Las horas, de Michael Cunningham

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Ed. Norma, año 2003. Tamaño 21 x 13,5 cm. Traducción de Margarita Valencia Vargas. Estado: Usado muy bueno. Cantidad de páginas: 218

Por Claudio Zeiger

Las horas es un melodrama hecho y derecho, si bien reflexivo y autoconsciente. Tiene la estructura sentimental y dramática de un elegante folletín de época (tres épocas, en este caso, los años ‘20, los ‘50 y el presente, tratado también como una época en sí: el fin del siglo XX) pero incluye una estructura conceptual gracias a la cual los personajes no se ven sólo arrastrados por los torbellinos de la pasión o el fatalismo. Mientras se disgregan, mientras sufren y se desgarran, también piensan: ese pensamiento emanado de los personajes femeninos del libro hace que -meritoriamente– Las horas sea más una novela sobre la reflexión femenina que sobre la sensibilidad femenina.

De forma explícita, está inspirada en La señora Dalloway de Virginia Woolf. En realidad, está calcada sobre el mapa de esa novela en la que Virginia Woolf utilizó por primera vez el procedimiento del “fluir de la conciencia”. Sobre los hechos que copia, Las horas desplaza personajes y situaciones, pero el autor no se limitó a un mero ejercicio literario con esos materiales (aunque en gran parte es justo decir que Las horas es un glamoroso ejercicio de estilo que desarma una novela para rearmar la propia. Cabe recordar, como para cerrar el círculo, que en principio La señora Dalloway se iba a llamar Las horas).

Si el personaje de Clarissa Dalloway es el nexo entre las épocas, uno de los extremos es la propia Virginia Woolf, coprotagonista del libro. Cunningham asume los riesgos de incorporarla a su novela como personaje, y a decir verdad lo hace de modo bastante parco; los segmentos dedicados a Virginia, incluido el suicidio en el río Ouse con piedras en los bolsillos, son más reducidos con respecto a los que ocupan las otras historias, y se basan estrictamente en la reescritura ficcional de materiales provistos por sus diarios y por las biografías; pero la influencia de Virginia sobre la novela entera no se limita a su presencia física en el texto.

Cunningham ha construido la novela como una figura sobre el tapiz de la vida de Virginia Woolf; el tapizado es una trama hecha con los hilos más espectaculares –los ataques de locura, la influencia de la guerra en la vida cotidiana, el suicidio– y otros más finos y sensitivos como son los vínculos entre los amigos (desde el celebérrimo grupo de Bloomsbury a los matrimonios reales o frustrados o blancos de varios de sus miembros), las tortuosas relaciones con los sirvientes (uno de los personajes es Nelly Boxall, con quien mantenía relaciones rayanas en el sadomasoquismo mental), las fiestas mundanas, las flores, la exaltación de la ciudad y, desde luego, la literatura, lo que nos conduce, nuevamente, a La señora Dalloway.

Si bien no se la puede considerar absolutamente autobiográfica, esta novela escrita entre 1922 y 1924 es uno de sus libros más personales y hay chismosas posibilidades de rastrear a seres reales como modelos de los personajes de ficción. Una de las traslaciones más jugosas vendría a ser la de Madge Vaughan, prima de Virginia e hija del intelectual helenista de Oxford (y en gran medida inspirador de Oscar Wilde) John Addington Symonds. Virginia estuvo enamorada de esta prima, que en su ficción se convierte en Sally Setton, amiga que en la juventud enamora a la señora Dalloway (“a veces no podía resistir el encanto de una mujer”) y que en el libro de Cunningham pasa a ser la pareja de Clarissa Vaughan. Estos calcos desplazados se repiten en el caso de la señora Dalloway con Clarissa Vaughan, la mujer que un día de finales del siglo XX va a dar una fiesta para celebrar el premio que consagra a su amigo Richard, el poeta con sida (Richard es el nombre del marido de la señora Dalloway en la novela de Virginia). El Richard de Cunningham viene a ser el calco desplazado de Septimus Warren Smith, quien después de haber visto la muerte y la destrucción en la Primera Guerra, donde fue a defender el honor de Inglaterra, empieza a hablar con los muertos, oye voces y se termina tirando por la ventana el día en que la señora Dalloway da su fiesta.

Desde luego, también podría tratarse de las relaciones entre algunos connotados amigos de Virginia Woolf, como Lytton Strachey, que le ofrece casamiento y el día después se arrepiente, para terminar construyendo una familia triangular con Dora Carrington y Ralph Partridge. La Clarissa y el Richard de Cunningham bien podrían ser Strachey y Carrington. Y Richard es, en gran medida, la propia Virginia (¿por qué no pensar en las tensiones entre el anonimato y el éxito literario en Virginia cuando Richard se queja: “Me han premiado porque tengo sida y me estoy volviendo loco, no tiene nada que ver con mi obra”?).

El mejor logro del libro de Cunningham seguramente no es la estilización y la copia del cerebro-madre sino la iluminación del presente vía el pasado: va a buscar en Virginia Woolf una tradición para su temática de nuevos vínculos y familias, que es lo que en rigor viene explorando desde libros anteriores. La exploración no es mitificadora. Los vínculos alternativos pueden ser a la vez muy conservadores, como sucede con Clarissa y su pareja Sally, lesbianas muy acomodadas y finas (“ricas aunque no ricachonas”), así como el ménage à trois de Strachey y Carrington no dejaba de ser el reverso de la recta familia victoriana. Y así como Virginia no dejaba de sentir tirria hacia los escritores que, como E. M. Forster o Stephen Spender, mantenían relaciones con muchachos de la clase trabajadora, hay en Cunningham una fascinación un tanto complaciente y elitista frente a sus personajes tan Bloomsbury.

Pero más allá de sus preferencias y elecciones, Cunningham extrajo jugosas lecciones de las épocas que se propuso revisitar y su novela es verdaderamente emotiva, melodramática en un punto justificado, literaria sin ser autorreferencial. Viene a decir que en la literatura y en la vida, las épocas –con sus verdades históricas, sus certezas congeladas, sus castas y sus ideas sofisticadas– también se pueden medir en humildes, desesperadas e irrepetibles horas.