta en medida apreciable a la voluntad. La cuestión radica entonces en cuál es realmente esa medida y, más en particular, en qué forma puede uno ayudarse a sí mismo. Muchos optarán por consultar a un especialista, y en los casos graves es la mejor solución. Empero, muchos no lo consideran necesario, o no desean en modo alguno hacerlo: en todo caso, dudan que el especialista pueda serles útil. En definitiva, el único camino abierto a cada uno es ayudarse a sí mismo.

Camino duro y complejo, está sin embargo entre las posibilidades prácticas de toda persona que sienta necesidad de cambiar y mejorar, mientras tenga presente que debe comprender con claridad algunos puntos para que ese proceso -la adquisición de un nuevo
conjunto de respuestas- no le resulte demasiado difícil.

Es preciso entender bien desde el principio que el proceso de aprendizaje es irregular, consiste en pasos y no carece de altibajos.
Esto rige incluso para algo tan simple como aprender de memoria un poema. Un día un hombre puede aprenderlo, y al día siguiente
no recordar nada. Pocos días después, sin haber vuelto a estudiarlo, tal vez compruebe de pronto que lo sabe perfectamente. Incluso si deja de pensar en ese poema durante meses, un breve repaso se lo restituirá por completo. No debe desanimarnos, en consecuencia,
comprobar que en algún momento hemos retrocedido al punto inicial; a medida que el aprendizaje continúa, esas regresiones se tornarán más raras, y más fácil, en cambio, retornar al nuevo estado.

También es preciso comprender que a medida que se operan cambios en la propia persona se descubren dificultades nuevas, hasta entonces inadvertidas. La conciencia las rechazaba antes, fuese por miedo o por dolor; sólo a medida que la confianza en sí mismo
se fortalece se torna posible reconocerlas.

Muchas personas efectúan tentativas esporádicas por mejorar y corregirse, aunque a menudo no tengan clara conciencia de ello. La
persona media se contenta con sus actividades y piensa que no necesita nada, salvo un poco de gimnasia para corregir unas pocas deficiencias que ha notado. Todo lo dicho en esta introducción se dirige, en rigor, a ese hombre medio a cuyo juicio nada de esto le concierne.

A medida que cada uno trata de mejorarse, puede encontrar en sí mismo varias etapas de desarrollo. Y a medida que progresa, los recursos necesarios para corregirse más aún, se tornan cada vez más sutiles. En el presente libro, he trazado con detalle considerable los primeros pasos por ese camino, con el fin de que el lector llegue más lejos aún por su propio impulso.

INDICE
PRIMERA PARTE, COMPRENDER AL HACER
Prefacio
1- La Autoimagen
2- Niveles de desarrollo
3- Dónde empezar y cómo
4- Estructura y función
5- La dirección del proreso
SEGUNDA PARTE, HACER PARA COMPRENDER: DOCE LECCIONES PRÁCTICAS
1- Observaciones generales
2- Algunas sugerencias prácticas
3- Lección 1: ¿Qué es una postura correcta?
4- Lección 2: ¿Qué acción es buena?
5- Lección 3: Algunas propiedades fundamentales del movimiento
6- Lección 4: Diferenciación de las partes y las funciones en la respiración
7- Lección 5: Coordinación de los músculos flexores y de los extensores
8- Lección 6: Diferenciación de los movimientos pelvianos mediante un reloj imaginario
9- Lección 7: La postura de la cabeza influye sobre el estado de la muscultura
10- Lección 8: Perfeccionamiento de la Autoimagen
11- Lección 9: Las relaciones espaciales como medio de coordinar la acción
12- Lección 10: El movimiento de los ojos organiza el movimiento del cuerpo
13- Lección 11: Cómo conocer las partes de las que no tenemos conciencia con ayuda de aquellas de las que tenemos conciencia
14- Lección 12: Pensamiento y respiración
Epílogo