Manifiestos del Surrealismo, de André Breton

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Ed. Argonauta, año 2012. Tamaño 18 x 11,5 cm. Traducción, prólogo y notas de Aldo Pellegrini. Estado: Nuevo. Cantidad de páginas: 180

Manifiestos del Surrealismo, Breton (Argonauta)050“La calidad subversiva de las ideas de Breton se concentra en una lucha contra las convenciones, en la que parte de la idea madre de que el hombre que comienza a vivir debe rever todos los esquemas heredados. Y en esta lucha actúa con la clarividencia de un profeta, pero un profeta cuya grandeza se hace mayor porque esencialmente humano, con todas las debilidades del hombre, con toda la pasión, hasta con los errores, que por otra parte siempre está dispuesto a rectificar.

Las contradicciones forman la esencia misma del pensamiento de Breton, constituyen su dialéctica del pensar, y ellas lo hacen particularmente vivo; pero nada en estas contradicciones es gratuito; todas confluyen en una última coherencia; todas concurren a darle su sentido definitivo. Los tres manifiestos que aparecen en este volumen tienen una significación distinta. El primero es expositivo, en él se presentan los principios del surrealismo y se revela una particular técnica poética, mejor dicho una técnica general para la creación, la interpretación de la vida y la utilización de los verdaderos instrumentos del conocimiento. El Segundo manifiesto plantea la importancia del surrealismo como concepción ética, y es en gran parte polémico. Quizás esa polémica peque por demasiado violenta, y quizás haya en ella un exceso de interpretaciones de hechos ocasionales que el tiempo ha demostrado erróneas, pero de todos modos es el documento de un estado de espíritu, de un modo apasionado y viviente de ser testigo del mundo y de lo que en él acontece. Este modo de vivir con pasión lúcida es el lema de un hombre que todo lo ha sacrificado a esa pasión y a esa lucidez. Los Prolegómenos a un tercer manifiesto significan finalmente un balance del surrealismo en sí, y del surrealismo en su confrontación con el estado de la sociedad actual.

De la lectura de los manifiestos surge claramente que el surrealismo no es simplemente una escuela literaria o artística; representa ante todo una concepción del mundo. En esa concepción son los valores vitales del hombre los que se jerarquizan en más alto grado, y entre éstos, la imaginación, con sus resultantes, la acción creadora y el amor. Todos estos valores sólo pueden realizarse cuando el hombre goza de la plenitud de su libertad.

En el desarrollo de estos textos se encadenan diversas ideas fundamentales de tipo general. Una de ellas es la desconfianza en los sistemas cuando se toman como objetivo y no como instrumento. En este sentido nunca se señalará lo bastante la lucidez con que, en los Prolegómenos a un tercer manifiesto, muestra el destino de toda gran ideología o sistema que resulta fatalmente corrompida y desfigurada por los epígonos.

Para el hombre que busca realizarse, es fundamental una conciencia ética. La lucha por la afirmación de una ética es para Breton un objetivo torturante. A través de ese objetivo se explican las denuncias, las exclusiones, las excomuniones. Y también los aparentes errores. ¿En cuántos militantes surrealistas depositó Bretón su confianza que tuvo luego que retirar? ¿A cuántos quitó su confianza que tuvo que rectificar? Así, por ejemplo, Georges Bataille es un sórdido fecalómano en el Segundo manifiesto, mientras en los Prolegómenos al tercero es «uno de los espíritus más lúcidos y audaces de nuestro tiempo». Esas contradicciones resultarían inexplicables si no se advierte que los juicios de Breton no están dirigidos contra las personas sino contra las conductas. Esta despersonalización del juicio constituye el fundamento de toda verdadera moralidad. Mientras una persona está adherida a una conducta incriminable, desde el punto de vista moral de Breton, esa persona resulta acusada y atacada con todas las armas; cuando la conducta de dicha persona deja de ser incriminable, el juicio de Breton cambia. Breton se revela así como moralista, uno de los más importantes de este siglo. Pero como debe serlo todo verdadero moralista, lo es en la medida en que se preocupa por el destino del hombre.

La honda preocupación por el destino del hombre surge muy claramente de la lectura de los manifiestos. La prédica de Breton en pro de una vida más alta, en la que la dignidad del hombre sea respetada y contemplada en toda su extensión, es paralela a su violenta condenación de un mundo actual sumido en la indignidad y encerrado por la «muralla del dinero salpicada de sesos». Pero también su condenación se extiende a quienes, pretendiendo luchar contra la tiranía del dinero, permanecen aferrados a los mismos esquemas rígidos y falsos del pasado, esquemas que coartan la libertad en sus dos ramas esenciales para la realización del hombre: la libertad de crear, la libertad de amar.

El hombre que se realiza en su integridad, norte del surrealismo, se opone al hombre frustrado que nos ofrecen las sociedades actuales de cualquier tipo. De la materia de ese hombre frustrado se fabrican los tiranos, los lacayos, los rufianes, los falsos profetas, y toda la cohorte de la sordidez expandida por el mundo.

El amor de Bretón por el hombre no es una cosa abstracta o bobalicona, del tipo de las sociedades de beneficencia (que en el fondo no significan más que una exaltación de la indignidad y un consecutivo desprecio por el hombre), sino un amor concreto lanzado a la lucha activa contra los males que mantienen al hombre sumido en la mentira y la abyección, esas dominantes que subyacen al esquema moral de nuestra sociedad. Pero lo que considero fundamental en el surrealismo es su fuego graneado dirigido contra la imbecilidad, la sucia, perversa y siniestra imbecilidad, que tan fácilmente se adueña del poder, y maneja a los hombres y a las conciencias.

El estilo de estos manifiestos no es el habitual en las llamadas obras de pensamiento. Es un estilo apasionado, violento, de frases incisivas, arrebatadas, de ritmo cambiante, a ratos sereno, a ratos agitado por una extraña vitalidad. Breton utiliza en ellos el instrumento de la revelación poética; el instrumento y el lenguaje. Sólo la poesía tiene ese carácter estremecedor que la hace difícilmente soportable por las conciencias intranquilas. Breton es fundamentalmente un poeta, y al poeta corresponde ese grado de lucidez irrenunciable que todo lo cuestiona, ese tono de acusación que no se detiene ante nada.

Para tener idea de las dificultades que ofrece la traducción de un estilo tan nuevo y personal puede servir de pauta la respuesta del mismo Breton a quienes en Francia criticaron su lenguaje: en el “Discurso sobre la poca realidad” dice: «Que tengan cuidado, conozco el significado de todas mis palabras y cumplo naturalmente con la sintaxis (la sintaxis que no es una disciplina, como creen algunos tontos)». Esta frase es totalmente esclarecedora: la sintaxis de Breton es de una grun agilidad, sin llegar a romper nunca la esencial entructura del idioma. Muy por el contrario, aprovecha al máximo las posibilidades de expresión que le ofrece el lenguaje vivo, estirando quizás estas posibilidades hasta el extremo límite. Un mecanismo tan libre y controlado a la vez confiere a su prosa una increíble ondulación que se propaga a través de larguísimos párrafos, agitados por un borboteo de hervor, difícilmente alcanzable por la palabra. En una versión puramente literal, cutas virtudes —al tropezar con la estructura de un idioma distinto— pueden convertirse en incoherencia y cojera. La difícil misión de un traductor consiste en mantener el equilibrio entre la posibilidad de trasladar su estilo y la claridad en verter sus ideas.

Los males denunciados por el surrealismo hace cuarenta años no sólo persisten sino que se han acentuado. Por eso, hoy más que nunca, los manifiestos surrealistas conservan su candente vigencia. Un profundo resquebrajamiento aflije a la sociedad contemporánea en todos sus planos. Sus esquemas aparecen falsos y sin validez para quien contempla los acontecimientos con el mínimo de objetividad. Los jóvenes lo sienten hondamente, y una sorda rebelión, que toma los más diversos caracteres, bulle en ellos. Para los jóvenes, que todavía son puros, el mensaje de Breton está especialmente destinado.

Aldo Pellegrini
Buenos Aires, mayo de 1965

Indice:
1- Prólogo
2- Primer Manifiesto del Surrealismo (1924)
3- Segundo Manifiesto del Surrealismo (1930)
4- Prolegómenos a un Tercer Manifiesto Surrealista o no (1942)
Notas