La conjura de los necios, de John Kennedy Toole

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Ed. Anagrama, año 1987. Tamaño 20 x 13,5 cm. Traducción de J. M. Alvarez Flórez y Angela Pérez. Estado: Usado muy bueno. Cantidad de páginas: 366

Por Fernando Castellá

El 26 de marzo de 1969, en una ruta en las afueras de Biloxi, Mississippi, estacionado a la sombra de unos pinos, John Kennedy Toole enciende el motor de un viejo Chevy Chevelle azul, en cuyo caño de escape hay incrustada una manguera que, por su otro extremo, ingresa a través de una hendija de la ventanilla trasera del auto. Tiene 31 años, y los gases tóxicos terminan con su vida. En el cajón de una mesa de luz de la casa paterna en Nueva Orleans está guardado el manuscrito de una novela inédita y genial: La conjura de los necios.

En 1980, Thelma Toole, madre de John, logra que el escritor Walker Percy y la pequeña editorial de la Universidad de Louisiana editen La conjura. Al año siguiente, 12 años después del suicidio de Toole, la novela gana el premio Pulitzer y se convierte en un suceso literario mundial. Traducida a más de treinta idiomas, su constante reimpresión confirma su carácter de clásico literario moderno: arraigado con firmeza en la Nueva Orleans de los ‘60 es, con todo, universal y atemporal a la vez.

Considerada indiscutiblemente como “la” novela de Nueva Orleans, Toole concibió su obra maestra más como un mosaico de personajes antológicos que como una narración de trama clásica –aunque la historia de Ignatius Reilly, su monumental protagonista, se desenvuelve también como un guión tradicional–. Deudor de la corriente satírica de la literatura inglesa, de Jonathan Swift a Evelyn Waugh, se ha comparado también a Toole y a La conjura con la obra de Dickens, Joyce, Rabelais, Cervantes o Shakespeare.

Único hijo de un matrimonio mayor, Toole vivió toda su vida en Nueva Orleans. Joven prodigio, se graduó en literatura inglesa y cursó el doctorado en Columbia, fue profesor universitario, poeta y novelista. Sus amigos y compañeros lo recuerdan como alguien, en esencia, tremendamente cómico y gran observador. De hecho, esa colección de personajes incomparables que pueblan el libro expresa la condensación literaria de toda una vida de observación aguda de la condición humana, en la variopinta y efervescente Nueva Orleans de 1960.

El genio juvenil de Toole encontró en la sátira y en el humor corrosivo un mecanismo ideal para desplegar su crítica a la época que le tocó vivir. Mordaz, irónico, extravagante y provocador, Ignatius, su gran criatura, se pasea por las calles de Nueva Orleans denunciando al siglo XX –en la novela se encuentra, de hecho, en un permanente estado de escritura de una “diatriba monumental contra nuestra sociedad”–, por su falta de decencia, buen gusto, “teología y geometría”. Medievalista anticapitalista, romántico y moralista, anacrónico, lector de Boecio y La consolación por la filosofía, seguidor de la monja medieval Rosvita, y destacado ejecutante del laúd, Ignatius se enfrenta al mundo desde la crítica implacable, moviéndose con maestría –y peligro– entre los límites de la locura y la conciencia.

“Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificárselo por este signo: todos los necios se conjuran contra él”. La inequívoca frase de Jonathan Swift con la que Toole da comienzo (y título) a La conjura, es comentada una y otra vez como un caso de profecía autocumplida, a la luz de la tragedia de su autor y la deriva de su obra, como su máxima expresión. Es que la relación entre artistas y editores suele ser tensa, independientemente del tipo de expresión artística que tomemos en consideración. En el caso de la literatura, La conjura cuenta con una de las historias más dramáticas que se conozcan.

Para 1963, Toole completaba su segundo año de servicio militar en Fort Buchanan, Puerto Rico, ocupando el cargo de profesor de lengua inglesa. Ascendido a sargento, y premiado con una habitación privada por sus aptitudes y resultados pedagógicos, a 2000 kilómetros de Nueva Orleans y con una máquina de escribir prestada, Toole puso a funcionar su genio creativo dando lugar a ese carnaval grotesco por momentos, pintoresco siempre, que es La conjura de los necios.

Con 25 años, y de regreso a su ciudad, trató de publicar la novela. Contactó a Robert Gottlieb, editor neoyorquino de Simon and Schuster, con quien mantuvo varias entrevistas y un intercambio epistolar durante dos años. En ese tiempo, el editor insistió, una y otra vez, en que Toole hiciera una corrección de estilo, buscara un sentido general a la novela, y trabajara el argumento porque, en su concepción, no había ninguno. Los personajes eran graciosos y estaban en su mayoría logrados pero no se sabía qué era lo que Toole quería decir con su novela. A lo largo de esos dos años, sin contactar a ningún otro editor (“por el prestigio y la fama de Simon and Schuster”, repetía el escritor), Toole fue tratando de corregir La conjura a la medida de las demandas de la editorial. Ante la pregunta reiterada por el sentido de la novela, Toole no encontraba respuesta. Poco a poco fue ganado por la desmoralización, y si bien Gottlieb nunca rechazó abiertamente la obra, tampoco terminó de aceptarla. En su concepción, no tenía destino comercial y necesitaba, en tanto editor, cuidar los intereses de la empresa para la que trabajaba antes que complacer a un culto y humorístico pero ignoto escritor sureño.

Los últimos años de Toole, en particular su trágico desenlace, generan un fenómeno particular en el lector de La conjura: tiene delante una comedia de características únicas, hilarante, incisiva, pictórica, intensa y dolorosa a la vez, escrita por alguien que, lo sabe, se suicidó antes de publicarla.

La tentación a establecer paralelismos entre un autor y sus personajes se potencia en el caso de Toole e Ignatius. Es evidente que la enciclopédica cultura general del protagonista, su conocimiento sobre literatura inglesa, historia y edad media, reflejan la presencia del autor en su personaje. No obstante, socialmente es su reverso: Ignatius es un antihéroe integral, un coleccionista de fracasos y ridículos, mientras que Toole alumbra un recorrido que, sin haberle demandado mayores esfuerzos, lo llevó a un considerable número de logros personales.

David Evanier, redactor de la sección de narrativa de la Paris Review, fue tal vez quien hizo el comentario más agudo en relación con la manera de entender el humor de la novela: “La conjura de los necios trasciende el sufrimiento vital mediante la risa”. Evanier se hace eco de Mijaíl Bajtín, crítico literario, historiador y filósofo que en su estudio sobre Rabelais reconoce que en la cultura del carnaval, la cultura de la que surge La conjura, la risa no es un grito ahogado de auxilio ni un recordatorio del lado trágico de la vida, sino, más bien, el sonido de la victoria.

El nombre de John Kennedy Toole ya forma parte de los grandes de la literatura universal. La ironía de la historia hizo que su gran anhelo se cumpliera, tras su muerte. Casi como un paso de comedia más, completamente a destiempo, pero los necios no pudieron con el genio, por esta vez.