La amante de Brecht, de Jacques Pierre Amette

Ed. Tusquets, año 2004. Tamaño 21 x 14 cm. Traducción de Juan Manuel Salmerón. Nuevo, 198 págs. Precio y stock a confirmar.

Amette es un escritor y crítico literario francés nacido en 1943. En 2003, obtuvo el Premio Goncourt por su novela La Amante de Brecht. También es autor de novelas policiales y de obras de teatro, y periodista literario en la revista semanal francesa Le Point. En Francia lleva publicados más de 30 libros.

La historia que desarrolla en la presente novela puede sintetizarse así: En octubre de 1948 el conocido dramaturgo Bertolt Brecht regresa a Berlín oriental, una ciudad en ruinas, llena de tanques soviéticos y de miseria. Han pasado quince años desde que, en 1933, en los albores del nazismo, partiera a un exilio que lo llevó a Estados Unidos tras recorrer medio mundo. En su regreso, lo acompaña su mujer, la actriz Helene Weigel, y se dispone a dirigir el famoso Deutsches Theater, donde empezará con la célebre Antífona de Sófocles.

Sin embargo, la policía política comunista no se fía: quiere asegurarse de que Brecht sigue siendo un verdadero camarada. Así pues, conocedores de las flaquezas del dramaturgo, se disponen a preparar un cebo: María Eich, la futura Antífona, una hermosa y delicada actriz vienesa que no tiene mucho que perder pero sí a una familia a la que proteger y un pasado colaboracionista que borrar. “Brecht llevó a María a visitar la villa del Weissensee. La residencia, perdida en el medio del bosque, al borde del lago, estaba construida en un estilo neoclásico y tenía un frontón griego, columnas, una escalinata y una marquesina sobre la que todos los inviernos se acumulaba la hojarasca podrida.

El Stayr negro circulaba por un camino lleno de barro. Entraron. Los sorprendió un fuerte olor a moho. Caminaron sobre parquets cuajados de moscas muertas, subieron al primer piso por una gran escalera y atravesaron numerosas salas oscuras. Hablaban en voz baja, pasaban por las grandes estancias con el abrigo puesto, en el salón de abajo se sentaron por un momento. De pronto María lo abrazó. Brecht se apartó: ¡No me toques!. Y se quedaron uno frente al otro. Ningún pasado común.

Lo que sucede ante nuestra vista no tiene nada que ver con lo que sucede en nuestros corazones. Voy a dormir, caminar, vivir, dormir con este hombre, pensó María Eich. Para ella, Alemania era un nuevo país, una serie de verdes colinas, bosques de abedules, carreteras ruinosas, nubes; para Brecht, era un país que había que reconstruir con dinero, un mundo en el que experimentar, el laboratorio de una revolución ideológica destinada a las nuevas generaciones. Ni uno ni otro tenían en común aquel país. María Eich estaba comiéndose una naranja y él se quedó mirándola; resultaba no poco turbadora. Veía cómo se echaba los gajos de naranja a la boca y pensó: Una indiecita solitaria. Seguro que en cuanto la desnudan corre a acurrucarse en el sofá. Aquella mujer era puro encanto, comerían juntos a la misma mesa, dormirían en la misma cama y nunca pensarían lo mismo al mismo tiempo”.