Los Cien Días. Memorias del Comandante de la Flota Británica durante la Guerra de Malvinas, del Almirante Sandy Woodward

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Ed. Sudamericana, año 1992. Tamaño 23 x 15,5 cm. Traducción de Julio Sierra. Incluye 33 fotografías en blanco y negro sobre papel ilustración. Estado: Usado muy bueno. Cantidad de páginas: 360

Por Sandy Woodward
Abril de 1991

He tratado de escribir este libro como si estuviera contándole la historia de mi vida a un amigo íntimo. Y para que me ayudara en esa tarea elegí a Patrick Robinson, quien se vio así obligado a sentarse muy callado, con mucha paciencia y dispuesto a escuchar largamente, cualidades que no figuran entre sus más importantes atributos. Lo elegí a él porque no es un oficial en servicio de la Royal Navy; en realidad jamás ha estado en ella y, hasta donde yo sé, no tiene la intención de hacerlo ahora. Se trata de un hombre que uno podría calificar como un lego, un escritor que ha publicado libros de éxito acerca de competencia de yates y, en aguas más calmas, sobre competencias universitarias de botes.

Pero, como él mismo lo dice, las naves de guerra no habían entrado, hasta ese momento, en su vida. Lo cual en cierto sentido
clarificaba mi tarea (a él debía explicarle prácticamente todo). Sin embargo, en otro sentido, hacía que todo el proyecto se volviera más difícil, en el sentido de que no debía dar nada por supuesto por parte de mis lectores. Si hay una expresión de Patrick que siempre recordaré por el resto de mis días, ella será la pronunciada la primera vez que se sintió obligado a decirme:

-No tengo la menor idea de qué estás diciendo…¡y, sospecho que eso le ocurrirá al resto de la gente!

Esto ocurrió el primer día.

¿Por qué, podría uno preguntarse, no me ahorré todo ese dolor y pena autoimpuestos y contraté a un historiador naval profesional para que me ayudara? Porque, sospechaba yo, sería como el beso de la muerte para un libro como éste, por cuatro razones importantes:

a) Casi todos los historiadores que conozco ya habían escrito un libro sobre el conflicto en el Atlántico Sur

b) Los historiadores tienen la tendencia a escribir para sus colegas, para otros “expertos”, para otros especialistas

c) Ellos, en su totalmente adecuada búsqueda de “la verdad”, se habrían sentido tentados, de manera irresistible, a discutir conmigo. Tal vez en lo único en que habríamos estado de acuerdo hubiera sido en el hecho de que nadie sabría nada de mí si no hubiera sido por los acontecimientos de 1982

d) De todas maneras, yo no quería escribir una historia formal. Es demasiado pronto para ello. Lo que yo buscaba era solo documentar los pensamientos y opiniones del comandante de campo, desde el principio hasta el final. Y para ello necesitaba a un escritor profesional con una actitud totalmente abierta.

De modo que elegí a este hombre extraordinario para que me ayude. Para expresarlo de la manera más delicada en que puedo hacerlo, diré que él tiene un desarrollado sentido del drama. Esto lo llevó a insistir de manera implacable para que le describiera cosas que para mí eran tan aburridas como poco interesantes. Casi sufre un ataque de apoplejía cuando yo intenté ocuparme del primer hundimiento de una nave de la Royal Navy en cuarenta años con una breve oración escrita en mi diario: “Anoche hicieron volar mi viejo barco, el Sheffield…”

Pero juntos de alguna manera hicimos nuestro viaje. Tratamos de limitarnos a revelar, lo más clara y honestamente posible, todo lo que ocurrió en mi cabeza durante aquellas semanas, cómo planificaba las cosas, cómo las veía yo y cómo los acontecimientos me afectaban. Esto implicaba atenernos cuidadosamente a lo esencial de mi diario y de mis cartas de aquella época, con el agregado de mucho material complementario para poner todo en su contexto adecuado.

El lector deberá juzgar por sí mismo si he volcado semejante honestidad o no. Por definición, este libro debía ser incómodamente autorrevelador, pero estoy bastante bien preparado para cualquier molestia que sobrevenga. Ya he sido acusado de varias cosas por distintos medios y la menor de esas acusaciones no fue la de cobardía. En efecto, fue un notorio periodista del Daily Telegraph, Max Hastings, quien repitió la imputación, hecha por supuesto por otros, de que yo debía recibir la Estrella de Africa del Sur por haber estacionado el Hermes tan al Este y lejos de la acción.

Dijeron también que no tenía idea de cómo tratar a los medios; que fui excesivamente optimista en abril y excesivamente cauto en mayo; que era incapaz de comprender lo que es la guerra anfibia o la guerra aérea. En suma, que yo estaba “fuera de lugar” (Sunday Telegraph). En cuanto a las descripciones personales, el muy adecuadamente llamado Equipo Infiltrado del Times informó que mi “pelo rojo llameante” hacía juego con mi manera de ser. No sé si describieron con corrección mi carácter o no, pero al carecer de fotos mías sin gorra se dejaron llevar muy lejos por su imaginación acerca del color de mi pelo, en su búsqueda de una frase atractiva.

Si, después de leer este libro, usted llega a coincidir con los más críticos de los comentaristas, en cuanto a que soy cobarde,
incompetente y además arrogante, está bien, que así sea. De todas maneras, un conductor debe tener un poco de todas esas cosas en él y solo estoy tratando de proporcionar una visión de la mente del hombre que se encontró a sí mismo a cargo de la situación en el frente de guerra.

Creo que el aspecto de este libro que más sorprendió a mis correctores y editores, y por cierto a Patrick, era la ineludible conclusión de que, de una u otra manera, el asunto no estuvo lejos de fracasar.

También están aquellos que llegaron hasta describir la batalla librada por Gran Bretaña para recuperar las Falkland como algo “muy cercano a la derrota”, como se sintió impulsado a decir el duque de Wellington después de Waterloo. Yo no voy tan lejos, pero, como en el caso de la tardía pero oportuna llegada del ejército de Blucher, hubo varios críticos momentos de inflexión. La mayoría de ellos, como lo escribí con alegría en su momento, se volvieron a favor nuestro.

También debe recordarse que había varias organizaciones totalmente competentes que al principio sospechaban que toda la operación estaba condenada al fracaso. Mencionadas sin un orden en particular, éstas fueron:

a) La Marina de los Estados Unidos, que consideraba la reconquista de las Falkland como una imposibilidad militar

b) El Ministerio de Defensa en Whitehall, que en general consideraba toda la idea como algo demasiado arriesgado

c) El Ejército, que pensaba que la guerra no era aconsejable debido a la carencia de una “adecuada” ventaja en los números de fuerzas de tierra

d) La Royal Air Force se inclinaba a estar de acuerdo al ver que no había demasiadas oportunidades de participar debido a las largas distancias y a la ausencia de posibilidades de que una fuerza naval sobreviviera frente a una fuerza aérea

e) El secretario de Estado de Defensa, señor (ahora Sir) John Nott, ya que el éxito había echado por tierra la revista de defensa de 1981

Sin duda, había tantas personas que querían hacernos volver como personas que nos impulsaban a seguir adelante y muchos de los que nos querían ver de regreso ocupaban altos cargos. Pero la voz principal que nos instaba a seguir era la del Primer Lord del Almirantazgo, almirante Sir Henry Leach, la cabeza profesional de la Royal Navy, mi jefe más alto. Y él era el hombre a quien había que escuchar. Si el decía que la Marina podía hacerlo, prácticamente no había nada más que decir.

Además, eso era también lo que la señora Thatcher y la mayoría del pueblo británico querían oír.

Además, él tenía un extraordinariamente poderoso apoyo en el otro lado del Océano Atlántico, en la persona del señor (ahora Sir)
Caspar Weinberger, el secretario de Defensa de los Estados Unidos, quien adoptó una sólida posición a favor de Gran Bretaña, frente a toda clase de oposición local. Cap Weinberger hizo abandonar la posición hasta ese momento en favor de Argentina de la administración Reagan, para persuadir al Presidente y al Pentágono en el sentido de brindar el máximo apoyo al más fiel aliado militar de los Estados Unidos. En su propio y excelente libro, Fighting for Peace, Sir Caspar describe sus firmes e inquebrantables instrucciones a sus subordinados militares para que “Gran Bretaña reciba toda la asistencia posible en términos de material e información”.

Todos nosotros tenemos razones para sentirnos extraordinariamente agradecidos respecto de este muy buen amigo, por ofrecer ayuda en tiempos de necesidad. Tal vez yo mismo tenga la deuda mayor de todas. El misil aire-aire norteamericano Sidewinder fue una de las armas decisivas en los combates aéreos sobre las islas y sobre el mar. También, sin la cooperación de Estados Unidos al permitirnos acceso a la isla Ascensión, no habríamos podido contar con una base de avanzada para nuestras fuerzas en el Sur. Dejando de lado toda la otra ayuda que de distinta manera proporcionaron, la ausencia de estas dos solamente tal vez hubiera invertido los resultados. De modo que estoy doblemente agradecido por la generosa afirmación de Cap Weinberger cuando dijo que “la guerra en el Atlántico Sur fuer ganada por la indomable voluntad de las fuerzas armadas británicas”.

En términos generales la victoria británica deberá ser considerada de todas maneras como algo muy cercano a la derrota, en cuanto a oportunidad, fuerzas terrestres y fuerzas aéreas. También está ahí la ineludible verdad de que los comandantes argentinos inexplicablemente no llegaron a darse cuenta que, si hubieran atacado al Hermes, los británicos habríamos quedado destruidos. En realidad, ellos nunca intentaron atacar el único blanco que con seguridad les habría dado la victoria.

El hecho fue que nos abrimos paso a lo largo de un pasaje estrecho como el filo de un cuchillo, a la vez que yo me daba cuenta, más que los demás (y por cierto más que el informante de Max Hastings), de que cualquier incidente mayor, como una mina, una explosión, un incendio, cualquier cosa, en cualquiera de nuestros dos portaaviones, sin duda habría resultado fatal para toda la operación. Perdimos el Sheffield, el Coventry, el Ardent, el Antelope, el Atlantic Conveyor y el Sir Galahad. Si las bombas de los argentinos hubieran tenido los detonadores en condiciones para ataques de vuelo rasante, con seguridad habríamos perdido el Antrim, el Plymouth, el Argonaut, el Broadsword y el Glasgow. Y realmente fuimos afortunados de que el Glamorgan y el Brilliant continuaran todavía a flote a mediados de junio.

Básicamente, todo fue bastante ajustado y espero que este libro sirva para aclarar la dura prueba a la que fue sometida la Royal Navy.

He tratado de ser gráfico, cuando me pareció necesario, y también de transmitir algo del profesionalismo requerido para la guerra naval. Si bien mi relato es básicamente acerca de la Royal Navy, no he vacilado en usar y citar ampliamente mis cartas personales a mi mujer, así como el diario que escribía cada noche, un diario que refleja no solo mi frecuente malhumor y las ocasionales inseguridades, sino también mi impaciencia, mis tensiones, mi falta de tacto y comprensión y la mayoría de los otros defectos de la raza humana.

Comencé el libro con el Sheffield porque ello me dada la oportunidad de llevar al lector directamente al salón de operaciones con los hombres que formaban nuestra línea de avanzada en los tres destructores tipo 42 con misiles guiados, ninguno de
los cuales salió de la guerra sin rasguños. También es importante que el lector tenga esa imagen en la mente, como telón de fondo
de la terrible realidad de la guerra, si es que uno quiere compartir la experiencia del comandante. Porque él, sobre todo, debe actuar de acuerdo con aquellas realidades, sin jamás dejarse llevar por sus más fuertes temores.

No puedo saber todo lo que ocurría en aquel momento, ni lo pretendo. Y hasta supongo que en muchos casos probablemente sabía, de primera mano, menos de la mitad. Pero a lo largo del libro hemos recogido la mayoría de los ingredientes claves de muchas otras fuentes: amigos, colegas y, en algunos casos, hasta de extraños que lucharon en esta guerra junto a mí, en otras naves, en otros lugares, pero de todos modos, conmigo.

Mi historia atraviesa inevitablemente el relato de las condiciones climáticas, las condiciones del mar para pasar de pronto a
la acción súbita, intensa, breve, con sus persistentes reverberaciones que mantenían la adrenalina en circulación y convertían el aburrimiento en un constante ausente. Patrick y yo hemos tratado de hacer revivir la situación. Hemos tratado de no exagerar y yo he procurado no defenderme. Si el lector llega al final sin tener una opinión demasiado alta de mí, es precisamente porque decidí correr también ese riesgo.

Mientras tanto ya es hora de que nos zambullamos y entremos en algunas de aquellas “terribles realidades” de las que he hablado y nos transportemos otra vez a las frías aguas grises de las lslas Falkland, en mayo de 1982, y quedemos allí vigilando, esperando el ataque del misil argentino que más o menos sabíamos debía producirse ese día.

INDICE
Prefacio
Prólogo
1- El día que e dieron al Sheffield
2- El submarinista
3- La Argentina invade
4- Al Sur, hacia Ascensión
5- ¡No disparen!
6- El acercamiento final
7- 1º de mayo: comienza la guerra
8- Las campanas del infierno
9- El silencio del Sheffield
10- Fin del viaje para el Narwal
11- La bomba del Glasgow
12- Encuentro en el Atlántico
13- Desembarco nocturno
14- La batalla de la “avenida de las bombas”
15- Desastre para el Coventry
16- Los infantes de Marina deberán caminar
17- Puerto “Desagradable”
18- Bienvenido a casa
Epílogo