La esperanza rota. La revolución guatemalteca y los Estados Unidos 1944-1954, de Piero Gleijeses

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Ed. Universitaria, año 2005. Tamaño 23,5 x 15,5 cm. Incluye 14 fotografías en blanco y negro. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 620

Por Piero Gleijeses

Mi interés en Guatemala empezó en 1972, cuando conozco a Alfredo Guerra Borges, quien había sido uno de los líderes del Partido Comunista de Guatemala (PGT) durante la presidencia de Jacobo Arbenz. Durante horas, a lo largo de unos días, él me habló de aquellos años, de los esfuerzos y los anhelos de un puñado de jóvenes comunistas empeñados en crear una nueva Guatemala y que dieron su respaldo a un coronel del ejército, Jacobo Arbenz, quien era su amigo y compartía sus sueños.

El interés que me despertaron las conversaciones con Guerra Borges me llevó a nueve años de investigación. Quería comparar el conmovedor relato de Guerra Borges con la fría realidad y entender la verdadera naturaleza de la revolución guatemalteca.

Quería también entender mejor la decisión de Eisenhower de lanzar PBSUCCESS, la operación encubierta que derrocó a Arbenz en 1954. Para eso hacía falta no solo que yo conociera lo que la administración había hecho, sino también que yo estableciera cuán cierta fue su evaluación de las amenazas y desafíos que enfrentaba en Guatemala. Por ejemplo, ¿estaban los funcionarios estadounidenses equivocados, o mintiendo, cuando decían que había un alto nivel de influencia comunista dentro del gobierno de Arbenz?

El resultado de nueve años de búsqueda fue Shattered Hope: The Guatemalan Revolution and the United States 1944-1954. Aquí, en este prólogo escrito 13 años después de que La esperanza rota saliera en inglés, quiero brindar algunas reflexiones que están fundamentadas en mi libro, en dos estudios posteriores que enriquecen nuestros conocimientos sobre la política de Eisenhower hacia Guatemala, y en mis ulteriores investigaciones sobre la política exterior de Estados Unidos. Empezaré enfatizando dos puntos relacionados entre ellos -el primero sobre los analistas de la inteligencia estadounidense y el segundo sobre el Partido Comunista Guatemalteco. De ahí pasaré a examinar tres aspectos de la política exterior de EE.UU. que están presentes en el caso de PBSUCCESS, pero cuya relevancia va mucho más allá de Guatemala. Y terminaré con algunas consideraciones finales.

1- La inteligencia estadounidense
A lo largo de mi carrera profesional he quedado impresionado por la calidad de los informes de los analistas de la CIA y del Departamento de Estado. Fue así cuando estudié la administración de Eisenhower y Guatemala; y más aun cuando me puse a investigar para mi siguiente libro, que trata de la política de EE.UU. y de Cuba hacia Afrecha desde 1959 hasta 1976. De hecho he llegado a la conclusión de que hay un abismo entre la sofisticación de los informes de los analistas de la CIA y del Departamento de Estado, por un lado, y lo que los gobernantes estadounidenses dicen y hacen por el otro.

En el caso de Guatemala la inteligencia de EE.UU. dijo que la influencia comunista en el gobierno de Arbenz era muy fuerte; que Arbenz era comunista o procomunista; que sus asesores más cercanos eran los comunistas y que ellos eran el cerebro detrás de la reforma agraria y el motor en su implementación. Mi investigación indica que esta evaluación es correcta -y que, si acaso, pecaba por subestimar la cercanía de Arbenz al comunismo y la importancia del papel de los comunistas en la reforma agraria. Al mismo tiempo, sin embargo, la inteligencia de EE.UU. afirmaba tajantemente que no había infiltración comunista dentro de las fuerzas armadas guatemaltecas y que no había oficiales que fueran simpatizantes del partido. Esta evaluación también es cierta. Por ende la evaluación de los analistas de inteligencia de EE.UU. resultaba matizada: había una muy fuerte influencia comunista dentro del gobierno, pero no había ninguna influencia comunista dentro de las fuerzas armadas.

A partir de ahí, la pregunta lógica era: ¿qué peligro -o posibilidad- había de que los comunistas tomaran el poder en Guatemala? Yo creo que ninguno, por razones que explico en La esperanza rota. Pero esto no es lo que importa aquí. El punto que quiero enfatizar es que los gobernantes estadounidenses ni siquiera se plantearon: etta
pregunta. Dado el desnivel de fuerzas entre Estados Unidos y Guatemala, el costo de derrocar a Arbenz era tan bajo que para ellos ni había motivo de molestarse en pensar en otra alternativa -como la de aprender a coexistir con un gobierno procomunista. Además el gobierno de Arbenz les resultaba aun más odioso porque tenía éxito: en 18 meses 100,000 familias -la sexta parte de la población de Guatemala- recibieron la tierra que tanto necesitaban; a diferencia de lo que acostumbra pasar cuando hay una reforma agraria muy rápida, la producción agrícola no bajó; 1a economía era “básicamente próspera”, según la embajada de EE.UU. reconoció en la primavera de 1954, y el gobierno de Arbenz “prometió dejar un resultado de verdaderos éxitos en el campo de las obras públicas”.

2- El Partido Comunista
Algunos intelectuales estadounidenses que simpatizaban con las reformas sociales de Arbenz se quejaban de que el PGT estaba pervirtiendo a la revolución guatemalteca. ¡Qué lindo hubiese sido tener a la revolución sin los comunistas; qué lástima que Arbenz los abrazara!

Estos intelectuales bien intencionados estaban muy equivocados. Los comunistas eran una parte indispensable de la revolución guatemalteca. Ellos eran, tal como lo dijo la CIA, el cerebro y el motor de la reforma agraria. Ellos eran el único aliado posible para Arbenz, porque ningún otro partido compartía su devoción por las reformas
sociales y su deseo de poner los intereses de la nación por encima de los suyos. Hasta la inteligencia
estadounidense y la misma embajada de EE UU. reconocían la dedicación, honestidad y el altruismo de los líderes comunistas.

Y es justo que yo plantee aquí mi respeto y admiración para el Partido Comunista de Guatemala, para sus líderes asesinados -como Mario Silva Jonama y Víctor Manuel Gutiérrez- y para mi querido amigo José Manuel Fortuny, todavía pujante a los 88 años de edad. Tres comentarios sobre la política exterior de EE.UU.: el consenso, la prensa y el Derecho Internacional.

1- El consenso
El nivel de consenso sobre la política de Eisenhower hacia Guatemala dentro del Congreso de EE.UU. fue impresionante: los Republicanos y los Demócratas hicieron el coro con una armonía bipartidista impresionante. Ningún Demócrata cuestionó la política; ningún demócrata ni siquiera sugirió que podría valer la pena explorar la posibilidad de coexistir con Arbenz. Si Eisenhower no hubiera derrocado a Arbenz hubiera tenido problemas serios con los Demócratas; ellos ya habían empezado a quejarse de que la administración era demasiado blanda con Arbenz. Y aplaudieron su derrocamiento con verdadero entusiasmo.

El mismo consenso sofocante se dió en la gran prensa, con la solitaria excepción del semanario The Nation. Este consenso tenía un corolario: el sentimiento muy compartido de que Estados Unidos era la víctima y Guatemala el agresor. Esta habilidad de transformar al agresor en la víctima y a la víctima en el agresor tiene raíces muy hondas en la historia de EE.UU.: arranca desde los días de Thomas Jefferson y está ejemplificada por su actuación después que le compró la Luisiana a Francia: Jefferson afirmó en contra de todas las evidencias que Luisiana incluía a la Florida Occidental española -y por ende España al negarse a entregar su colonia cometía un acto de agresión en contra de Estados Unidos. “Nunca un país actuó contra otro con más perfidia e injusticia de lo
que España hizo constantemente en contra nuestra”, escribió Jefferson en 1806 cuando estaba tratando de arrebatarle la provincia a España. Esta habilidad de echarle la culpa a la víctimas es un componente clave del idealismo Jeffersoniano y de la política exterior de Estados Unidos hasta hoy. Y caracterizó a la actitud de los funcionarios de EE.UU., del Congreso y de la prensa estadounidense hacia Guatemala en 1954.

2- La prensa de Estados Unidos
A fines de junio de 1954 un estudio de la CIA sobre la reacción de la prensa extranjera al derrocamiento de Arbenz puso de manifiesto que había virtual unanimidad en concluir que la CIA estaba detrás de la caída de Arbenz. (En Europa Occidental, por ejemplo, las excepciones eran la España de Franco, el Portugal de Salazar y la Grecia autocrítica.) Los periódicos de derecha aplaudían la actuación de Estados Unidos; otros periódicos la condenaban; pero eran muy pocos los que no afirmaban que Estados Unidos estaba muy involucrado. Esto era lógico. Tal como dijo un oficial de la CIA, “la leyenda estaba muy desgastada”.

Pero no lo suficiente para la prensa de EE.UU. Cuando se trató de analizar el papel de EE.UU. en la caída de Arbenz, los periódicos estadounidenses fueron tan poco agudos como los de la España de Franco, del Portugal de Salazar y de la Grecia autocrítica. La mayoría rechazó tajantemente cualquiera insinuación de que EE.UU. pudiera haber ayudado a los rebeldes; los otros(como The Nation) soslayaron el tema. No es que fueran tontos; sino sencillamente acataban lo que John F. Kennedy llama “el deber de autodisciplina”. El prominente periodista Joseph Alsop explicó luego: “Si los líderes del gobierno de EE.UU. deciden que hay que correr todos los riesgos y peligros de una operación encubierta de mayor alcance…no le corresponde a los periodistas poner su interés profesional por encima del interés nacional”.

Tuvieron que pasar seis años antes de que un periódico de la gran prensa estadounidense descorriera -un poquito, nada más- la cortina de mentiras. Esto pasa en octubre de 1960, hacia finales de la camapaña presidencial. En su debate televisado con Nixon del viernes 21 de octubre, Kennedy -a quien el director de la CIA Allen Dulles le había informado de la operación encubierta contra Cuba que se estaba tramando- afirmó descaradamente que la administración no estaba haciendo bastante contra Castro; Nixon, que sabía que Kennedy estaba al tanto de la operación, pero que no podía hablar de ella por televisión, contestó flojamente: “¿Y qué podemos hacer? Bueno, podemos hacer lo que hicimos con Guatemala. Había ahí un dictador comunista que habíamos heredado de la administración anterior [demócrata, de Truman]. Nosotros pusimos en cuarentena al Sr. Arbenz. El resultado fue que el mismo pueblo guatemalteco al fin se levantó y derrocó a Arbenz. Nosotros estamos poniendo en cuarentena al Sr. Castro hoy”.

El New York Times comentó irónicamente el lunes siguiente: “Esta afirmación de Nixon ha sido la broma de este fin de semana en las embajadas latinoamericanas en Washington. Porque cualquier funcionario que sepa lo más mínimo sobre el derrocamiento de Arbenz sabe que el gobierno de EE.UU., por medio de la CIA, ayudó activamente
-y le dio dinero y armas- a las fuerzas que al fin derrocaron a Arbenz”. La broma, sin embargo, estaba a cuestas del pueblo estadounidense: este comentario de paso del New York Times era la primera vez, después de seis años, que un periódico norteamericano de la gran prensa informaba que EE.UU. había participado en el derrocamiento
de Arbenz.

Cuando yo estudié PBSUCCESS, hace dos décadas, me quedé sorprendido por este silencio de la prensa estadounidense. Pero más aún me extrañó el hecho de que ninguno de los estadounidenses que habían escrito sobre la intervención se había percatado de este silencio. Posiblemente esto me llamó tanto la atención porque, por ser italiano, estaba acostumbrado a una prensa más inquisitiva, la de Europa Occidental. Fue solo luego, al seguir estudiando las operaciones encubiertas de EE.UU,, que me di cuenta de que esto era parte de un patrón: hubo la misma “disciplina” en 1957-58 cuando la operación encubierta en contra de Indonesia; en las semanas anteriores a Bahía de Cochinos; en 1964-65 durante la masiva operación encubierta en la República Democrática del Congo; y en 1975 en Angola. Con las excepciones de los análisis sobre Bahía de Cochinos y de un libro sobre la operación contra Indonesia, siempre se soslaya esta complicidad de la prensa estadounidense.

3- El Derecho Internacional
Cuando pienso en la política exterior de EE.UU. hoy en día, siempre me impacta el alto nivel de menosprecio que la administración Bush le tiene a las Naciones Unidas y al Consejo de Seguridad, como se ve en el caso de la invasión de Irak.

Sin embargo este mismo menosprecio se evidencia en 1954 en el caso de Guatemala.

Recuerden lo hechos. El 18 de junio de 1954, un día después de empezar la invasión de Guatemala organizada por la CIA, el canciller guatemalteco Guillermo Toriello le pidió al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que “tomara las medidas necesarias…para detener la agresión” que había sido desatada por Nicaragua, Honduras, “y monopolios extranjeros cuyos intereses han sido lastimados por la política progresista de mi gobierno”. (Tratando de ablandar al agresor, la nota guatemalteca no mencionó a Estados Unidos). Siguieron siete días de frenética actividad, durante los cuales el Secretario de Estado John Foster Dulles presionó a los países miembros del
Consejo de Seguridad para que rechazaran la petición guatemalteca y el embajador de EE.UU. ante las Naciones Unidas, Henry Cabot Lodge, quien presidía al Consejo durante el mes de junio, trataba de postergar la votación para darle tiempo a Dulles. Inglaterra y Francia se habían puesto difíciles. Querían que el Consejo de Seguridad se ocupara del tema guatemalteco y enviara observadores a la frontera de Guatemala con Honduras (la retaguardia de los invasores). No les preocupaba lo que pudiera pasarle a Arbenz, sino lo que significaría el precedente guatemalteco para el futuro: estaba en juego la jurisdicción de las Naciones Unidas. Muchas otras delegaciones compartían las preocupaciones de los británicos y franceses, y también las compartía el Secretario General de las Naciones Unidas, Dag Hammarskjöld, quien se oponía amargamente a la posición de EE.UU. y estaba a su vez sometido a una presión durísima y constante de Lodge para que se quedara callado.

Inglaterra y Francia, dos imperios en decadencia que necesitaban del respaldo de EE.UU. en sus esfuerzos para mantener su dominio sobre pueblos ajenos, se doblegaron frente a la presión estadounidense. La noche del 25 de junio, después de cinco horas de debate, el Consejo de Seguridad se negó a considerar la petición guatemalteca.
Cuatro países -la Unión Soviética, Dinamarca, Líbano y Nueva Zelandia- votaron a favor, defendiendo así la dignidad de las Naciones Unidas. Inglaterra y Francia se abstuvieron. Los cinco que votaron en contra usaron el pretexto absurdo de que la petición guatemalteca tenía que ser considerada primero por el organismo regional, la Organización de Estados Americanos, una organización vasalla sobre la cual Estados Unidos mantenía un control de hierro (entre los cinco estaban los dos miembros latinoamericanos del Consejo -Colombia y Brasil). Hammarskjöld le dijo luego al delegado británico que la actuación de EE.UU. “había sido el golpe más duro que las Naciones Unidas habían recibido hasta aquel momento”.

ALGUNOS COMENTARIOS FINALES
La política de Eisenhower hacia Guatemala no fue una aberración. Encaja dentro de una tradición muy honda, compartida tanto por los Demócratas como por los Republicanos y que está centrada en la imposición intransigente de la hegemonía estadounidense sobre Centro América y el Caribe. Esta intransigencia, que llevó a una serie
de intervenciones militares que unen a las presidencias de Theodore Roosevelt, William Taft y Woodrow Wilson, parece ablandarse en la década de los treinta con la Política del Buen Vecino de Franklin D. Roosevelt. Sin embargo, la buena vecindad de Roosevelt fue puesta a prueba una sola vez, porque los dictadores que infestaban la región durante su presidencia nunca cuestionaron la hegemonía de Washington. La excepción fue Cuba, donde a fines de 1933 los Estados Unidos se esforzaron por derrocar a un joven gobierno nacionalista, imponer la larga tiranía de Batista.

Algunos comentaristas estadounidenses aun reconociendo que la intervención en Guatemala fue un error, añaden un reparo importante: las intenciones de EE.UU. eran puras. Los gobernantes estadounidenses que decidieron lanzas PBSUCCESS no querían hacerle daño al pueblo guatemalteco. Ellos erran “hombres bien intencionados”, en palabras
del experto de América Latina Robert Pastor. Este es un estribillo muy común en las interpretaciones estadounidenses de la política exterior de EE.UU.: aun hasta cuando los Estados Unidos se equivocan, sus
intenciones son puras. Los Estados Unidos siempre están animados por buenas intenciones. Es la ciudad encumbrada.

Yo discrepo: los hombres que lanzaron PBSUCCESS no eran bien intencionados. Sus intenciones eran tan viejas como la historia de las relaciones internacionales: ellos creían que estaban actuando en el interés nacional de EE.UU. Cualquier impacto que su actuación tuviera sobre el pueblo guatemalteco no tenía importancia: si la intervención no lastimaba a los guatemaltecos, mejor así, pero si los lastimaba, problema de ellos. Mi propia investigación de PBSUCCESS, que ha sido confirmada por los documentos estadounidenses que han sido desclasificados después de la publicación en 1991 de la edición en inglés de La esperanza rota, demuestra que la administración de
Eisenhower actuó con una indiferencia suprema hacia los intereses del pueblo guatemalteco. Esto no se puede llamar “buenas intenciones”. Más bien es una negligencia criminal.

Quiero terminar con una nota personal. Este libro que entrego al lector guatemalteco es el segundo de lo que podríamos llamar una trilogía en que estudio la política de EE.UU. en el Tercer Mundo (el primero fue un libro sobre la invasión estadounidense de la Repúlica Dominicana). Dos años después de la publicación de La esperanza rota -en diciembre de 1993- en La Habana sostuve una conversación de varias horas con el miembro del Comité Central del Partido Comunista Cubano Jorge Risquet, uno de los protagonistas más destacados de la política de Cuba en Africa y uno de los hombres más impactantes que he conocido en mi vida. Resultó que entre otras cosas teníamos en común un amor muy hondo para Guatemala, y que yo había estudiado con profundidad algo que él había vivido en su propia carne: Risquet había estado en Guatemala varias semanas en el otoño de 1952 y en la primavera de 1953, y por tercera vez en la primavera de 1954 como representante de la Federación Mundial de Juventudes Democráticas. Se encontraba en Guatemala cuando fue derrocado Arbenz y se quedó en el país varios meses más como militante de la resistencia clandestina contra Castillo Armas. Tal como él lo escribe en el prólogo de la edición cubana del tercer libro de mi trilogía, “Fue algo absolutamente fortuito. Ni yo [Risquet] tenía noticia alguna de la existencia de ese libro [La esperanza rota] ni Piero podía siquiera imaginar que yo había sido testigo de excepción del drama que su obra describía”. Risquet quiso entonces leer mi libro, y éste lo convenció que valía la pena abrir la puerta de los archivos cubanos a un extranjero, profesor de una universidad estadounidense, que quería escribir sobre las misiones en conflicto de Estados Unidos y Cuba en Africa.

A partir de ahí, durante siete años fascinantes, pude estudiar -en el marco de Africa- un tercer choque de EE.UU. con un pueblo de América Latina. A diferencia de los dos primeros casos que había estudiado, esta vez es Estados Unidos quien salía vencido. El símbolo de la victoria cubana y de la humillación de EE.UU. sobresale en noviembre de 1975 al sur de Luanda, capital de la naciente república de Angola, cuando soldados cubanos pararon la embestida de las tropas sudafricanas -la Sudáfrica del apartheid, aliada de EE.UU. en lo que, en palabras del presidente Bush, se podría bien llamar el eje del mal para dominar Angola. Y después de detenerlas las obligaron a retroceder hasta empujarlas fuera de Angola en medio de los alaridos de indignación y dolor de los gobernantes estadounidenses.

De alguna manera aquella victoria de Cuba sobre Estados Unidos era también una victoria para los pueblos de Guatemala y la República Dominicana, que habían tenido que ceder frente al poderío avasallador de Washington. Es así que yo lo sentí.

INDICE
Lista de ilustraciones
Lista de figuras
Observaciones sobre la documentación
Abreviaturas
PRESENTACION A LA EDICION GUATEMALTECA
PROLOGO A LA EDICION EN ESPAÑOL
La Administración Eisenhower y la Guatemala de Jacobo Arbenz
PROLOGO A LA EDICION EN INGLES
Testigos
I- La era de Ubico
II- La Presidencia de Juan José Arévalo
III- La muerte de Francisco Javier Arana
IV- La elección de Jacobo Arbenz
V- Los Estados Unidos y Arévalo: los pecados de Arévalo
VI- Los Estados Unidos y Arévalo: la respuesta estadounidense
VII- El mundo de Jacobo Arbenz
VIII- La Reforma Agraria
IX- Las fuerzas revoolucionarias
X- La oposición “cristiana”
XI- La conspiración internacional contra Guatemala
XII- La Conferencia de Caracas
XIII- La agonía del régimen
XIV- La caída de Arbenz
XV- Conclusión
EPILOGO
El destino de los vencidos
BIBLIOGRAFIA