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Rolling Stoned, de Andrew Loog Oldham

Precio y stock a confirmar
Ed. Reservoir Books, año 2011. Tamaño 23 x 16 cm. Traducción de Guillermo Campins. Estado: Nuevo. Cantidad de páginas: 432

Rolling Stoned294Por Mariana Enriquez

Andrew Loog Oldham era un adolescente extraño. En poco tiempo habría muchos como él, pero en 1963 su visión era la de un pionero, sobre todo porque apenas tenía 17 años. Hijo de una enfermera madre soltera que se encargó de darle una educación aristocrática y cara, Andrew había crecido entre veranos en la Costa Azul –pagados por el novio de su mamá–, escuelas exigentes recargadas de homoerotismo –tal como cuenta la leyenda sobre los internados británicos– y una tempranísima obsesión por el mundo del espectáculo y la moda. La parte más extraña de la obsesión era que los personajes que Andrew más amaba no solían ser las estrellas: le llamaban profundamente la atención los productores, los managers, los compositores, los hombres que hacían andar ese mundo. “No tengo idea de por qué los productores y los managers me llamaban tanto la atención como las estrellas”, dice, desde su casa en Bogotá: hace tiempo que dejó Inglaterra. “No tenía mucha idea de qué hacía un productor o un manager; sabía que no eran los que cantaban ni los que actuaban, eso sí. Todo lo que sabía cuando era joven era que cada vez que veía la foto de un artista o un manager o un productor, todos se veían increíblemente bien y totalmente diferentes a los trabajadores ingleses entre los que yo crecía. Cuando tenía unos 9 años, vi una foto de Elizabeth Taylor, el productor Mike Todd, el cantante Eddie Fisher y la actriz Debbie Reynolds caminando orgullosamente por Ascot, la carrera de caballos tradicional de la clase alta. Hoy en día cualquiera con un sombrero extravagante y dinero puede ser invitado… ¿Pero entonces? ¿Actores, cantantes, productores? Y los dos hombres eran judíos, algo muy inusual. Yo quería entrar a ese mundo y no quería perder tiempo en la escuela para hacerlo”.

No lo perdió: a los 17 estaba en el corazón del Londres que cambiaría la historia, trabajando en Bazaar, la boutique de Mary Quant en King’s Road. “Bastante antes de que 1963 cambiara la cara de la música tal como la conocemos, Gran Bretaña ya tenía un motivo pop: la moda. Yo tomé esas libertades establecidas y las apliqué dentro de los límites del seguro mundo de la música, donde resultaban innovadoras”, escribe Andrew Loog Oldham en Rolling Stoned, su autobiografía recién editada en castellano, que compila en un solo volumen sus dos libros de memorias que fueron un éxito no bien despuntado el siglo, Stoned (1998) y 2Stoned (2001). Oldham elige ese título porque, claro, poco después de dejar la boutique de Quant para convertirse en agente de prensa conoció al grupo que cambiaría su vida y la del mundo: los Rolling Stones. Andrew sería productor, manager, amigo, cómplice y devoto de la banda hasta su traumática partida, en 1967, cuando tenía apenas 23 años. Esos seis años de los Rolling Stones son conocidos como la primera época dorada, la que dio canciones como “Paint it, Black”, “Let’s Spend the Night Together”, “The Last Time”, “Ruby Tuesday”, “Under my Thumb”, “Mother’s Little Helper”, “As Tears Go By”, “I’m Free” y, por supuesto, “(I Can’t Get No) Satisfaction”. Oldham fue el hombre que, famosamente, encerró a Jagger y Richards en una habitación durante casi todo un día para que compusieran su primera canción: con su inefable olfato, entendía que el grupo no iría a ninguna parte sin composiciones propias, que estaban muy bien el blues de Chicago y Chuck Berry, pero que el mundo iba hacia Lennon-McCartney y ellos debían moverse en esa dirección.

Rolling Stoned es un gran libro porque no es solamente la biografía del genial manager adolescente con sus chicos de clase trabajadora que se hicieron estrellas forajidas; es el retrato de un cambio de época y de esos años ’60 dorados. Y la mirada de Oldham es bastante diferente a las habituales crónicas de época. En primer lugar, le da su lugar a la moda de una manera que pocos protagonistas lo hacen, entre otras cosas porque los rockers suelen negar la influencia de la moda por miedo a ser acusados de frívolos, de faltos de autenticidad. Una tara bastante reciente y asombrosamente traicionera: después de todo, hasta los Sex Pistols contaron con el diseño de Malcolm McLaren y Vivianne Westwood, y hoy mismo Keith Richards hace publicidades para Louis Vuitton. (El pop, en ese sentido, siempre ha sido mucho más honesto, desde Diana Ross hasta Lady Gaga.) En segundo lugar, y en el mismo sentido, rescata la crucial importancia de los artistas gays cuando todavía Stonewall quedaba muy lejos. “La homosexualidad era ilegal en Inglaterra”, recuerda Andrew. “El show business y la marina eran las casas seguras naturales para ser gay, y nosotros no estábamos en la marina”. Si bien él mismo limita sus aventuras a los descubrimientos de la sexualidad adolescente en el internado, pone en primer plano a todo el resto de los homosexuales que construyeron la sociedad de los ’60: Joe Orton como el dramaturgo fuera de la ley que murió atacado por su amante con un martillo; los hermanos Reggie y Ronnie Kray, capos del crimen organizado en el East End durante toda la década; el compositor Lionel Bart, que escribió “Living Doll” para Cliff Richard y el tema de Desde Rusia con amor para James Bond; Brian Epstein, el atribulado manager de Los Beatles; Tony Richardson, uno de los pilares del Free Cinema; Francis Bacon y su amante, el ladronzuelo George Dyer; y desde Estados Unidos, Bob Crewe, el autor de “Can’t Get my Eyes off you” y “Lady Marmalade”. Todos ellos le enseñaron la importancia de construir una imagen ambigua, para sí mismo y para sus muchachos. “Para los otros era difícil, pero Mick entiende perfectamente la ambigüedad. Como lo hace David Bowie. O James Dean. Es una ventaja. No tienen que vivir así, pero aumentan la capacidad de significar más cosas para más gente”. Y en tercer lugar, Oldham pone en primer plano la Nouvelle Vague y la cultura pop francesa como centrales para la construcción de la imagen de los británicos. “Yo iba seguido a Francia, Saint Tropez era mi lugar de escape. Y no me iba como rico, ¿eh? En aquellos años todavía era posible rebuscárselas por allí”. Escribe en Rolling Stoned: “Mendigar era parte de la acción: la mayoría dibujaba sus Picassos sobre el pavimento por el pan de cada día. Mi arte era el don de la charla, de modo que ensayaba una buena historia y luego comenzaba a mendigar”.

Fue ese arte de charlar el que le consiguió su siguiente trabajo en Inglaterra y lo llevó a los Stones.

A principios de 1963, Oldham trabajaba como agente de prensa independiente. Básicamente se ocupaba de conseguirles notas a artistas sin que ninguno fuera un cliente fijo, y así trabajó para Bob Dylan, Sam Cooke, Los Beatles y Phil Spector. Pero en un show de TV vio a Los Beatles y conoció a Epstein; y ese mismo año asistió a la química entre Albert Grossman y Bob Dylan. Oldham decidió que él también quería tener un artista, pero había muchos hombres de la industria discográfica y jóvenes ambiciosos a la caza de otros Beatles por Londres.

Tuvo suerte un domingo a la tardecita, a principios de abril de 1963. Fue hasta una sala detrás del Station Hotel, en Richmond, a ver una banda recomendada, que entonces se llamaban The Rollin’ Stones. Quedó shockeado. El grupo tocaba rhythm & blues, estilo que Oldham apenas conocía, pero no importó. “Nunca había visto algo como eso”, escribe en Rolling Stoned. “El grupo se me vino encima. Todas mis preparaciones, ambiciones y deseos habían encontrado su propósito. Estaba enamorado. Vi y escuché aquello para lo cual mi vida había sido hecha. No puedo ser inteligente y experimentado, sutil u oblicuo acerca de esto. Estamos hablando de Mick Jagger, uno de los tres artistas del espectáculo más competentes del siglo XX y del grupo que desafió al tiempo, a todas las apuestas y a la mayoría de las drogas, cerrando el siglo como la banda de rock & roll más grande del mundo”. Claro que entonces ninguno sabía qué le deparaba el futuro. Lo más importante era que el grupo consiguiera un contrato.

Andrew Oldham hizo eso por ellos, y bastante más. Les explicó que no debían vestirse uniformados, que bastaba con despeinarse un poco y usar la ropa que usaban: su estilo era innato. El grupo era demasiado blusero, demasiado purista: les hizo entender el pop, sumarlo a su sensibilidad. “La verdad es que todos eran fans del pop en el closet –cuenta- Salvo Charlie. No entendían bien qué canción podía ser un hit. Pero aprendieron rápido”. Otra decisión, que lo hizo pasar a la historia como un jovencito cruel y frívolo, fue “echar” al pianista Ian Stewart de la banda. “Stu” era mayor, no era atractivo, y Oldham no creía en los grupos de seis personas. Pero hoy insiste en que si bien él sugirió separar a Stu de la banda, ninguno de sus compañeros saltó para defenderlo. “Era conveniente en el momento culpar a Andrew. Es natural. Por un lado éramos muy jóvenes y por el otro, eso es lo que los managers hacen. Estoy seguro de que se sintieron culpables. Pero Stu se quedó con ellos y siguió tocando con los Stones hasta el día en que murió. Yo sigo siendo muy amigo de su mujer. Ella trabajaba conmigo. Y Ian sabía cómo habían sido las cosas”.

A quien Stu en serio no quería era a Brian Jones. Y nadie lo quería. El retrato que hace Oldham en Rolling Stoned es espeluznante. Un joven tanático, cruel, viejo antes de tiempo; el primer manager no cree que tuviera talento alguno para componer, además. “En carne y hueso, Brian fue una de las primeras personas que conocí que estaba realmente muerta en vida. Puedo recordar sus ojos, buscaban algo que no le deseo a nadie, algo que ni siquiera Anne Rice imaginó… Era como si hubiera tenido nueve vidas, como un gato, y hubiera sido enviado por error de vuelta a la número diez”. Oldham ya había visto algo de esto cuando tomó la otra célebre decisión: la de encerrar a los Stones en una habitación para que escribieran un tema. Poco antes, gracias a su anterior relación con ellos, había conseguido que Lennon y McCartney escribieran para los Stones “I Wanna Be your Man”, uno de los primeros hits de la banda. Pero nadie quería ese destino de cantar canciones ajenas. En Rolling Stoned cuenta ese legendario momento: “Una noche les dije a Mick y a Keith que me iba a comer a lo de mamá, que los dejaba encerrados en el departamento. Vivíamos los tres juntos. Y les dije que a mi regreso esperaba que tuvieran una canción, y que era mejor que la tuvieran si esperaban algo de comida”. Lo hicieron. Aquella no fue una gran canción –ni siquiera la menciona–, pero desde entonces Jagger-Richards no se detuvieron. “La gente dice que yo hice a los Stones”, dice. “No es cierto. Ya estaban allí. Me limité a sacar lo peor de ellos”. En Rolling Stoned, Oldham reconoce que como productor musical no hacía demasiado: daba opiniones que eran respetadas, intuía el mejor material, pero los responsables de los discos eran los propios Stones y Jack Nitzsche. “Nunca fui director o maestro de voz de Mick. El se encontró a sí mismo, se metió en el personaje. Yo le recordaba las posibilidades. Keith era el conductor, el recaudador; era una maravilla verlo… Tiempo después, Allen Klein me preguntó: ‘Andrew, ¿quién hace los discos?’. Sin dudar le contesté: ‘Los hace Keith’.” ¿Y qué hacía Oldham? El pensaba en la banda como estilo de vida, él promovía la idea de “el grupo que a los padres les encanta odiar”, él llamaba a los diarios y sugería “¿Dejaría que su hija se fuera con un Rolling Stone?”; él los cuidaba y hasta les pegaba a los periodistas que hablaban mal de sus muchachos, acompañado de Reg, su chofer, un matón gay apodado “El Carnicero”. Conseguía las fechas, peleaba los shows, intentaba los mejores contratos, les presentaba a Sinatra y a Spector. El, en fin, les escribía la leyenda.

Hacia 1964, además, tenía su propia orquesta: la Andrew Loog Oldham Orchestra. El disco que editó en 1966 incluía una versión de “The Last Time” de los Stones, cuyas cuerdas usaría The Verve en los años ’90 para la canción “Bittersweet Symphony”, préstamo inocente que acabó en juicio y créditos para los implacables Stones y Allen Klein. En el invierno de 1967 se desató el lado oscuro: Mick y Keith fueron detenidos después de una redada en la casa de Keith, en Redlands; poco después cayó Brian y la caza de brujas se extendió. Inglaterra reaccionaba contra los jóvenes forajidos. Oldham tenía 23 años. Tuvo miedo, supo que estaba en la mira de las autoridades y se fue a Estados Unidos. Los Stones se sintieron abandonados, sin el amigo y manager que hablara por ellos para la prensa, mientras esperaban el juicio y eran filmados esposados antes de ir al calabozo. No se lo perdonaron y durante la grabación de Their Satanic Majesties Request lo ignoraron, se burlaron de él, le dieron a entender que estaba fuera. Andrew renunció por teléfono.

¿Hoy pensás que hubieras hecho algo diferente? Quedarte en Inglaterra, con ellos, durante la persecución…

–No, no me arrepiento de nada. Para nada. Tenía 23 años. Si me hubiera quedado, me habría muerto. Y era el momento de irme, después lo vi claro. No estaba preparado para continuar con la banda, no tenía la experiencia que era necesaria para arreglar su situación financiera, ni lo que hacía falta para transformarlos de una banda instigadora e inspiradora en una marca de entretenimiento de larga duración.

En el libro reconocés que tuviste una crisis después de dejar a la banda, y que te costó mucho tiempo superarlo. ¿Por qué es tan traumático salir de la órbita de los Stones?

–Yo estuve ahí desde el principio. Me costó mucho reponerme, sí. No fue como las otras bajas de la banda: fue como un primer matrimonio con todo el dolor que implica que deje de funcionar. Los otros, Jimmy Miller, Marshall Chess, Mick Taylor…vinieron cuando los Stones eran celebridades y querían esa vida mágica. Muchos fueron eyectados; yo no. Keith es muy hábil para saber quiénes son los débiles y ni él ni Mick soportan a los estúpidos. Salvo cuando ellos mismos se comportan como estúpidos.

Oldham fue productor de Small Faces, de The Poets, de Donovan; fue uno de los organizadores de Monterrey Pop, el gran festival anterior a Woodstock y Altamont. Produjo varios otros éxitos. Pero, ¿cómo superarse cuando uno ha sido el que descubrió a los Stones? Además, durante años, arrastró depresiones y adicciones, todas gráfica y brutalmente expuestas en su autobiografía: las tóxicas fiestas en casa de John Philips de The Mamas & The Papas, las sobredosis, los tratamientos de electroshock, las noches cuidando a Marianne Faithfull, golpeada por alguno de sus violentos novios. La reinvención costó mucho, pero llegó. En los años ’80 se casó con una modelo colombiana y se mudó a Bogotá. La leyenda de que el hombre que descubrió a los Stones estaba en América latina llegó al país más stone del continente, y Los Ratones Paranoicos lo contrataron para los discos Fieras lunáticas (1991) y Hecho en Memphis (1993). Ahí hay canciones como “Cowboy”, “Ya morí”, “Rock del pedazo” o “Vicio”; el sonido que Oldham les ayudó a encontrar era el soñado. Por esa misma época, Andrew comenzó a pensar en su libro: “Empecé a llevar diarios en 1993. Diarios sobre el pasado. Cuando me limpié, ya tenía la base para los libros. Todo lo que tenía que hacer era sacar la retórica drogona y toda la basura que la acompañaba. Mandé a alguien a hacer las entrevistas. La verdad es que era alguien que pensaba que podía escribir un libro sobre mí, y yo pensé que no. Después escribí de 1997 a 2000 cada día”. Fue complicado: Oldham sufre recaídas. Este año acaba de salir de una clínica de rehabilitación en Inglaterra, otra vez: “Cuando me limpié, elegí métodos alternativos. Me resistí a alcohólicos y narcóticos anónimos; yo quería ser más ‘inteligente’ que eso. Al final, todo ese camino me equipó para ser un budista o un cientólogo, no un adicto o un alcohólico. Me hice cargo de todo en enero de este año. Me interné en una clínica en Londres. Me ha tomado un tiempo larguísimo, es una enfermedad muy severa, pero la manera en que lo pensé en la clínica fue ‘Inglaterra me hizo, ahora puede rehacerme’. Estoy bromeando y siendo mortalmente serio al mismo tiempo. Es lo mejor que pude haber hecho. Lo recomiendo”.

No es su única enfermedad: hace años que lidia con depresiones, que en Rolling Stoned denomina un trastorno bipolar, aunque ahora mismo la etiqueta lo sulfura: “Es sólo bipolar cuando mi vida no está en orden. En general, ‘bipolar’ es una gran excusa para la profesión médica, ganan un montón de dinero prescribiendo drogas que nublan la mente, pero no hacen nada con la causa del problema. Por supuesto, yo me diagnostiqué a mí mismo. Pero cuando supe que muchos médicos estaban de acuerdo, decidí que no quería comprar todo lo que implicaba la bipolaridad. Miralo así: cuando estaba drogado, podía estar deprimido y en posición fetal por cuatro días; cuando estoy limpio, es una tarde cuanto mucho. No digo que no exista la bipolaridad, pero es sospechoso que últimamente se haya multiplicado”.

Hace tres años, también, Oldham se encontró con otro artista genial y otro adicto de fuste: Charly García. Le produjo el muy accidentado Kill Gil. Y fue complicado.

¿Estás satisfecho con el disco?

–No. Tuve que lidiar con toda la mierda de su compañía discográfica (EMI) y que él quisiera que echaran a su hijo, que estaba grabando un disco con ellos. Y con la estupidez de su ingeniero, que puso la grabación en Internet. Un juego de niños demente. Decir que era comportamiento de retardados es ofender a los retardados. El resultado fue que no me pagaban aunque, bueno, al final tuve el depósito…pero me lo busqué. No pude resistir la oportunidad de trabajar con un genio, yo fui el tonto porque pensé que podía parar su antinatural perversión, su deseo de autodestruirse. Pero me alegro de los momentos que tuvimos juntos cuando funcionó. Valió la pena el precio de admisión.

¿Sabés que está en rehabilitación?

–Sí. Desconfío mucho sobre esa rehabilitación. No lo vi en persona, pero para mi gusto está bastante vegetal. Una recuperación tipo Brian Wilson. Las drogas matan; también puede matar la medicación que se supone debe recuperarte. Pero yo sólo puedo hablar por mí mismo. El era un talento increíble. Tan grande como al menos dos de Los Beatles. No está mal para un solo tipo. Sólo espero que cada día esté diciendo: “Soy Charly, soy un adicto y un alcohólico”. Por supuesto le deseo lo mejor, pero no parece que esté listo para hacer stand up todavía.

Mientras tanto, Oldham prepara el que, cree, será su último disco, The Andrew Loog Oldham Orchestra & Friends Play The Rolling Stones Songbook Vol. 2. El Vol. 1 se editó en 1966 y recién ahora el productor se siente capaz de volver al estudio. “Esta segunda parte fue inspirada por una película. Vi Children of Men y había una gran versión de Franco Battiato de ‘Ruby Tuesday’. No sé por qué, pero ese uso de la canción me inspiró a hacer el Vol. 2”. Pablo Memi de los Ratones Paranoicos estará en el disco; también Gruff Rhys de Super Furry Animals y el guitarrista de jazz fusion Gary Lucas. Y todos los días, desde la oficina de su casa en Bogotá, pasa música en la radio. Trabaja para Steve van Zandt, el legendario guitarrista de la E Street Band de Bruce Springsteen. Tres horas cada día de semana y cuatro los sábados y domingos elige canciones para el show Little Steven’s Underground Garage, en Sirius XM21. Su trabajo ideal, que además lo mantiene asombrosamente actualizado. “Ojalá mi madre hubiera vivido lo suficiente para verme hacer esto. Hubiera suspirado de alivio y dicho: ‘Al fin un trabajo de verdad’”.

¿Alguno de los Stones leyó tu libro?

–Keith. Me llamó para decírmelo. Nunca voy a dejar de estar en contacto con Keith. Ni siquiera necesitamos palabras: nuestra relación no ha cambiado.

¿Y vos leíste su libro de memorias, Vida?

–La verdad es que leí partes. ¡Son 950 páginas! Quizá la próxima Navidad.