Los medios de comunicación social, de Raymond Williams

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Ed. Península, año 1971. Tamaño 20,5 x 13,5 cm. Traducción de Manuel Carbonell. Estado: Usado muy bueno. Cantidad de páginas: 204

Por Raymond Williams
Abril de 1962

Este libro se editó por primera vez como un Penguin Special, dentro de la serie Britain in the Sixties. Coma tal, trataba los problemas directamente relacionados con la política social y cultural, pero mediante el obligado examen y análisis de la estructura y las bases de nuestros sistemas e instituciones actuales. Esta parte de la obra se basaba en los métodos y el material que ya había utilizado en cursos para personas adultas, y justamente cuando la estaba escribiendo pasé de la enseñanza
escolar a la universitaria; de este modo pude recoger lo que se había hecho allí, y que fácilmente hubiera podido perderse.

Este libro, en su forma original, se agotó muy rapidamente, y desde entonces ha continuado teniendo una gran demanda, más allá de los límites específicos que en un principio le asigné. La demanda se da, en particular, entre los alumnos de cursos normales, donde los temas de que trata se estudian cada vez más. Yo mismo, he tenido en mi poder un solo ejemplar durante los últimos tres o cuatro años, y, debido a que me encontraba en una situación muy distinta, no estaba seguro de poder revisarlo, de modo que pudiera publicarse de nuevo. El hecho de enseñar en una Universidad es algo sumamente estimulante, pero también es considerable la cantidad de cosas que excluye: tanto por lo que se refiere al mismo programa, que, en Inglaterra, está solo empezando a introducirse en el campo universitario, como, de modo más complejo, por lo referente a la atmósfera cultural de una Universidad, donde existen fuertes presiones para que uno se limite a los intereses y reglas tradicionales de la educación para una minoría, de modo que las publicaciones e instituciones que se dirigen a una mayoría tienden a desaparecer. Solo me dí cuenta de las auténticas proporciones de esta influencia cuando volví a ejercer esa tarea y sentí el peso y la amenaza de tales presiones.

En los años sucesivos, las cosas cambiaron. Me complació ver cuánto necesitaba añadir y revisar en el capítulo sobre las posibles soluciones, para comprobar que existe un movimiento, y un cambio todavía lento pero indudable. Es fácil observar, mirando hacia atrás, que de 1956 a 1962 se produjo un intenso desarrollo de ideas en el campo de la cultura y los medios de comunicación, y en el momento del “Informe Pilkington” ya había alcanzado el nivel de una política abierta y convencional. Este desarrollo ha producido dos efectos. Primero, que una corriente de opinión, y todo el trabajo necesario para apoyarla, se introdujo de un modo decisivo en el campo de los problemas sociales. El mérito principal de los primeros trabajos en este campo, de la base asociada con el
“Escrutinio”, fue su considerable y aun creciente influencia sobre la educación: las obras críticas, en el marco de la cultura popular, tienen ahora una historia larga y todavía emocionante en muchas escuelas de este país. La característica de la segunda fase, normalmente asociada con la “Nueva lzquierda” se traduce en un interés creciente por los problemas de las instituciones: tanto su corrección y reforma inmediatas como la búsqueda de posibles nuevas instituciones para una cultura democrática. Existen aun muchos puntos de fricción entre las dos bases, porque las discusiones acerca de una cultura minoritaria y una democrática a menudo y necesariamente las dividen. Pero también, en el trabajo que se está realizando, existe una importante base común, y su influencia combinada ha tenido una repercusión pública evidente.

Hemos desarrollado en Gran Bretaña, si bien de modo desigual, una educación de la consciencia crítica, en este campo, tan buena como la que pueda encontrarse en cualquier otro lugar. Asimismo hay que señalar que, como se dijo recientemente, “la crítica fundamental de la organización capitalista de la cultura, se ha formulado de modo preciso y sistemático sólo en el mundo capitalista avanzado”. Estos logros, revelados por muchos síntomas concretos y por una visible alteración de las proporciones y los términos de la discusión, son naturalmente alentadores.

Vamos a exponer ahora el segundo efecto. Se originó y desarrolló un poderoso contraataque, que yo advertí entre la publicación de The Long Revolution y Communicatiuons, y que, para la mayoría de la gente, apareció claramente cuando se produjeron las reacciones al “Informe Pilkington”. Este movimiento de reacción se manifestó, primero, en la forma intrínseca a una cultura basada
en el buen tono: diciendo que estas cosas se habían repetido con demasiada frecuencia y que ya empezaban a cansar, y que era hora de ponerse en marcha, aunque no estuviese muy claro hacia dónde. Otra clase de reacción, común en la larga historia de las tentativas inglesas de llevar a cabo una transformación de la sociedad, fue la absorción, contención y aparente neutralización de las ideas ofensivas; se concentró la atención en una, con resonancias que recordasen su origen, pero sutilmente se la transformó y se la integró de modo efectivo como escudo de las instituciones y normas existentes, aunque dejándola con los suficientes residuos de inquietud manipulable para aferrar sentimientos que, de otro modo, podrían escaparse a todo control. Y luego, claro está, se
produjo el ataque directo y declarado, el de los intereses existentes: la horrible desfiguración del “Informe Pilkington”, por los mismos periódicos involucrados en la televisión comercial, podría ser ella sola objeto de estudio.

Mientras tanto, más allá del vaivén de la opinión, el carácter básico de nuestras principales instituciones culturales no sólo no se vio alterado, sino que se afianzó más, sobre bases más firmes, y se integró más ampliamente con toda una extensa gama de actividades de otro tipo. Cuando lo advertí, y cuando me dí cuenta de la naturaleza del contraataque (que, naturalmente, como se
proponía, había debilitado de modo muy profundo la energía de muchos, porque los cómodos esquemas tradicionales parecían fácilmente adaptables), comprendí la necesidad de que este libro estuviese de nuevo a la venta.

Se trataba de una obra concebida dentro de un ámbito reducido, para un fin determinado, y desearía poseer todavía los recursos necesarios para ampliarla y mejorarla. Estoy particularmente satisfecho de ver que el trabajo a largo plazo continúa, en el Centro para Estudios de Cultura Contemporánea de Birmingham, bajo la direcci6n de Richard Hoggart y Stuart Hall. Espero que muchos detalles de mi propio trabajo se verán superados por una investigación más extensa y mejor documentada. Pero parece que, un estudio de este tipo, todavía puede tener sentido coma introducción y poseer un cierto interés polémico.

Las revisidnes y añadiduras que he hecho se encuentran principalmente en los capítulos sobre “Contenido” y “Posibles soluciones”. Asimismo añadí tablas correspondientes al año 1965 a las primeras del año 1961, para poder establecer una comparaci6n y la continuidad entre ellas. (Vale la pena mencionar aquí brevemente el trabajo complementario, siguiendo las mismas tablas, pero sobre
la prensa de Dinamarca, aparecido en la edición danesa de la presente obra: Massemedierne, Copenhague, 1963). También añadí algunos análisis nuevos, incluyendo comparaciones de tipo limitado con algunos periódicos extranjeros, y un tipo diferente de comparación de los titulares. En el capítulo sobre “posibles soluciones” intenté ante todo mantenerme dentro de una misma línea de discusión. También añadí dos apéndices, acerca de los métodos de la educación por televisión, y el valioso Libro Blanco: “Un programa para las Artes”.

Nos resta sólo considerar dos puntos generales, que sitúo en este prefacio para darles más relieve. El primero concierne a mi idea de que la única clase correcta de organización, en lo que a toda institución cultural se refiere, es la que se basa en el control de la misma por sus colaboradores. Esto despertó un cierto interés pero también algunas ironías: se me sugirió que imaginase por
un momento un Daily Express controlado por sus colaboradores, y que luego dijese qué se ganaba con ello. En realidad, claro está, en este caso no existiría ningún Daily Express; no es un órgano para ellos. Se plantearon entonces dudas más serias: sobre si alguna vez se produciría este tipo de transformación, teniendo en cuenta cómo eran sus colaboradores, y sobre si no había que pensar realmente en una transformación y una reorganización totales.

No es que este conflicto pueda, en modo alguno, ser eliminado (esto sería algo muy duro y traería consigo reorganizaciones radicales), sino que la perspectiva global de mi trabajo en este campo se ha basado en una determinada teoría de la naturaleza de la transformación en este tipo de sociedad (su definición más completa se encuentra en los primeros capítulos de The Long Revolution). En resumen, no creo que se pueda continuar proponiendo una transformación de las instituciones y otra de las actitudes como algo intercambiable. En ambos extremos se encuentra un programa estricto: en el primer caso, la destrucción y, luego, la renovación de las instituciones, imaginadas en algún punto determinado en el tiempo; en el segundo caso, el rechazo de la política y la actividad social, con una crítica que se convierte en una actividad en sí, elaborando actitudes y respuestas, pero
capaz de ser una actividad en sí sólo mediante la aceptación, aunque sea a la fuerza, de todas las demás reglas y estructuras sociales existentes. Cada posición participa de un cierto carácter negativo: un grupo intransigente contra toda la estructura social y otro grupo también intransigente contra toda la estructura intelectual. Como tal, cada uno corresponde a las necesidades positivas de muchos intelectuales de nuestra sociedad; podría decirse que cada actitud se da casi a diario en mi propia mente.
Básicamente son las últimas, y, claro está, serias posiciones de nuestra política predemocrática; la transformación, en ella, aparece esencialmente a favor de unos y en detrimento de los demás; la transformación de unos con los demás es considerada como una claudicación. De este modo, cada grupo acepta la separación liberal entre individuos y sociedades, y la correspondiente separación entre contenido cultural e instituciones culturales; la divergencia sólo aparece cuando una u otra entidad separada se considera superior.

Mi respuesta, pues, al problema relativo a los colaboradores y sus instituciones, que tan a menudo aparecen ajustadísimos unos con otros, es que se parte de un punto de vista totalmente estático y segregacionista, sin prestar la debida atención a los complejos procesos en que las instituciones forman a los individuos que pertenecen a ellas, y en que, por reacción, las instituciones toman las características de los individuos así formados. Los cambios que propongo están pensados en términos de crecimiento: que podemos descubrir el modo de intervenir en este proceso continuo mediante la concientización y afirmación de nuestras necesidades compartidas; y que en el impacto de esta intervención existen muchas posibilidades de llevarse a cabo las transformaciones substanciales, que no creo que puedan realizarse de otra forma. Los individuos y las instituciones tendrán, necesariamente, que transformarse juntos, o no cambiarán en nada.

Y la razón de que haya continuado trabajando en este problema es que sé, por haberme observado a mí mismo y a los demás en instituciones muy diferentes, que se trata de un proceso ininterrumpido, en el cual los Momentos en que puede escogerse una determinada tendencia son a menudo sutiles e imperceptibles, aunque los compromisos que traen consigo son con frecuencia profundos. He intentado trazar una posible transformación radical que, sin embargo, incluye una continuidad humana, y creo que esto constituye la necesidad más apremiante con que se enfrenta nuestra sociedad. Todos los que trabajamos en este campo tenemos el deber de ser profundos y coherentes, porque sólo así la necesidad puede traducirse en una disciplina y un programa.

Lo que dije acerca del desarrollo está relacionado con la idea de una educación permanente, ahora muy estimada entre los medios educativos franceses, con los que tuve el placer de entrar en contacto recientemente. Creo que esta idea repite, en un lenguaje nuevo y significativo, los conceptos de enseñanza y cultura democrática que constituyen las bases del presente trabajo. Esto refuerza de modo muy valioso el vigor educativo (éducation como contrario de enseignement), de toda nuestra práctica social y cultural; por tanto, está relacionada no sólo con la educación ininterrumpida, de tipo formal o informal, sino con todo lo que el medio ambiente, con sus instituciones y relaciones, enseña de un modo activo y profundo. Estudiar
los problemas de la familia, o la planificación urbana, es entonces una empresa educativa, porque todos ellos, también, se encuentran en la encrucijada de los problemas de enseñanza. De este modo, el tema de la presente obra, los medios de comunicación cultural, a los que, bajo un viejo disfraz, se llama todavía medios de comunicación de masas, pueden integrarse, tal como siempre creí, en el marco de una política social global; porque, ¿quién se atrevería a poner en duda, mirando la televisión o los periódicos, o leyendo las revistas femeninas, que en este caso de lo que se trata, esencialmente, es de la enseñanza, y de una enseñanza financiada y distribuida en una mayor extensión que la educación regular?

Así, pues, la alternativa está clara. La necesidad de una educación permanente, en nuestra sociedad en proceso de transformación, se manifestará de un modo u otro. En general se manifiesta, si bien con muchas excepciones y esfuerzos respetables que van contra la corriente, a través de la integración de esta enseñanza a las prioridades e intereses de una sociedad capitalista, y, sobre todo, de una sociedad capitalista que necesariamente conserva como principio nuclear (aunque haciendo frente a poderosas presiones, de carácter democrático, del resto de nuestra práctica social) la idea de una minoría que gobierna, enseña a la mayoría y se comunica con ella. Me he sentido profundamente impresionado, al repasar todo el material recogido, por el marco vastísimo de su procedencia. Económicamente organizada, en su mayor parte, en torno a la publicidad, la sociedad se organiza mfs y mgs
culturalmente en torno a los valores y costumbres de esta versión del ser humano y de las necesidades y facultades del mismo. Este mundo sólido e integrado es capaz, creo, de ajustar, en las décadas venideras, tanto la política como la educación a sus propios fines. En el campo de la política ya ha hecho extraordinarios progresos, con la creación de las campañs electorales y sus versiones programadas del poder.

En la educación, las presiones son ya muy fuertes, y es de prever que el mal uso de los medios de enseñnza las intensifique. Y en la educación, irónicamente, los últimos baluartes de una cultura minoritaria podrían convertirse en instrumentos para una integración más fácil de los individuos. Una zona reservada para la educación de una élite (algo de esto se ha empleado ya abiertamente en el campo de la publicidad y las relaciones públicas) podría constituir la base de la limitación de aquella educación genuinamente popular a la que el sistema tiene tan buenas razones para temer.

Ante este tipo de educación permanente, ya bien organizada y con sus métodos y su alcance en expansión evidente, es ahora profundamente necesaria una alternativa también radical. En muchos países he visto los planes para una educación permanente de tipo democrática y popular: programas de ayudas familiares, mejoras de las escuelas y creación de otras nuevas, ampliación de las universidades y de la educación superior, salvaguardia de las bellezas naturales, planificación urbana en torno a la necesidad de divertirse y aprender, recuperación del control y del sentido del trabajo. Con el pensamiento puesto en este tipo de programa, emprendo el estudio de los medios de comunicaci6n, campo en el cual una u otra versión de una educación permanente habrá de ser decisiva. Éste es un campo particular y requiere un estudio minucioso e incesante. Pero también es el campo en que las ideas
que tenemos sobre el mundo, nosotros mismos y nuestras posibilidades, se forman y se diseminan de un modo más amplio y a menudo más poderoso. La tarea más urgente, pues, es la de recuperar, a pesar de todas las presiones, el control en este campo.

INDICE
Prefacio
1- Definiciones
2- Historia
3- Contenido
4- Controversia
5- Posibilidades
Apéndice A
Apéndice B
Bibliografía complementaria