Historia personal de Chile. Los platos rotos. De Almagro a Bachelet, de Rafael Gumucio

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Ed. Hueders, año 2013. Tamaño 22,5 x 14,5 cm. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 214

Historia personal de Chile 001Por Rafael Gumucio

Barcelona, 8 de enero de 2004
Señor
Nicanor Parra Sandoval
Calle Lincoln # 10
Las Cruces, San Antonio
Chile

Don Nicanor:

Habría querido ir a visitarlo en mi último viaje a Chile pero fui víctima de una serie de bodas y no pude ni por un minuto dejar de abrazar gente en Santiago. No sé manejar y no sé si me habría atrevido a ir solo a Las Cruces, en bus, como un fan cualquiera. Podría haber usado a Ignacio Echevarría y pasar por su acompañante, pero tengo entendido que juntos completaban su proyecto de Obras completas y esas cosas serias a mí me espantan.

Si he de ser sincero, no sólo no lo visité por razones logísticas. En mi lucha sin cuartel contra la timidez, sólo en dos campos de batalla pierdo, todavía, sin remisión: con las mujeres y con la literatura. Mis libros y los de otros me hacen sonrojar de deseo y de vergüenza. En cuanto a los escritores, juego a ser uno de esos relajados y despreciativos hombres de letras que detestan a los de su especie. Con orgullo repito que he sido un maestro en esto de evitar conocer a escritores, más aún a escritores famosos, y más todavía a escritores famosos que me gustan. Pero es cada vez menos cierto. De hecho, la primera vez que lo visité fui con Germán Marín, quien, a pesar de ser uno de mis escritores favoritos, no me hace tartamudear. Y así hay otros.

Sin embargo, sigue repugnándome y fascinándome al mismo tiempo la corte literaria. Más aún la suya, la de Las Cruces, donde bajo su sarcàstica paciencia se mezcla tanto pelotudo gringo, tantos curas Valente, tantas licenciadas de la Católica y tantos hippies que de pronto descubren cómo está hecho el mundo. Creo que conocer a un escritor que uno admira es como conocer a los padres de tu novia. Si resultan ser feos y tontos, ya no podrás dejar de pensar en el momento en que tu amada se parezca fatalmente a ellos. Si son interesantes —o, peor, fascinantes—, entonces terminas por dejar a tu novia y frecuentar sólo a los padres. Es lo que me pasó con usted. Su poesía sigue gustándome, claro, y sigue corriendo por mis venas (como le sucede a casi todo el mundo en Chile; sobre todo a quienes no la han leído ni en pelea de perros). Pero ahora me fascina mucho más su lógica que su poética. Lo que no deja de ser normal, siendo usted un matemático de profesión.

Don Nicanor, a usted le gusta ser el toqui, la machi o el werkén de su tribu. Pero también es —y eso me interesa mucho más— ese ecologismo de chaleco vuelto con el que seduce a las damiselas; el profesor de Ingeniería que sabe de política, plata y farándula. La radiocasete que toca a Cole Porter, al ritmo del cual usted baila para demostrar su estado físico; la bandeja llena de tazas con las que les sirvió el té a mis hermanos, su implacable necesidad de seducir en todo momento, su incapacidad para decir tonteras y su gusto por que alguna rebote para hacer piruetas con ella, sin caerse. La conversación, aunque en apariencia delirante, fue siempre tan civil. Me impresionó conocer al poeta y al mito, y todas esas huevadas. Pero sobre todo me gustó estar con un chileno universalmente chilensis.

No le escribo, don Nicanor, sólo como chupamedias literario que quiere encomendar su obra a la sombra de una sombra mayor. En aquella visita a su casa no sólo me di cuenta de que, al revés de lo que piensan los huevones, usted no ha pasado de ser ingeniero a ser ingenioso, sino que del chiste extrae la precisión y deja el humor como una esquirla. Todo eso —los objetos, los dibujos, las traducciones de Shakespeare— es muy interesante, pero no tiene nada que ver conmigo. En cambio sí me concierne (y me duele y me gusta) que lo hiciera el primer chileno completo que he conocido. Porque, a diferencia de mí, usted no vive en Chile, sino que Chile vive en usted.

Sin drama y sin gritos, sin explicaciones, sin lamentos y sin himnos. Su obra es universal y nada criollista. Expone en Nueva York pero es de Chillán, esa ciudad que yo he buscado dos o tres veces en la carretera sin encontrar más rastros que dos carteles: uno que dice “Bienvenido a Chillán”, y otro que dice “Gracias por su visita”. Eso es Chillán para mí. Para usted, es un universo del que me toca ser el arqueólogo sin ruinas que desenterrar.

Hablamos, a la salida de ese boliche costero en el que almorzamos, de Neruda (“Pablito”, lo llamaba usted) y después pelamos a De Rokha. Ya en su casa, sobre el sofá había una foto de Violeta Parra con un señor que parecía su papá y que era usted hacía más de treinta años. Puros símbolos patrios de feria artesanal que para usted eran recuerdos vivos, bromas, ideas para ponerle etiquetas a sillas rotas. Usted, como quien no quiere la cosa, ha sido parte de todas las instituciones patrias. El Barros Arana, donde estudió e hizo clases. La Universidad de Chile, donde ídem. Las editoriales Nascimento y Universitaria, en las que publicó. La poesía chilena -esa institución entre todas nuestras instituciones—, en la que usted se ha sentido tan cómodo que hasta ha podido, como un niño, rayar con caca las paredes del panteón.

Todo eso que para usted es biografía, para mí es cadáver. Soy de una generación de chilenos que no tuvo derecho a la parodia sangrante ni a rastros de esos símbolos o instituciones: colegios intervenidos por milicos, universidades arruinadas en las que no iban a clases ni las ratas, editoriales miedosas, diarios de mierda, poetas que se quemaban la cara o se abrían las venas por temor a que los escuchasen, escritores que no se atrevían ni a pronunciar frases completas, para no molestar… Por eso puedo escribir esta historia de Chile. Porque ese Chile que usted aún habita, del cual es no sólo el sobreviviente sino el único viviente, ese Chile a mí me tocó muerto. Déjeme, a mí, que no lo conocí, escribir su epitafio.

Ya no hay Chile, su Chile, pero hay mitos chilenos. Fantasmas sin cuerpo que vienen a molestar a los guardias en los muros del castillo, hasta hablar con un hijo que se llama como ellos. El rey Chile le cuenta su propia muerte al príncipe Chile. ¿No le parece un comienzo ideal para una historia, don Nica?

Hay una leyenda que contar, una mentira que desmontar para montarla de nuevo. Hay una forma de hablar y no hablar, que en su casa, sobre los sillones cubiertos de sábanas húmedas, descubrí que quería escribir. En su casa, en invierno, se me ocurrió escribir esta historia. Esta carta es para responsabilizarlo por los daños.

Uno, o al menos yo, siempre escribe para alguien. La última vez que lo vi usted elogió el Manual de historia de Chile de Frías Valenzuela. Este libro quiere ser su contrapeso y su ilustración. La juventud de un escritor se malgasta en la búsqueda de ancestros que le gusten más que los que le tocaron al nacer. Después uno sabe que los de uno son también los otros, y que la Historia de Chile es sólo una historia, y al mismo tiempo toda la historia, de cualquier provincia cagona y muerta de miedo (y todos los países, hasta los imperios, son provincias cagonas y muertas de miedo). Esta explicación de por qué y cómo soy chileno la escribo para usted, un chileno sin explicaciones.

Espero que le guste.

Rafael Gumucio

PD: Han pasado casi diez años desde esta carta. No sé si lo conozco más que esas primeras veces que lo visité. Lo mismo me pasa con el Chile del que habla este libro. Me hice parte de ambos, de leer sus libros, de escribir sobre ellos, de participar del país, de equivocarme y acertar con él. Tengo 43 años ahora y en poco o nada puedo reclamarme inocente. Para bien o para mal soy parte de esta historia que cuento aquí, que escribo como un niño que repasa dormido una prueba de Historia. Ultima revisión en que se mezclan recuerdos, sueños, restos de materia, frases sueltas, todo igualado en su cabeza dormida, formando esa masa voluntariamente anárquica que es este libro. Eso que quizás le haga ganarse un cuatro en la prueba pero que se parece más a la historia real que cualquier manual que disecciona, separa vísceras, pulmones, corazón, que en un cuerpo desnudo o vestido forma un solo revoltijo en perpetuo movimiento.

Es ese movimiento lo que quiero, lo que intento escribir aquí, Nicanor. No entiendo mejor su poesía y el ritmo de sus ideas se me escapa tanto como hace nueve años, pero entiendo mejor ahora que antes el temor que tenía de dar por terminada sus obras completas, que tituló Obras completas y algo más, justamente para dejar claro que siguen abiertas e improbables; la obra gruesa de algo que no se completará nunca del todo. No hay para usted peor pecado que un poema firmado, terminado, cerrado a las noticias de los diarios, los chistes de los mochileros, las aclaraciones de sus nietos y bisnietos que van a parar a la traducción de Hamlet que usted tiene mucho cuidado de no dar por terminada nunca, volviendo sobre un verso, réplicas una y otra vez porque le importa más lo que encuentra perdiéndose que lo que sabe investigando.

Para usted el libro no se termina nunca quizás porque tampoco comienza del todo. “Con Homero empezó la decadencia” —me decía el otro día subiendo las escaleras que van a la playa de Las Cruces (escaleras que por cierto me dejaron a los 40 años sin aliento, mientras a los 98 usted subía intacto). El libro no termina jamás, ni lo termina uno. Es lo que me lleva a publicar nuevamente esta historia de Chile, cada vez menos breve. La idea es que este y todos mis libros sean una indagación, una sonda que busca material siempre nuevo, y que al publicarlos recién empiecen a escribirse.

Están en esta nueva versión los nueve años que me separan de la publicación de la primera, pero también otros capítulos y correcciones de los anteriores. No escribo de lo que sé sino de lo que descubro, escribo para saber, para comprender el país del que no puedo separarme. Una historia, como sus obras completas, como este libro, que regresa donde menos se lo espera, la Colonia que mostró gracias al terremoto del 2010 sus entrañas al sol. La guerra de Arauco aprovecha de volver también a las primeras páginas de los diarios con incendios, balas por la espalda, niños que aprietan los puños mientras los invaden las patrullas policiales. Y mi abuela, que murió en julio del 2008, se reencarna en una obsesión que pasa por este libro como por otros. Y Pinochet tampoco sobrevivió a su intento de hacerse el loco. Y González Vera y Juan Emar se instalaron de la nada en mis lecturas. Y Lavín que resultó ser, contra todas mis predicciones, el espejismo de un espejismo. Y Lagos que creció hasta quedar a solas con Aylwin como los únicos símbolos de una transición que terminó también en los años que pasaron entre la primera edición de este libro y la actual.

Y la calle, la calle, las grandes Alamedas y las más pequeñas que se volvieron a llenar de estudiantes y profesores y padres y vándalos, travestís, fotógrafos aficionados, vendedores de chapitas y policías armados hasta los dientes. Ese país enamorado del peso de la noche contra el que peleaba como podía hace nueve años, se acepta hoy sin complejos como parriano, es decir múltiple y lúcido, de derecha y de izquierda a la vez, rico y miserable, rey y mendigo, como llamó a su traducción del Rey Lear, que, presionado por los apuros del teatro, terminó y publicó.

Mientras termino de revisar estas páginas, la historia continúa. Unas nuevas elecciones prometen cambiar la Constitución y reformar la educación para desprivatizarla. Los personajes de esta novela sin ficción vuelven a primera línea: Piñera y Bachelet; el peso de la noche de Diego Portales; Imperial, que ahora se llama Carahue, es vigilada por helicópteros; los fantasmas de Pinochet y Allende a cuarenta años del golpe de Estado. La Moneda pintada de blanco rodeada de vallas y policías, el edificio Diego Portales rebautizado Gabriela Mistral, que después de incendiarse se cubrió de una malla de cobre y una nutrida programación cultural. Esto y más y más detalles que vuelven a mí sin parar mientras intento integrar todas las partes, dibujar el mapa, completar el retrato que quiere y no quiere que lo revele.

Como esa aburrida sinfonía de Schubert, o ese alucinante Réquiem de Mozart, este libro está condenado a quedar inconcluso, mientras el lector abre un nuevo capítulo y otro más. Ese algo más que le agregó a sus obras completas, Nicanor, que le permiten aplazar hasta la muerte. ¿Era eso, Nicanor, eso, no terminar, no firmar, no morir, no morir?

INDICE
Prólogo
I- Invención
Almagro y Ercilla
Del Cuzco a Madrid
De Carahue a Temuco
La Quintrala y el Padre Lacunza
Una cita
La Monja Alférez y Alexander Selkirk
Santiago, una mañana cualquiera de 1810
II- Independencia
El bandejón central
San Martín y Portales
Coda
La leyenda del tonel
Manuel Montt y José Joaquín Pérez
Fuego
Andrés Bello y Domingo Faustino Sarmiento
Más fuego (Una alegoría)
Arturo Prat y Manuel Baquedano
Londres como laberinto
José Manuel Balmaceda y Ramón Barros Luco
Santiago, una mañana cualquiera de 1905
III- Revolución
El siglo XX según Marta Rivas González (Nacida en 1914)
Buenos Aires como ofensa
León y Paco
El exilio perpetuo (Un recuerdo)
José Santos González Vera y Juan Emar
Lapsus (Una explicación)
Pablo Neruda y Gabriela Mistral
Campeonato interescolar 1952 (Relato deportivo)
El Mundial del 62
Salvador Allende y Eduardo Frei
Mitcho (Un cuento)
Augusto Pinochet y Don Francisco
Tarde de domingo (Un chiste)
La novela de los Pinochet
Jaime Guzmán y el cardenal Silva Henríquez
Karol Wojtyla (Un recuerdo)
La Marcha Radetzky
Patricio Aylwin y Ricardo Lagos
Santiago, una mañana cualquiera de 2011 (Coaching ontológico)
IV- Todo de nuevo
Chépica
Eleuterio Ramírez
Sebastián Piñera y Michelle Bachelet