Warning: Parameter 1 to wp_default_scripts() expected to be a reference, value given in /home/lroman10/libreriaelextranjero.com/wp-includes/plugin.php on line 601

Warning: Parameter 1 to wp_default_styles() expected to be a reference, value given in /home/lroman10/libreriaelextranjero.com/wp-includes/plugin.php on line 601

Nadja, de André Breton

Precio y stock a confirmar
Ed. Universitaria, año 1994. Tamaño 18,5 x 12 cm. Traducción, prefacio y notas de Braulio Arenas. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 138

NajdaPor Braulio Arenas

Que estas pocas líneas tengan tan solo el alcance de un subrayado: subrayado de la memoria, subrayado del corazón, yo agregaría, porque, por una brusca, caprichosa y mágica trasposición, me puedo ver, joven impaciente, recorriendo en 1929 las calles de esta misma ciudad de Santiago, para entrar, con aquel poeta de toda grandeza, Rosamel del Valle, casi de sopetón, casi sabiendo por anticipado el placer visionario que se obtendría, al establecimiento que nos había anunciado (si se pudiera decir: para nosotros) la llegada del libro del escritor surrealista, aparecido no hacía mucho en París, y cuyo nombre: Nadja, no era para nosotros el comienzo de la palabra esperanza, sino la esperanza redonda, la esperanza entera.

Estábamos en 1929, y no sé ahora, en 1986, cómo se podía estar todavía con confusos proyectos, todavía sin emprender seriamente “la lucha por la vida” (pero, ¿realmente se puede emprender tal combate?), sin saber cómo se podía estar con tanta juventud, con tanto misterio, con tanta ciudad girando en pleno por encima de nuestras cabezas (el mismo Rosamel daría buena cuenta de Santiago, de este carrusel de calles, de bares y de mujeres, ese mismo año, en su hasta ahora maravilloso País blanco y negro).

Pero volvamos a Nadja, la que desde entonces hasta ahora, en un sentido y otro, no ha dejado de filtrarse por el menor resquicio de la realidad -arriba y abajo-, manteniéndose en órbita gracias al auxilio de sucesivas generaciones.

El mismo Breton, sin explicarse el fabuloso interés que su obra suscitara, reconocía, cuando ésta alcanzaba los amplios tirajes de los libros de bolsillo, en 1964, que acaso la renovación de su público se debía a la presentación voluntariamente descarnada de la trama, haciendo alejarse, añade, su punto de fuga más allá de los limites aceptados ordinariamente.

En efecto, ese punto de fuga no cuenta para Nadja, aun cuando para otras más oficiales, más sesudas, más dentro del
sentido común, más transportadoras de mensajes, tal punto de fuga se ha convertido en el punto final de la indiferencia.

No sé si habría que pensar un poco en ese aire parisiense que Marcel Duchamp imaginaba embotellar (en grandes cantidades), con la idea preconcebida, pero gratuita, de su distribución en todos los mercados del mundo, para explicarnos el alcance, la razón de ser de la perdurabilidad, la irradiación más bien de esta pequeña obra.

Porque no todo se debería poner en el inventario del surrealismo, para su mantención como obra indispensable, ya que, por los años de Nadja, el movimiento había dejado atrás cantidad de ilusiones de juventud, los sueños principalmente, si es que damos fe al Manifiesto que nos asegura que “la imaginación, hacia los veinte años, prefiere, en general, abandonar al hombre a su destino sin luz”. Había dejado atrás su contacto con cierto realismo social (Clarté, especialmente), mientras el dictado automático corría el riesgo de sistematizarse, y todos, recién , se aprestaban para dar el salto sobre el río Conocimiento, que los dadaístas habían dejado seco, según dijo el otro.

Mas todo lo que tiene de importancia el surrealismo (a saber: el carácter de disponibilidad de cada participante dentro del movimiento; su facultad de operar en primera persona, de aquí para allá, aun a riesgo de que tal independencia le aparte del resto del clan; el rechazar cualquier manierismo, aunque sea éste capaz de procurarle su adhesión al principio general del grupo), toda esa importancia alcanzará su exaltación y su apogeo en estas páginas tan mínimas, en este documento -porque así lo quiere su autor-, en esta captación certera y permanente de la brevedad temporal de una pareja.

Dos son los raudales que van a confluir en la obra del poeta surrealista, como el Sena real y el otro Sena que el amor permite nacer, ambas vertientes reflejándose la una en la otra, fusionándose, haciéndose corriente solidaria, llegando a nuestro corazón y a nuestra memoria, clavándose en ellos con su delta de posibilidades.

Desde muy antes, desde siempre quizás, la ciudad, la capital, París, será piedra de toque de la poesía: recordemos el abrupto itinerario de Francois Villon, con sus tabernas, conventos, iglesias, hospitales, plazas, calles e instituciones, amén de los legatarios, personas, personajes, caballeros y damas de los tiempos idos.

Recordemos Les Petites Vieilles, de Baudelaire (que ni Teófilo ni Enrique podían leer sin que sintieran sus ojos arrasados por las lágrimas), o evoquemos Paris se repeuple, de Rimbaud, la agria ciudad reponiéndose después del combate.

Todavía más: no nos olvidemos, por ningún motivo, de poner en esta mención a Gerard de Nérval y a su inalcanzable Aurelia (obra ésta en la cual la heroína es la serenidad misma, mientras el narrador es el que ni siquiera puede escribir su relato, poseído por el delirio; planteándose así el caso opuesto a la obra de Breton, pues aquí la joven Nadja, además de deambular por París -sus calles eran su campo experimental-, deambula por el ilimitado campo de la locura, mientras el escritor tiene conciencia de que es indispensable anteponerse a todo, aun a su propio dolor y desconcierto, para consignar por escrito el milagro, la poesía, la maravilla).

Un minuto todavía, para pensar en Guillaume Apollinaire, con sus manos enlazadas a las manos de la mujer amada, formando un puente, bajo el cual discurre el río eterno.

Así pues, es París el que se ofrece como un vértigo, como una aventura, como un amor.

Se dudaría, acaso, de que el milagro se repitiera, que la luz durara, que ese perfume no se desvaneciera en el aire, que la Tour Eiffel no se destapara como una botella de champagne, que los castaños dejaran de florecer, que cambiaran de color el Moulin Rouge y el Chat Noir (le rouge et le noir, como diría Stendhal), que la Mistinguett, que la Violette Nozière, que Lautréamont se encontrara tendido en una mesa de disección con una máquina de coser y un paraguas, que el Passage de l’Opera, que la Porte Saint-Denis, que los Buttes-Chaumont, que el Museo Grévin deje de poner la carne de gallina, que el número 42 de la rue Fontaine, que el boulevard Bonne-Nouvelle, que la casa de Víctor Hugo (de donde todos los días se roban la pluma con que el venerable homme-de-lettres escribió Los Miserables), que el Métro llevara raudo al Facteur Cheval, que el abrazo del pulpo, que el rey
Henri más verde y galante que de costumbre, que la Bastilla volviera a edificarse solo por darse el placer de demolerla nuevamente, que todo esto, en fin, y mucho más, dejara de suministrarnos “el lugar metafísico” a manos llenas.

Es ahí donde es preciso situar a Nadja: en París mismo.

Ella pertenece a París como la Cabellera de Berenice pertenece a la carta celeste.

Y será preciso situarla ahí, repito, porque pareciera que ninguna otra ciudad le ofreciera el oxígeno suficiente para sus sueños.

¿Quién es ella?

Durante todo el relato, Breton tratará de aclarar esta pregunta. sin que él pueda responderse; porque, bien entendidas !as cosas, no es ésta una pregunta única, sino una pregunta que encierra otra: ¿quién soy?

Con esta segunda parte de la pregunta (no con la primera) se abre precisamente el libro, creyendo el autor encontrar una parcial respuesta al recordar el apotegma: “dime con quién andas y te diré quién eres”.

¿Quién soy?, se pregunta una y otra vez; si ando con un fantasma, ¿soy un fantasma?

Pero, he aquí que de golpe y porrazo, casi sin transición, por mucho que “la entrada” de Nadja se haya presentido a lo largo y ancho del preámbulo, en el que la pregunta sube y baja; se abra y se expanda y vuelva a concentrarse como una frase musical, he aquí que la misteriosa dama se hace presente.

Con su llegada, con su encuentro, esta pregunta dual: ¿quién es ella?, ¿quién soy yo? va a tener una única respuesta: el amor.

Perk no toda respuesta trae la tranquilidad a la existencia; por el contrario, en el caso presente de la alianza de Breton y
Nadja estas preguntas y estas respuestas se anudan en un solo abrazo desesperado, que no tiene fin, que no tiene solución.

O, más bien dicho, ¿esperaban realmente el uno y la otra que el hallazgo de ambos tuviera una solución?

No lo sabemos, porque, para saberlo, hubiera sido necesario que ambos hubiesen dejado escapar su secreto (si es que hubo tal secreto y si los dos supieran en qué consistía la solución de ese secreto).

Por el contrario, tal secreto permaneció inescrutable, inexorablemente mudo para nosotros, encerrado en el alma del poeta surrealista y en el alma errante de la vagabunda.

Tal sería la segunda vertiente de la obra: la vertiente del amor -del amor intentando desesperadamente dar cuenta precisa de las preguntas: ¿quién es ella? y ¿quién soy yo?-, así como la primera fue la vertiente de la ciudad.

Ambas, repito, se funden, para producir, en su enlace, la conjunción crepitante, maravillosa y convulsiva de la belleza.

Hay, por supuesto, otros elementos que prestan sus alas al relato: el alrededor, magníficamente tratado, con el argumento de “Les Detraquées”, con el chiste del hombre que se cae de la ventana, con la aparición de Paul Eluard, Benjamin Péret y Robert Desnos, aparte de las largas tiradas en contra de los médicos (el psicoanálisis empezaba a ponerse de moda por aquel entonces) y en contra del trabajo (el que parece que nunca va a pasar de moda).

Nadja, en cuanto obra, ha resistido el paso del tiempo y el paso del surrealismo; “nulle est censé d’ignorer Nadja”, se
podría decir.

Este es un libro de páginas abiertas, coma esas puertas batientes, tal cual lo quería Breton: almas batientes, por las cuales se puede entrar y salir, a voluntad.

Hay en todo él una mágica disponibilidad, un ofrecerse enteramente, casi coma un misterio al aire libre.

La pareja, ya condenada de antemano en cuanto pareja, aunque ni Nadja ni Breton lo saben (o si lo saben se lo ocultan), va de un lado al otro por París, observada de reojo por los transeúntes: “no es a mí a quien miran, le dice la joven, nos miran a los dos”, sabiendo que cada nueva mañana le trae una imperceptible resquebrajadura, pero dándose plazos, más que citas, para el día siguiente; tratando de salvar algo -más que el amor-, algo sagrado y misterioso, encallando aquí, saliendo a alta mar gracias al menor oleaje de la realidad, sin quererse, sin odiarse, adorándose, contemplándose mudamente, observando él angustiosamente los procesos de la locura (por algo Breton fue estudiante de medicina), cultivando ella su arte encantatorio, olvidándose de todo, no queriendo olvidarse de nada, y diciéndose adiós, adiós, adiós para siempre.

Así pasó la pareja por las calles de París, en ese otoño de 1926: ellos, en su vagar, estaban rimando un hermoso poema, del cual ellos eran las palabras y la ciudad era el estilo.

Casi al verlos, al leerlos ahora, al pensar en Breton y en Nadja como pareja, al verlos recorrer las calles de París de arriba abajo, se podría confirmar aquello de que la poesía es un secreto a voces.

Es un secreto: lo escucharon los hombres, entendiéndolo algunos, ignorándolo otros.

Pero algo de todo eso queda en el aire.

¿Qué queda?

La certidumbre de haber vivido, la certidumbre de haber intervenido, la confirmación de una esperanza que no por ser el comienzo de la esperanza deja de ser la esperanza entera, la esperanza redonda.

Eso nos queda, por mucho que el tiempo haya pasado, que Breton esté muerto y que el surrealismo sea, en la actualidad, una herencia yacente de la que todos “los artistas” y “los escritores” quieren sacar una tajada -porque ahora es de buen tono y de lucimiento hacerse pasar por tal-, convirtiendo al surrealismo en un adjetivo, él que fue uno de los más gloriosos y vivientes sustantivos, e ignorando que el camino que se siguió fue “un camino sin parapetos”.

Y en tanto estrépito, ¿qué queda de Nadja?

No lo sabemos…

Si ella pudo sobrevivir al manicomio y está libre, tanto en el mundo como en la realidad, ahora será una viejecita de ochenta y tantos años, una viejecita tambaleándose por las calles de París y añorando al poeta que un día caminó a su lado por estas mismas calles; una viejecita tal como esas que hacían llorar a Teófilo y a Enrique, cuando ellos leían a coro, a gritos, el inmortal poema.