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Transmigración, de Roberto Merino

Precio y stock a confirmar
Ed. Archivo, año 1987. Tamaño 27 x 18,5 cm. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 34

Transmigración, de Roberto Merino450Por Mauro Libertella

Roberto Merino nació en Santiago durante. Su obra no es vasta: un par de libros de poemas, un par de libros de crónicas y algunos ensayos. Esa producción acotada, modesta, le bastó sin embargo para erigirse en maestro tácito de una generación. Fue periodista de la revista Don Balón donde escribió cronicas deportivas. Fundó la editorial Carlos Porter que publicó a Claudio Bertoni, Bruno Vidal y otros escritores chilenos. Colaboró en medios de diversa índole (del periodismo deportivo a la alta crítica pictórica) y hasta compiló un extraño artefacto como la Antología del humor literario chileno.

Sobre sus principios como lector, Merino confiesa que de chico, como todos los niños chilenos, recuerda haber leído la serie de Papelucho, de Marcela Paz, y otro libro de esa autora, Caramelos de luz, con poemas y relatos infantiles muy extraños y unas ilustraciones en blanco y negro de las que aún tiene flashes en algunas situaciones. “Por esa época leí también Los crímenes de la calle Morgue motivado por el hecho de haber visto una película en la televisión basada en esa historia. No tenía ninguna conciencia de la escritura, simplemente leía. Seguí con los ‘minilibros’ de la editorial Quimantú, cosas de Conan Doyle, de Baldomero Lillo, de Hamsun, de Raymond Radiguet. A los doce años me obsesioné con La Araucana, de Alonso de Ercilla, algo inusual para un niño ya que se trataba de un poema cruzado de retórica y escrito en octavas reales, pero por algún motivo me gustaba. Un año más tarde me dio por las crónicas de Daniel de la Vega y por las de Edwards Bello, con quien mi abuelo había tenido cierto vínculo. Un libro que por entonces me despertó la imaginación, el humor y las ganas de vivir fue Yo soy tú, de Jorge Délano. Esa es, a grandes rasgos, mi prehistoria de lector. Estos últimos autores pertenecían por lo demás al mundo de mi abuelo, de cuya biblioteca me fui apropiando con el paso del tiempo”.

-¿Qué le gusta y qué le disgusta de Santiago de Chile?
-Me gusta lo de siempre: las noches de verano, las inmediaciones del Parque Forestal y del Cerro Santa Lucía, donde viví años significativos. Y me gusta el lugar donde vivo ahora, Providencia, del cual no me muevo demasiado. Esporádicamente vuelvo a recorrer los barrios de fines del siglo XIX, en la zona poniente, que todavía conservan su aura. Me disgusta la Alameda en casi todos sus tramos y también el Metro; los otros lugares que me disgustan los evito.

En algún momento de En busca del loro atrofiado, Merino se define a sí mismo como “un individuo común, indiferente, estresado, satélite de sí mismo”. Quizás en contra de lo que el autor quisiera, si leemos el libro vamos a tener una imagen bastante nítida de su persona. El mismo reconoce que, cuando le ofrecieron la columna en el diario, “se me ocurrió que debería escribir sobre temas ajenos a mí mismo. Sin embargo, pasado muy poco tiempo las crónicas se fueron volviendo peligrosamente autobiográficas: incluso había en ellas claves para que pudieran ser leídas por personas específicas, mensajes individuales enviados a través del mar de la masividad. El período durante el cual fueron publicadas equivalió en mi vida a una época oscura, tan oscura como puede llegar a ser la ‘noche oscura del alma’. Tres días o una semana después de comunicarle al editor que ya no podía continuar, caí hospitalizado por motivos que corresponden a otra historia y a otros ámbitos. Esto es innegable, y no quisiera pasarlo por alto por el simple hecho de evitar la confidencia”.

-¿Cuál es su próximo proyecto, en qué trabaja?
-Estoy escribiendo hace demasiado tiempo un libro relacionado con los mecanismos de la memoria, una cuestión que no es crónica ni narrativa ni ensayo ni poesía. Pero no digo más por superstición: tengo la idea de que cuando los textos se comentan antes de terminarlos como que se chingan. Cuando puedo deliberar un texto antes de su escritura se me quitan las ganas de sacarlo adelante. En este sentido, si pudiera, sólo escribiría para descubrir cosas, eso me interesa más que contar historias.

El vientre y parte del pecho de la Monna Lisa (De Transmigración, 1981)

Tras los barrotes de una lluvia rojiza permanezco dentro de mí mismo, con el mayor de los sigilos, atados ya todos los pájaros (localidad de los molles: sobre las extensiones desoladas sólo los esqueletos y plumajes). Luego decido rebelarme: corro agazapado por los prados vacíos, soportando los golpes de la lluvia, cubriéndome la cabeza con un diario inútil. Echar sombra a las máscaras es un juego de dados: aquel con más puntaje es el ganador y recibe un balazo en el corazón. Por lo menos se le desfigura la persona (la máscara el rostro) mientras corre con pavor bajo la antedicha lluvia.

Y respondiendo a su condición el diario resultará inútil, se ha roto en hilachas tristemente humedecidas, las palabras disueltas —extraviados sus significados— caerán por el rostro del perdedor del ludus mortal. El dios de la tragedia merece un libro aparte. Como puedes ver, todo el mundo se preocupa de nosotros dos: puedes leer, en páginas anteriores, múltiples versiones de nuestras biografías.

Esperamos que al disiparse la lluvia podamos observar las nubes del cielo: que confieran una relativa paz al narrador omnisciente. De nada le sirve a un pobre narrador ser omnisciente. Los indicios de un dios no construyen la felicidad. El lenguaje guarda relación con la realidad: ésa es la consigna. Con las nubes del cielo en una mano obtendremos el preciado sol con la otra, por contraste. Yo nunca he visto el sol ¿sabes?. Una vez salió y yo estaba durmiendo, desde entonces ando con los horarios corridos. Dicen que tarda ocho minutos en llegar a la tierra. Para finalizar, una pregunta de cultura general: quién es más importante, Shakespeare u Ofelia muerta: marca con una cruz el nombre correcto, házlo con una verdadera Cruz. No hay caso: tú eres ofelia muerta.

Sólo cabe desear que esta lluvia que anda tras la gente perdida, no se endurezca en tu rostro.

INDICE
I- (Aguas, costas, tierras sustitutivas)
II- (Signos de tránsito)
III- (Apéndice amargo)
IV- (El vientre y parte del pecho de la Monna Lisa)