La Princesa Tarakanova, de Grigory Petrovich Danilevsky

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Ed. Apolo, año 1940. Tapa dura. Tamaño 20 x 14 cm. Traducción directa del ruso por Boyan Markoff. Estado: Usado muy bueno. Cantidad de páginas: 182

Grigory Petrovich Danilevsky (1829-1890) perteneció a la típica burocracia rusa del siglo XIX. Terminó sus estudios en la Facultad de Derecho de San Petersburgo y pasó casi toda su vida en oficinas y centros oficiales de la capital. Pero su pasión fueron siempre las ciencias históricas, en especial la historia de Rusia.

Las novelas de Danilevsky (Catalina II en el Dnieper, 1878; Potemkin en el Danubio, 1878; Mirovich, 1879; La Princesa Tarakanova, 1885 y El año negro, 1886) referían por lo general al reinado de Catalina II.

La muerte prematura y misteriosa de Pedro II (1730) planteó el arduo problema de la sucesión al trono, y para resolverlo fue designado un “Consejo Supremo Secreto”, que tras largas deliberaciones resolvió ofrecer la corona a la princesa Ana Ioanovna de Curlandia, sobrina de Pedro El Grande, pero limitando y condicionando sus atribuciones, dando origen tan desacertado dictamen a continuas intrigas palatinas.

Ana Ioanovna no quiso soportar mucho tiempo aquella situación anormal y poco después se proclamaba Emperatriz absoluta. Deseando perpetuar la dinastía, antes de morir designó como heredero del trono al hijo de una de sus sobrinas, Joan VI, que acababa de nacer y que a la muerte de la Emperatriz, 17 de octubre de 1740, sólo contaba unos meses de vida.

Vino una época de incesantes intrigas, y luego el encumbramiento de un curlandés llamado Byron, a quien se le ofreció la Regencia. Era un hombre tosco, su falta de aptitudes y escrúpulos produjo un malestar general, agravándose la situación política y económica del país.

Isabel, la hija menor de Pedro el Grande, que hasta entonces no había tomado parte en aquellas luchas intestinas, se aprovechó de las circunstancias. Byron fue detenido. Y entonces Isabel se proclamó Emeperatriz, pasando el pequeño Joan VI a la misma prisión donde años atrás había sido martirizado y muerto Alejo, el hijo de Pedro el Grande, la fortaleza de Slisselburgo.

La nueva Emperatriz tenía entonces treinta y dos años. Mujer de singular belleza, frívola, alegre, de encendido temperamento, sentía pasión intensa por las modas francesas, invirtiendo el tiempo en fiestas, bailes, espectáculos y toda suerte de diversiones. Isabel tuvo no pocos amores: todo induce a creer que fue su aventura con el conde de Razumovsky la que dio como fruto a la Princesa Tarakanova.

Mientras tanto, en el país cundía el descontento. Varios intentos quisieron llevar al trono a Joan VI, el legítimo Emperador de Rusia. La muerte de Isabel y el advenimiento de Catalina II no mejoraron la suerte del recluso. Los intentos de sus partidarios, cada vez más audaces, preocupaban seriamente a Catalina y a su favorito, el conde Alejo Orlov. La última de esas tentativas, dirigida por el teniente Mirovich y por su prometida Pchelkina, terminó con la trágica muerte de Joan VI. Mirovich fue encarcelado, juzgado y finalmente absuelto. Pero no pudo librarse del hacha del verdugo gracias a la oportuna intervención del conde Orlov.

Pchelkina logró salvarse y tomó parte activa en el complot que tuvo por figura central a la Princesa Tarakanova, protagonista de la presente novela.

Intrigas cortesanas, discordias, odios, guerras civiles, la guerra contra Turquía, magnates sin escrúpulos, el poder siempre codiciado por extraños pretendientes, todo este fondo, agitado y dramático, es el escenario en que vive una mujer decidida siempre, en la fortuna y en la desgracia, la Princesa Tarakanova.