San Martín, de Patricia Pasquali

Precio y stock a confirmar
Ed. Planeta, año 1999. Tamaño 23 x 15 cm. Incluye más de 50 reproducciones en blanco y negro sobre papel ilustración. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 450

San Martín, Pasquali320Por Patricia Pasquali

Si algunas décadas atrás el género biográfico cayó en el descrédito y dejó de ser abordado por los historiadores ya que, en virtud de los criterios entonces vigentes, no se veía en él más que una colección de anécdotas ordenadas cronológicamente e irrelevantes para la explicación histórica, su actual puesta en valor se explica por la superación de la creencia en la rigidez determinista que permite rehabilitar la fuerza positiva, audaz y creadora de la libertad humana, capaz de mover y dirigir; y reconocer en el protagonismo individual, en interacción dialéctica con la sociedad, uno de los principales agentes del dinamismo innovador operante en la historia.

El retorno de la biografía debe interpretarse, pues, como un epifenómeno de la “vuelta al sujeto” en su forma más clásica, pero no puede limitarse ya al descriptivismo anecdótico centrado en la interioridad del personaje tomado en forma aislada. Es preciso recrear la complejidad de la trama en la que se halla inserto y en la cual interacciona, evitando simplificaciones arbitrarias. Debe sobreponerse a la minuciosidad preciosista e intrascendente del retrato, la enfatización en la contextualidad que da sentido. Sólo así se podrá obtener una imagen congruente del protagonista y al mismo tiempo penetrar a través de él en la problemática de su época, porque es necesario tener muy en cuenta que las aportaciones del factor individual en la historia no pueden efectivizarse autónomamente, sino que dependen de la puesta a punto de la sociedad que le permita lograr el “feed back” necesario para concretarse, manteniéndose en tanto en potencia o carácter latente, o frustrándose en caso de que no se produzca.

Por otro lado, esa imprescindible sintonización con la comunidad que torna eficaz la acción del agente histórico suele darse en un período específico de su vida, seguido de un posterior desfasaje que esteriliza sus esfuerzos, carentes ya de eficacia transformadora, y delimita su trayectoria. Precisamente, a este último esquema responde esta biografía: el gran conductor de la guerra por la Independencia en la parte meridional de Sudamérica, procuró infructuosamente plasmar en la segunda fase de la organización de los Estados emancipados sus proyectos integracionistas monárquicos, pensados para alcanzar el orden y la unidad que los presentara fuertes y estables ante el concierto internacional, quedando con ello garantizado el afianzamiento de la obra liberadora iniciada por la espada. En disonancia con la evolución republicana federal que se impuso en la etapa postemancipatoria, por considerarla prematura y favorecedora de la anarquía y la dispersión localista, fenómenos connaturales a la convulsión social y el caudillismo remanentes de la revolución que era preciso contener, pero impotente para hacerlo, San Martín optó por el ostracismo.

Debe atribuirse esa elección más que a una actitud prescindente, a la conciencia de la inutilidad de su injerencia en la nueva coyuntura. Su voluntad, otrora coincidente con la dirección del impulso popular, había logrado encauzarlo positivamente acelerando el fin de la sujeción colonial; al quedar luego orientada en sentido contrario al seguido por las fuerzas sociales, tenía que resultar indefectiblemente anulada.

Y éste es también el criterio subyacente en esta biografía: el héroe, capaz de ejercer una influencia dinamizante a veces decisiva en el curso del pasado, no es un taumaturgo que puede alterar a su capricho el devenir histórico con un gesto mágico. Sólo cuando el momento le es propicio puede producir aquel efecto, así como su aparición nunca es producto de la casualidad, sino una contingencia no necesaria, pero plausible dadas unas determinadas condiciones. Por lo tanto, toda obra de este tipo debe imprescindiblemente ir más allá del personaje biografiado.

Muy difícilmente se podrá encontrar otra forma de sentir tan vivamente que la historia nos atraviesa como cuando nos sumergimos en la experiencia de vida de alguien que, más allá del bronce, de la espectabilidad social o del nombre ilustre, al fin y al cabo siempre será un “semejante”, con toda la connotación conceptual que ese término encierra. La identidad de substancia entre el sujeto cognoscente y el objeto de su conocimiento es lo que posibilita el nivel más profundo de la comprensión. Y nada más esencial que rescatar esa dimensión de la historia como conciencia sentida por el hombre de estar en el tiempo, ligado a lo que fue y sigue siendo en él; como memoria, que le permite descubrir que es en cada momento el resultado completo de lo que ha sido. Contribuir a explicitar los contenidos de esa memoria como componente de la cultura y avivar aquella conciencia es tarea primordial de toda obra histórica.

La propensión a la deificación del héroe tan común en las historias de vida de los próceres, sobre todo de los “fundadores”, es mucho más notoria cuando se trata de quien ha quedado instaurado en la memoria colectiva nada menos que como el “Padre de la Patria”. Para la construcción de esa imagen sacralizada la historia apologética no ha hesitado en incurrir en más de un condenable proceder: desde eludir el abordaje de temáticas controvertidas o silenciar determinadas referencias, hasta acondicionar para su publicación los escritos del general, suavizando sus términos o dejando de lado en la selección los que pudieran contener expresiones perturbadoras o urticantes. Todo con el fin de alejar cualquier atisbo de discusión en su torno, tendencia tan dañosa como innecesaria, pues nada de lo omitido o aliñado podía amenguar su grandeza. De esa manera los contornos vigorosos de su singular personalidad se diluyeron en una descolorida estampa escolarizada, tan compacta e incólume, como estereotipada e insulsa.

Basta para corroborar los pobres y negativos efectos generados por esa actitud el hecho elocuente de que no haya sido superada en su carácter integral la clásica y más que centenaria obra de Mitre, el único que se atrevió a cuestionar en algunos casos a su biografiado. La mayoría de las obras posteriores, incluida la tan enjundiosa de José Pacífico Otero, si bien aportaron nuevos y valiosos datos, en general renunciaron de antemano a toda mirada crítica, adaptándose a los códigos y fórmulas preestablecidos por el panegírico convencional. Otros autores se adentraron en una hermenéutica más exhaustiva de la problemática sanmartiniana como Ricardo Piccirilli, Enrique de Gandía,’Joaquín Pérez y Antonio J. Pérez Amuchástegui y abordaron aspectos parciales de la misma (los planes monárquicos, la concepción política americanista, las relaciones con la masonería) en trabajos eruditos consultados en general por los especialistas. A diferencia de lo ocurrido en la historiografía argentina, la propensión a la crítica -y a veces a la detracción- fue más frecuente en la producción chilena, pero ésta adolece de una ostensible parcialidad, emanada de una malquerencia de origen. Tal vez el más interesante ejemplo de esta corriente sea la suspicaz y cáustica obra de Yrarrazábal Larraín.

Se justificaba, pues, el emprendimiento de una biografía actualizada y contextual, ajena al ditirambo y a la diatriba, que procurase captar la unidad de sentido que caracterizó la existencia del Libertador, explicitando su pensamiento y acción en función de la peculiar circunstancia europea y americana de su época, un tiempo de cambio, signado por la lucha de las fuerzas liberales contra el absolutismo y la dependencia colonial.

De raíces castellanas, José de San Martín nació accidentalmente en la Yapeyú posjesuítica donde permaneció 3 años; otros tantos los pasó en Buenos Aires, antes de que sus padres regresaran a España para afincarse allí definitivamente. Los siguientes 27 años de su vida transcurrieron predominantemente en suelo andaluz y de ellos, 22 encuadrado en el servicio del ejército de línea peninsular, hasta que a los 34 años retornó solo a America, pasándose a las filas de los que aquí luchaban por emanciparse de la metrópoli.

Basta esa referencia cronológica para que hasta el más inadvertido repare en lo sorpresivo y atípico de esa decisión que supuso un viraje de 180 grados en la vida personal y profesional de ese ya maduro oficial hispano. Inmediatamente se impone la búsqueda de respuesta al acucioso por qué de ese cambio. La que se ha dado tradicionalmente resulta evasiva e insuficiente, pues se ha salido del paso con las transcripciones de unos pocos y lacónicos pasajes de la correspondencia del general en los que manifiesta que, en consorcio con otros americanos y al tanto de haberse empeñado la lucha allende el Atlántico, decidió volver a su suelo de nacimiento con el propósito de prestar su concurso a la causa de la independencia.

De esta manera queda sin dilucidar la crucial cuestión, pues para determinar el porqué de ese movimiento de ruptura no basta con la detección del fin perseguido por el protagonista, sino que además es preciso saber cómo se generó esa intención. Toda decisión tiene un entorno que la hace posible. Por lo tanto no puede explicarse una acción histórica si no se tiene una idea suficiente de la situación en la que los actos se producen, de la lógica de los resortes de los mismos y de sus posibilidades de éxito.

Sobre ese eje de investigación gira la exposición realizada en la primera parte del libro. Se verá que no se puede explicar cabalmente ese verdadero punto de inflexión en la vida de San Martín, producto de una deliberación consciente y no de un impulso emocional, si no se alude por un lado a su formación castrense y por otro a su iniciación masónica, ambas inextricablemente articuladas, pues la Orden había logrado captar a buena parte de la oficialidad del ejército español, sobre todo en el período de intensa propaganda liberal fomentada por la Francia republicana y luego imperial, en fluido y estrecho contacto con la península.

Al tratar los orígenes y la vida española de San Martín se describe esa larga fase preparatoria en la que un aprendizaje variado y fructífero lo fue modelando como un conductor militar en potencia, sin chance de realización en el escenario peninsular. Por supuesto que mucho y pormenorizadamente se ha escrito sobre esta parte de su trayectoria en oficio de las armas, desde la obra de Barcia Trelles, siguiendo por la muy meritoria de Espíndola y los estudios de Zapatero, hasta Piccinalli y Villegas, a los que se sumaron últimamente otros aportes provenientes del Instituto español sanmartiniano.

Sin embargo, la sensación de conjunto que queda luego de la exhaustiva exposición de los datos acopiados para reconstruir la actuación de San Martín desde que ingresó como cadete en el Murcia en 1789 hasta que solicitó su retiro en 1811, es la de que no se extraen de ellos las conclusiones que sin embargo fluyen naturalmente en confrontación con el estudio de la estructura orgánica de dicho ejército todavía fuertemente influido por la tradición estamental. A pesar de que ésta vedaba el acceso a las altas graduaciones a los oficiales que carecieran de la condición nobiliaria, San Martín había sorteado en parte las trabas burocráticas, logrando introducirse en el Estado Mayor en virtud de la distinción personal que de él hicieron sus superiores, los generales Solano y Coupigny. Sin duda no debió ser ajena a esa consideración, poco común para con un oficial que no pasó de capitán efectivo, la influencia de la activa organización masónica castrense. Es que la participación en las logias era el único canal alternativo por el que un oficial de mérito pero de origen modesto podía mejorar su situación de revista, como lo ha señalado Mayer, y ése era el caso de San Martín. Pero en él dicha vinculación fue mucho más que un vehículo de valimiento para adquirir una posición acomodada: los principios liberales y humanistas propagados por la institución calaron muy hondo en su espíritu, poniendo un sello definitorio a su personalidad, y orientaron su posterior actuación.

En función de todo ello, fue preciso ahondar en las razones que motivaron la crucial decisión, punto nodal que torna inteligible la segunda y más descollante fase de la actuación de San Martín como Libertador; y analizar detenidamente el proceso que lo llevó al encuentro con su destino, cuando sobreponiéndose a las pequeñas lealtades divididas, comprendió que él debía ser “un instrumento de la justicia” y la razón le indicó que ella estaba a favor de la causa de América, vislumbrada como reducto de la libertad frente al despotismo imperante en el viejo continente.

Desde entonces, su vida se identificó con la misión a la que se consagró con exclusividad y que cumplió a fuerza de tenacidad y coherencia en los 12 años subsiguientes, no sin tener que luchar a brazo partido contra la desconfianza y la maledicencia que siempre lo acecharon, poniendo muchas veces en peligro la realización de su empresa de liberación continental. Quien pensaba “en grande”, “en americano”, no podía dejar de escollar contra el localismo de cortas miras y las mezquinas ambiciones personales. Si por momentos fue aceptado y admirado, “nunca fue amado ni verdaderamente popular”, advirtió Mitre. Es que en más de una encrucijada, su limpia y fría lógica en el orden de prioridades le hizo sacrificar a quienes lo rodeaban, sin excluir a su esposa, a sus amigos de la logia y a sus viejos camaradas de armas del Ejército de los Andes, hasta que finalmente él mismo se anonadó para que su causa triunfara.

En verdad, desde siempre estuvo dispuesto al desprendimiento porque nunca antepuso su exaltación personal a la consecución de su meta: así, cuando estuvo a punto de zozobrar la cruzada trasandina y ante la convicción de que ello se debía a que él siempre sería “un sospechoso en su país”, propuso que se entregase el mando de la campaña a Chile, que había preparado durante dos años de intensos sacrificios en su “ínsula cuyana”, al general Balcarce, quedando como su segundo a cargo del estado mayor. Más tarde, cuando fueron los recelos chilenos hacia el general argentino los que demoraban la continuación de su expedición al Perú, no tardó en sugerir que se pusiese O’Higgins a su cabeza, comprometiéndose él a secundarlo. La tercera fue la vencida: con fuerzas insuficientes para concluir con el último núcleo de la resistencia goda atrincherada en la sierra y en el Alto Perú sin la cooperación del ejército colombiano, ofreció a Bolívar unir sus huestes, subordinándose a su jefatura, pero no tardó en comprender, ante la actitud evasiva del venezolano -mejor posicionado política y militarmente-, que ambos no cabían en el Perú. Los mencionados antecedentes corroboran indubitablemente la veracidad del contenido de la famosa y discutida “carta Lafond” y ratifican la coherencia imperturbable de una línea de conducta, incomprendida entonces.

Frente a la crítica de los afectados por su súbito abandono de la obra inconclusa, San Martín se recluyó en un amargo y prolongado silencio, resignado a la fatal soledad que precedió a su gloria. Recién en las postrimerías de su existencia las nuevas generaciones comenzaron a hacerle justicia, tal como él lo había previsto, y a interpretar la grandeza implícita en los actos que sus contemporáneos, desde la pequeña óptica de sus intereses particulares y enredados en la lucha facciosa, juzgaron como “traiciones”, que castigaron sumiéndolo en el aislamiento y el olvido. Mucho más demoró en llegarle el reconocimiento de los poderes oficiales argentinos. A su muerte no se decretó homenaje alguno a su memoria ni se tomó ninguna disposición para cumplir con el deseo póstumo del general consignado en la 4a cláusula de su testamento: “Desearía que mi corazón fuese depositado en el cementerio de Buenos Aires”. El mismo continuaba pendiente cuando en 1862 se inauguró su estatua ecuestre en las barrancas del Retiro.

Tampoco tuvo realización práctica inmediata el proyecto presentado por Martín Ruiz Moreno y sancionado por el Congreso Nacional en 1864 para la traslación de sus restos. Correspondió recién al presidente Avellaneda cancelar la deuda de honor pendiente con el Libertador: “Las cenizas del primero de los argentinos, según el juicio universal, no deben permanecer por más tiempo fuera de la Patria. Los pueblos que olvidan sus tradiciones pierden la conciencia de sus destinos y los que se apoyan sobre tumbas gloriosas son los que mejor preparan el porvenir”, afirmó en el aniversario de Maipú en 1877. Tres años más tarde, las veneradas reliquias retornaban al país, recibiendo por fin la demorada apoteosis de la ciudadanía; sólo que la última voluntad del prócer quedó violentada -a pesar de la airada protesta encabezada por Adolfo Saldías- al depositarse sus restos en la catedral porteña, en vez de hacerlo como correspondía en el sitial que la Municipalidad le había destinado frente a la verja de entrada del cementerio público de la Recoleta.

INDICE
Introducción
I- LOS ORIGENES Y LA VIDA EN ESPAÑA
“De azores castellanos nació el cóndor que sobrevoló los Andes “; Al servicio de la Corona en la tierra del encuentro; Un probo y eficiente administrador; En las misiones guaraníes; Los duros tiempos del regreso. Panorama europeo y español; El ingreso de los hermanos San Martín en el ejército peninsular; La campaña de África; Soldado montañés en la frontera pirenaica; El inicio de la guerra contra la República francesa y el cuestionado ascenso a oficial; El subteniente San Martín en la campaña del Rosellón; Contraofensiva francesa, contagio ideológico y fin de la guerra; A bordo de la Santa Dorotea; “Guerra de las naranjas” y atraco de bandoleros; Oficial de Voluntarios de Campo Mayor; Reanudación de la guerra contra Inglaterra; La campaña a Portugal, la invasión francesa y la crisis de la monarquía española; San Martín y el asesinato del general Solano; La precursora carga de Arjonilla; La gloria de Bailén; Los últimos años al servicio de España
II- LA DECISION
La agonía de España y la esperanza de América; Acciones precursoras y puja anglofrancesa; La inconsecuencia de los liberales españoles; San Martín en Cádiz: la hora del destino; El accionar logista de los criollos en la metrópoli; La salida de España; De Londres al Plata; Panorama hispanoamericano a la llegada de San Martín al Plata
III- ENTRE LOS GRANADEROS Y LA LOGIA. LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE
El desventajoso punto de partida; Un molesto pero útil patrocinio; En torno de la esgrimida comandancia del “Sagunto”; El segundo “padrinazgo”; Inicios de la organización militar: hacia la profesionalización del Ejército; Antecedentes del cuerpo de Granaderos a Caballo; Uniforme, armamento y equipo; Del escuadrón al regimiento; La forja sanmartiniana; El Tribunal de Honor; El clima de descontento contra el Triunvirato; Las sociedades secretas en Buenos Aires; Organización de la nueva Logia; ¿Logia Lautaro o de Caballeros Racionales?; Conexiones de la Logia con la masonería; Los últimos días del Primer Triunvirato; La trabajosa jornada del 8 de octubre de 1812; Acerca de la participación de San Martín; El incidente con Pueyrredón y el valor probatorio de un documento
IV- DE LA ESPERANZA AL ABISMO. EL PASO POR EL EJÉRCITO DEL NORTE
El azote realista en las costas: temores de invasión; La angustiosa demora y la excepcional marcha forzada; El combate de San Lorenzo; La exposición física de San Martín y los homenajes a Cabral; Después de la victoria; Inicio promisorio y cambio de rumbo; La defensa de la capital; Violento vuelco de la suerte revolucionaria; Alejamiento de San Martín y afianzamiento del alvearismo; Una encrucijada dramática; Al frente del Ejército del Norte; La incautación de fondos; La concentración e instrucción de fuerzas en la Ciudadela; El grave problema de la oficialidad; Una sorda resistencia; El alejamiento de Belgrano; El apoyo a la resistencia popular altoperuana; La “guerra gaucha”; Los fusilamientos; Entre la intriga y la enfermedad. Noticias de Montevideo; El abandono del frente norte de la guerra; El plan continental
V- EN LA “ÍNSULA CUYANA”
Continuación de la peligrosa emergencia militar e internacional; El fin de la “Patria Vieja ” chilena y sus repercusiones en Mendoza; El conflicto con los Carrera; San Martín y la caída del alvearismo; El incidente autonomista sanjuanino; Esperanzas y postergaciones; “Una utopía de cooperación económico-militar”; Planes frustrados. La decepción del general; Vacilaciones, preparativos y medidas de seguridad; Espionaje, “guerra de zapa” y contrainteligencia; La constante lucha contra la imprevisión y la demora; Nuevo proyecto de incursión por el Alto Perú. Revelación integral del plan continental; Esbozo de plan de campaña y conferencia de Córdoba; San Martín y la política nacional; La conspiración en el Ejército; Ultimos preparativos militares
VI- LA RECONQUISTA DE LA LIBERTAD DE CHILE
Memorable despedida y partida escalonada del Ejército; El cruce; La jornada de Chacabuco; En Santiago; El breve viaje a Buenos Aires; El malestar público chileno, la conjura de los Carrera y el abatimiento del general; Gestiones, proyectos y divergencias; Declaración de la Independencia, propuesta de mediación inglesa y proyecto monárquico; Cancha Rayada: el sabor amargo de la derrota; Preparación de la revancha; La contundente victoria de Maipú; Dos manchas sangrientas
VII. DEMORAS, INTRIGAS Y OBSTÁCULOS. EL ARRIBO A LA META: PERÚ
Homenajes y trotativas en la capital del Plata; Intermedio mendocino; La escuadra chilena, el complot de los franceses y la campaña al Bío Bío; Los perjuicios del localismo: el general condenado a la inacción; La compleja cuestión del repaso del Ejército de los Andes; La situación de las Provincias Unidas, el “Acta de Rancagua ” y los preparativos de la expedición; Desembarco, armisticio de Miraflores y primera campaña a la Sierra; Nuevas operaciones militares y conferencias de Punchauca; Posesión de Lima, asunción del gobierno y paralización de la guerra; Un protectorado de tono monárquico y americanista. Su programa de reformas liberal-ilustradas
VIII- ANTICIPADO FIN DE LA MISIÓN Y OSTRACISMO
El debilitamiento político-militar del Protector; El fin de la guerra de Quito, la cuestión de Guayaquil y el encuentro de los dos Libertadores; El alejamiento del Protector; Entre la calumnia y la muerte: La demora; Una fría y silenciosa escala; Haciendo pie en Europa; En el retiro bruselense; Un tormento perpetuo; La guerra con el Brasil; Las dificultades financieras y las vísperas del regreso; Noticias aciagas y un hostil recibimiento; En medio de la calidez oriental; Vaticinios políticos; Una misión sin chance; La última estadía en Bruselas; Expectativas, enfermedades y alegrías; Un gobierno vigoroso; Los días de Grand Bourg; El conflicto con Francia en el Plata; El reconocimiento chileno; El Libertador frente a la intervención anglofrancesa; Los últimos años
FUENTES