Mason y Dixon, de Thomas Pynchon

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Ed. Tusquets, año 2008. Tamaño 22,5 x 15,5 cm. Traducción de Jordi Fibla. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 958

Mason y DixonPor Rodrigo Fresán

¿Cuál es la forma de un libro de Thomas Pynchon? Difícil de responder en pocas frases. En algún momento se lo relacionó con los autores de la llamada “Super Fiction” –John Barth, Donald Barthelme, Robert Coover, John Gardner, William Gass, Joseph McElroy & Co.– que a mediados de los 60 y corriendo paralelos al delirio acuariano se propusieron romper con formas domésticas de la ficción simbolizadas en el relato de The New Yorker o la literatura judeonorteamericana de Bernard Malamud, Philip Roth & Co. Pero Thomas Pynchon ha probado que está más allá de modas pasajeras y que se ha solidificado en una estética y un credo que, aparentemente, empieza y termina en él. El Método –la forma en que hace comulgar lo lírico con lo científico, la epifanía con la ecuación, la mística más etérea con el racionalismo más duro– está ahí, en los libros, y el recurso de nunca haber ofrecido una entrevista lo coloca en la envidiable situación de que sean los otros quienes lo definan y, por supuesto, lo celebren.

Pensar en Pynchon como el eslabón de una cadena que arranca con la metaficción marinera de Herman Melville, sigue con el Hollywood apocalíptico de Nathanael West, estalla con las adicciones corporativas de William Gaddis (a quien Pynchon le debe más de lo que le gustaría reconocer) y el virus lingüístico de William Burroughs, viaja al futuro con la ciencia-ficción replicante de Philip K. Dick (a quien Pynchon también le debe mucho más de lo que le gustaría reconocer), llega al Asteroide Pynchon, regresa a la Tierra con las conspiraciones historicistas de Don DeLillo y se extiende, hoy, por todo el territorio, con numerosos hermanos pynchonitas a los que Pynchon no duda en obsequiarles generosas frases laudatorias para las tapas de sus libros y que bien pueden llamarse David Foster Wallace, Rick Moody, A. M. Homes, Richard Powers, Donald Antrim, George Saunders, unidos por la vocación monstruosa de poner por escrito un átomo de historia que se dispare en todas las direcciones posibles.

La trama –involucrando siempre la desintegración parcial o total, lenta o veloz de un país llamado Estados Unidos– es, apenas, el punto de partida y la excusa para ver a dónde se llega. La forma de la obra de Thomas Pynchon reside en la exploración aventurera y casi anfetamínica de lo deforme porque no escribe sobre el Sueño Americano ni la Pesadilla Americana, por más que surja de la Neurosis de la Bomba Atómica y alcance la Esquizofrenia de Internet. Digamos, mejor, que Thomas Pynchon escribe sobre esa zona liminar y tierra de nadie y de todos: el Insomnio Americano. Poco cuesta imaginar que Pynchon escribe mientras nosotros dormimos.

La palabra es ENTROPIA (así, en mayúsculas) y constituye el Espíritu Santo en la cosmogonía religiosa de Thomas Pynchon. Leer a Pynchon es como aprender un idioma que nunca supimos que hablábamos a la perfección donde la entropía es su verbo y acción fundamental. Término clave de la termodinámica que Pynchon eleva a condición de todas las cosas del cuerpo y del espíritu y que se refiere a la inevitable pulsión destructiva de todo sistema establecido al alcanzar, todas y cada una de sus moléculas, la misma temperatura. Todo universo en movimiento acabará, tarde o temprano, por detenerse, y la idea florece en “Entropía” y “La Integración secreta” –relatos tempranos de Pynchon recopilados en Lento aprendizaje– para alcanzar su máximo esplendor dialéctico en la nouvelle La subasta del lote 49.

Engranaje clave de la Máquina Pynchon, el más breve de sus libros –pero, también, el más amplio en sus intenciones–, narra la historia de una mujer que descubre un sistema de comunicación subterráneo cuyas intenciones son las de suplantar al sistema postal norteamericano. Lo que no llega a resolverse o explicarse es si ese nuevo y subversivo sistema será mejor que el viejo y tradicional. No hay conclusiones y La subasta del lote 49 es, finalmente, una obra sin sentido porque ése es su verdadero sentido: no tener sentido alguno salvo el de señalar la condición inevitable del mundo civilizado en el que escribimos y leemos: un lugar cada vez más cercano a una temperatura uniforme de ideas, creencias, actos. Por eso, tal vez, es que Pynchon haya apostado desde el vamos a ser diferente o, directamente, a no ser.

La casi única foto que se le conoce, la foto clásica de Pynchon, es la de su anuario de college. La foto de un nerd, de un traga. Abajo de la foto leemos: “Amante de las pizzas; detesta los hipócritas; su posesión más preciada es una máquina de escribir; quiere ser físico; orgulloso miembro del Club de Matemáticas y del Círculo Español. Característica definitoria: su inmenso vocabulario”. Después –ya se sabe, la leyenda es conocida y goza de buena salud–, Pynchon desaparece. No hay fotos salvo una reciente, de espaldas, caminando por Nueva York. Una vez fue interceptado por un equipo de la CNN en 1997 y el escritor negoció rápido: a cambio de que no se emitiera el material consintió en aparecer en el show de Larry Clark con su rostro nublado electrónicamente como se hace con los de los testigos contra la mafia o los espías disidentes.

Ahí, en estudios, Pynchon habló de Mason y Dixon, su novela recién aparecida. Antes y después, Pynchon se esfuma porque eso es lo que mejor hace: esconderse de nuestras vidas para exhibirse con modales casi pornográficos en sus libros, que no son muchos, pero que parecen miles. Ahí están, éstos son: V. (1963, ganadora del William Faulkner Foundation Award a la mejor primera novela), La subasta del lote 49 (1966, ganadora del Rosenthal Foundation Award)), El arcoiris de gravedad (1973, ganadora del National Book Award, premio que fue recogido por un comediante haciéndose pasar por el autor), la recopilación de cuentos de juventud Lento aprendizaje (1984), Vineland (1990) y Mason y Dixon (1997).

Thomas Pynchon es un alias de Salinger (Falso). Thomas Pynchon fue alumno de Vladimir Nabokov en Cornell University por más que este último sólo recuerde “la letra de sus trabajos: parecía mitad manuscrita y mitad impresa” (Verdadero). Thomas Pynchon es el auténtico Unabomber (Falso). Thomas Pynchon escribió manuales técnicos para la Boeing (Verdadero). Thomas Pynchon es el autor de la letra de la canción “Smells Like Teen Spirit” de Nirvana (Falso). Thomas Pynchon es un fanático de México y de todo lo mexicano y fue en ese país donde escribió V. (Verdadero). Thomas Pynchon era amigo íntimo de David “Waco” Koresh (Falso). Thomas Pynchon tenía pensado para sí una carrera del tipo tecnológico hasta que descubrió a los escritores beatniks en un ejemplar de la Evergreen Review y supo entonces cuál sería su destino (Verdadero). Thomas Pynchon sabe quién asesino a J.F.K. (Falso). Thomas Pynchon está casado con una importante agente literaria neoyorkina (Verdadero). Thomas Pynchon apareció en un reciente episodio de Expedientes X (Falso). La educación literaria de Thomas Pynchon estuvo constituida por novelas de espionaje y El príncipe de Maquiavelo (Verdadero).

Thomas Pynchon es el autor de las demenciales cartas recopiladas en The Letters of Wanda Tinasky (Falso, asegura él). Thomas Pynchon es fanático del grupo de hardrock Lotion –a quienes llegó a escribirles el texto de su compact disc– y es respetado por una elite rockera que incluye tanto a Radiohead como Warren Zevon, quienes llegaron a grabar álbumes inspirados en sus libros, OK Computer y Transverse City (Verdadero).

Mason y Dixon empieza desconcertando como desconciertan todos los escritores maximalistas –llámense Thomas Mann, William Faulkner, Marcel Proust–, autores de libros a los que cuesta tanto entrar como después, enseguida, salir. La historia tiene la complejidad inverosímil de lo asombrosamente verídico: a mediados del siglo XVIII, el astrónomo Charles Mason (1728-1786) y el topógrafo Jeremiah Dixon (1733-1799) son contratados por la Royal Society para trazar la línea que separará a las colonias de Pennsylvania y Maryland en el flamante Nuevo Mundo. Toda la novela –a lo que conduce su picaresca y barroca odisea– es una profunda reflexión sobre la responsabilidad de poner límites, de marcar territorios, de separar una cosa de la otra. Mason y Dixon es, también, un libro sobre el momento en que comienza la entropía y el mundo antiguo se rinde al mundo moderno con todo lo que ello significa: provocar otro derrumbe de otro universo que es siempre el mismo teniendo en claro que –para Pynchon– todo tiempo pasado siempre es mejor por el simple hecho de haber pasado y, por lo tanto, poder ser narrado.

No perderé tiempo y espacio en hablar aquí de lo que no suele darnos aquello que conocemos y padecemos como “novela histórica” y esta histórica novela reparte a manos llenas con la generosidad de quien se sabe bendito y dueño de todas las cosas. Pero sí diré que detrás de su voluntad esperpéntica –disquisiciones sobre el origen del ketchup, postales de Washington fumando marihuana, un maestro del feng-shui empeñado en armonizar América, un perro parlante, un pato mecánico, varios jesuitas conjuradores y las habituales cancioncitas pynchonianas interrumpiendo la acción para acelerarla– sorprende su rigor a la hora de la documentación (Pynchon suele leer mucho antes de ponerse a escribir mucho), lo que la convierte en una de las novelas más verosímiles –por encima de esos anacronismos característicos que ya son más un rasgo de estilo que una maniobra graciosa– a la hora de retratar un lugar y una época y, enciclopedia en mano, asombra el comprobar cuánto se parecen ciertos personajes verdaderos a ciertos personajes que sólo se le podrían haber ocurrido a Pynchon.

La tan prolija como plana traducción de Jordi Fibla renuncia –acaso fuera inevitable, pero aun así desilusiona– a la jerga inglesa y fieldinguesca del siglo XVIII con la que está escrita la versión original y sacrifica bastante del encanto de un libro que acaba siendo profundo y desbordante de sentimiento. Mason y Dixon es, también, la novela más “simple” de Pynchon ya que el curso de su argumento está encarrilado en el tránsito de dos vidas verdaderas aunque, por momentos, difíciles de creer. Las figuras de Mason y Dixon –en principio decididamente Laurel y Hardy y casi agobiadas por el puro acontecer de lo que las rodea– hacia las últimas de las casi mil páginas acaban adquiriendo una dimensión de épica melancólica e íntima nunca encontrada hasta ahora en la obra del autor. Mason y Dixon presenta el inconmensurable paisaje de las emociones al que resulta imposible ordenar o dividir trazando líneas sobre su siempre cambiante mapa. Sí, por si todavía hace falta aclararlo: Mason y Dixon es una obra maestra.