Latinoamérica y el Imperialismo, textos de Héctor Germán Oesterheld y dibujos de Leopoldo Durañona

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Ed. Doeyo y Viniegra, año 2013. Tamaño 28 x 19,5 cm. Estado: Nuevo. Cantidad de páginas: 126

Presentación de la historieta aparecida en el número 10 del semanario El Descamisado, del 24 de julio de 1973

Latinoamérica y el imperialismo280América Latina, 450 años de guerra

¿Qué es el imperialismo? ¿Cuándo empezó a enviar sus lugartenientes, sus soldados, sus espías, sus “embajadores”, sus empresarios para dominar y explotar a los pueblos latinoamericanos? ¿De qué maneras los invasores extranjeros -primero los españoles, después los ingleses y ahora los yanquis- se movieron y siguen actuando para controlar los gobiernos títeres de los países del continente? ¿Cómo nos quitaron las riquezas, nos destinaron a la miseria, orquestaron golpes, bajaron gobiernos populares, mandaron sus tropas asesinas para aniquilar las rebeliones de los pueblos?

Vamos a contar la historia del imperialismo para que cada una de estas preguntas y muchas más tengan su respuesta. Desde las páginas de El Descamisado saldrá entonces nuestra verdadera historia. Cual fue la realidad de nuestro pasado y cual es la realidad de nuestro presente. Porque la historia del imperialismo es la historia del continente americano -la Patria Grande- y la historia de nuestra patria. Son 450 años de guerra.

Sí, de guerra. Porque los pueblos avasallados por el invasor nunca se rindieron. Pusieron el pecho. Pelearon. Dieron la vida infinidad de veces en su combate por ser libres. El imperialismo nunca’fue una simple frase de denuncia de los pueblos. Tienen nombre y apellidos. Tienen balas y sangre en su negra historia. Esa historia es la que empezamos a contar desde este número.

Palabras del editor, por Juan Manuel Viniegra

Latinoamérica y el imperialismo282La historia ha sido un instrumento fundamental en el dominio ejercido por los poderosos sobre los pueblos, así como también un aliento indispensable para las rebeldías de estos últimos. En nuestra América Latina y Caribeña tal realidad resultó una constante. Desde la colonización pasando por los pronunciamientos independentistas hasta la actualidad un conjunto de falsas disyuntivas del tipo de “civilización o barbarie”, o sea, un compendio de mistificaciones, intentaron ser (y en muchos casos fueron) impuestas por las diversas elites dominantes a las grandes mayorías. De allí la importancia de todo cuestionamiento a las enseñanzas oficiales de nuestra historia expuestas como “verdades incuestionables” que abarcaron y abarcan, desde la escuela a la universidad, desde la prensa al libro y desde la propaganda más rudimentaria hasta la sofisticación mediática de nuestros tiempos. Frente a esta realidad, los pueblos han luchado en completa desventaja contra el conjunto de instrumentos con los que cuentan los escribas oficiales.

No podía escapar a esto una Argentina surgida de la superposición de la guerra emancipadora con las contiendas civiles vigentes a lo largo de dos siglos, con un saldo trágico de muertes, desapariciones, encarcelados, persecuciones y exilios. Lo reflejan con propiedad la aguda pluma de Héctor Germán Oesterheld y los exquisitos dibujos de Leopoldo Durañona, al volcar, entre los años 1973 y 1974, en la revista semanal “El Descamisado” de la organización Montoneros, sus reflexiones en forma de historieta. Eran tiempos en los cuales, con el levantamiento de la proscripción al peronismo luego de 18 años, las denominadas “formaciones especiales” (FAP, FAR, Montoneros) abandonaban la clandestinidad para pasar a la legalidad.

“450 Años de Guerra Contra el Imperialismo” constituyó un valioso intento de presentar sintéticamente una historia distinta, al servicio de las utopías de construir un mundo mejor que flotaban allá por los años ’60 y ’70.

Los grandes trazos de Oesterheld se desarrollaban en un mundo en proceso de cambio. Una serie de imágenes se amontonaban como si el tiempo se hubiera detenido a la espera de esa escena final inevitable. Los diarios mostraban la ebullición en la que se encontraba el mundo. El “mayo francés”, las guerras anticolonialistas que se desarrollaban en todo el tercer mundo, y un sinnúmero de acontecimientos dominaban la discusión pública. Era el auge de los movimientos de liberación tercermundista. Los franceses eran expulsados de Argelia. Los “yankees” sufrían un revés tras otro en Vietnam y concluían su “divina misión” de “contener la expansión comunista” en retirada. La revolución cubana mostraba que se podía. El Che y todo lo que representaba se convierten en un icono de la juventud en todo el mundo. Nace el hombre nuevo. No eran pocos los que pensaban que el mundo giraba lenta pero inexorablemente hacia el socialismo. En nuestras tierras las figuras de Perón, Evita y el peronismo con su resistencia, son percibidas por las grandes mayorías como la identidad de “ese camino sin retorno”, como una nueva síntesis superadora de las luchas del pueblo, el “mito fundante” de la nueva sociedad hacia la que se marchaba. Vastas capas juveniles y de los sectores medios se incorporan al peronismo, básicamente a las denominadas “formaciones especiales”. Como parte de este nuevo fenómeno (y retroalimentando su aparición y desarrollo) aparecen nuevas formas de pensar el pasado. Originado en un novedoso encuentro entre el nacionalismo y el marxismo surge un “revisionismo histórico” de nuevo tipo, de avanzada (negado en la actualidad por las academias y los mercados).

Herederos del espíritu de FORJA, de Manuel Ugarte, de Vasconcellos, de José Carlos Mariategui, ven la luz los trabajos de Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, los de Norberto Galasso, los Rodolfo Puiggrós, los de Hernández Arregui y muchos otros; se empieza a hablar de “la cuestión nacional” y de “socialismo nacional”. Es el contrapunto a los nacionalismos elitistas, antidemocráticos, conservadores de los Ibarguren y Lugones; del liberalismo oficioso de los Mitre y de las izquierdas correctas e inocuas, de ese “marxismo de kiosco” dictado por los José Ingenieros o los Aníbal Ponce. Se redescubre un antes sedicioso, encarnado en Felipe Varela, en el Chacho Peñaloza, en las montoneras federales, entre tantos otros. Figuras de las rebeldías pasadas que no dejaban huérfanas a las contemporáneas. Esta nueva forma de mirar hacia atrás actúa como acción creadora del presente. Formatea una nueva conciencia histórica, elemento constitutivo esencial de la nueva conciencia nacional revolucionaria, que no hará otra cosa que dar paso a ese “socialismo nacional” que se había incorporado al vocablo argentino. Se abre una etapa política inédita en el país, vertiginosa, multitudinaria, y como tal, rica en su complejidad y sus contradicciones. Sin linealidad, sin esa arquitectura perfecta que supusieron por decenas de años esos “cazadores de pulgas” portadores “del mal de la clasificación científica” en sus cartucheras y diccionarios de los arquetipos de la modernidad.

Vertiginosidad y contradicciones que se manifestaban a diario. Y este trabajo no fue una excepción. Por eso el intelectual-militante incurre quizás en exageraciones y errores al juzgar determinados personajes históricos, especialmente en lo referido a Mariano Moreno, Juan José Castelli y Bernardo Monteagudo, lo cual termina generando un pequeño debate en los que intervienen el historiador Norberto Galasso, un lector de nombre Raúl Fenoglio y la dirección del semanario. Y aunque uno pueda estar de acuerdo con las observaciones realizadas por los dos primeros en los Descamisados N° 18 y 20 en la sección “correo descamisado” -y reproducidas en este trabajo- luego del poco feliz capítulo “El ’17’ de los Orilleros”, es preciso no apresurar un juicio negativo ante esas expresiones del autor que ni ayer ni hoy cuentan con gran simpatía. Es que en los contextos históricos se encuentran el sentido y el contrasentido de las palabras. Oesterheld cuando se enfrenta a la máquina de escribir para realizar este trabajo, es un militante “militando” -a lo Walsh-. Un apasionado, sin tiempo, corriendo los riesgos de exponerse al yerro de todo apresurado. Su voluntad no es el historicismo erudito de las campanas de cristal académicas. Sus líneas están impregnadas de una perspectiva política: recrear un ayer como conflicto, el ambiente revolucionario de un pasado que antecede el presente, esa argentina oculta encontrada en esos últimos años; mostrar “el imperialismo y sus personeros”, “marcar la cancha”, el “ellos” y el “nosotros”. De ahí el permanente juego entre el pasado y el presente de hechos y personajes históricos entremezclados en las palabras de sus protagonistas. Lo clarifican de alguna manera los responsables del semanario en la respuesta a las cartas de lectores antes mencionadas, también publicada en este trabajo.

Por lo demás, seguramente el autor -de quien sólo necios o malintencionados pueden dudar de su entereza- al abordar la caracterización de Mariano Moreno no reparó en esa maravillosa guía de acción revolucionaria, ese manual conspirativo, llamado “Manual de Operaciones Revolucionario” encargado por la Primera Junta a su secretario y aprobado por ésta el 31 de agosto de 1810.

Latinoamérica y el imperialismo283Desterrado y asesinado Moreno, los sucesores del conservadurismo saavedrista se adueñaron del poder en el gobierno de Buenos Aires. Bernardino Rivadavia establece las bases del dominio portuario sobre el resto del país, abriendo el ciclo de guerras civiles que se prolongarían hasta 1880, concluyendo luego en la estructuración del roquismo y sus sucesores. ¿Fue acaso una casualidad que en esos años San Martín, Artigas y Bolívar entre otros, murieran en el destierro, perseguidos y calumniados? ¿No fue un grito desesperado frente a esa realidad lo que hizo decir al gran venezolano: “he arado en el mar”? Lo interpreta magníficamente Oesterheld al reivindicar la lucha de los pueblos, los “Juan Cualquiera”, los “Negros”, las “Montoneras”, los “sin historia” conducidos por los Artigas’ y los Güemes, mientras otros negocian “el estatuto del coloniaje” -el nuevo pacto colonial-.

Este texto de Oesterheld se estrelló en aquellos años con la violencia de un sistema que veía peligrar su dominio a nivel continental, y como ya sabemos apeló en consecuencia al genocidio enunciado en la Doctrina de la Seguridad Nacional, de la cual el autor y gran parte de su familia fueron víctimas. No pudo terminar este trabajo.

Revivir esta obra inconclusa treinta años después no sólo es importante por lo estético de la misma. Nos refresca la memoria; esa memoria que se encapricha en volver de a retazos como imágenes desordenadas, muchas de las veces en forma selectiva. Nos sirve para conocer más de cerca a los protagonistas de un pasado reciente, a una generación que, en sus errores y aciertos, virtudes y defectos, se atrevió, y jamás dudó en dar todo de sí para alcanzar sus sueños de construir un mundo mejor. Tal vez, y sólo tal vez, ésta sea una forma de continuar con este trabajo inconcluso.

Las líneas que siguen habrán de perdurar en el tiempo en tanto vibren las rebeldías y las ideas liberadoras de las multitudes oprimidas, de esos “condenados de la tierra” de las que el maestro Oesterheld sigue siendo parte.