Las Enéadas (edición íntegra en 6 tomos), de Plotino

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Ed. Aguilar, año 1963/1967. Tamaño 16 x 12 cm. Traducción del griego, prólogo y notas de José Antonio Míguez. Estado: Usado muy bueno. Cantidad de páginas: 1450

La Enéadas328Por José Antonio Míguez

Porfirio, fiel discípulo y continuador de Plotino, recogió para la posteridad los datos más sobresalientes de la vida de este esclarecido filósofo y ordenó además, de modo sistemático, los numerosos tratados del maestro.
No cabe duda de que con ello cumplía Porfirio un hermoso deber de discípulo, que se realza lógicamente por el valor inmenso de aquellas lecciones de filosofía con las que el genio de Plotino, surgido de las cenizas del mundo grecolatino, hacía revivir con nuevo hálito el viejo espíritu de la cultura helénica.

Plotino, originario del Alto Egipto, había nacido con toda probabilidad en Licópolis sobre el año 203 d. de Cristo. La fecha misma de su venida al mundo, que Plotino nunca quiso precisar, no se nos aparece suficientemente en claro, pero lo que sí se sabe con certeza —por el relato de Porfirio— es que Plotino, a la edad de veintiocho años y ya entregado a la especulación filosófica en la ciudad de Alejandría, conoció a Amonio Saccas, que fue para él la luz que anhelantemente deseaba.

“Este es el hombre que yo buscaba”, dice Porfirio que exclamó Plotino, después de oír por primera vez a Amonio. Para Emile Bréhier, que ha publicado excelentes estudios sobre Plotino y una inmejorable traducción de las Enéadas, este momento de la entrada de Plotino en la escuela de Amonio puede estimarse, con la salvedad de las diferencias religiosas, como el equivalente de la conversión de San Agustín.

En aquella escuela de Amonio, con tantos rasgos externos que recuerdan el pitagorismo, Plotino permaneció durante once años. Su futura personalidad iba forjándose así bajo la influencia espiritual de aquel restaurador de los estudios platónicos, maestro de un grupo de elegidos y amante él mismo de la sublime purificación de las almas.
El año 242, sin embargo, Plotino abandona Alejandría y con ello la escuela de Amonio. En su ansia de aprendizaje filosófico por tierras de Persia y de la India, Plotino sirve entonces tras las banderas del emperador Gordiano, el emperador que triunfaba sobre los persas y moría luego a manos de un árabe ambicioso del Imperio.

He aquí, indudablemente, otro momento clave en la vida de Plotino. En esa lucha por tierras del Oriente, Plotino se pone en contacto con él imperio sasánida, justamente cuando Roma ha de sufrir el choque político y militar con los pueblos del Asia y también el más importante y decisivo con el espíritu y la cultura orientales.

La Enéadas327Porque el jaque de Roma, en esa su sinuosa orientalización, lo dan no sólo los traductores de las obras griegas, sino también los que bebían en las fuentes sánscritas y siríacas. En Antioquía, lugar de refugio de Plotino después de la derrota del emperador Gordiano, nuestro filósofo completaría todo el caudal generoso y místico de su alma. Y no hay duda alguna, por lo menos, de que Plotino abriría su espíritu por entero a ese continuo efluvio de magia, de mística y de amor sublime que enseñorea el Asia profunda y misteriosa, abierta al Occidente por las conquistas de Alejandro.

Sabemos que Plotino, después, se dirigió a Roma. Allí, ciertamente, iniciaría su verdadero magisterio filosófico. Amelio y Porfirio fueron entonces dos de sus mejores discípulos. Y este último, para constante presencia de Plotino entre nosotros, supo recoger y ordenar todos sus escritos, desde los de juventud, “menos densos de sustancia”, hasta los tratados de madurez, excepcionalmente perfectos y profundos.

Poco a poco el nombre de Plotino fue cobrando notoriedad entre la sociedad romana. Su enseñanza oral atestiguaba siempre una inteligencia brillante que, al decir de Porfirio, iluminaba expresivamente su rostro y su mirada. Aquel hombre, imbuido de ascetismo, benevolente con los humanos y amante de Dios en grado sumo, había recogido en su alma el idealismo platónico para intentar plasmarlo, a su vez, en esa sociedad romana que regía por entonces el emperador Galieno.

Plotino vería en la utopía platónica de La República el mayor intento de renovación y saneamiento del Estado-ciudad. Pero la realización de su Platonópolis, un trasplante de aquella utopía, no pudo llevarse a cabo, a pesar de los buenos deseos del propio emperador Galieno. Con ello quedaba por comprobar si el cumplimiento terreno de la ciudad ideal -la ciudad de los filósofos, elegidos de los dioses— podría colmar los anhelos humanos de perfección y de rica y provechosa vida en común, y aún por añadidura, si se experimentaría así la fórmula salvadora de la Roma pagana.

En adelante, y durante el resto de su vida, Plotino hubo de preferir la labor didáctica, con la que, al menos, saturaba a la juventud romana de hondo aliento helénico. Pero, con todo, el ideal platónico por él recreado resultaba un tanto extraño en un mundo que ya no debía prosperar.

Por muchos años todavía, Plotino retuvo consigo un selecto discipulado, unido a él por los fuertes e invisibles lazos del espíritu. Mas, al fin, la soledad acabó por ganarle. Y cuando estuvo cercana la hora de su muerte, retirado ya Plotino en la Campania, allí hubo de personarse Eustoquio, pues sus otros tres mejores amigos y discípulos, Porfirio, Amelio y Castricio, residían, respectivamente, en Lilibea, Apamea de Siria y Roma, según nos cuenta el mismo Porfirio.

Las últimas y ejemplares palabras de Plotino a Eustoquio fueron éstas: “Todavía te estoy esperando. Me esfuerzo por hacer subir lo que hay de divino en mí a lo que hay de divino en el universo”. Y refiere Porfirio, recogiendo el relato de Eustoquio, que en el momento de pronunciar Plotino aquellas palabras, pasó una serpiente por debajo de su lecho y se deslizó por un agujero de la pared.

Plotino, el gran maestro de la filosofía neoplatónica, descansaba en paz, viejo de cuerpo mas no de espíritu, cumplidos ya los sesenta y seis años y “terminado entonces el segundo año del reinado de Claudio”, 270 de nuestra era. 

“Todos los intérpretes —nos dice Emile Bréhier— están de acuerdo en reconocer que en Plotino coexisten dos órdenes de cuestiones: el problema religioso, relativo al destino del alma, al medio de restaurarla a su estado primitivo, y el problema filosófico, relativo a la estructura y a la explicación racional de la realidad”. Con todo, aún habrá que añadir a ese sentido religioso y ontólógico de la filosofía de Plotino una clara posición estética.

Pues pasamos ahora, lógicamente, del mundo formal y trascendente de Platón, guía y luz del hombre, a la exigencia intuitiva de liberación absoluta. No es que baste ya contemplar las plenas realidades de que nos habla la filosofía platónica; se nos pide algo más por Plotino: hundirnos en la forma, ser de nuevo en ella, porque de ella procedemos y ella es, intrínsecamente, apoteosis de belleza.

Este efluvio plotiniano constituía uno de los cauces prácticos por él cual el hombre desequilibraba su ser “en vista” del Ser. Es éste un anhelo moral al par que estético; y por eso, quizá, pensó Plotino dedicar una de las seis partes de las Enéadas —la primera, precisamente—, al estudio y discriminación de la ética. Las partes restantes tratarían de establecer la nueva ciencia del mundo, del alma, de la Inteligencia y de lo Uno o mente universal.

Ahí, en esa jerarquía de formas que reaparece con Plotino, se encuentra la cima suprema en el principio productor de lo bello: el Bien. La misma Inteligencia tiene sobre sí, como objeto propio, lo más deseado y más amado, sin figura ni forma alguna. Como fórmula de soberana sabiduría se presenta en Plotino la elevación inquieta hacia el Bien, porque en su posesión radica nuestro gozo y nuestro verdadero ser. Quiere esto decir que el hombre se redime, vivifica y embellece en una aspiración paradójica: “querer convertirse en el Bien mismo”.

Naturalmente, el pleno sentido estético de tal ontología encierra muchos aspectos sugestivos para la consideración del hombre y del cosmos. El individuo humano se realza de manera especialísima a través de toda esa actividad que se le exige de continuo. No se trata tanto de “colaborar con la divinidad” al modo platónico, como de dar vida también al proceso divino, esto es, proporcionarle con nuestra actividad la mejor prueba de nuestro amor.

Pero pensemos, asimismo, que esa concepción del hombre tiene sus raíces en el sentimiento de la dualidad. Porque si bien es cierto que Plotino concibe la naturaleza humana como el resultado de una caída, con su consecuente singularidad y visión del mundo, no lo es menos también que ese mismo cosmos que lo rodea ejerce, por contraste, presión externa sobre el hombre.

No deberá olvidarse, en verdad, que Plotino habla siempre de un doble hombre, o mejor, de dos partes constitutivas de su ser: el alma y la materia sensible. La una tiene como misión mirar “hacia el cielo y fuera del mundo”; la otra es, virtualmente, esclava de esa Moira de que nos había hablado Platón. Esta conjunción ocasional de alma y cuerpo nos da un ser real heterogéneo, que participa de Dios y del cosmos.

Si queremos, pues, salvar el verdadero ser del hombre, hemos de distanciarlo paso a paso de su entraña cósmica, llevarlo directamente al mundo de lo inteligible. El verdadero hombre desechará al hombre exterior, hecho de acciones, pasiones, hábitos y más, y pretenderá olvidarse de aquella parte de sí por la que él se define en el tiempo y en el espacio. Y no es ésta una pretensión meramente dialéctica, sino, ante todo, una posición combativa, en la que el hombre se siente luchando por dos fines: el del abandono de su vinculación al macrocosmo y el de la elevación hacia una vida que sólo conviene al alma. Ya a la vista de Dios, no tiene sentido hablar de nuestro saber; hemos llegado hasta El desligándonos de lo terrestre, haciendo al alma “enteramente olvidadiza”, apartándola de todo lo que a ella le era ajeno, mundo, razón y ciencia.

Es decir, se huye hacia el Bien en el más inefable estado de visión; esta visión absorbe todo el proceso íntimo, porque nada queda ya fuera de él. La tierra, el mar, el cielo, carecen de realidad y, mejor aún, ocultan la realidad. A aquel estado de visión le será entonces necesario un complemento inactivo para que la subida a la bienandanza alcance los caminos más puros.

Pero nada se le reserva al hombre como nuevo, porque la verdadera Unidad es el Todo, y el Todo es el punto de proveniencia y de fin. La imagen viajera de la que fueron tan amigos los antiguos griegos, está presente en Plotino. Porque el hombre, en tanto hombre, no cesa en su viaje; pero su retorno se apura más al contacto con las cosas. Ellas le recuerdan una virtud: la de la huida, “sin carruajes y navíos”, por el sendero del éxtasis, al que también es totalmente ajeno el espejismo de la bella corporeidad.

Con estas notas y relieves propios se nos ofrece la filosofía de Plotino, quien, mente señera del neoplatonismo, se nos aparece ya a una distancia de cinco siglos de Platón y en una época atrozmente crítica. Platón, por otra parte, es pensador clásicamente griego, sereno y humano; y Plotino, a medio camino entre el Oriente y el Occidente, nos acerca a la divinidad y nos extasía ante el Uno, principio del ser.

Penetrar en Plotino es abismarse en la más profunda religiosidad y en el amor más puro. Emanación y reabsorción constituyen sus dos leyes vitales. Y así, lo que en Platón, por exceso y con una herencia significativamente socrática, adquiere vida y finalidad a través de la virtud —apoteosis de la razón—, en Plotino, por defecto, se ilumina con la intuición panteísta. El neoplatonismo nos trae por ello un Platón demasiado lejano. El Platón pleno de amor de Plotino puede ser leído y comprendido por un persa, por un indio, por un occidental también. Pero ese mismo Platón, entonces, ya no nos pertenece tanto ni es tan típicamente nuestro.

Por algo, el problema religioso y el problema filosófico que se encuentran en el sistema de Plotino pueden ofrecer esa unión íntima de que nos habla Emile Bréhier. Si acaso —añadiremos—, con una decidida opción por el problema religioso en ese deseo de posesión beatífica del Bien y desapego absoluto de la vida humana, que parece ser, en realidad, la perfecta reparación del alma y la vuelta a su estado mejor, de pureza sana, plenitud e impasibilidad. 

La Enéadas331Plotino, el filósofo que ha vivido entre nosotros, parecía sentir odio de estar en un cuerpo. A causa de esta disposición de ánimo, se resistía a contar cosa alguna sobre sus antepasados, sus padres o su patria. Hasta tal punto rechazaba a pintor o escultor, que aun cuando Amelio le pidió que le permitiera sacar una imagen, él le dijo: «¿No es bastante llevar esta imagen postiza de que la Naturaleza nos ha vestido, sino que es necesario todavía permitir que quede de esta imagen otra imagen más duradera, como si valiera la pena de que se la mirara?»”.

Así, con estas palabras concluyentes, nos retrata Porfirio a su maestro al principio de su biografía de Plotino. “Parecía sentir odio de estar en un cuerpo”, repetimos con Porfirio y volvemos con ello a la médula del problema religioso, esencialmente espiritualista, que absorbió por entero la actividad filosófica de Plotino. Emile Bréhier aclaró de modo evidente el carácter de ese espiritualismo plotiniano: “Para él (para Plotino) —nos dice—, la única realidad verdadera es un orden espiritual. Si en una realidad material se hace abstracción del orden espiritual que se refleja, de la ley o razón que se expresa, resta sólo el no-ser, la materia, el lugar vacío de realidad en el que el orden se realiza. Un orden o una razón no pueden existir como tales más que a título de objeto de contemplación o de objeto de ciencia; hasta en el mundo sensible la única fuerza real es la contemplación y su objeto. Las únicas fuerzas efectivas son de naturaleza espiritual. La Naturaleza es como un sueño de este orden reflejado en la materia”.

Si la acción práctica sólo se dirige a contemplar, como quiere Plotino, la contemplación, naturalmente, será el fin de la acción. La visión del Bien prestará calor y ligereza al alma, le dará fuerza para colocar el Bien en sí misma. Repetiremos, pues, con palabras de Plotino: “No obramos sino por el Bien; y obramos, no para que el Bien quede fuera de nosotros mismos y de nuestro alcance, sino para poseer el Bien como resultado de nuestra acción. ¿Y dónde está él? En el alma, pues el alma, por el rodeo de la acción, viene a llegar a la contemplación” (Enéadas, III, 6, 6).

Realmente, la consecución y el alcance del Bien vienen a ser como la posesión íntima de Dios. Así, podrá decirse con Plotino que en ese momento el alma se ha embellecido todo lo posible y vive en el Bien y goza y ama y se funde con él en un solo ser. Aquí radica el cumplimiento del amor y de la belleza, manifiesta por demás en la presencia del Bien. Porque el alma, en tal estado, no siente su cuerpo y ni siquiera siente que vive; ha buscado a Dios, lo ha encontrado, y no halla tiempo ni voluntad para ocuparse de los asuntos de este mundo. Se embriaga de amor, fórmula de soberana sabiduría. Y en ese preciso instante se lanza hacia el Bien y lo contempla en lugar de contemplarse a sí misma.

Esta unión plotiniana es la unión extática, la unión mística. Como dirá en el siglo XVI nuestro más alto exponente de la poética teológica, San Juan de la Cruz, el alma, “en su centro más profundo” siente “la respiración de Dios”, y sólo el cuerpo, última traba, impide la unión total y definitiva. Pero San Juan de la Cruz, a diferencia de Plotino, no cae en el error de la intuición directa. San Juan de la Cruz no desprecia la razón —aquella potencia propia del pensar que se desvanece al tiempo que el alma se hunde en el éxtasis. “Un pensamiento del hombre más vale que todo el mundo”, afirma nuestro místico con clarividencia de teólogo. Mas, al igual que Plotino —vislumbremos ahora las semejanzas—, San Juan de la Cruz sabe que la felicidad extática, la unión perdurable

Amado con amada,
Amada en el Amado transformada

es inalcanzable en la agonía trágica del mundo. De este modo, la máxima conceptuosa del orfismo —el cuerpo como tumba— no queda convertida en vano juego de palabras; pues vivió en Platón, que le infundió fervor religioso, pervivió en Plotino y animó los espíritus con nostalgia de pureza inmortal.

La Enéadas329Plotino reconoce la imperfección del alma, esclava del mundo sensible. Con el Platón del Fedón repudia también los deseos propios del cuerpo. Unicamente en lo alto —dice— está el verdadero objeto del amor. Con El podemos unirnos e identificarnos, porque no está separado de nosotros por la envoltura de la carne. Tal es la vida de los dioses; tal es igualmente la vida de los hombres divinos y bienaventurados: desasimiento de todas las cosas de aquí abajo, desdén de las voluptuosidades terrestres, fuga del alma hacia Dios, a Quien ve en soledad.

En la filosofía de Plotino el Dios supremo es el Uno o el Ser puro, despojado por completo de toda determinación. El mundo sensible procede del mundo inteligible y todos los seres de la creación son emanaciones necesarias y como manifestaciones secundarias de la Unidad suprema y de la Inteligencia absoluta.

Pero Plotino, por esa su concepción emanantista, está muy lejos de admitir la independencia absoluta del mal. Dios, el ser Uno del cual todo procede, es también origen del mal como creador de una materia mala. El mal, en esta tesis plotiniana, arranca de Dios, responsable y culpable: Dios es perfecto y, más que perfecto, superabundante; esta misma superabundancia produce algo diferente de El: necesariamente, el mal existe en el mundo.

En este punto, Platón y San Agustín tienen con Plotino las diferencias que implican el tiempo y la situación de cada cual. El mal en Platón —y San Agustín lo comprendió claramente— permite que el bien se afirme por contraste (Teeteto, 176 a). He aquí, pues, que el mal sólo patentiza la unilateralidad de una ruptura (República, 617 e). Dios es irresponsable en cuanto a la falta y, como un barquero conductor de almas, las llevará amorosamente al estado primero. El hombre, hundido en el pecado, se salva por el castigo y la expiación, no resurgiendo por sus propias fuerzas, como nos diría después de Plotino el santo de Tagaste: “…non sicut sponte homo cecidit, ita etiam sponte surgere potest” (De libero arbitrio, II, 54).

Pero de Plotino nos quedaba como ganancia el acierto místico, la perduración del éxtasis y la levadura de su belleza indecible. Con él caminamos ya hacia un largo proceso de desasimiento, que por encima de lo transitorio y alejando al hombre del conflicto exterior tratará de encontrar por el amor la recompensa de la virtud. 

Los cincuenta y cuatro tratados que se conocen con el nombre de Enéadas, atribuidos a Plotino, se ordenaron sistemáticamente por Porfirio después de la muerte del maestro. Todos ellos quedaron incluidos justamente en seis grupos, con un número igual de libros cada uno. Así es, por tanto, como se formaron las Enéadas o, lo que es lo mismo, las colecciones que abarcaban nueve tratados de la filosofía de Plotino.

La Enéadas330Es indudable que la labor de agrupación ha correspondido casi por entero a Porfirio que, por su parte, cumplía también con ella una promesa hecha en vida a Plotino. Porfirio hizo una rigurosa clasificación de las obras y sacrificó en favor del sistema por materias el orden cronológico en que aquéllas habían sido escritas. No obstante, la doctrina general plotiniana aparece expuesta en cada una de las Enéadas, entremezclándose en éstas todos los temas que fueron tratados con especial dilección por Plotino.

Hemos de atenernos a la Vida de Plotino, de Porfirio, para precisar ese orden de fechas de los tratados, que tanto puede ayudar a conocer la marcha del pensamiento plotiniano. Porfirio ha puesto empeño en señalarlo expresamente y así podemos comprobarlo en los capítulos 4, 5 y 6 de la biografía de su maestro.

Reseñamos a continuación los títulos que comprende cada una de las Enéadas y, para mejor ilustración, indicamos también entre paréntesis, al final de los mismos, el número que corresponde cronológicamente a su composición.

Enéada primera
Se desarrolla aquí toda una tesis emanantista que se resuelve en un original panteísmo -panteísmo místico en el que la verdadera Unidad es el Todo-, de virtual y decisivo influjo en la filosofía de Occidente:
1- Sobre lo que sean los seres vivientes y el hombre
2- Sobre las virtudes
3- Sobre la dialéctica
4- Sobre la felicidad
5- Sobre si la felicidad aumenta con el tiempo
6- Sobre lo bello
7- Sobre el primer bien y los demás bienes
8- Sobre el origen de los males
9- Sobre el suicidio razonable

Enéada segunda
Comprende tratados físicos sobre el mundo, los astros y la materia. En el último de estos tratados, el titulado Contra los gnósticos, Plotino conjuga su profundo espiritualismo con un sentido armónico de aceptación del mundo sensible:
1- Sobre él mundo
2- Sobre el movimiento circular
3- Sobre los astros y su actividad
4- Sobre la materia
5- Sobre la potencia y el acto
6- Sobre la cualidad y la forma
7- Sobre la mezcla total
8- Sobre el porqué los objetos lejanos parecen pequeños
9- A los gnósticos

Enéada tercera
Las doctrinas sobre el destino, la providencia, el amor, o la eternidad y el tiempo, que Plotino expone aquí, se apoyan especialmente en la filosofía de Platón e incluso, en algún caso, en las teorías físicas y metafísicas de Aristóteles. Sin embargo, Plotino acentúa aquí el carácter polémico de su exposición para rebatir las soluciones epicúreas y estoicas en torno al problema del destino y de la libertad:
1- Sobre el destino
2- Sobre la providencia I
3- Sobre la providencia II
4- Sobre el demonio que nos ha tocado en suerte
5- Sobre el amor
6- Sobre la impasibilidad de los seres incorpóreos
7- Sobre la eternidad y el tiempo
8- Sobre la Naturaleza, la contemplación y el Uno

Enéada cuarta
Todos sus tratados versan preferentemente sobre la realidad y la naturaleza del alma, hipóstasis que sitúa Plotino a continuación de la Inteligencia, y proveniente de ella, para explicar por su intermedio la relación que existe entre el mundo inteligible y el mundo sensible:
1- Sobre la esencia del alma I
2- Sobre la esencia del alma II
3- Sobre las dificultades acerca del alma I
4- Sobre las dificultades acerca del alma II
5- Sobre las dificultades acerca del alma III, o sobre la visión
6- Sobre la sensación y la memoria
7- Sobre la inmortalidad del alma
8- Sobre el descenso del alma a los cuerpos
9- Sobre si todas las almas son una sola

Enéada quinta
Reúne esta Enéada tratados que exponen la función característica de las tres hipóstasis plotinianas. Esos grados u órdenes de la realidad que son el Uno, la Inteligencia y el Alma, aparecen desenvueltos por Plotino en una procesión de signo degradante, que no obsta, sin embargo, para la lógica y plena armonía de los seres todos del universo:
1- Sobre las tres principales hipóstasis
2- Sobre el origen y él orden de las realidades que siguen al Primero
3- Sobre las hipóstasis que tienen la facultad de conocer y sobre lo que está más allá de ellas
4- Acerca de cómo lo que está junto al Primero proviene de él, y sobre el Uno
5- Razón de que los inteligibles no están fuera de la Inteligencia y sobre lo bello
6- Sobre la falta de pensamiento en lo que está más allá del ser. ¿Qué es el ser pensante del primer género y qué es el ser pensante del segundo género?
7- Sobre si existen ideas de las cosas particulares
8- Sobre la belleza inteligible
9- Sobre la Inteligencia, las ideas y el ser

Enéada sexta
Incluye tratados sobre los géneros del ser, sobre el Uno o el Bien. Con marcada filiación platónica, la doctrina espiritualista de Plotino se eleva hasta la última realidad de orden metafísico -el Uno o el Bien-, pero no a través de una experiencia discursiva sino por una interiorización, transformación y simplificación del alma:
1- Sobre los géneros del ser I
2- Sobre los géneros del ser II
3- Sobre los géneros del ser III
4- El ser que está en todas partes todo entero es uno solo I
5- El ser que está en todas partes todo entero es uno solo II
6- Sobre los números
7- Sobre cómo ha tomado existencia la multiplicidad de las ideas y sobre el Bien
8- Sobre lo voluntario y sobre la voluntad del Uno
9- Sobre el Bien o el Uno

Tal es el esquema de las Enéadas con las que Plotino, síntesis de la filosofía y del pensamiento del mundo antiguo, abre un pórtico de amor humano -humano y metafísico- hacia las puras y permanentes esencias inteligibles.