Tierras de la memoria, de Felisberto Hernández

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Ed. Arca, año 1967. Tamaño 19,5 x 13,5 cm. Estado: Usado muy bueno. Cantidad de páginas: 116

Por José Pedro Díaz

Tierras de la memoria es el libro que Felisberto Hernández dejó inédito a su muerte. No es el último. Lo venía escribiendo desde hacía tiempo, y aún había publicado algunos extractos en revistas. El estado de los originales muestra que estaba trabajando en él. Se trata de una copia mecanografiada, con frecuentes correcciones y adiciones. Las correcciones son tales, sin embargo, que no hacen pensar en una versión definitiva y pronta para la imprenta; había aún descuidos de redacción y errores de copia que debieron ser corregidos. Dada la estructura del libro pudo haberse retenido para continuarlo con otros desarrollos. Pero, tal como está, es sin embargo un todo coherente que contiene, además, algunas de las más hermosas páginas de su prosa.

Atrapado en el tiempo, atento a lo que no sabe, a lo otro, el narrador pierde pie en el presente, y en todo caso sólo lo recobra, traspuesto, como promesa de otro recuerdo o de una modulación inesperada de un recuerdo conocido. El empuje hacia el futuro, que hace su vida, desaparece de su presente vital para nutrir tan sólo su escritura. El futuro sólo puede nutrirlo, paradójicamente, de pasado, de recuerdos: “El que haga para tomar los recuerdos y lanzarlos al futuro, será como algo que me mantenga en el aire mientras la muerte pase por la tierra”. Sólo mediante la elaboración y proyección de sus recuerdos puede afirmar la vida: la muerte acecha aquí en el presente de la tierra.

Este modo de no querer pisar el mundo verdadero sino el , recordado, tiene una extraña corroboración en algunos pasajes de Tierras de la memoria. Este libro, hecho todo él con jirones de recuerdos, de tal modo que cada cosa vivida aparece apenas como el cañamazo donde poder apoyar el dibujo de lo que antes se vivió, es una clara confirmación de esa disposición de Hernández. Pero además el autor llega a decir en él:

“Ahora pienso que en aquella época yo viajaba sin recuerdos: más bien los hacía; y para hacerlos intervenía en las cosas…(…) En el viaje en ferrocarril que hicimos desde Buenos Aires a Mendoza hice muy pocos recuerdos…”

Y durante esa página el autor escribe como si la vida valiera tan sólo como la única herramienta de que disponemos para crear recuerdos, y que éstos son los importantes, no aquella. Es claro que se trata de una negativa al mundo y a la vida, a no querer estar ya en ella. Aparece la tentación de usar la palabra escapismo. Sólo que resulta verdaderamente difícil explicar cómo opera ese escape. Tanto más cuanto, en general, allí donde se habla de escapismo suele haber alguien que se quedó atrapado, como en este caso. Porque esa es, me parece, la situación de Hernández; y ella es también, tal vez, una de las razones por las que su obra nos resulta tan fuertemente significtiva. Curiosamente, eso es lo que hace que este escritor, en cuya obra no encontramos ningún testimonio directo sobre la historia contemporánea, testimonie en cambio tan eficazmente -aunque de modo indirecto- sobre nuestro tiempo.

Hernández no alude en parte alguna de su obra a cuestiones sociales ni políticas; no se entera uno, al leerlo, de nada que tenga que ver con la crítica historia contemporánea; no se sabe siquiera si existió la segunda guerra mundial ni si hay conflictos y tensiones que caractericen la vida de nuestra América Latina. Y aún al contrario: lo que evoca son estampas de la vida casi aldeana del Montevideo de las primeras décadas del siglo XX, lentos pueblos del interior, pequeños teatros con pianos destartalados, interiores morosos, caserones de otro tiempo. Pero no sólo la misma constancia de esa temática, sino también, y tal vez más, el hecho de que todo ocurra en otro tiempoaquel tiempo, dice él con frecuencia- que es casi el ille tempora de los mitos o las religiones, ya es muy significativo en el sentido que anunciamos. Porque aquel tiempo, illo tempore, es, por definición, un tiempo fuera de los tiempos, un tiempo fijado y sin decurso, sin otra movilidad que su invisible manar sin transcurrir, sin otra variedad que la voluntaria sustitución de las figuras que puedan poblarlo y que nunca serán presentes, que siempre estarán fuera del imprevisible acaecer y de la urgencia de una decisión.

Esta falta de temporalidad se manifiesta también en la misma estructura narrativa de Tierras de la memoria, en la que el autor nos ofrece una sucesión de escenas que no son necesariamente interdependientes: son simplemente estampas que el recuerdo ofrece y aún, ellas mismas, están a veces como seccionadas. El autor da la sucesión, no el sentido de la sucesión; da los cortes, no la secuencia.

En algún momento se omite totalmente el aspecto narrativo para acentuar la aparición de sucesivos pasados inconexos. Es característico que en un pasaje un párrafo empiece así:

“Después todos estaban de nuevo alrededor de la mesa…”

Esta visión de una historia realizada por cortes hace de la misma historia un espectáculo: algo que ocurre porque sí; sin necesidad; sin tiempo del que emerjan y sin destino al que arribar.

Pero si es significativo ese quedarse fuera del tiempo, más lo es todavía la conciencia que allí late. Es ella, sobre todo, la que proporciona aquel enérgico aunque indirecto testimonio de contemporaneidad: el autor puede hacer que sus temas se evadan de su tiempo, puede imaginarse en el otro, lo que no se puede, si es auténtico, es escribir en otro lugar que en el que está. Puede no poder empuñar con su propia voluntad el derivar de este tiempo presente en el que vive, puede sentir que la calidad de su empeño de vivir no se acondiciona con la calidad de la duración que le ofrece el mundo en el que está inserto, y puede preferir mantenerse en el aire mientras la muerte pase por la tierra

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Advertencia
Tierras de la memoria
Felisberto Hernández: una conciencia que se rehúsa a la existencia, por José Pedro Díaz