Retorno de las estrellas, de Stanislaw Lem

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Ed. Bruguera, año 1978. Tamaño 19,5 x 12,5 cm. Traducción de Pilar Giralt. Estado: Usado muy bueno. Cantidad de páginas: 282

Retorno de las estrellas, LemPor José Luis Forte

Un astronauta regresa a la Tierra diez años después de su partida a una galaxia lejana. Pero lo que para él ha sido una década en lo más profundo del espacio, para los humanos que quedaron en la Tierra han transcurrido ciento veintisiete años. Hal Bregg, nuestro hombre, vuelve a una sociedad que ha cambiado de manera sustancial. La sensación de extrañeza, de sentirse ajeno a un mundo que es el suyo pero que lo ha dejado indefectiblemente atrás, fuera de él, es tan profunda como lejana es la distancia que ha recorrido en su viaje hacia las estrellas.

Lem consigue que el lector sienta esto de manera tan intensa como el propio protagonista gracias a los capítulos iniciales, en los cuales compartimos su asombro, su incomprensión. Vive la inadaptación más absoluta a un mundo que lo envió al espacio como un héroe y que al volver lo recibe con vergüenza, pues la sociedad ha cambiado hasta ese extremo. Se ha implantado en el planeta la betrización, la anulación genética de todo instinto de violencia, y Hal Bregg es el ejemplo viviente de una sociedad ya extinta y olvidada. Su sola presencia trae al presente lo que debe ser anulado, extirpado, borrado de la existencia.

El individuo aislado y solo entre los que deberían ser sus iguales es uno de los grandes temas de Lem. Porque si Bregg se encuentra en esta situación es debido a que nadie estaba preparado, ni preparó a Bregg, para su regreso. Lanzado al espacio en una misión de alto riesgo, entrenado para vivir en condiciones de extrema dificultad, descubre al volver que su misión ha sido irrelevante, que los viajes espaciales, el conocimiento de la galaxia, ya no tienen sentido. La sociedad ha abandonado todo deseo de expansión: las condiciones de vida se han alterado de manera tal que la consecución del placer inmediato parece el único objetivo de la existencia. Extirpados todo el dolor, toda la violencia, la Tierra es ahora un mundo hedonista.

Lem defiende que el hombre debe aceptarse a sí mismo como un todo: sus errores le pertenecen, y la única manera de vencerlos es aceptar su capacidad de cometerlos. O al menos tener esa opción: de él depende si evitarlos o no, pero no dejarlo todo a una operación genética. Anulada la posibilidad de error, queda anulada la esencia misma del hombre. Aunque Lem presente un mundo futuro hostil para el hombre actual, concluimos con él que el mundo siempre ha sido hostil. Bregg supone pues un anacronismo viviente, algo de lo que avergonzarse y ocultar, y los intentos por reconvertirlo en un miembro de la nueva sociedad chocan con su rebeldía, con su deseo por no ser absorbido por una masa humana que ni comprende ni lo comprende a él.

Lem describe un futuro en verdad ajeno en el cual hasta los actos más normales y cotidianos devienen imposibles de llevar a cabo: lavarse las manos, cepillarse los dientes, tomarse un café. De lo pequeño a lo más grande, la sensación de que ese mundo del futuro es realmente otro, incomprensible tanto para Bregg como para nosotros…