La defensa, de Vladimir Nabokov

Precio y stock a confirmar
Ed. Anagrama, año 1990. Tamaño 20 x 13,5 cm. Traducción de Sergio Pitol. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 254

Por Vladimir Nabokov
Montreaux, 15 de diciembre de 1963

La defensa, Nabokov353El título ruso de esta novela es Zashchita Luzhina, que significa «la defensa de Luzhin» y se refiere a una jugada de ajedrez supuestamente inventada por su protagonista, el gran maestro Luzhin. Este nombre rima en inglés con illusion (ilusión), si se pronuncia la «u» lo suficientemente abierta. Comencé a escribirla en la primavera de 1929 en Le Boulou, un pequeño balneario de los Pirineos Orientales en donde me hallaba cazando mariposas, y la terminé en Berlín ese mismo año. Recuerdo con especial nitidez una gran roca inclinada entre colinas cubiertas por encinas y acebos, donde tuve la primera inspiración del libro. Podría añadir alguna curiosa información adicional en el caso de que me lo tomara más en serio.

Zashchita Luzhina, bajo el seudónimo de «V. Sirin», apareció en la revista trimestral Sovremennye Zapiski, editada en París por emigrados rusos, e inmediatamente después, en 1930, fue publicada por la editorial berlinesa Slovo, asimismo dirigida por emigrados rusos. Aquella edición en rústica, de 234 páginas, 21 por 14 centímetros de tamaño y sobrecubierta negra mate con letras doradas, es hoy día una rareza y puede llegar a serlo todavía más.

El pobre Luzhin ha tenido que esperar treinta y cinco años hasta ser editado en lengua inglesa. Si bien es cierto que a finales de la década de los treinta hubo algunas esperanzas cuando un editor estadounidense mostró interés por la obra, resultó pertenecer a esa clase de editores que desean convertirse en la musa masculina del autor, y nuestra breve relación terminó abruptamente cuando me sugirió que sustituyera el ajedrez por la música y convirtiera a Luzhin en un violinista demente.

Al releer hoy día esta novela, y al volver a jugar los movimientos de su acción, me siento un poco como Anderssen y rememoro con afecto su sacrificio de ambas torres en favor del desdichado y noble Kieseritzky, quien se ve obligado a aceptarlo una y otra vez en las páginas de una infinidad de manuales, con un signo de interrogación como monumento. Era una historia difícil de componer, por lo que resultó un placer poder aprovechar algunas imágenes y escenas para dar un sesgo funesto a la vida de Luzhin, así como describir un jardín, un viaje o una secuencia de hechos desagradables como si se tratara de un brillante juego de ajedrez y, especialmente en los capítulos finales, hacer uso de un ataque en toda regla para narrar el hundimiento mental de mi pobre personaje.

A este propósito, me gustaría ahorrar tiempo y esfuerzo a los críticos poco imaginativos -y, en general, a las personas que mueven los labios mientras leen y de quienes no puede esperarse que se enfrenten a una novela sin diálogos cuando su argumento puede saberse gracias al prólogo- haciéndoles observar la temprana introducción del tema de la ventana cubierta de escarcha (relacionada con el suicidio de Luzhin, o, mejor dicho, el jaque mate que se hace a sí mismo) en el capítulo once, o lo tremendamente patético que resulta el modo en que mi abatido maestro recuerda sus viajes profesionales, pues no trae a su memoria las diferentes etiquetas deslucidas por el sol de su equipaje ni las placas para linterna mágica, sino las losetas de los diferentes cuartos de baño y de los retretes de pasillo: aquel suelo a cuadros blancos y azules donde él, sentado en su trono, encontró y estudió las prolongaciones imaginarias de la partida interrumpida, o cierto pavimento fastidiosamente asimétrico, de nombre comercial «ágata», donde la jugada de un caballo sobre tres colores arlequinados interrumpía aquí y allá el tono neutro del ajedrezado linóleo entre el «Pensador» de Rodin y la puerta, o los grandes rectángulos de color negro satinado y amarillo cuyas hileras formando haches eran dolorosamente cortadas por la línea vertical ocre de la tubería del agua caliente, o aquel palaciego retrete en cuyas encantadoras baldosas de mármol, reconoció, intactos, los nebulosos contornos de cierta combinación que había ideado una noche, el mentón sobre el puño, muchos años atrás.

Pero los golpes de efecto de ajedrez que he colocado no se limitan a escenas aisladas: en realidad se suceden a lo largo de la estructura básica de esta atractiva novela. Así, por ejemplo, hacia el final del capítulo cuatro me permito hacer un movimiento inesperado en una esquina del tablero, dieciséis años desaparecen en el transcurso de un párrafo, y Luzhin, súbitamente promovido a una fecunda hombría y trasladado a un balneario alemán, aparece ante una mesa en un jardín y señala con su bastón una ventana del hotel que acaba de recordar (no el último cuadrado de vidrio en su vida) a la persona con quien conversa (una mujer, a juzgar por el bolso que hay sobre la mesa de metal), a la que no conoceremos hasta el capítulo sexto. El tema retrospectivo comenzado en el capítulo cuatro se disuelve entonces en la imagen del difunto padre de Luzhin, cuyo pasado se expone en el capítulo cinco mientras recuerda los inicios de la carrera como ajedrecista de su hijo, que idealiza en su mente hasta transformarla en un cuento sentimental destinado a los jóvenes.

En el capítulo sexto volvemos al balneario y encontramos a Luzhin jugando aún con el bolso de mano y dirigiéndose a su borrosa interlocutora, que se va perfilando, le quita el bolso, menciona la muerte del padre de Luzhin y acaba convirtiéndose en una parte definida de la escena. Toda la secuencia de movimientos en estos tres capítulos fundamentales nos recuerda —o debería recordarnos— ciertos problemas de ajedrez cuya solución no consiste en hacer jaque mate en determinado número de jugadas, sino en el denominado «análisis retrospectivo», en el cual se requiere que el jugador demuestre mediante un estudio desde el principio de la posición esquemática que las negras no podían haber enrocado en su última jugada o que debían haber tomado al paso un peón blanco.

Es innecesario extenderse, en esta breve introducción, sobre los aspectos más complejos de mis ajedrecistas y sus combinaciones. Pero debo decir que de todos mis libros rusos, es La defensa el que posee y difunde el mayor «calor», lo que podría parecer extraño si se tiene en cuenta cuán tremendamente abstracto se supone que es el ajedrez. De hecho, Luzhin ha sido considerado encantador por muchas personas que no entienden nada de ajedrez y por otras a las que no han gustado mis restantes libros. Es grosero y desaseado, y carece de gracia, pero, como mi gentil protagonista (una joven encantadora por derecho propio) descubre muy pronto, hay en él algo que trasciende tanto la vulgaridad de su carne grisácea como la esterilidad de su recóndito genio.

En los prefacios que he escrito últimamente para las ediciones en lengua inglesa de mis novelas rusas he seguido la regla de dirigir unas cuantas palabras de aliento a los representantes de Viena, y estas palabras preliminares no constituyen la excepción. Tanto analistas como analizados disfrutarán, o al menos eso espero, con ciertos detalles del tratamiento al que Luzhin es sometido después de su crisis nerviosa (como la insinuación terapéutica de que un jugador de ajedrez ve a su madre en su propia reina y a su padre en el rey contrario), y el freudiano de ideas fijas que confunde una serie de Pixlok con la clave de una novela sin duda seguirá identificando a mis personajes de acuerdo con la noción de que se trata de mis padres, las mujeres que he amado y las personas que he conocido.

Para satisfacción de tales sabuesos debo confesar que he cedido a Luzhin mi institutriz francesa, mi ajedrez de bolsillo, mi carácter dulce y el hueso de un melocotón que tomé de mi propio huerto.