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La India, de Mircea Eliade

Precio y stock a confirmar
Ed. Herder, año 1997. Tamaño 22 x 14,5 cm. Traducción de Joaquín Garrigós. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 238

La India, Eliade295Por Mircea Handoca

Una tarde de mayo de 1928, tras leer en el prefacio del primer volumen de la Historia de la filosofía india de Surendranath Dasrupta las alusiones del autor a la obra cultural del maharajá de Kassimbazar Maninda Chandra Nandi, Mircea Eliade (Bucarest, 1907 – Chicago, 1986) escribe a este último solicitándole una beca y poniéndole de manifiesto su deseo de pasar dos años en Calcuta estudiando con el profesor Dasgupta. Al propio tiempo, se dirige también al célebre profesor indio pidiéndole que acepte ser su maestro. Al cabo de tres meses, el maharajá le contesta favorablemente. E, igualmente, Dasgupta consiente tenerlo como doctorando.

Henchido de alegría, en un estado de permanente euforia, el solicitante no pierde su lucidez. Con palabras y promesas no se puede llegar a la India. Por ello, recaba la ayuda de sus profesores de la Universidad de Bucarest, quienes le recomiendan que haga una petición al Ministerio de Finanzas, petición que ellos informan muy favorablemente. Constantin Radulescu-Motru: «Recomiendo calurosamente al peticionario pues lo conozco y es un licenciado con extraordinarias dotes para los estudios filosóficos y que, a lo largo de todos los cursos de la carrera en nuestra Universidad, alcanzó las más altas calificaciones».

D. D. Pogoneanu y D. Gusti se adhieren a las recomendaciones y apreciaciones de su colega.

La segunda carta del maharajá le asegura que percibirá la beca tan pronto llegue a Calcuta. Aunque el Ministerio de Finanzas no había respondido su petición, su tío Mitache le presta una suma bastante importante. Con gran dificultad logra obtener el visado inglés, limitado a tres meses, para participar como delegado de la YMCA en un congreso en Poonomalee, cerca de Madrás. El 22 de noviembre de 1928 parte de la Estación del Norte hacia Constanza y de ahí, en un barco rumano, se dirige a Egipto, siendo Alejandría la primera escala en su largo viaje.

Las treinta horas de tormenta en el Mediterráneo no lo intranquilizan demasiado. En el primer reportaje aparecido en Cuvantul recordará cómo, cinco años atrás, yendo en barca con unos amigos por el mar Negro, los sorprendió una tempestad sin tener pan, ni agua, ni esperanzas. Si en la adolescencia le dio miedo, ahora, en el camino hacia «la tierra de promisión» ni tan siquiera se le pasa por la cabeza la idea de un naufragio. Las impresiones de viaje, numerosas y variadas, informan con precisión de lo esencial. Con frases lacónicas, la aglomeración de verbos expresa, por ejemplo, el ajetreo, el ir y venir del puerto de Alejandría.

«Los mozos de cuerda gritan, llaman, aseguran, traban amistad con los de a bordo, ríen, se tutean, ofrecen servicios, los regatean, los ajustan. Es una algarabía de bazar y de zoco» .

Durante los tres días que permaneció en Egipto, visitó el barrio árabe y el Museo arqueológico de El Cairo. De los artículos publicados y de la correspondencia con su familia se desprende la admiración que sintió ante el esplendor de los jardines de bejucos, que se le antojaban los de las Mil y una noches. Le encantaron los quioscos de madera de palmera, las guirnaldas de flores perfumadas, las terrazas y cuevas artificiales. Al entrar en el templo subterráneo de la Esfinge ocurrió un divertido incidente. El visitante, profundo conocedor de docenas de pormenores de la historia de Egipto, hizo algunas preguntas aparentemente inocentes a un guía ignorante que, asustado a más no poder, se puso a llamarle Herr Direktor.

El 1º de diciembre toma de nuevo el tren con dirección a Port-Said, en donde embarcará en el trasatlántico japonés Hakone Maru. Los reportajes de Cuvántul describen pormenorizada-mente la travesía por el mar Rojo y después por el océano íudico. El joven pasajero expresa su desdén ante la altanería y el tedio de los de primera clase y aboga pro domo sua:

«Un viaje en tercera clase es instructivo, si uno se cansa de observar, y divertido. Los pasajeros son variopintos y comunicativos. Así, se entera de retazos de vidas verdaderamente inéditas. Los aristócratas, los burgueses y los nuevos ricos, en todas partes son iguales. Todos procuran llevar la consabida máscara y, en el curso de un viaje, raramente puede uno penetrar detrás de ella. En la tercera clase de los grandes vapores se encuentran gentes extrañas y sencillas, náufragos de la vida o que luchan a tumba abierta para someterla, aventureros y comerciantes, estudiantes, actores»…

La noche del 12 de diciembre, al llegar a Ceilán, primer punto del país de sus sueños, se separa con pena de los amigos que había hecho en la travesía. A los estudiantes japoneses todavía les quedaban veinte días de viaje.

Las primeras «sensaciones» que le brinda la India son olfativas: «Y es un olor que te remueve, que te marea, que no sabes identificar, que no sabes dónde buscarlo, que te azota incesantemente en pleno rostro como si fuera un viento ardiente y acariciador. Es un perfume desconocido que te sigue por doquier en Ceilán y cuanto más te adentras en la jungla, más inmaculado y alucinante lo sientes».

No puede contener su entusiasmo y en la correspondencia que envía a Rumania describe con todo detalle las bellezas sin par de esta «perla de Oriente», donde todo huele a flores de canela.

En Colombo, callejea en riksa por toda la ciudad y se detiene en un minúsculo parque rebosante de flores y plantas trepadoras entre las que pululaban los lagartos. En Adyar entabla una irónica polémica con dos adeptos a las doctrinas teosóficas. Eso no le impide apreciar los manuscritos orientales de la biblioteca. Con sorpresa, allí se encuentra con el profesor Dasgupta, llegado expresamente para consultar unos manuscritos tántricos inéditos. Esta fue la impresión que le produjo su futuro gurú, tras su primer encuentro:

«Es un hombre achaparrado, al que la ropa europea y la forma de peinarse le dan un aire impreciso. Los ojos le brillan pero de tanto leer tiene ojeras. Es uno de los pocos que pueden entender un texto sánscrito. Por otro lado, para ello ha necesitado unos veinticinco años de estudio… El profesor habla con timidez y sonríe».

Nuestro protagonista llega a Calcuta, después de dos días y dos noches de tren, el último día del año 1928. Con ayuda de su profesor se instalará en una pensión angloindia (en Ripon St., 82), donde permanecerá hasta finalizar el año. Era una familia numerosa que por la cantidad de 90 rupias al mes (importe de la beca concedida por el maharajá) le ofrece alojamiento y cuatro comidas diarias. «Era un edificio grande, planta baja y piso, rodeado de patio y jardín, que al principio me pareció enorme. Tenía un inmenso recibidor que servía también de comedor y en el que había un piano, varios sillones y divanes. A derecha e izquierda del recibidor se abrían tres grandes habitaciones a cada lado con ventanas que daban al jardín. En mi habitación dormían tres jóvenes: los dos hijos de la señora Perris y un angloindio de Goa llamado Lobo».

Aunque en las cartas a sus familiares y amigos habla de un ambiente intelectual en la pensión, éste, en realidad, era más que modesto: telegrafistas, bailarinas, modistas, dependientas.

El primero de año, acompañado de Dasgupta (vestido a la europea y descalzo), es presentado a su ilustre protector, quien pasaba su vida ayudando a los demás y haciendo buenas obras: «Todo cuanto sé de él es que envía a jóvenes indios a estudiar a Europa, que edita obras de autores pobres, que levanta estatuas a los poetas bengalíes y lee el sánscrito. Es un mecenas que sonríe mientras le das las gracias, pero que presta mucha atención a los resultados y frutos de sus patrocinados. Rinde un auténtico culto al sánscrito, pero también compra todos los libros buenos europeos». Su extraordinaria biblioteca estaba instalada en tres habitaciones del sótano de la casa de Dasgupta.

El joven Mircea Eliade se va adaptando lentamente. Al cabo de sólo un mes, el profesor Ranado lo invita a dar una conferencia en Allahalad sobre las relaciones entre la filosofía oriental y la occidental. Conoce a un célebre botánico vienés que había ido a la India a estudiar su flora, y es invitado por Stella Kramrisch, profesora de Historia del Arte de la Universidad de Calcuta.

Sus amigos rumanos lo respaldan, siguen con confianza y se interesan con afecto en todo cuanto le ocurre y lo apoyan. Leen con emoción el «Falso diario de a bordo», se divierten y, a veces, se impresionan. Todos comprenden que ese viaje significa algo esencial.

En carta fechada el 17 de enero de 1929, su buen amigo Ionel Jianu, entre otras cosas, le decía: «El eco de nuestras pequeñas trapisondas no puede llegar hasta ti. Desde ahora tú ya estás dentro de ese mundo en el que se encuentra lo Eterno a cada paso, y me arrepiento de haberte hecho partícipe, en cierto modo, de nuestros mezquinos chismorreos que llenan de desdicha nuestra miserable existencia».

Marcharse a la «gran aventura» con unos medios económicos insuficientes, rehusando el consuelo y sufriendo moral y materialmente, lleva al propio Ionel Jianu a escribir el 2 de marzo de 1929: «Tienes razón al decir que no debes volver de allí sólo como un hombre de ciencia. Si así fuera, consideraría tu aventura como un rotundo fracaso. Consumiendo intelectualmente los conocimientos que allí adquieras y las peripecias vividas, tu ser cobrará un nuevo sentido y tu existencia un significado».

Petru Comarnescu participa del mismo entusiasmo y publica fragmentos de su correspondencia con Mircea Eliade en la segunda página del diario Ultima ora.

El 26 de marzo de 1929 escribe una carta al autor (célebre ya a la sazón) del Itinerario espiritual. «Me alegro de verte con tanta energía como cuando te fuiste. Es más, parece que aún tienes más enraizada, en esta fase de tu vida, el ansia de saber. Prometes grandes cosas, como esa Crítica del concepto de causa en el budismo, que podría tratarse de un interés capital. La inaccesibilidad de la India que, sin embargo, siquiera en un sentido restrictivo, a ti sí te ha sido accesible, hace de los estudios que estás preparando ahora la piedra de toque, cosa que, por otro lado, caracteriza a toda la aventura que has emprendido».

De la respuesta a Petru Comarnescu selecciono un párrafo: «No puedo dejar de decirte lo mucho que me alegró tu carta, llena de verdades a las que nosotros, o si lo prefieres los europeos y los rumanos, no estamos acostumbrados. El sentido en que llegas a la auténtica realidad, el entusiasmo de tus nuevos conocimientos metafísicos te honra y nos hace a nosotros, a tus amigos, interesarnos aún más por ti, porque deseamos más impacientemente que compartas con nosotros las exploraciones de tu mente».

Opiniones parecidas las encontraremos, de forma más o menos certeramente expresadas, en sus cartas a Haig Acterian, Constantin Noica, Mircea Vulcanescu, Mihail Polihroniade y tantos otros.

Victor Stoe confió sus pensamientos a la imprenta mostrando que Mircea Eliade «está siempre tan presente entre nosotros y en la conciencia del público intelectual como antes de su marcha. Mircea Eliade es el mago de su generación».

Lejos de su gente, Eliade se lleva una gran alegría cuando recibe de Rumania una beca de cinco meses. Eso le ofrece la posibilidad de organizar, en los meses de marzo y abril de 1929, una excursión a la India central, Allahabarad, Benarés, Delhi, Ógra, Jaipur y Ajmir.

Una insolación que le provoca una fuerte hemorragia, teniendo como telón de fondo la India de los contrastes, constituirá el núcleo de su artículo «110° Fahrenheit, ciclón dirección SO», publicado inicialmente en Cuvantul y que ulteriormente pasó a ser un capítulo del libro La India.

Bajo la terrible canícula del verano de 1929, empieza a trabajar en su novela Isabel y las aguas del diablo. Escribe con frenesí; a continuación se interrumpe para anotar en su diario: «Interrumpo mi trabajo para consignar aquí lo terrible y dulce a la vez que me resulta escribir».

Su segundo viaje, en mayo y junio, tiene como destino el Himalaya. Instalado en un modesto hotel de Darjeeling, se propone seguir estrictamente un determinado «programa», en el sentido de pasarse las mañanas recorriendo los alrededores, estudiando sánscrito por las tardes, y trabajar en su novela por las noches. Visita los monasterios budistas del contorno y al salir el sol contempla la blanca cumbre del Everest, a 200 kilómetros de distancia.
En los bosques de Lebong encuentra una vegetación lujuriante, inimaginable para un europeo; lagartos tan grandes como gorriones trepando en masa por los árboles; serpientes pululando por los valles. Visita un monasterio budista que estaba al cuidado de un joven monje ignorante, cosa que lo decepciona.

No podemos pasar por alto el carácter etnográfico de algunas páginas. Por ejemplo, el pintoresco ceremonial de un entierro tibetano. En el monasterio se abalanza «con avidez» sobre los manuscritos: la traducción tibetana de Bhagavad-Gita, escrita con tinta dorada sobre pergamino; textos nepalíes con miniaturas de colores. Hojea «un tomo enorme que contiene la historia popular de Buda escrita hace cuatro siglos con caligrafía perfecta, con caprichosos adornos entre las líneas».

Le encantan las pinturas murales y se detiene largo rato contemplando escenas de la vida de Milarepa, «el poeta criminal por el que conservo una vieja pasión».

También pasa por momentos dramáticos, siendo el más notable la expedición a Sikkim que describió detalladamente en «cuando viene el monzón», capítulo del presente libro.

En medio de lluvia y niebla, ejércitos de sanguijuelas invaden la jungla, camino de las alturas. Sin verlas, oyéndolas solamente arrastrarse, el aterrado caminante se ve invadido por ellas; se le pegan en las manos, en el cuerpo, en la cara y sale con vida de auténtico milagro. Ese acontecimiento era inolvidable y volveremos a encontrarlo en las Memorias: «Después, y durante años, he tenido la misma pesadilla: me veía tratando de subir una pendiente inundada de lluvia. Resbalaba y no podía levantarme. Una masa pegajosa y viva, compuesta por miles de sanguijuelas, avanzaba hacia mí, lentamente, implacablemente».

Pone pasión en todo cuanto hace y ve perspectivas de encontrar en la filosofía india cosas esenciales que a muchos habrían pasado desapercibidas hasta entonces. Desea con toda su alma llegar a ser un indianista y se apasiona por la filología: «De pronto, descubro en mí a un apasionado filólogo. El hallazgo de una raíz sánscrita representa un nuevo goce, descifrar un texto constituye casi un ritual. Lo hago lentamente, saboreando todo ese ceremonial, sin saltarme ningún escalón. Aun cuando sepa la palabra, la vuelvo a buscar en el diccionario, la declino mentalmente, busco todas las leyes fonéticas a las que está sometida. Un palabra, un cigarrillo. Profundizar en ese detalle insignificante me produce auténtica euforia, siento pasión por estas cosas tan extremadamente pequeñas, tan inútilmente difíciles. Mi meta ahora es saberlo todo sobre el proceso de fusión de las vocales en las lenguas arias».

El paréntesis que sigue al texto anterior significa que han que-dado otros numerosos pasajes del Diario sin pasar a la imprenta; pasajes de igual lirismo donde se expresa la emoción que le pro-duce descifrar un texto sánscrito, junto a una gramática y un diccionario.

Profundiza sus conocimientos de sánscrito en clases particulares con un pandit cuatro horas semanales, de tal manera que, antes de transcurrir cuatro meses, el profesor Dasgupta envía a Radulescu-Motru una felicitación oficial de la Universidad de Calcuta, haciendo grandes elogios por los asombrosos progresos y la extraordinaria capacidad de trabajo de su alumno.

La perseverancia y la tenacidad constituían el verdadero «secreto» de tan sensacional éxito. Casi medio siglo después, a la pregunta de Claude-Henri Roquet de cómo consiguió aprender sánscrito con Dasgupta y el pandit, Eliade contesta: «Trabajaba doce horas diarias sólo con el sánscrito… Esa concentración exclusiva sobre una sola materia, el sánscrito, tuvo unos resultados sorprendentes».

Se hace a sí mismo preguntas a las que intenta responder, se explica las condiciones especiales en que se desenvuelve su vida en la India y se impone una actitud y un comportamiento predominantemente optimistas: «Siento otra vez necesidad del ascetismo. De lo contrario, ¿a qué he venido aquí? Soledad, meditación, estudio, podía haber encontrado, en idénticas condiciones, en cualquier lugar de Europa. Pero aquí existe una determinada atmósfera de renuncia, de esfuerzo dirigido a la realización íntima, de control sobre la conciencia, de amor, que me es favorable. Ni teosofía, ni prácticas brahamánicas, ni rituales; nada bárbaro, nada creado por la historia, sino una extraordinaria fe en la realidad de las verdades, en el poder del hombre para conocerlas y vivirlas mediante la realización interior, sobre todo mediante la pureza y el recogimiento. Esa fe es también la mía. La fe en que, pese a todos los demonios y placeres, existe un puente recto por el que puedo ir. Siempre; sea cual sea el infierno en el que me pueda encontrar».

Las numerosas cartas que dirige a su familia son cálidas y afectuosas. Escribe a su madre, a su padre, a su hermana Corina y, de vez en cuando, a su hermano Nicu. Las dificultades materiales de los suyos lo acongojan. Trata de ayudar a su hermano que quería irse a trabajar a las colonias. El 12 de junio de 1929 le dice a su madre: «Creo que sería mejor buscar trabajo en las colonias portuguesas de África o en el Camerún. Ahora mismo le voy a escribir diciéndole lo que tiene que hacer. Pero las condiciones no son muy fáciles. Son cinco años de contrato obligatorio y sin su mujer».

En noviembre de ese año se desazona porque la beca de Rumania se retrasaba y, consciente de su propio valer y de las perspectivas que tenía ante sí, dice con vehemencia: «Sería un crimen dejarme sin dinero precisamente ahora, después de haberlo sacrificado todo para comenzar unos estudios que representan una aportación nueva y reveladora para nuestra cultura. Sería un crimen volver ahora que hablo y escribo bien el inglés y he llegado a aprender algo de sánscrito. Soy consciente de mi futuro en el plano científico y de ninguna manera voy a permitir que me lo arrebate la necedad de los del ministerio. En cualquier parte sería rico y tendría a mi disposición grandes medios materiales para trabajar».

Las relaciones científicas de Mircea Eliade son sorprendentes. Todas las lumbreras de la orientalística y de la historia de las religiones están asombradas de sus conocimientos y le pronostican un brillante futuro. Entre las celebridades con las que se carteaba el joven de ventipocos años podemos citar a Buonaiuti, Petazzoni, Coomaraswamy, Angus y Stcherbatski. El invierno de 1929 conoce a Tucci, que acudía dos veces por semana a casa de Dasgupta: «Era entonces extraordinariamente joven, lleno de energía y desbordante de vitalidad. Trabajaba en varias obras a la vez: historia de la lógica india, liturgia tántrica de la diosa Durga, simbolismo de los templos tibetanos, y más». En su diario indio, el joven hizo de él un retrato muy elogioso, poniendo de relieve la extraordinaria capacidad de trabajo, la erudición y los conocimientos enciclopédicos del sabio italiano.

Preparar su tesis no era cosa fácil. No era posible hallar en la India trabajos de especialidad sobre psicología lingüística y fisiología laringobucal y tiene que pedirlos a París y Leipzig. Por eso está justificado su coraje al pensar que, después de hacer tantos sacrificios, podría darse el caso de que tuviera que verse forzado a regresar a Rumania.

Les pide a sus allegados que le consigan libros: la Metafísica de Aristóteles, L’évolution créatrice, de Bergson y muchos otros.

Según confiesa en su diario, en los momentos tristes leía el Bhagavad-Gita y en los neutros la poesía de Shelley. Sus lecturas son variadas, pues junto al «clásico» Goethe se halla el moderno Huxley. Sus preferencias en literatura india se inclinan por Kalidasha, Acinthya (un escritor moderno influido por Joyce) y Rabindranath Tagore. De Rumania le envían partituras e interpreta al piano composiciones de Grieg y Debussy.

A fines de julio de 1929, con Dasgupta y Maitreyi hace un viaje en coche de 150 kilómetros hasta Shantiniketan. Conoce a Tagore y se queda prendado de la universidad donde las clases se daban al aire libre, en el jardín: «Por las mañanas, esos chicos y adolescentes felices se reúnen junto a los árboles y se sientan a la turca, en la hierba, con la pizarra y los libros sobre las rodillas. Al aire libre, sin más sombra que la del árbol, con el cielo claro sobre sus cabezas, rodeados del aroma de innumerables flores. Para ellos, holi significa, en primer lugar, una fiesta de canciones, danzas y dramas compuestos por el poeta».

Enfermo, lo internan unos días en el hospital y cae en apuros económicos. Le suben la pensión, la beca rumana tarda en llegar y la inseguridad de su futuro lo atormenta. El maharajá muere y su situación pasa a ser desesperada. Tranquiliza a su madre. Si en abril le decía que no podía hacer deporte, ni siquiera nadar porque el agua de la piscina estaba «caliente y sucia», el 17 de noviembre la situación era completamente diferente: «Ten la seguridad de que, en lo que respecta a mi cuerpo, me cuido mucho, me he desarrollado en todos los aspectos, dispongo de un ancho patio y hago deporte de las cinco a las siete de la tarde; he aprendido esgrima, criquet, hockey, lucha grecorromana, yiu-yitsu japonés y en cuanto se arregle lo del cambio de divisas, me matricularé en una escuela de danza».

En la mañana del 2 de enero de 1930, se mudará a la casa de Dasgupta, con su «mobiliario» de Ripon St. (la cama, la biblioteca y el escritorio). La decisión se había tomado unos días antes. Es, propiamente hablando, costumbre en la India tradicional que el discípulo viva junto a su mentor.

El 21 de diciembre de 1929, orgulloso de la reputación de Dasgupta, que en Bengala era considerado una segunda gloria nacional, sólo precedido por Tagore, escribía a su madre: «Tendré el enorme privilegio de asimilar la sabiduría y la moralidad indias. Ahora conozco la perfecta armonía, la comprensión y la serena familiaridad de la casa de Dasgupta. Está en el barrio de Kalighat, el más agradable de Calcuta; en sus proximidades prácticamente sólo hay parques de palmeras. Cuando salgo de su casa, al atardecer, para ir a mi habitación de la calle Ripon, me parece pasar de la India a Europa, tanta es la diferencia. Al vivir con él, además de la ventaja que me supone en el plano económico y científico, gozaré de otra vida más tranquila, sin la inútil agitación de las ciudades occidentales, respirando una atmósfera empapada de espiritualidad y de arte». Ciertamente, el entusiasmo está plenamente justificado (al menos hasta el 18 de septiembre de 1930, en que ocurrió la ruptura con el profesor).

Se aplica con ahínco en la profundización de sus conocimientos de gramática sánscrita y filosofía, y comienza a estudiar bengalí. Se viste con el dhoti, una especie de camisa larga, blanca, al estilo de las gentes del lugar. Experimenta un proceso de fusión que le lleva a sentirse parte de la familia, cuando se sientan a comer en el suelo, con las piernas cruzadas y con una hoja de árbol a guisa de plato.

Hace un viaje de varias semanas por la India septentrional. Se detiene en Allahabad a ver la Kumbh-Mela, gigantesca procesión de ascetas y yoguis que se celebra cada doce años y que, con detalle, describe en este libro.

Luego va a Benarés a consultar unos manuscritos del Colegio Sánscrito. El viaje se prolongará a Delhi, Agrá, Sikhri, Jaipur, Bikaner, Lahore y Amritsar. Sólo había pasado un año y ya parece que veía a la India con otros ojos. En las Memorias subraya este aspecto fundamental: «Tenía la impresión de haber descubierto algunos de sus misterios; ciertas sensaciones, incluso bellezas, a las que no había tenido acceso antes, me eran finalmente reveladas. Para ello tuve que tener la suerte de vivir en el hogar del más ilustre de los historiadores de la filosofía hindú y empezar a acostumbrarme a la vida del país y a su idioma. Desde entonces ya no tuve la sensación de ser un mero visitante ocasional. Al contrario, cada vez me sentía más y más en mi casa, y esas ciudades, esos templos y esos monumentos que quería visitar eran los de mi patria de adopción, que cada día deseaba conocer mejor. Esperaba poder quedarme todavía varios años más en la India. Todo me gustaba, los paisajes, el clima, las lenguas, las creencias y, sobre todo, los hombres y su forma de vivir, de vestirse, de alimentarse».

Aunque está perfectamente integrado en el medio que le rodea, la familia, los amigos, el paisaje y la espiritualidad rumanos están presentes en su pensamiento, en sus sueños y en sus escritos.

No sólo es la correspondencia, sino que los reportajes que escribió en aquellos años lo «traicionan» también. Ya en las primeras páginas de La India nos enteramos de que a la mesa les servía «una india joven y hermosa, que se parecía como una gota de agua a la gitana del cuadro de Luchian». Poco después, compara las noches de la India meridional con las de Dobrogea y las de nuestras montañas. Estando en el Himalaya, en un momento dado, acuden
a su mente, por una rara asociación de ideas, otras imágenes del país: «…El guía me sirve una cena indefinida, pero está caliente. Me la tomo sólo porque está caliente. La vajilla es nueva, de aluminio, y trae a mi memoria otras excursiones de mi adolescencia, cuando dormía en lo alto de algún monte o en la playa, alrededor de una fogata que cuidaban amigos que ahora están esparcidos por los cinco continentes. Tantas cenas alegres, con platos y vasos de aluminio que a la mañana siguiente fregábamos con arena. Y ahora estoy más solo que la una, y llueve que te llueve…».

Radulescu-Motru le da una buena noticia: la posibilidad de que, a su regreso, se creara en la Universidad de Bucarest una cátedra de sánscrito. Trabaja con más empeño y se dedica con Dasgupta a traducir textos y a conversar en sánscrito tres horas al día. Pero la inseguridad sigue atormentándolo. Los dos años de estudio son insuficientes para convertirse en profesor de lengua y literatura sánscritas. Para llegar a tal, un indio necesita doce años. Para tranquilizarse, le escribe a Tucci, que le da una estimulante respuesta: «Querido Eliade», le dice entre otras cosas el renombrado orientalista, «nadie se halla en condiciones más favorables que usted. Sería una locura no aprovecharlas. Informe, por favor, a las autoridades de su país y convénzales de que para hacer las cosas bien, necesita usted permanecer en la India como mínimo cinco o seis años. El coste que suponga será un dinero muy bien empleado que dará sus frutos y su país podrá presumir de contar con un indianólogo e historiador de las religiones, el cual tendrá la ventaja respecto a la mayoría de sus colegas europeos de haber tenido una dilatada y directa experiencia personal en el país objeto de nuestro estudio».

Esta carta, que envió a Radulescu-Motru, tuvo como efecto que se le prorrogara la beca por todo el año 1931. Eliade reafirma así su confianza en sus posibilidades y, tal y como pone de manifiesto en innumerables ocasiones, está firmemente convencido de que tiene que seguir por la vía de la filosofía oriental y la historia de las religiones, cosa que por nada en el mundo está dispuesto a abandonar.

El profesor continúa dictándole capítulos del tercer volumen de la Historia de la Filosofía India y el libro sobre los Upanishads, y junto a Maitreyi confecciona el índice de la monumental obra. Comienza a escribir una nueva novela: La luz que se apaga.

El lance amoroso con Maitreyi constituye, sin duda, capítulo aparte. Baste saber que el 18 de septiembre de 1930, al enterarse de las relaciones entre ambos jóvenes, Dasgupta le pide a su huésped que abandone inmediatamente su casa, so pretexto de que su precaria salud no le permitía seguir albergándolo por más tiempo.

Tras un intermedio de varios días en Ripon St. 82, Eliade se dirige a Delhi, y de allí a Hardwar, a unos kilómetros de Rishikesh pero en la orilla opuesta del Ganges, a Swarga Ashram. Se viste con la hermosa indumentaria de color naranja, hace el baño ritual mañanero en el Ganges y se contenta con una frugal alimentación a base de arroz, verduras cocidas, leche y, muy de vez en cuando, tortas de arroz con miel.

Consagra su tiempo a la meditación, a los ejercicios de yoga y a leer textos sánscritos. Tiene la suerte de que su gurú sea Swami Shivanananda, desconocido a la sazón, que posteriormente escribió cerca de trescientos libros. Médico de formación occidental, había abandonado las comodidades y a su familia para irse a vivir como un anacoreta al Himalaya.

«Conocía los ejercicios de yoga, las técnicas de meditación…Él me guió poco a poco en las prácticas de la respiración, de la meditación y de la contemplación». Swami Shivanananda se asombró de la rapidez con la que su nuevo alumno asimilaba los rudimentos de la práctica del yoga.

Recobra la serenidad y el ritmo de vida de antes. Sólo duerme tres o cuatro horas por la noche sin resentirse por ello. A la débil luz de una lámpara de petróleo sigue trabajando en su tesis, escribe artículos para Cuvantul y, por las noches, continúa con su novela La luz que se apaga. También entonces concluye su estudio Los conocimientos botánicos en la antigua India, que remite a Cluj, a Valeriu Bologa, junto con unas líneas explicativas:

«La escasez de trabajos de crítica sobre este apasionante tema concede un cierto valor a mi estudio; quiero decir que no es una repetición pura y simple de cosas ya sabidas, sino, en cierto sentido, un intento de reunir todo cuanto se sabe sobre el tema e interpretarlo a la luz del espíritu científico indio y de la historia de las ciencias…Tiene muchas deficiencias de estilo porque llevo casi tres años sin hablar ni leer rumano. Te ruego encarecidamente que pulas el texto si lo juzgas impresentable.

Quisiera, en el tiempo que aún me resta de permanecer en la India, reunir la mayor cantidad de material posible para una historia de las ciencias y del espíritu positivo en la India antigua y medieval».

Para tener una visión de conjunto del ambiente en que estuvo viviendo más de medio año en el Himalaya basta entresacar un corto párrafo de sus Memorias: «El Ganges corría entre rocas y su orilla frenaba la jungla, muy densa en aquel lugar. Pululaban por allí monos, pavos reales, serpientes y gatos salvajes. Más tarde, al final del otoño, cuando las fuentes de la montaña se secaran, llegarían los chacales a rondar alrededor del eremitorio y podía oírlos aullar muy cerca».

De vez en cuando visita las aldeas y templos de las faldas del Himalaya. En Kapurthala (desde donde escribe a su familia el 4 de noviembre de 1930) se queda deslumbrado ante el palacio del maharajá, totalmente de oro, ante los diamantes grandes como un huevo y las procesiones de elefantes. «Hay cosas, y de un lujo, inimaginables en Europa, que, con sólo mirarlas, se pierde la cabeza. Creo que dentro de diez días estaré en Rishikesh sumergido en la sencillez de la vida himalayana y en mis estudios. Me han invitado a dar una conferencia sobre religiones comparadas en el Colegio Gurukul de Hardwar. En diciembre, pasaré allí dos semanas».

Pasa la Navidad en casa de una familia cristiana de Rurks, a treinta kilómetros de su cabaña, y en los últimos días de 1930 recibe la noticia que le confirmaba la recepción de divisas para el año siguiente.

También allí acaecerá otro episodio sentimental. Esta vez la protagonista es Jenny, una violinista que había ido a la India en busca de lo absoluto.

A principios de la primavera del año 1931, Mircea Eliade, tras seis meses de vida ermitaña, se irá tan bruscamente como llegó. Vuelve a su cuarto de la vieja pensión donde casi no lo conocen pues estaba quemado por el sol y llevaba una barba rojiza.

Vuelto a Calcuta, trabaja a ritmo frenético en la Imperial Library, interesado, al principio, por la mandràgora en la botánica y en la tradición indias. Estudia tibetano y se apasiona por la etnología india y del sudeste asiático.
Durante varios días participa en una cacería de cocodrilos en las orillas del Ganges, en la provincia de Orissa. Los cinco días que pasa en la jungla son una espléndida ocasión de descanso y distracción. Inmortalizó sus impresiones en un reportaje aparecido en Cuvantul que más tarde incluyó en el presente libro.

Continúa estudiando con el mismo afán y comienza a trabajar en una nueva novela titulada inicialmente Victorias, y Pedro y Pablo después, que será el embrión de la futura Regreso del paraíso.

El calor es más insoportable que nunca. Y, sin embargo, no puede «rendirse», aunque en cierto momento tiene la extraña sensación de que su habitación se transformaba en el gigantesco estómago de un cetáceo y que su ser se descomponía y se maceraba: «Tengo la extraña sensación de hallarme entre paredes vivas, atrapado entre sus entrañas. Diríase que también mi cuerpo comienza a oler, a licuarse. Me dan bascas. Debajo del ventilador se me enfría la respiración y me produce la desagradable sensación de estar enfermo. Por más que lo intento, no puedo hacer nada; ni dormir ni leer. En casa solamente se oye el ventilador; todos duermen y eso me pone furioso.
Estoy mareado, cansado y, sin embargo, insatisfecho. Es como si quisiera hacer algo, que me ocurriera algo. Creo que eso me hace sufrir mucho; no puedo rendirme ni ante el cansancio ni el descanso. Conservo siempre un rastro de lucidez, de pesar» .

Mientras libraba su sobrehumano combate contra los calores de la India, le llega una desesperada carta de su padre diciéndole que su presencia en Bucarest era absolutamente necesaria pues tenía que cumplir el servicio militar. En caso de desobedecer sería considerado desertor, deshonor incompatible con los orígenes castrenses de su familia.
No tiene alternativa y prepara el regreso. Lo primero que hace es enviar los libros en cuatro grandes cajones. Los últimos meses los pasa haciendo excursiones por el delta del Ganges, por las aldeas de los alrededores de Calcuta, pasa días enteros en el Museo de antigüedades indias y en la Biblioteca de la Sociedad Asiática.

Cuando más sumido está en su árido trabajo, siente la necesidad de relajarse y se dedica a leer literatura, después de haberse pasado seis meses sin coger una novela. Burlón, no deja de anotar con sinceridad en su diario: «La lectura me proporciona al principio el goce propio de un vicio prohibido practicado a escondidas. Es cierto que hoy precisamente tenía mucho que hacer y lo he dejado todo para leer esta novela extraña y filantrópica que se parece a otras muchas que me gustan, como por ejemplo, de Dostoyevski y Dos Passos. Este vicio que satisfago estando en una biblioteca llena de tratados eruditos o junto a una mesa cargada de diccionarios y textos, me eleva a mis propios ojos. Me da un raro sentimiento de libertad».

Una mañana de primeros de diciembre de 1931 sale para Rumania con la firme convicción de volver en 1933. No puede quedarse diez días en Port Said esperando un vapor rumano, así que se embarca en otro italiano rumbo a Venecia.
Una vez allí, se queda en un hotel de mala muerte a esperar que le llegue la «salvación» de casa, un modesto giro telegráfico, para poder continuar su camino. Al parecer, llegó a Rumania el 9 o el 10 de diciembre de 1931.

Pese a lo desfavorable de la coyuntura, Valeriu Bologa le da desde Cluj una calurosa bienvenida en carta fechada el 16 de diciembre de 1931, de la que destacamos las siguientes líneas: «Sería para mí una indecible alegría si pudieras dar la conferencia prometida. ¡Y que sea enhorabuena! Tengo una fe ilimitada en ti. Estoy seguro de que llegarás a ser una de las figuras representativas del pensamiento rumano».

La India clarificó en el pensamiento de Mircea Eliade el concepto sobre la autenticidad, la idea de libertad y despertó su interés por el yoga y el tantrismo. Los años treinta significan para él la aparición de la primera edición de su libro El yoga (1936). El lugar que ocupa este tratado en la espiritualidad universal, transcurrido casi medio siglo, fue puesto de relieve por nuestro llorado hombre de ciencia Sergiu Al-George: «Obras aparecidas después de las de Mircea Eliade confirman el modo en que el intelectual rumano supo centrar el fenómeno del yoga. Nos referimos a P. Masson- Oursel, uno de los más importantes historiadores franceses de la filosofía india que, en su obra Le yoga, aparecida en 1967, lo define con términos sorprendentemente parecidos a los de Mircea Eliade».

La estancia en la India fue decisiva para su formación espiritual. No vio en ella «exotismo» sino que advirtió la profunda unidad entre la cultura aborigen india y las tradiciones populares rumanas. Hay que mencionar que la experiencia de 1929-1931 fructificó en casi cien ensayos. Seguro que cada uno de ellos merecería un comentario aparte, pero es imposible hacerlo en estas páginas.

Hasta sus últimos años soñó con que se creara un Instituto de Orientalística en Rumania. El 18 de agosto de 1981, en una emocionante carta a su buen amigo Constantin Noica, Eliade traza un plan concreto de actividades sintetizando, al propio tiempo, lo que nos acerca a Oriente:

«Habría que incluir necesariamente lo siguiente: 1- Cursos de lengua y civilización (historia, religión, filosofía, literatura y arte) del Asia Mayor: India, China, Japón (y, evidentemente, Tíbet, Irán, y más). 2- Una “introducción general” (conferencias, seminarios) sobre los elementos unitarios de las culturas (sobre todo de las populares) euroasiáticas, que abarque la Europa oriental, el área del imperio otomano, el Mediterráneo, el área del “imperio de las estepas” y el Asia meridional, desde Persia a China. 3- Una sección (mucho más modesta pero indispensable) reservada al Medio Oriente (Egipto, Mesopotamia, Israel); no es necesario que haya filólogos especializados en egipcio o acadio, pero no estaría de más encontrar algún buen arabista y un especialista en lenguas semíticas. Como soy optimista por naturaleza, creo que el instituto podría comenzar su tarea (no con publicaciones pero sí con conferencias públicas, seminarios interdisciplinares, con etnólogos, especialistas en culturas populares, etc.) en cuanto se articularan algunas secciones de los dos primeros apartados. Sergiu Al-George sería un excelente director (o como quiera llamársele). Lo importante es verificar, por un lado, la continuidad y unidad de las civilizaciones asiáticas y, por otro, la creatividad de las culturas tradicionales populares, entre las que el sureste europeo y Rumania han desempeñado un importante papel. Como tengo dicho tantas veces, Rumania no sólo es una encrucijada sino principalmente un puente entre Oriente y Occidente. Si nos parecemos tanto a los “orientales” no es porque nos hayamos “aturquizado”, sino porque en Rumania, al igual que en el sureste europeo y en toda Asia, el genio de la creatividad de tipo neolítico se ha conservado hasta casi anteayer. No se trata de “retornar” al pasado, sino de conocer mejor y de entender los elementos de unidad de Oriente y de Europa».

Al asociar este grandioso proyecto de trabajos de investigación científica y literaria gestado desde la experiencia de los tres años pasados en la India, tenemos que resaltar su unicidad, en el marco de la espiritualidad rumana.
El indianista Mircea Eliade decidió con toda seguridad el destino de más de una vida: Segiu Al-George, Antón Zigmund Cerbu, profesor de Historia de las religiones indias en la Universidad de Columbia, o Arion Rosu, investigdor del C.N.R.S. de París.

No olvidemos que la orientalistica representa sólo una de las numerosas facetas de la personalidad de nuestro ilustre sabio y escritor.
MIRCEA HANDOCA30
30. Profesor e investigador rumano, compilador de la obra literaria y ensayística de Mircea Eliade escrita originalmente en rumano. Autor, entre otros numerosos trabajos sobre Eliade, del fundamental libro Pe urmele lui Mircea Eliade (Tras las huellas de M. E.), Bucarest, 1992. [Nota del traductor.]

INDICE
El «descubrimiento» de la India por Mircea Eliade, por Mircea Handoca
Prólogo a la segunda edición
Ceilán
Peregrinación a Rameshwaran
Madura: parada y fonda
Madrás
110° Fahrenheit, ciclón dirección SO
Benarés
La Kumbh-Mela en Allahabad
Amritsar y el templo de oro
Jaipur
En Rajastán
Cocodrilos (Fragmentos de un diario de caza, 1931)
Diario del Himalaya
Veraneo en Darjeelin
En la colina del Tigre
Funerales en Lebong
En un monasterio, Zok-chen-pa
Cuando llega el Monzón
Monasterios y anacoretas del Himalaya (1930)
En la frontera de Afganistán (Fragmentos)
En Shantiniketan
Habla Rabindranath Tagore
Habla Srimati Devi…
Durga, la diosa de las orgías
Diálogo con un nacionalista indio