Strómboli (1949) / Paisá (1946) / Viaje en Italia (1953) – DVD

DVD RosselliniPrecio y stock a confirmar
DVD Original
Estado: Nuevo
Origen: Italia
Blanco y negro
Formato: Fullscreen
Idioma: Italiano
Subtítulos: Castellano
Duración
Strómboli: 91′
Paisá: 90′
Viaje en Italia: 79′
Director: Roberto Rossellini
Actores
Strómboli: Ingrid Bergman, Mario Vitale, Renzo Cesana, Mario Sponzo, Roberto Onorati, Gaetano Famularo
Paisá: Maria Michi, Gar Moore, Carmela Sazio, Dots M. Johnson, Harriet White, Bill Tubbs, Dale Edmonds
Viaje en Italia: Ingrid Bergman, George Sanders, María Mauban, Paul Muller, Natalia Ray

Strómboli

A fines de los años ‘40, una película de Roberto Rossellini –hasta entonces uno de los nombres paradigmáticos de lo que dio en llamarse “neorrealismo”– lo enemistó definitivamente con algunos de los hermeneutas más ortodoxos de ese movimiento cinematográfico. Con películas como Roma, ciudad abierta (1945) y Paisà (1946), Rossellini había consumado dos de los hitos de esa corriente, caracterizada por el rodaje en escenarios auténticos, la utilización como actores de gente de la calle, la sencillez estilística y la atención prestada a cuestiones sociales y políticas. En 1949 Rossellini presentó Stromboli, en la que cometía lo que para los defensores de la doxa neorrealista resultaron pecados irredimibles.

Si bien la película había sido filmada en escenarios reales, contaba con una mayoría de actores de la propia zona de rodaje, ostentaba el más simple de los estilos cinematográficos y tenía una fuerte presencia del entorno físico y social, había un pequeño problema con la protagonista. Se trataba nada menos que de Ingrid Bergman, una de las máximas estrellas de Hollywood. Y Rossellini parecía excesivamente interesado en explorar la intimidad del personaje protagónico, en una medida que para críticos como Guido Aristarco (gurú máximo de la doxa) fue sinónimo de aburguesamiento y abandono definitivo de la causa del cine social y político. En verdad, este juicio sumario entrañaba una serie de malentendidos, teñidos de un alto grado de dogmatismo e intolerancia ideológica.

Por un lado, Rossellini ya había recurrido a estrellas anteriormente, aunque no provinieran de Holly-wood: el protagonismo de la superestelar Anna Magnani era uno de los rasgos salientes de la mismísima Roma, ciudad abierta. Por otro lado, un género tan codificado (y tan esencial a la cultura italiana) como el melodrama estaba ya en la base de los films más canónicos del neorrealismo, desde la propia Roma… hasta Ladrones de bicicletas o Umberto D. Lo que sí es cierto es que Stromboli marca, en la obra de Rossellini, un decidido viraje hacia la esfera de lo íntimo, cuyo primer paso había sido L’amore (1947/48) y se consolidaría más tarde. Hasta que, en los años ‘60, Rossellini daría un nuevo golpe de timón a su carrera, con el abordaje de grandes frescos históricos.

La Bergman le había enviado al cineasta una carta en la que confesaba su profunda admiración y se ofrecía a actuar para él, cuando aquél así lo dispusiera. Rossellini aceptó el convite. No bien descendida del avión la actriz de Casablanca, lo que hubo entre los dos fue flechazo. De allí al matrimonio, tres hijos en común y un puñado de películas de a dos no hubo más que un paso, hasta que a mediados de los ‘50 todo terminó en separación.

Más allá de l’amore entre ambos, si hubo en la historia del cine una actriz que invitara a la cámara a los primeros planos y la exploración de la intimidad, ésa fue Ingrid Bergman, cuya mirada era algo así como un pasaje perfecto al mundo de las historias más hondas. Historias de melodrama, en tanto esos ojos parecían encerrar como pocos la clase de noble martirio que es consustancial al género.

Todos los films del ciclo Bergman/Rossellini (1949/1954) son melodramas, con Ingrid Bergman como una Juana de Arco (rol que no casualmente representó dos veces en cine, una de ellas para su nuevo marido) que atraviesa todas las hogueras, hasta alcanzar cierta clase de revelación. Es en Stromboli (cuyo título original no por nada es “Stromboli, terra di Dio”) donde ese via crucis bergmaniano adquiere su versión más transparente. Sobre el final de la película, su personaje, una emigrada lituana de posguerra llamada Karin, atraviesa a solas la cima de un volcán para –tras despojarse de todas sus pertenencias– terminar vislumbrando la posible presencia de un orden superior. Parábola de matriz cristiana sin duda, en Stromboli Karin es presentada como una mujer mundana, soberbia y habituada a lujos y comodidades de la civilización.

Para ella, la roca dura y la vida austera que caracterizan a la isla sureña de Stromboli representarán una ascesis no buscada, pero inevitable. Ese rostro y esa roca encarnan a su vez, para Rossellini, el punto exacto en que su cámara comienza a descubrir, en lo real y lo íntimo, partes de una misma verdad, de allí en más objeto primordial de sus búsquedas cinematográficas.

Paisá

Paisá narra seis historias ambientadas en la última parte de la Segunda Guerra Mundial. Seis puñales directos al corazón del espectador, que tiene que hacer verdaderos milagros para aguantar la dureza de lo que está viendo. Rossellini filma las cosas tal y como son, con personajes de carne y hueso, a los que les infiere una verdad que se respira en cada fotograma, ayudado precisamente por la utilización de actores no profesionales, que lejos de las calculadas interpretaciones de actores ya experimentados, no son actores, son directamente los personajes. El mismo Rossellini se preocupó de entablar una estrecha relación con sus actores, e intentaba huir de los métodos tradicionales, en los que casi siempre había una especie de “enfrentamiento” entre director y actor. Por eso, el director de ‘Paisà’ filmaba teniendo en cuenta los verdaderos sentimientos y experiencias de sus actores, utilizando sólo a profesionales en casos muy concretos.

La película desarrolla sus seis fragmentos en orden cronológico, desde la invasión aliada en Europa, en julio de 1943, hasta el invierno de 1944. A pesar de que las seis historias no comparten personajes, esa progresión es totalmente lógica, al dotar al relato de un crescendo dramático que estalla justo al final de la película, cuando una voz en off (escuchada en diversos instantes del film) sentencia sin ningún tipo de alarde o efectismo que la guerra acababa. El efecto no puede ser más doloroso, pues después de asistir a historias tristes, desgarradas, nada esperanzadoras, en las que se hace hincapié en la lucha infructuosa del ser humano en tiempos de guerra, se nos demuestra (lo demuestra la Historia en sí) que todo por lo que pasan los personajes no era necesario, simplemente tenían que sentarse a esperar el fin de la guerra.

La historia de un soldado americano y una chica italiana, cuyas muertes sólo son entendidas por el espectador. La relación de un soldado negro americano con un pequeño ladronzuelo que no tiene a nadie en la vida, impresionante el final de este episodio cuando el soldado se da cuenta de que el niño es huérfano y unas simples botas que le ha robado, son su único medio de subsistencia, huye de allí despavorido abandonándolo a su suerte (entendería que el espectador parase de ver la película en ese punto por la extrema dureza de la misma). Un hombre que se va con una prostituta a la que le cuenta su desesperada búsqueda de una mujer de la que se enamoró, sin darse cuenta de que dicha mujer es la puta con la que está. El viaje tortuoso de una enfermera americana en busca del hombre que ama, un partisano huido. El enfrentamiento de soldados partisanos al nazismo, episodio con el que termina ‘Paisà’, son las historias de la película.

Viaje en Italia

Un veterano matrimonio inglés (Ingrid Bergman y George Sanders) viaja a Italia para gestionar la venta de una villa que han heredado en las cercanías de Nápoles. Durante el viaje del matrimonio, su diplomacia conyugal, fruto de largos años de convivencia, de tolerancia y de entendimiento en el que se han borrado las huellas de los rencores cotidianos, los enfados espontáneos, las recriminaciones por el pasado, se quiebra por una serie de sentimientos, prejuicios y reproches que permanecían ocultos en el subconsciente de ambos, y que salen a la luz como un torrente reprimido.

Las largas tomas paisajísticas (a pesar de que la película dura solamente 80 minutos) pretenden insinuar la transformación interior de ambos, provenientes de un clima más bien frío que los invita a la mesura, al comedimiento y al mantenimiento de las formas tan típico de la sociedad anglosajona, en relación con los cambios de temperamento que acusan según van viajando hacia el sur, donde el calor, la luz y la cercanía y la manera de ser tan sencilla y abierta de los paisanos actúa sobre ellos, impregnándolos de una perspectiva de la vida que hasta entonces desconocen.

Es la experiencia del viaje y no otra cosa lo que hacen salir a la luz todos esos sentimientos reprimidos pero existentes ya en su vida corriente, eso sí, dulcificados o silenciados por la hipocresía social, de tal manera que una vez fuera del marco que los obliga a mantener un comportamiento convencionalmente aceptable, la caja de los truenos se destapa sola. Rossellini refleja la naturaleza profundamente ilógica de algunos comportamientos humanos, en este caso, referentes a la propia persona presuntamente amada. Y lo hace pensando en la gente normal, no en dramas shakespearianos ni en brindis a un romanticismo impostado. Lo que consigue es mostrar de una manera más franca y directa lo que es una situación de deterioro progresivo en una relación.

Sin duda, un gran estudio sobre las relaciones de pareja, los efectos que nuestro entorno ejerce sobre ellas y una tesis sobre la verdadera semilla del amor a lo largo del tiempo, de la importancia de la lucha por la pervivencia de los sentimientos originarios y de su actualización constante como forma de que el hábito, la costumbre, la desmemoria no nos hagan olvidar quiénes somos, por qué amamos, y sobre todo, por qué amamos a quienes amamos, si es que realmente amamos y no nos dejamos llevar por las señas externas que la sociedad identifica como amor.