La Pampa. Costumbres argentinas, de Alfredo Ebelot

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Ed. Taurus, año 2001. Tamaño 21,5 x 13,5 cm. Incluye ilustraciones en blanco y negro de Alfred Paris. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 254

La Pampa. Costumbre argentinas 001Por María Sáenz Quesada

Alfredo Ebelot había nacido en Saint-Saudens, Haute-Savoie, en 1839. Se educó primero en Toulouse y luego se graduó de ingeniero en la Escuela Central de Artes y Manufacturas de París. El estudio no lo alejó de la política y de la discusión de los problemas generales que afectan a la sociedad. Como miembro de una familia de ideas republicanas, opositora al régimen imperial de Napoleón III, solía reunirse los sábados con sus condiscípulos en casa de Henri Duportal, en Passy, para conversar de temas científicos y políticos. La vivienda en cuestión era vigilada por la policía del régimen; allí concurría, entre otros, Sadi Carnot (1837-1894), futuro presidente de Francia.

Para evitar rendir pleitesía a un gobierno que aborrecían, estos jóvenes no ingresaron en la carrera de funcionarios.”Aquella actitud -diría treinta años más tarde con referencia a Carnot- fue la de todos los hombres de valer de su generación”. Distanciado por tales razones del mundo oficial, Ebelot optó por la literatura. Muy joven aún, entre 1864 y 1870, fue secretario de redacción de la Revue des Deux Mondes, una de las publicaciones más prestigiosas de la época. Dejó ese cargo cuando emigró a la Argentina, en 1870, a los 31 años, posiblemente ya casado con una compatriota suya.

Su partida coincidió con la guerra franco-prusiana y la caída del Segundo Imperio. Al saber que Napoleón III había capitulado en Sedan (setiembre de 1870), Ebelot entendió que esto significaba el advenimiento de la Tercera República. Admiraba a León Gambetta (1838-1882), uno de los jóvenes protagonistas de esta etapa de la historia de Francia.

A comienzos de 1871, con el objetivo de abogar por la causa del nuevo gobierno, fundó en Buenos Aires el periódico en lengua francesa Le Républicain. Dicha publicación contaba entre sus colaboradores a Alexis Peyret, ex director del Colegio de Concepción del Uruguay, miembro de la masonería y referente del pensamiento republicano; pero el periódico sólo alcanzó a editar ciento diecinueve números. Cesó el Io de abril de ese mismo año, a raíz de la situación catastrófica provocada en Buenos Aires por la epidemia de fiebre amarilla. Mientras tanto Ebelot colaboraba en los Anales de la Sociedad Rural Argentina.

Sin olvidar su vocación por las letras, se dedicó entonces a su profesión de ingeniero. Figuró adscripto al Ejército con el grado militar de sargento mayor, equivalente al rango actual de teniente coronel, y participó de la conquista del desierto a las órdenes del gobierno argentino.

Junto con otros dos ingenieros, el polaco Jordán Wisosky y el alemán Francisco Host, fue contratado durante la presidencia de Sarmiento para hacer estudios de la línea de frontera. El plano topográfico que sería la base de trabajos ulteriores se realizó entre 1872 y 1873. En la presencia de Avellaneda, el ministro de Guerra y Marina -doctor Adolfo Alsina- le encomendó a Ebelot trazar una ciudad en pleno desierto para instalar a la tribu del cacique Catriel, ligado por pactos de amistad al gobierno nacional.

El escenario elegido era el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, entre la Laguna Blanca Grande y el Arroyo Sauce Corto. La pequeña población debía contar con viviendas, campos de pastoreo y cultivos. Pero la reacción indígena no se hizo esperar y esto le permitiría a Ebelot ser testigo del célebre malón de 1875, que hizo temer por la continuidad del proyecto oficial de conquistar miles de leguas en poder de las tribus. Como respuesta a estos hechos, el ministro Alsina acometió un nuevo y ambicioso plan: cavar una zanja a lo largo de la frontera sur, para detener las invasiones y cortar el llamado “camino de los chilenos”. Esta rastrillada o huella que atravesaba una zona de buenos pastos y aguadas, servía para arrear el ganado robado y llevarlo a vender a Chile.

La construcción de esa suerte de “muralla china”, como la denominaron burlonamente los adversarios del proyecto, se extendía desde Carhué, al sudoeste de la frontera bonaerense, hasta la Laguna del Monte, en campos próximos a la Capital. La guardia nacional estaba a cargo de los trabajos, que comenzaron a principios de 1876. La tarea, cuya dirección correspondió a Ebelot y su trazado al teniente coronel Wisoski, daría lugar a una serie de estudios científicos con el objetivo de “hacer desaparecer lo desconocido”.

Ebelot reconoció el terreno entre San Carlos y la laguna Guaminí, dibujó croquis y mapas y propuso construir una explanada de piedra para encerrar las caballadas del ejército; porque el caballo seguía siendo el arma de guerra por excelencia en la pampa argentina.

“El Señor Alfredo Ebelot, encargado de la Dirección de las obras de Defensa, ha demostrado a la par una instrucción nutrida y constancia en el trabajo” (1876), afirmó el ministro Alsina en su informe al Congreso Nacional.

Alsina falleció a mediados de 1877 y el general Roca lo reemplazó en el Ministerio de Guerra. El joven general se proponía dar la ofensiva definitiva a las tribus hasta acorralarlas en los faldeos de la cordillera andina. Gracias al esfuerzo realizado por su predecesor, la capacidad combativa de la tropa había mejorado notablemente. Por otra parte, además de las acciones militares de la gran ofensiva, estaba previsto continuar los estudios científicos, con miras a la colonización del territorio.

Cupo a Ebelot en esta nueva etapa la misión de estudiar las posibilidades de navegación del río Colorado y el trazado de canales a fin de establecer en sus cercanías colonias agrícolas y ganaderas. El ingeniero desaconsejó la navegación porque exigía obras demasiado costosas. Luego emprendió la exploración de las cabeceras del Río Negro entre la isla de Choele-Choel y la confluencia del Limay y el Neuquén (mayo de 1879). Debía asimismo levantar un plano de los terrenos explorados en tierras bajas, proclives a inundarse.

Sus informes tendieron a facilitar la ocupación definitiva y la puesta en valor de las tierras arrancadas al indígena. Por cierto que la forma en que se improvisaron aldeas y villas en la áridas arenas del Río Negro ha sido elogiada por Estanislao Zeballos, en Viaje al país de los araucanos. Éste, si bien no menciona expresamente a Ebelot, reconoce la importancia de la obra constructiva realizada.

La vida en la frontera sur le proporcionó al ingeniero francés una rica experiencia. Conoció y trató a los indios nómades y a sus jefes ya muy acriollados, a los oficiales y milicos del ejército de línea y a otros tipos característicos, principalmente a los legendarios gauchos y chinas que describe minuciosamente en sus crónicas. Pero asimismo pudo convivir en la intimidad de los campamentos con las figuras clave del gobierno de entonces. Dicho conocimiento le sería muy útil más tarde, ya como periodista, en el análisis de la política argentina contemporánea

La más valorada de las obras de Ebelot, La pampa. Costumbres argentinas, se publicó en París durante 1889, editada por Escary, en francés y con ilustraciones de Alfred Paris. Traducida por el autor y publicada en español en 1890, ocupa un sitio destacado en la nómina de libros sobre la Argentina escritos por extranjeros.
La obra sintetiza en catorce capítulos de lectura amena los grandes temas vinculados a la llanura y a sus pobladores en los tiempos en que la República Argentina consolidó la frontera. Dice el autor, en el Prefacio, que durante algunos años vivió y sintió como gaucho y por tal razón escribe sobre lo que conoce. Prefiere referirse a hechos concretos antes que divagar, sin abandonar por eso la imaginación del artista y del literato.

La mirada de Ebelot es la de un humanista, aunque son visibles su menosprecio por la vida salvaje y su fe en la civilización europea. Esa fe, sin embargo, no le impide homenajear al primitivo habitante del medio pampeano en páginas escritas con humor, capacidad de observación y mucha precisión, como corresponde a quien está habituado a dibujar planos y efectuar cálculos.

Se desprende de este libro una cierta nostalgia de los tiempos idos, un sentimiento de melancolía por ese mundo que desaparece en forma inexorable y una añoranza de la vida primitiva. Tal estado de espíritu se asemeja al de Roberto Cunninghame Graham, escritor en lengua inglesa de relatos de viaje, cuentos y ensayos, buen conocedor -lo mismo que el ingeniero francés- de la pampa argentina y de sus caballos, gauchos, pulperías y niños muertos alegremente velados por el vecindario.

Ebelot escribe para un público extranjero al que supone interesado en conocer las peculiaridades de un país muy joven que figuraba hacia 1880 entre los preferidos por la emigración gala. Por eso deja a un lado los detalles y adopta un estilo de relato donde la llanura y sus pobladores se perfilan desdibujados por la leyenda.

La obra apareció en París, como se dijo, en una edición muy cuidada, ilustrada por el artista Juan María Alfredo Paris. Explica José Roberto del Río que Alfredo Paris (así firmaba sus obras), In un ilustrador y caricaturista, era de origen francés y había emigrado a Buenos Aires, donde estudió dibujo y pintura en la Escuela de Estímulo de Bellas Artes y colaboró en la publicación satírica El Cascabel. En París, ciudad en la que se instaló más tarde a fin de perfeccionar su carrera artística, dibujaba para Le Figaro Illustré. Pero sus temas siguieron siendo en muchos casos asuntos militares argentinos.

El libro fue traducido al español por su autor y mereció un buen recibimiento en la Argentina. Su tono es evocativo y ligero, sin la carga política de otros relatos escritos por esa misma época sobre el desierto. En la obra de Estanislao Zeballos sobre la frontera sur, campea el espíritu del hombre de Estado que observa todo en función de un proyecto de futuro. En Croquis y siluetas militares, de Eduardo Gutiérrez, el autor escribe para un público exclusivamente argentino, en su afán de que la memoria de los protagonistas de la lucha en el desierto no quede en el olvido, menciona cantidad de nombres y apellidos, no sólo de los jefes, sino también de los más humildes milicos.

Domingo Faustino Sarmiento es una de las pocas personalidades argentinas que Ebelot recuerda en su libro. El retrato del presidente Sarmiento disfrutando del carnaval porteño, bien abrigado, cubierta la cabeza con un sombrero viejo y riéndose a mandíbula batiente al tirar agua a la concurrencia, es ciertamente inolvidable. También afirma que el sanjuanino se divertía mucho con las caricaturas que le hacían los periódicos.

A diferencia de otros escritos de la época, La pampa no abunda en citas literarias; se limita a mencionar al pintor francés Corot por su particular sentido de la naturaleza, al norteamericano Fenimore Cooper, que escribía relatos sobre la frontera, a la novela Manon Lescaut y entre los argentinos a los “feroces y exactísimos versos de Martín Fierro sobre la muerte de un indio”.

Ebelot destaca en sus relatos que el país al cual llegó en 1870 va siendo reemplazado por una sociedad nueva con valores diferentes: Buenos Aires, la ciudad fundada por Garay, contiene más habitantes oriundos de Burdeos, de Italia y de Bélgica, y más provincianos, que porteños nativos. Esta circunstancia es la causa de la paulatina desaparición de las tradiciones pintorescas.

El relato, fluido y ameno, es interrumpido cada tanto por las digresiones inspiradas en las experiencias de vida del autor. Así, uno de los capítulos, “El boleador”, comienza con un “sucedido” tomado de la crónica periodística: un chasque encargado de llevar la correspondencia en el trayecto Buenos Aires-Patagones ha desaparecido. Se lo supone muerto por los indios, pero luego aparece el cadáver: el paisano extraviado pereció de sed, pero antes de morir dejó a salvo, colgado de un árbol, el saco de la correspondencia. Este gesto en su hora postrera revela al hombre de sangre fría, capaz de asumir su responsabilidad hasta en sus últimas horas:

“Sin saberlo de fijo -dice Ebelot- me atrevo a afirmar que este chasque era un boleador de avestruces y de gamas”, “un hombre de resolución, acostumbrado a vivir en trato familiar con la muerte”. A continuación describe la pasión de los criollos por la cacería o boleada de avestruces y gamas. Hacia 1875 participó de estas expediciones, que duraban semanas enteras y convocaban a centenares de jinetes.

El tema de la boleada de avestruces fue elogiado por Domingo Faustino Sarmiento hacia 1880, cuando esta diversión ancestral estaba en riesgo de desaparecer, eliminada por el alambrado de campos y los cambios producidos en la cría de animales. El sanjuanino defiende las ventajas de que sobreviva pero incorporada a los deportes modernos, como la cacería del zorro en la aristocracia inglesa.

El sabio Francisco Javier Muñiz relata los antecedentes de la “campería en el desierto”, es decir, la boleada de avestruces, potros, caballos alzados y gamas. La diversión consiste en salir al campo y galopar en tierras absolutamente despobladas; constituye un deporte igualitario que sólo exige destreza ecuestre, un par de buenos caballos y pocos víveres. Zeballos explica a su vez que existía un interés económico en todo esto porque las plumas de avestruz se pagaban bien.

Hacia 1880, el tema del gaucho malo o alzado era uno de los favoritos de la literatura argentina. Los folletines de Eduardo Gutiérrez, donde se narran hechos reales acaecidos en los pagos bonaerenses, popularizaron los nombres de Juan Moreira y Hormiga Negra. La pampa, de Ebelot, aporta a esta figura legendaria otro nombre más, el del Gato Moro, protagonista de uno de los relatos y anteriormente objeto de un artículo suyo publicado en L’Union Française (1881).

El autor se muestra muy crítico del cruel método de la leva de vagos en la campaña porque castigaba a los “pobres diablos” y los convertía en gauchos errantes, una categoría desde la que con facilidad se pasaba a la de gaucho malo. Cuenta que en la campaña del desierto tuvo, en cierta oportunidad, un batallón de escolta formado por asesinos reincidentes. Pero en la Argentina moderna ya no se los castiga enviándolos al batallón, sino que se los encierra en una cárcel: “El gaucho se transforma tan rápidamente como el país en que vive”.

La mirada de Ebelot se ocupa muy especialmente de las mujeres pampeanas, aquéllas chinas denigradas por la mayoría de los viajeros, desde que Félix de Azara (1800) las descalificó por sucias, haraganas y mal entrazadas. El ingeniero francés apreció en cambio las ventajas que aparejaba a la tropa la compañía de sus mujeres: “Sin ellas el soldado argentino hubiera sucumbido en esa guerra de fronteras”. Porque hasta el más mísero fortín se humanizaba y volvía habitable cuando las chinas establecidas en sus cercanías daban ciertas formas mínimas de sociabilidad y solidaridad a esa dura convivencia. Ellas, por más viejas y arrugadas que estuviesen, merecían respeto y ayuda de los milicos del desierto. Tales consideraciones, comparables a las de Gutiérrez en Croquis y siluetas militares, abren un espacio de discusión novedoso sobre el papel de las mujeres en la sociedad pampeana.

La pampa. Costumbres argentinas trata, en sus catorce capítulos, los tipos y costumbres populares de la campaña argentina y uruguaya: “El velorio”, “El rastreador”, “El boleador”, “El reñidero”, “El Gato Moro”, “El recado y el caballo”, “La galera”, “La pulpería”, “El mate”, “La mujer del soldado”. Reflexiona acerca de la forma en que nacen las aristocracias, en base a ciertas actitudes observadas por el autor entre los orgullosos pobladores de Carmen de Patagones, la pequeña población a orillas del Río Negro. Describe una fiesta urbana, el carnaval de Buenos Aires, y compara el festejo actual, en la sociedad cosmopolita porteña, con los viejos tiempos de la gran aldea criolla. Un último capítulo, titulado “Hombre al agua”, transcurre en la travesía oceánica y recuerda, en cierto modo, que el autor es un hombre perteneciente a ambos mundos, el europeo y el americano.

“Muchos de los detalles esparcidos en estas páginas han dejado de ser exactos en la hora en que estamos. Dentro de poco serán falsos del todo”, afirma Ebelot, convencido de que la inmigración masiva y el crecimiento del Estado argentino constituían un factor de modernización poderoso.

Su prolongada convivencia en la campaña bonaerense con tipos humanos en trance de desaparición, proporcionan a este libro una frescura inagotable. “Mis croquis podrán ser zurdos pero exactos”, asevera, orgulloso de señalar las diferencias que lo separan del viajero que llega, toma apuntes y se marcha, convencido de haberlo visto todo.

Su valor testimonial ha sido corroborado por los estudiosos de la Argentina rural en el siglo XIX. Justo P. Sáenz (h) dice del ingeniero francés: “veraz y bajo todo concepto admirable narrador de escenas presenciadas durante su larga estada entre nosotros”. Más recientemente, el investigador Richard W. Slatta opina que Ebelot diagnosticó acertadamente el lazo entre las exigencias opresivas y arbitrarias sufridas por el indio y los muchos males sociales de Buenos Aires, la provincia más rica de la Argentina.

La nueva edición de esta obra clásica y entretenida, conocida y valorada por los estudiosos, pero de difícil acceso para el público no especializado, responde al vaticinio del autor: “Se consultará este libro como una crónica del venerable pasado”. Leerlo permite restablecer el diálogo con un país que pertenece sin duda al pasado, pero un pasado que no se ha ido del todo y cuya voz recupera fuerza y sentido en la interpretación de este singular y refinado escritor francés, entusiasta, como se dijo al comienzo, de los temas esenciales argentinos de la pampa y los gauchos.

INDICE
Estudio preliminar, por María Sáenz Quesada
Prefacio
1- El velorio
2-El rastreador
3- El boleador
4- El reñidero
5- El Gato Moro
6- El recado y el caballo
7- La galeroa
8- La pulpería
9- El mate
10- El último pueblo del mundo
11- Cómo se forman las aristocracias
12- El carnaval en Buenos Aires
13- La mujer del soldado
14- ¡Hombre al agua!