Frankenstein, de Mary Shelley. Novela gráfica ilustrada por Berni Wrightson

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Ed. La Urraca, año 1991. Tamaño 27,5 x 19,5 cm. Prólogo de Stephen King. Estado: Usado muy bueno. Cantidad de páginas: 170

Por Stephen King
6 de octubre de 1982

Yo pienso que la mayor parte de los lectores que abordaron Frankenstein con entusiasmo ha visto frustradas sus expectativas, y que la mitad de la gente que empezó a leerlo por placer nunca lo ha terminado. En cuanto a los estudiantes que lo tenían en el programa, siempre se arreglaron para saltearlo, dispuestos a improvisar, llegado el caso, el día del examen.

¡Qué comienzo tan poco prometedor para un prólogo! Después de todo, me dirá usted, ¿de qué sirve un prólogo si no hace el panegírico de la obra que el Querido y Fiel Lector acaba de comprar? Lo cierto es que un prólogo debe decir la verdad. Pero eso no es todo: esta verdad vale la pena. El entusiasmo de la mayoría de los lectores proviene de la cincuentena de películas que se han hecho sobre el tema; seguramente han visto algunas, y esperan vivir instantes de terror que les provoquen insomnio y sudores fríos. Se imaginan un Edgar Poe un poco inflado, y aquí no hay nada de eso. Entonces se sienten decepcionados.

Y sin embargo, aquí está todo: la cruel muerte de William y el injusto colgamiento de su gobernanta; la creación de un ser vivo con partes de cadáveres; el nacimiento de su compañera en un islote; y la carrera final hacia el norte helado. El horror del nacimiento rivaliza, para mí al menos, con ese instante de terror casi supremo en Drácula, cuando Jonathan Harper se da cuenta de que es el prisionero de una criatura que se alimenta de sangre humana.

Pero, más allá de las películas, todo esto no alcanza para satisfacer a los lectores de hoy. En parte, porque sus paladares se habituaron a los films prohibidos para menores de dieciocho años. En parte, a causa de la voz de Mary Shelley que es demasiado aguda y demasiado monótona. En parte, porque no los seduce la idea de que un hombre inteligente pretenda apropiarse de un poder que es atributo de los dioses. En parte, finalmente, debido a ciertos expedientes de la intriga y a coincidencias demasiado groseras. Tales coincidencias eran perfectamente aceptables en la época de Mary Shelley, pero los autores modernos no se permiten semejantes libertades. Sean cuales sean las razones, la decepción existe. Es un hecho. Y una de las consecuencias desoladoras de esta decepción es que pocas personas retoman un libro que han abandonado.

Cuando yo tenía trece años, traté de leer Frankenstein; no entendí nada y lo dejé. Nunca habría vuelto a tocarlo, si no hubiera tenido que preparar un curso al respecto. Así como es fácil saltear un libro cuando se es estudiante, resulta imposible hacerlo cuando se es profesor. Siempre habrá en la clase algún maldito que olfatee que usted no lo ha leído y le haga pasar un papelón el día menos pensado. De manera que tuve que leerlo, y descubrí que era un gran libro. ¿Grande en qué sentido? Poco importa. Ya le dije que yo no estaba acá para hacer un panegírico; así que remítase a las obras especializadas o, mejor, lea el libro…Pero antes de leerlo, permítame aburrirlo un poco más.

El autor de las ilustraciones que acompañan este libro se llama Berni Wrightson, y es uno de los dibujantes más talentosos de los últimos veinticinco años. A mí me gustan mucho las historietas, y me llamó la atención, por primera vez, el trabajo de Berni, en una serie ya legendaria: «La Créature des Marais». Después, empecé a descubrir sus dibujos acá y allá, por la simple razón de que el vigor de los planos en «La Créature des Marais» tenía un estilo perfectamente reconocible. Asistí a la eclosión de un talento, hasta que colaboramos en la versión para historieta de la película «Creepshow».

«Creepshow» ha sido rodada casi integralmente en la región de Pittsburgh; y Berni se pasó tres días en el lugar de filmación para ver los decorados, captar la atmósfera y observar los precipicios. Antes de conocerlo, yo sentía cierta ansiedad. Su obra -usted mismo lo apreciará- está llena de una energía total y afiebrada. Yo me preguntaba si la fuente de toda esa energía no tendría el aspecto de un ser medio loco, los ojos inyectados de sangre, un gran vientre hinchado de cerveza y un collar de cucharitas alrededor del cuello.

En lugar de eso, conocí a un tipo alto y delgado, agradable, inteligente, cortés, pero no tímido y, de verdad, nada loco. Como todos los grandes artistas -se trata de una opinión personal-, concentra toda la locura en su obra. En efecto, uno se estremece ante la idea de lo que habría podido pasar si esa locura hubiera escapado en otras direcciones…Aunque -por razones personales- adoro el trabajo que ha realizado en «Creepshow» (la historieta), creo que lo que ha hecho para Frankenstein es la mejor demostración de la obra de Wrightson. Los amantes de las historietas, descubrirán influencias: la del lamentado Wallace Wood, un toque de Joe Orlando (quien, a su vez, ha sido marcado por Wood), un dejo de Frank Frazetta y reminiscencias de Reed Crandall, de lo mejor de Crandall en Warren. ¿Y? ¿Qué le parece? ¿No hay también algo de Jack Davis en esas largas cejas y en esos maxilares levemente salientes?

Que este, que el otro, bueno, está bien, de acuerdo; pero, sobre todo, Berni Wrightson es sencillamente Berni Wrightson, un dibujante de talento y de garra. En sus dibujos, numerosos lectores encontrarán la atmósfera de horror y de misterio que esperaban encontrar, y retomarán la lectura de la novela que habían abandonado, como yo la abandoné a los trece años.

No sólo estos cuarenta y tantos estudios en tinta china sirven al relato de Mary Shelley, sino que el relato de Mary Shelley también sirve al dibujo de Berni Wrightson.

La mayoría de los que se han tomado el trabajo de leer el libro hasta el final está de acuerdo en que Frankenstein es verdaderamente una buena novela, que une el horror y la reflexión. Si las excelentes ilustraciones de Berni Wrightson consiguen abrir el camino al corazón de este libro, aunque sea para un solo lector, creo que habrán alcanzando su objetivo.