Hannah Arendt. El orgullo de pensar, de Fina Birulés (compiladora)

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Ed. Gedisa, año 2000. Tamaño 23 x 16 cm. Traducción de Xavier Calvo, Martha Hernández, Juan Vivanco y Angela Ackermann. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 288

Hannah Arendt El orgullo de pensar130Veinticinco años después, por Fina Birulés

En diciembre de 1975 fallecía en Nueva York Hannah Arendt. Esta teórica de la política, judía de origen alemán, había vivido acontecimientos que influyeron definitivamente en el desarrollo de su pensamiento y de su carácter: el primero -el “shock del pensamiento”-, su contacto como estudiante, en los años veinte, con la filosofía de la existencia, en especial, a través del magisterio de Heidegger, Bultmann y Jaspers; el segundo, la consolidación del nazismo en Alemania: el «shock de la realidad».

En 1933 Hannah Arendt experimentó un giro decisivo que marcó en ella una profunda radicalización existencial: emigró de Alemania, se despidió del ambiente de la filosofía en que había crecido y se convirtió en una de tantos apátridas que se encontraron en París y que, al estallar la Segunda Guerra Mundial, buscaron alcanzar lugares más seguros (en 1941 llegó a Estados Unidos y en 1951 obtuvo la ciudadanía norteamericana). Se diría que lo que aprendió de este período de refugiada fue la importancia de la contingencia como factor de la historia humana y que todo su pensamiento puede entenderse vinculado a esta idea. El surgimiento de los totalitarismos y la conciencia de la fragilidad del mundo la convirtieron en una pensadora política inclasificable.

Efectivamente, Arendt ha sido y es una teórica de la política difícil de clasificar con los «ismos» al uso —¿«existencialista», «liberal», «conservadora», «anarquista»?—, pues en ninguno de ellos encaja bien y cualquier tentativa de reducirla a uno de ellos parece estar destinada al fracaso. Quizás sea precisamente esto lo que ha vuelto a hacerla aparecer en escena en los últimos años, en los que con cierto dramatismo hemos tomado conciencia de la heterogeneidad de las viejas herramientas conceptuales y de la experiencia política del siglo XX.

En opinión de Arendt, en el mundo moderno hemos perdido las respuestas en que generalmente nos apoyábamos, sin darnos cuenta de que en su origen eran respuestas a preguntas y que la ruptura entre la experiencia contemporánea y el pensamiento tradicional nos obliga a retornar a las preguntas. Sin embargo, este gesto de retornar a las preguntas no significa, en sus manos, un mero y cómodo retorno pendular a lo ya pensado; esto es, no indica en absoluto un intento por salvar las eternas preguntas de la filosofía, sino un tomar en serio el hecho de que la crisis de una determinada forma de pensamiento deja intacta la necesidad de pensar, de comprender; lo cual significa que ella aceptó el reto de pensar después de la crisis del pensamiento tradicional y, cabría añadir, «después de Auschwitz».

En este volumen hemos reunido algunas reflexiones y análisis dedicados a la obra de Hannah Arendt realizados por distintos pensadores actuales y, a pesar de la diversidad de los enfoques y de los modos de interpretación, en el conjunto de los trabajos va emergiendo una imagen de esta autora como la de una contemporánea que no sólo puede intervenir con voz propia en los actuales debates, sino incluso cuestionar los términos en los que éstos están planteados.

En las diversas contribuciones a este libro, Arendt no sólo se perfila como una teórica que puede tomar parte en nuestras controversias, sino también como alguien que nunca sintió la tentación de convertir en ciertas aquellas palabras escritas por Hugo von Hofmannsthal hace algo más de un siglo, según las cuales «es relativamente fácil ganarse las simpatías de la generación a la que se pertenece»: su voz sigue, como lo fue a lo largo de su vida, siendo incómoda. Y ello, de entrada, porque su obra no fue el resultado de un proyecto de «ser una gran pensadora», sino simplemente fruto de un esfuerzo por comprender «los extraordinarios acontecimientos de este siglo».

De hecho, en sus escritos, la atención está centrada mucho más en el proceso de construir que en el intento de dar con una construcción acabada. Así, por ejemplo, en el prefacio a “Entre pasado y futuro”, se refirió a los artículos allí reunidos en términos de «ejercicios de pensamiento político», ya que los entendía como resultado de este dejarse interpelar por los acontecimientos del presente o, lo que es lo mismo, como tentativas de responder a las experiencias a las que se sintió confrontada.

De este modo resulta que términos como «ejercicios» no indican alguna suerte de renuncia a «pensar en grande», sino más bien la disposición a pagar el precio del envite: partir de los acontecimientos y las experiencias aun a riesgo de contradecirse y de que entre los diversos «ejercicios» se originen disonancias; como si la habilidad de vivir con intensas e insuperables tensiones intelectuales pudiera considerarse como una marca de sabiduría. Desde esta perspectiva, no debe sorprendernos, entonces, que en su obra resuenen los ecos de la Antígona de Sófocles, figura que nos recuerda que a menudo las palabras son lo único a nuestra disposición para responder a los sobresaltos del mundo, a los embates de la Fortuna.

«Nunca conocerá en nada la moderación», dijo de ella en una ocasión François Furet, y una de las cosas que, en el panorama de la filosofía contemporánea, distingue y hace único su pensamiento es la implacable crítica a la ineptitud de los intelectuales, en todas sus variantes, académica y antiacadémica, conservadora y progresista; «nadie puede ser sobornado con tanta facilidad, atemorizado y sometido como los académicos, los escritores, los artistas». Palabras como éstas no apuntan hacia una crítica hecha sobre bases ideológicas, ni hacia una «superación» o «inversión» de la filosofía, sino hacia una llamada a hombres y mujeres a responder de sus propios actos y de su presente.

Así, cuando en una entrevista realizada en 1964 afirmó que «el problema [en 1933], el verdadero problema personal, no fue lo que hicieron nuestros enemigos, sino lo que hicieron nuestros amigos», aludía a la necesidad de analizar la característica propensión del pensamiento a la abstracción, a crearse un reino propio separado de la realidad, que siempre está ligada a la pretensión de gobernar y de dominar la contingencia a partir de las ideas. No resulta, pues, extraño que sus «ejercicios de pensamiento político» contengan tanto crítica como experimento, aunque ni los experimentos traten de diseñar alguna suerte de futuro utópico ni la crítica del pasado pretenda demoler; de modo que deben entenderse como resultado de un voluntario alejamiento de una tradición que conocía bien, la tradición metafísica. A diferencia de ésta, Arendt no entiende la contingencia como una deficiencia, sino como una forma positiva de ser, la forma de ser de la política.

De ahí que, en sus reflexiones, partiera del supuesto de que el pensamiento nace de los acontecimientos, de la experiencia viva, y de que a ellos debe mantenerse vinculado como a los únicos indicadores para poder orientarse. Así, esta teórica de la política hace arrancar sus reflexiones de la experiencia de los hechos del totalitarismo y explora las posibilidades del pensar y de la comprensión, una vez que tales hechos han dejado, entre otras cosas, una dramática estela en la que no queda más remedio que leer el radical abismo entre las viejas herramientas conceptuales y la experiencia política del siglo.

El choque del pensamiento con la realidad, el vacío entre el poder de las palabras y los sobresaltos que nos reserva el mundo contemporáneo -experiencia que Arendt compartió hasta el fondo con su propio tiempo- le exigía alejarse de la simplificación y buscar nuevas herramientas de comprensión. Acaso por ello su obra se caracterice por una feroz independencia intelectual, por un «pensar sin barandilla», y por la presencia de una gran variedad de registros, unos procedentes del debate filosófico y de las ciencias sociales, otros totalmente externos, de la literatura, del retrato biográfico, de la poesía, evidenciando así una conflictiva relación no solo con la filosofía, sino también con la sociología, la historia o la psicología.

En su obra, esta búsqueda de nuevas herramientas para comprender se transforma —como se verá a través de los escritos reunidos en este libro— en auténtica pasión, ya que, para ella, «pensar y estar vivo son una misma cosa», y estar vivo significa estar radicalmente implicado en el presente. Se diría, pues, que sus ensayos —que jamás contienen prescripciones sobre que pensar o qué verdades sostener- tienen un único propósito: ensanchar aquellas experiencias en las que el pensar revela su mas auténtico rostro, esto es, su gozosa condición de destino ineludible.

INDICE
Presentación: Veinticinco años después, por Fina Birulés
I- Tres retratos personales
1- Hannah Arendt. Un recuerdo personal, por Salvador Giner
2- Actuar, conocer, pensar. La obra filosófica de Hannah Arendt, por Hans Jonas
3- Para decir adiós a Hannah (1906-1975), por Mary McCarthy
II- La gramática de la acción
4- Hannah Arendt como pensadora conservadora, por Margaret Canovan
5- Nacer y tiempo. Agustín en el pensamiento arendtiano, por Francoise Collin
6- La paria y su sombra. Sobre la invisibilidad de las mujeres en la filosofía política de Hannah Arendt, por Seyla Benhabib
7- ¿Polis o Comunitas?, por Roberto Espósito
8- Hannah Arendt y la cuestión de lo político, por Claude Lefort
III- Cartografías del espíritu
9- El existencialismo político de Hannah Arendt, por Martin Jay
10- ¿Qué significa pensar políticamente?, por Laura Boella
11- ¿Cambió Hannah Arendt de opinión?: Del mal radical a la banalidad del mal, por Richard J. Bernstein
12- Hannah Arendt sobre el juicio: la doctrina no escrita de la razón, por Albrecht Wellmer
Nota sobre los autores
Obras de y sobre Hannah Arendt publicadas en castellano
Procedencia de los textos