Imposturas intelectuales, de Alan Sokal y Jean Bricmont

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Ed- Paidós, año 1999. Tamaño 23,5 x 15,5 cm. Traducción de Joan Carles Guix Vilaplana. Estado: USado excelente. Cantidad de páginas: 310

Por Leonardo Moledo

Lo que lograron los autores de Imposturas intelectuales no es poco: pusieron en cuestión a un conjunto de intelectuales franceses de moda y demostraron que las referencias a la mecánica cuántica como soporte del indeterminismo social, a la relatividad de Einstein en los textos de Latour, a la topología en el psicoanálisis lacaniano o la teoría de conjuntos de Kristeva, no eran más que gruesos errores conceptuales sobre temas científicos que los citados autores habían entendido mal y reproducido peor, en el borde mismo del ridículo.

Para quienes no lo sepan o no lo recuerden, vale la pena relatar la génesis del libro: Alan Sokal, físico de partículas subatómicas, escribió la parodia de un trabajo posmoderno, plagado de afirmaciones del estilo “la ley de gravitación universal es una ley sexuada”, con un título indigerible, incomprensible y, sobre todo, incoherente: “Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica”, sembrado de disparates de todo tipo, y adornado con citas, “desgraciadamente verdaderas”, como comentó después, de una pléyade de intelectuales de moda: Lyotard, Latour, Lacan, Guattari, Virilio, Baudrillard, Deleuze. Y lo envió a Social Text, la revista paradigmática de los estudios culturales norteamericanos. Social Text, feliz de encontrar, por fin, a un científico “duro” -¡y un físico de partículas subatómicas, ni más ni menos!- que se avenía a “reconocer” que la ciencia es sexuada, subjetiva y resultado de un juego de poder, y que los resultados científicos, como los antibióticos o los cohetes a la Luna eran meras construcciones lingüísticas atravesadas por lo social, se apresuró a morder el anzuelo. Y publicarlo, feliz.

Un mes después, Sokal reveló su juego, explicó que todo lo que se decía en aquel trabajo (el libro lo incluye en uno de sus apéndices) allí era sólo un deliberado pastiche de conscientes disparates: la polémica sobre la seriedad de los estudios culturales posmodernos norteamericanos saltó al New York Times, y de ahí en más, al resto del ambiente académico mundial.

Aprovechando el envión que le dio el éxito de su parodia, muy justo, por otra parte, Sokal, esta vez en colaboración con el físico belga Jean Bricmont, escribió Imposturas intelectuales, destripando los escritos de los posmodernos franceses, como se señalaba más arriba, y dedicando buenos capítulos a atacar el relativismo cognitivo, y al análisis de los efectos políticos de las teorías posmodernas. Casi podría decirse que en realidad son dos libros: las imposturas propiamente dichas, y el análisis epistemológico, histórico y social del porqué esas imposturas se produjeron.

El “primero” de los libros es divertido y regocijante para quien no haya leído nada sobre el asunto, y pueda acceder a las desopilantes afirmaciones de la psicoanalista Luce Irigaray sobre la mecánica de sólidos y fluidos (“la mecánica de sólidos es masculina, dado que los hombres tienen órganos sexuales protuberantes que se ponen rígidos, y la mecánica de fluidos es femenina, puesto que las mujeres fluyen, ya que liberan sangre menstrual”), las tonterías de Bruno Latour tratando de fundamentar sus trivialidades en la Teoría de la Relatividad, cometiendo errores de estudiante secundario y dándole clase a Einstein (“¿Le hemos enseñado algo a Einstein? (…) Sin la posición del enunciador y sin la noción de centros de cálculo, el argumento técnico de Einstein es incomprensible”), los abusos que se derivan de una mala lectura del teorema de indecidibilidad de Godel, la teoría de conjuntos y del caos. Todo ello encubierto siempre con un lenguaje complicado, retorcido y oscuro, que tantos lectores, discípulos y fieles seguidores de las modas toman por profundo y preñado de decisivos descubrimientos. Sokal y Bricmont muestran, explicando en cada uno de los casos por qué, de tal manera que el lector pueda entenderlo aunque no esté entrenado en física o matemáticas, que todos esos ejemplos pretendidamente “científicos” sólo son erróneos, y están -se puede sospechar- deliberadamente deformados para darles la apariencia de una información que no es tal, y, presumiblemente para inducir en el auditorio o “lectorio” que detrás de esos ejemplos hay una fundamentación profunda, seria, y fuera del alcance de ellos. Según Sokal y Bricmont, detrás de esas referencias científicas no sólo no hay profundas reflexiones, sino, en el mejor de los casos el vacío, y en el peor, mero embrollo, erróneo y sin sentidos.

La oscuridad no es un tema banal, y si bien puede admitirse que algunas cosas son verdaderamente difíciles, es posible pensar que a veces se busca a propósito: la oscuridad, al fin de cuentas, también puede ser una ideología. “La característica principal de los textos que hemos incluido es la falta absoluta de claridad y transparencia. Como es natural, los defensores de Deleuze y Guattari podrían replicar que, simplemente, dichos textos son profundos y no los comprendemos. Sin embargo, al analizarlos con atención, se observa una gran densidad de términos científicos, utilizados fuera de su contexto y sin ningún nexo lógico aparente, por lo menos si se les atribuye su significado usual”. Una muestra:

“No existe ninguna correspondencia biunívoca entre los eslabones lineales significativos o de arqueo escritura, y esta catálisis maquinal, multidimensional, multirreferencial (…) Una disposición maquinal, arranca su consistencia franqueando umbrales ontológicos, umbrales no lineales de irreversibilidad, umbrales creativos ontogenéticos y de autopoiesis (Guattari)” o “sin duda alguna, el primer acto del cálculo consiste en una despotencialización de la ecuación (por ejemplo, en lugar de 2ax-x2=y2 tenemos dy/dx=(a-x)/y). No obstante, algo análogo existía en las dos figuras precedentes, en las que la desaparición del quantum y la quantitas era una condición indispensable para la aparición del elemento de la cuantibilidad, y la descualificación, la condición para la aparición del elemento de la cualitividad” (Deleuze), enunciados estos que carecen de cualquier significado matemático. “Lo que es grave a nuestro entender -sostienen Sokal y Bricmont- es el efecto nefasto que tiene el abandono del pensamiento claro sobre la enseñanza y la cultura. Los estudiantes aprenden a repetir y adornar discursos de los que casi no entienden nada. Hasta pueden, con suerte, llegar a ser profesores universitarios sobre esta base, convirtiéndose en expertos en el arte de manipular una jerga erudita. Al fin y al cabo, uno de nosotros consiguió, en sólo tres meses de estudio, dominar suficientemente el lenguaje posmoderno como para publicar un artículo en una prestigiosa revista”.

Aunque Sokal y Bricmont no hagan alusión a ella, cabe una observación más, y esta vez sobre una de las líneas de crítica que se ha vertido contra Imposturas intelectuales: el reproche al hecho de que los ataques se concentren en determinados párrafos y referencias.

Sin embargo, los autores analizados en este libro son sometidos, por parte de adherentes y seguidores, a una permanente exégesis, y son estudiados en montones de publicaciones, seminarios, grupos de estudio, cursos y cursillos, en los que muchas veces se utilizan horas enteras para tratar de analizar lo que quiso o no quiso decir en determinado párrafo, o lo que verdaderamente significa tal o cual enunciado: el método seguido por Sokal y Bricmont no es tan novedoso, al fin de cuentas. ¿Y qué es lo que ocurre cuando se presenta un análisis que deja a los autores mal parados? Que hay una protesta generalizada. ¿Eso significa que la única exégesis admisible es la laudatoria? Lo cual, ¿no significa, a su vez, que la exégesis tiene un acuerdo a priori, y que la intención no es analizar críticamente los textos sino encontrarles una vuelta que permita aceptarlos a libro cerrado, con su correspondiente estructura jerárquica -y económica- de interpretadores?

Al autor de esta nota le consta que muchos psicoanalistas han pagado incontables horas de clase -¡dulce venganza de los matemáticos psicoanalizados!- para tratar de entender exactamente los mismos párrafos que se analizan en Imposturas intelectuales. ¿Por qué molestarse ante una explicación pública y gratuita? ¿Por qué enojarse cuando alguien los examina con cuidado y les demuestra que no significan nada? Si lo aceptaran, se ahorrarían un montón de plata. Y en cuanto a los matemáticos que dan clase a quienes sigan insistiendo, podrán doblar sus honorarios, ya que el trabajo de encontrar sentidos allí donde no los hay será mucho mayor. En conjunto, la propuesta no solamente es sana desde el punto de vista de la teoría, sino que, además, es económicamente ventajosa para todos.

Lo que podría considerarse una segunda parte del libro (o mejor dicho casi un segundo libro, o un segundo nivel), ya que está dispersa a lo largo del volumen (Cap. 3 Intermezzo: el relativismo epistémico en la filosofía de la ciencia; Cap. 6 Intermezzo: la teoría del caos y la “ciencia posmoderna”, y el epílogo) aborda, probablemente, el nudo del problema, que no consiste en que Deleuze, Guattari, o Latour no hayan entendido nada de los temas científicos en que dicen apoyarse, y lo hayan encubierto detrás de una retórica oscurantista y pomposa. Hay otro tema, y éste sí de fondo, y es la frecuente defensa, por parte de núcleos de investigadores en ciencias sociales, de posturas antirracionalistas y anticientíficas. Que implican la equiparación de la ciencia con el resto de los discursos (por ejemplo con la religión), en general como derivación de un relativismo cognitivo, que niega la posibilidad de un conocimiento objetivo -o mejor dicho razonable y aproximadamente objetivo- que necesariamente requiere algún tipo de contrastación o verificación empírica. Y que considera los enunciados científicos como meros juegos de lenguaje, resultado de relaciones de poder o sencillamente construcciones sociales y culturales que nada tienen que ver con la realidad. Los capítulos antes señalados se dedican a analizar -y poner en cuestión- posiciones como las del “Programa fuerte de Edimburgo” de David Bloor, que sostiene que la sociología de la ciencia debe ser indiferente a la verdad o falsedad de los resultados científicos (por ejemplo, debe ser cognitivamente neutral en el análisis del conflicto entre Galileo y la Iglesia), o las de Paul Feyerabend que asegura que la medicina tiene el mismo fundamento que la brujería, y la astronomía es equivalente al baseball.

Los autores emprenden un recorrido bastante exhaustivo sobre las actuales corrientes del relativismo cultural, discutiéndolo. Pero además tratan de comprender las razones por las cuales ese tipo de posturas -que, son, los autores sostienen y demuestran, oscurantistas y reaccionarias- han logrado un lugar de privilegio en el mundo de los estudios culturales norteamericanos y son suscriptas por científicos sociales progresistas (como los de Social Text, por ejemplo, que al publicar el artículo paródico de Sokal iniciaron el debate y más tarde dieron origen a este libro). Una de las razones es, a juicio de los autores, el desánimo: “La situación desesperada y la desorientación general de la izquierda, una coyuntura que no parece tener parangón en la historia, es otra fuente de las ideas posmodernas) … Dicho en pocas palabras, la más cruda forma de capitalismo de libre mercado parece haberse convertido en la implacable realidad del futuro previsible. Jamás parecieron tan utópicos los ideales de justicia e igualdad”.

Hay una intención claramente política en los autores. Definiéndose sin ambigüedades como integrantes de la izquierda intelectual, y entendiendo por izquierda la postura política que cuestiona la injusticia y la brutalidad del orden neoliberal, consideran que la ruptura de la alianza entre la ciencia y los movimientos revolucionarios progresistas, que duró casi dos siglos -si nos remontamos a la Ilustración-, se ha roto o por lo menos presenta una grave fisura, por donde se cuela un irracionalismo fatal para esos mismos movimientos. De alguna manera, siguen las posiciones de Noam Chomsky y Eric Hobsbawm, que se alarmaba por “el crecimiento de las modas intelectuales posmodernas en las universidades occidentales, que hacen que todos los ‘hechos’ que aspiran a la existencia objetiva sean, simplemente, construcciones intelectuales. Resumiendo, que no existe ninguna diferencia clara entre los hechos y la ficción. Pero en realidad la hay y, para los historiadores, incluidos los antipositivistas más acérrimos de entre todos nosotros, es absolutamente esencial poder distinguirlos”. Sokal y Bricmont, por su parte, apuntan: “Para todos los que nos identificamos con la izquierda política, el posmodernismo tiene especiales consecuencias negativas. En primer lugar, el enfoque extremo en el lenguaje y el elitismo, vinculado con el uso de una jerga pretenciosa contribuye a encerrar a los intelectuales en debates estériles y a aislarlos de los movimientos sociales que tienen lugar fuera de su torre de marfil. (…) La persistencia de ideas confusas y de discursos oscuros en determinados sectores de la izquierda tiende a desacreditarla en bloque; y la derecha no pasa por alto la oportunidad para utilizar demagógicamente esa conexión”.

Imposturas intelectuales tiene un especial interés en la Argentina, ya que las posiciones y los autores criticados por Alan Sokal y Jean Bricmont determinan y estructuran, en buena medida, el estudio de las disciplinas sociales. Incluso en cursos especializados en ciencia y epistemología se suele tomar el relativismo cultural y la identificación de la ciencia con un juego de poder como “conocimiento probado” (olvidando la negativa a admitir que exista “conocimiento probado”, vale la pena apuntar), y es muy frecuente encontrar, como le ocurre al autor de esta nota en su propia cátedra, que los alumnos creen como artículo de fe (lo cual es a priori peligroso) en cualquier cosa que hayan dicho Latour o Lyotard, o que la genética y la ley de gravitación tienen el mismo valor cognitivo que la astrología y las flores de Bach. En un caso extremo, que, aseguro, es cierto, un alumno afirmó en clase que “la redondez de la Tierra es una creencia pasajera que ya será reemplazada por otras, y algún día la Tierra será cuadrada (sic) o tendrá cualquier otra forma”. Lo cual no fue una simple boutade, ya que al resto de los estudiantes presentes esta afirmación les pareció “perfectamente coherente con lo que habían escuchado en cuatro años de facultad”. Es extremo, sí, pero es muy habitual que consideren, además, que se trata de una actitud contestataria frente al “poder”, sin siquiera considerar -y ni siquiera saber, ni detenerse a pensar- que ese mismo “poder”, mientras tanto se dedica a patentar los ilusorios, pasajeros y relativos genes y a utilizar esas mismas e ilusorias y relativas leyes de Newton para calcular la trayectoria de los misiles. Las compañías farmacéuticas y los complejos militares e industriales, por cierto, son poco sensibles a los encantos del relativismo cognitivo.

Es grave, porque además, esta clase de posturas hace muy difícil el diálogo entre científicos sociales y naturales. Las relaciones de poder al interior de la ciencia son evidentes y palpables. No se les escapa a Sokal y Bricmont: “Es innegable que la ciencia, como institución social, está vinculada con el poder político, económico y militar y que, con frecuencia, la función social que desempeñan los científicos es perniciosa. También es verdad que la tecnología tiene efectos contradictorios -en ocasiones, desastrosos- y que en raras ocasiones aporta las soluciones milagrosas que sus defensores entusiastas prometen a cada paso. La ciencia, considerada como un cuerpo de conocimientos, siempre es falible y, a veces, los errores de los científicos se deben a todo tipo de prejuicios sociales, políticos, filosóficos o religiosos. Estamos a favor de las críticas razonables de la ciencia entendida en todos estos sentidos”.

Uno podría preguntarse cómo puede un científico social encarar una crítica de este tipo. ¿Qué pensaría un científico “natural”, pongamos por caso un geólogo especializado en tectónica de los Andes al que Futuro hizo un extenso reportaje hace un par de semanas? ¿Qué diría frente a un sociólogo que, al mismo tiempo que trata de dialogar sobre el juego de poder en la ciencia, le dice que los Andes son solamente un constructo lingüístico? Al fin y al cabo, él está midiendo la edad de los Andes, y reconstruyendo supercontinentes que existieron hace cientos de millones de años y es natural que, al escuchar esas afirmaciones desde las ciencias sociales, desconfíe de ellas en bloque. Es perfectamente lógico -y los científicos sociales no deberían sorprenderse- que a los científicos “duros” todo el discurso del relativismo cultural les parezca una trivialidad sin sentido alguno.

Cuando estalló el escándalo Sokal, en este mismo suplemento, decíamos textualmente: “Veremos si cuando Imposturas intelectuales llegue a la Argentina provoca alguna discusión interesante, si los relativistas culturales son capaces de admitir que sus propios popes culturales cometieron errores gruesos, que una teoría cualquiera (aun una teoría a la que adhieren) puede ser parcialmente errónea o dudosa, incluso errónea y dudosa del todo, y que los libros sagrados puede contener flagrantes disparates y aun así ser interesantes catalizadores intelectuales. O si ceden al espíritu corporativo. No es sólo cuestión de averiguar si es cierto o no que, como sostienen Sokal y Bricmont, ‘el rey está desnudo’. Tal vez valga la pena discutir el estatuto de la monarquía”. Naturalmente, para el debate hace falta un poco de sentido del humor, tal vez el primer paso de la crítica. Sokal y Bricmont lo tienen, y excelente. Esperemos que quienes los critiquen o discutan con ellos, también.

INDICE
Prefacio a la edición castellana
Introducción
-¿Qué queremos mostrar?
-Sí, pero
-Plan de la obra
1- Jacques Lacan
La “topología psicoanalítica”
Los números imaginarios
La lógica matemática
Conclusión
2- Julia Kristeva
3- Intermezzo: el relativismo epistémico en la filosofía de la ciencia
Solipsismo y escepticismo radical
La ciencia como práctica
La epistemología en crisis
La-tesis de Duhem-Quine: La subdeterminación
Kuhn y la inconmensurabilidad de los paradigmas
Feyerabend: “Todo vale”
El “programa fuerte” en la sociología de la ciencia
Bruno Latour y sus Reglas del Método
Consecuencias prácticas
4- Luce Irigaray
La mecánica de los fluidos
Las matemáticas y la Lógica
5- Bruno Latour
Post-scriptum
6- Intermezzo: la teoría del caos y la “ciencia posmoderna”
7- Jean Baudrillard
8- Gilles Deleuze y Félix Guattari
9- Paul Virilio
10- Algunos abusos del teorema de Gödel y de la teoría de conjuntos
11- Un vistazo a la historia de las relaciones entre la ciencia y la filosofía: Bergson y sus sucesores
Duración y simultaneidad
Vladimir Jankélévitch
Maurice Merleau-Ponty
Gilles Deleuze
Fin de un error y un error sin fin
EPILOGO
Por un verdadero diálogo entre las “dos culturas”
¿Cómo se ha llegado hasta aquí?
La función de la política
¿Qué importancia tiene?
¿Qué vendrá después?
APENDICE A: Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica
La mecánica cuántica: Indeterminación, complementariedad, discontinuidad e interconexión
Hermenéutica de la relatividad general clásica
La gravedad cuántica: ¿cuerda, tejido o campo morfogenético?
Topología diferencial y homología
Teoría de las variedades: conjuntos/agujeros y fronteras
Transgredir las fronteras: hacia una ciencia liberadora
Obras citadas
APENDICE B: Comentarios sobre la parodia
Introducción
La mecánica cuántica
La hermenéutica de la relatividad general clásica
La gravedad cuántica
Topología diferencial
Teoría de las variedades
Hacia una ciencia liberadora
Obras citadas
APENDICE C: Transgredir las fronteras: un epílogo
Bibliografía
Indice analítico y de nombres