Folon & Glaser en el Museo Nacional de Bellas Artes, 1987

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Ed. Museo Nacional de Bellas Artes, año 1987. Tamaño 23 x 21 cm. Ejemplar firmado por ambos autores. Incluye 24 reproducciones a color. Estado: Usado muy bueno. Cantidad de páginas: 58

El juego del cambio, por Bengt Oldenburg

Frente al proyecto de la modernidad, sueño de una sociedad ideal —tan ilusoria como temible— se alza una práxis poética de lo imaginario que engloba tanto a las vanguardias como al juego del cambio. La vanguardia, en el arte, subvierte paradigmas, mientras que modalidades creativas como el diseño pueden escapar de las contingencias lúgubres incluso mediante el recurso de la frivolidad. Tanto el diseño como la moda han llegado a ser una solución de compromiso entre la necesidad de innovar y el imperativo de no alterar ese orden que los sostiene. Así nace el juego del cambio, donde lo nuevo y lo viejo son esencialmente equivalentes: la ley cíclica de la moda. Esto explica el por qué de tanta tendencia retro y otras modalidades imitativas que se dedican a malabarismos con distintos códigos en un campo lúdico, entre la ficción y la realidad.

Esta oscilación entre la repetición y la diferencia llega a ser una metáfora de la sociedad contemporánea, si no de lo contemporáneo en sí. El hombre postmoderno, atrapado por los medios masivos, ensamblado de un acopio de fragmentos dispares, errante, opaco y emotivo, es un ser propicio para vivir el último look como una obligación. El diseño lo suspende entre aspiraciones y resignación: se sabe juzgado por la ropa y los objetos que posee, obligado a averiguar con qué modelo romper, a qué parecerse. Un póster, un slogan puede bastar para que el diseño adquiera valor de fetiche, se vuelva disfraz y ficción. Detrás de esta kermesse constante se ocultan leyes severas que trascienden incluso esa economía dentro de la cual el diseño es un engranaje importante. Pero deja amplio lugar para la creación, y suple necesidades urgentes. Un buen diseño puede producir una temporaria suspensión de la incredulidad habitual, un alivio frente a esa realidad que nos persigue, frente a lo cotidiano insoportable.

Milton Glaser es la refutación viviente del agridulce axioma de Sergio Eisenstein, según el cual Walt Disney era la mayor contribución norteamericana a la cultura. Quienes lo proclaman un genio nativo, saben que Glaser es, al mismo tiempo, el epónimo del diseño en los Estados Unidos y la realización del american dream, que equipara éxito con riqueza y notoriedad. Su camino lo ha llevado del goulash corral en Bronx hasta la pera oldenburgiana de los supermecados de Sir James Goldsmith —rellena con 600 millones de dólares— a través de esa experiencia pivotal que fue el Push Pin Studios. Es ecléctico, es barroco, es fecundo y alegre, completamente anti Bauhaus desde sus comienzos. También es serio, tanto en su perenne vocación como en sus amplios conocimientos. Es atrevido, porque nunca se ha petrificado en un solo rubro: su registro va desde isotipos y tipografía hasta diseño interior de restaurantes. Y es precavido: siempre supo adaptarse a la peculiaridad del cliente, y explicar las ideas claramente a la audiencia adecuada. Ningún diseñador puede hacer más.

Jean-Michel Folon no esconde su deuda con Klee, suponiendo que fuera posible. Nació en Bélgica; su imaginación es celta, como la de Klee, no mediterránea, aunque sus imágenes son despojadas, lejos de la abigarrada alegría de su compañero de exposición —y gran amigo— Glaser. Pero ambos tienen algo en común. Sus obras revelan que desconfía de la idea del Progreso, en el sentido de un inexorable avance lineal que llevaría a un temible estado ideal del diseño, sino de la sociedad. Ese es el sentido del mundo, controlable como un juguete, que Folon no se cansa de revelar, y donde lo totalitario puede transformar hasta las estrellas en fríos cubos. No es una coincidencia que haya ilustrado textos tanto de Kafka como de Borges: dos escritores que, como Folon, vislumbraron el avenir y dieron señal de alarma.